Y todo por un like Capítulo 23
63%

Capítulo 23

Helen leyó de nuevo la última línea del correo.

Daniel Carter ha sido incorporado como asesor externo de comunicación para el evento.

No era una amenaza escrita en mayúsculas.

No decía que alguien quisiera destruir la campaña.

No decía que el lanzamiento estuviera en peligro.

Decía asesor externo de comunicación, una combinación de palabras que, en Bryce Atelier Group, podía significar desde elegir el tono de un comunicado hasta reorganizar el relato completo de una historia antes de que llegara a la prensa.

Helen levantó la vista.

Alan estaba mirando la pantalla con una expresión que ya conocía.

No era enfado.

El enfado, en Alan, era más claro. Más frío. Más afilado.

Aquello era cálculo.

El gesto de un hombre que acababa de detectar un problema y ya estaba construyendo cinco soluciones posibles, tres rutas de emergencia y una lista de personas a las que llamar antes de que el problema tuviera tiempo de respirar.

Helen cerró el correo.

—No empieces.

Alan parpadeó.

—¿Qué?

—Esa cara.

—No estoy haciendo ninguna cara.

—Estás haciendo exactamente la cara que pones cuando alguien intenta reorganizar una campaña, una empresa o una ciudad entera sin preguntarte.

Alan cruzó los brazos.

—No quiero reorganizar una ciudad.

—Eso no es una negación suficiente.

Durante unos segundos, él no respondió.

Helen conocía ya aquel silencio. Antes le habría parecido impenetrable. Ahora podía distinguirlo: Alan estaba conteniéndose. No porque no quisiera hablar. Porque quería elegir bien las palabras.

—Daniel no ha sido incorporado por casualidad —dijo al fin.

—Ya lo sé.

—Victoria tiene que haberlo aprobado.

—También lo sé.

Alan se pasó una mano por el cabello. El gesto desordenó ligeramente el mechón que solía caerle sobre la frente cuando llevaba demasiadas horas trabajando.

Helen lo miró sin querer.

No era justo que incluso preocupado tuviera ese aspecto.

—No tiene por qué significar que van a cambiar la campaña —dijo ella.

Alan levantó la vista.

—No.

—Pero.

—Pero Daniel va a intentar influir en la forma en que se presente.

Helen dejó la carpeta sobre la mesa.

—Entonces tendremos que impedir que convierta el lanzamiento en una versión elegante de sus opiniones.

Alan casi sonrió.

—Eso suena peligrosamente parecido a una amenaza.

—Es una estrategia.

—Claro.

Helen dio un paso hacia la ventana.

Abajo, la oficina volvía a moverse con normalidad. Personas cruzando con carpetas. Pantallas encendidas. Una modelo esperando junto a recepción. Dos asistentes de producción discutiendo sobre colores de flores para el evento.

Parecía absurdo que una noticia pudiera alterar tanto las cosas sin que nadie levantara la voz.

—No quiero que esto se convierta en una guerra entre tú y Daniel —dijo.

Alan se acercó, pero se quedó a una distancia prudente.

—No quiero que se convierta en eso tampoco.

Helen giró hacia él.

—Pero te afecta.

—Sí.

—Y eso puede hacer que tomes decisiones que no tengan que ver con la campaña.

Alan bajó la mirada un instante.

Luego asintió.

—Sí.

Helen se sorprendió.

Esperaba una defensa.

Una frase sobre profesionalidad.

Una explicación de por qué él podía separar perfectamente las cosas.

Pero no.

Solo una admisión.

—Gracias por decirlo —murmuró ella.

Alan levantó los ojos.

—No quiero volver a fingir que no tengo puntos ciegos.

La frase se quedó entre los dos.

Helen tragó saliva.

Habría sido fácil acercarse.

Decir algo menos profesional. Algo que reconociera que, después de todo lo ocurrido, ella también tenía puntos ciegos cuando se trataba de él.

No lo hizo.

Todavía no.

—Entonces pongamos reglas —dijo.

Alan frunció levemente el ceño.

—¿Reglas?

—Sí. Tú no tomas decisiones sobre el lanzamiento sin hablar conmigo y con Lillian. Yo no convierto cualquier cosa que diga Daniel en una señal de que todo se va a hundir.

Alan la observó.

—Eso parece razonable.

—Y no vamos a hablar de Daniel como si fuera un monstruo.

—No es un monstruo.

—No. Eso sería más sencillo.

Alan soltó aire lentamente.

—Es una persona que sabe cómo hacer daño sin parecer que lo está haciendo.

Helen asintió.

—Entonces no le daremos esa oportunidad.

El teléfono de Alan vibró sobre la mesa.

Esta vez él lo miró de inmediato.

La pantalla mostraba el nombre de Lillian Price.

Alan respondió.

—Sí.

Helen se quedó donde estaba, intentando no escuchar.

No era difícil. Alan hablaba bajo.

Aun así, alcanzó a oír algunas frases.

—¿Cuándo se ha decidido?—No, no me lo han comunicado.—Entiendo.—No, Lillian. No hagas nada todavía.

Alan miró a Helen mientras escuchaba.

La expresión de su rostro cambió apenas.

—¿Qué pasa? —preguntó ella cuando colgó.

Alan dejó el teléfono sobre la mesa.

—El evento no será solo una presentación de la campaña.

Helen frunció el ceño.

—¿Qué más va a ser?

—Victoria ha invitado a varios inversores, responsables de distribución y prensa especializada.

—Eso parecía lógico.

—También ha invitado a miembros del consejo.

Helen sintió un pequeño vuelco en el estómago.

