Y todo por un like Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Maya entró en la sala en cuanto terminó la videollamada y abrazó a Helen con tanta fuerza que casi le hizo caer la carpeta.

—Has sido espectacular.

Helen soltó una risa nerviosa.

—Creo que me he quedado sin circulación en los dedos.

—Eso es porque acabas de destruir a un hombre con traje sin derramarle café.

Theo se acercó.

—Estoy emocionado. Es la primera vez que veo a alguien usar la frase “sin tener que demostrarla” como arma blanca.

Helen se tapó la cara con las manos.

—No quiero hablar de lo que he dicho.

—Pues tendrás que acostumbrarte —respondió Lillian—. Lo has dicho delante de dirección global.

Helen bajó las manos.

Lillian seguía seria.

Pero había algo diferente en su mirada.

—Y ha sido correcto.

Helen se quedó quieta.

—¿Eso ha sido un cumplido?

Lillian recogió su tablet.

—No se acostumbre.

Theo sonrió.

—Lo guardaré como un tesoro personal.

Lillian lo miró.

—No estaba hablando contigo.

Theo levantó ambas manos.

—Pero me ha afectado igual.

Poco a poco, la sala se vació.

Maya se fue con Theo para revisar el comunicado interno. Lillian se dirigió a producción.

Solo quedaron Helen y Alan.

La tensión de la reunión seguía allí, aunque transformada.

Helen recogió sus papeles sin mirar hacia él.

No sabía qué hacer con el comentario de Daniel.

No sabía si Alan estaba enfadado.

No sabía si debía agradecerle haber entrado en aquel momento.

No quería que pareciera que necesitaba su presencia para defenderse.

Alan se acercó.

—Helen.

Ella levantó la vista.

—No me digas que lo has solucionado.

Alan frunció levemente el ceño.

—No iba a decir eso.

—Porque no lo has solucionado tú.

—Lo sé.

Helen se quedó quieta.

Alan bajó la mirada hacia la carpeta que ella sostenía.

—Has estado increíble.

Helen soltó aire.

—No sé si me siento increíble.

—Eso no cambia lo que has hecho.

Ella lo observó.

—¿Estás enfadado?

Alan tardó un segundo.

—Con Daniel, sí.

—No le des más importancia de la que merece.

—No quiero hacerlo.

—Entonces no lo hagas.

Alan asintió.

—De acuerdo.

Helen sabía que le costaba.

Podía verlo en sus hombros tensos, en la forma en que mantenía las manos quietas, en la mirada que parecía quedarse siempre un segundo más de lo necesario sobre cada detalle.

—¿Te ha afectado lo que ha dicho? —preguntó él.

Helen pensó en mentir.

No lo hizo.

—Sí.

Alan no se movió.

Helen continuó.

—No porque crea que tenga razón. Pero porque sabía exactamente dónde golpear.

Alan apretó los labios.

—Lo siento.

—No es culpa tuya.

—No debería haber permitido que llegara hasta ahí.

Helen levantó la mirada.

—Alan.

Él se detuvo.

—No puedes controlar lo que dice todo el mundo.

La frase pareció afectarle.

Tal vez porque era exactamente lo que llevaba años intentando hacer.

Controlar los rumores. Los riesgos. Las consecuencias. Las grietas antes de que alguien pudiera entrar por ellas.

Helen dio un paso hacia él.

—No necesito que me protejas de cada persona desagradable que aparezca en mi vida.

Alan sostuvo su mirada.

—Lo sé.

—Pero sí necesito que estés a mi lado cuando las cosas se pongan difíciles.

La confesión salió antes de que pudiera revisarla.

Helen se quedó inmóvil.

Alan también.

El espacio entre ellos parecía más pequeño.

Más frágil.

—Puedo hacer eso —dijo él.

Helen tragó saliva.

—Bien.

Alan miró sus manos.

Luego volvió a levantar los ojos.

—Y tú puedes decirme cuando no quieras que lo haga.

Helen asintió.

Por un instante, solo se escuchó el zumbido discreto de los sistemas de ventilación y el rumor lejano de la oficina volviendo a su ritmo habitual.

Alan levantó una mano.

No tocó a Helen.

Se detuvo a pocos centímetros de su mejilla, como si necesitara una respuesta incluso para algo tan pequeño.

Helen lo miró.

No se apartó.

Alan rozó con los dedos una hebra húmeda de cabello que se había soltado junto a su rostro y la colocó detrás de su oreja.

El gesto fue suave.

Breve.

Mucho más íntimo que una gran declaración.

Helen sintió que el corazón le latía demasiado rápido.

Alan retiró la mano.

—No tendría que haber hecho eso —murmuró.

Helen