—¿Y eso es raro?

Alan se acercó al escritorio.

—No para un lanzamiento importante. Pero sí cuando alguien ha insistido en que la campaña representa un cambio de dirección.

Helen comprendió.

No era solo una fiesta de moda con luces bonitas y periodistas haciendo preguntas sobre perfumes.

Era una evaluación pública.

De la campaña.

De Alan.

Y, aunque nadie lo dijera en voz alta, también de ella.

—Daniel quiere que el evento sea una prueba —dijo Helen.

Alan la miró.

—Sí.

—Quiere que todo el mundo vea que la campaña es un riesgo.

—Probablemente.

Helen apretó los labios.

—Entonces habrá que hacer que parezca inevitable.

Por primera vez desde que había leído el correo, Alan sonrió de verdad.

No una sonrisa grande.

No una que borrara el cansancio.

Pero una sonrisa que contenía reconocimiento.

—Esa es una frase muy tuya.

Helen levantó la barbilla.

—Gracias.

—No era una crítica.

—Lo sé.

Y, por una vez, no necesitó preguntarse si él estaba escondiendo algo detrás de la frase.

A la una de la tarde, Helen se reunió con Maya y Theo en la sala de campañas.

La noticia del lanzamiento se había extendido ya por buena parte de la planta, aunque nadie parecía conocer todos los detalles. En Bryce Atelier Group, los rumores no avanzaban en línea recta: se mezclaban, cambiaban de ropa y aparecían en los lugares más improbables.

Theo estaba sentado sobre el borde de una mesa, revisando una lista de medios.

—Tenemos periodistas de moda, lifestyle, negocios y cultura —dijo—. Lo cual significa que una persona preguntará por el perfume, otra por la campaña, otra por la estrategia global y alguien, inevitablemente, intentará averiguar con quién está saliendo Alan Bryce.

Helen se quedó quieta.

Maya le lanzó una mirada rápida.

Theo levantó los ojos del documento.

—Lo siento. Era una observación general.

—Claro —dijo Helen.

—No estoy insinuando nada.

—No has tenido que hacerlo.

Theo bajó el papel.

Por primera vez, pareció medir sus palabras.

—Helen, Daniel no está en el evento porque quiera hablar de tu vida personal. Está porque quiere controlar el relato de la empresa.

Helen cruzó los brazos.

—Eso no evita que pueda usarlo si le conviene.

Theo asintió.

—No.

Maya se inclinó hacia la mesa.

—Entonces no le damos nada que usar.

—¿Cómo? —preguntó Helen.

Maya señaló los paneles de inspiración de la pared.

—Hacemos que el evento sea tan claro, tan sólido y tan conectado con la campaña que nadie pueda reducirlo a rumores.

Theo sonrió.

—Eso sí tiene potencial.

—No quiero un evento que parezca una defensa —dijo Helen—. Quiero que parezca una experiencia.

Maya levantó una ceja.

—Explícate.

Helen caminó hasta las fotografías de Éclat Nocturne.

Nora entrando en el apartamento.

La ventana.

El perfume.

La luz.

—Todo el mundo espera que una marca de moda monte una fiesta inaccesible. Música demasiado alta. Copas de champán. Gente fingiendo que no mira a los demás.

Theo inclinó la cabeza.

—Es una crítica dolorosamente precisa de aproximadamente el setenta por ciento de nuestros eventos.

—No quiero eso —continuó Helen—. Quiero que las personas entren y entiendan la campaña antes de que alguien se la explique.

Maya se acercó.

—¿Cómo?

Helen señaló la imagen de la puerta del apartamento.

—Que el espacio parezca un recorrido. Que empiecen en una ciudad: lluvia, luces, sonido de metro, mensajes en pantallas, calles. Luego que entren en una casa. No una casa perfecta. Una casa cálida. Un lugar donde puedas quitarte los zapatos y dejar de actuar.

Theo bajó lentamente los papeles.

—Eso es muy bueno.

—La presentación del perfume no tiene que ser sobre estatus —dijo Helen—. Tiene que ser sobre ese momento en el que alguien decide que no necesita demostrar nada más.

Maya la miró.

—Eso es la campaña.

—Exactamente.

Theo se deslizó de la mesa.

—Y, por si alguien pregunta por qué estamos convirtiendo un lanzamiento de lujo en una experiencia emocional, diremos que porque las cifras prueban que funciona.

Helen sonrió.

—No digas “experiencia emocional” delante de Daniel Carter. Va a intentar apropiarse de la frase.

—Entonces inventaremos otra.

Maya cogió una libreta.

—Necesitamos un nombre para el concepto del evento.

Helen pensó en la frase central de la campaña.

Cuando el día termina, vuelves a ti.

Luego recordó la banca.

El like.

La mujer que entraba en casa y se reconocía.

—“La noche vuelve a ti” —dijo.

Theo repitió las palabras.

—La noche vuelve a ti.

Maya hizo una mueca pensativa.

—Tiene fuerza.

—Y no parece una campaña de velas aromáticas —añadió Theo.

—Gracias por ese criterio tan alto —dijo Helen.

Theo levantó una mano.

—Aquí estoy para servir.

El problema de las buenas ideas era que, en Bryce Atelier Group, se convertían en documentos, calendarios, presupuestos y reuniones antes de que Helen tuviera tiempo de respirar.

A las cuatro de la tarde, ya habían reservado un antiguo almacén reconvertido en espacio cultural junto al East River, en Queens. Tenía techos altos, columnas de ladrillo, ventanales enormes y una estructura industrial que podía transformarse sin perder su carácter.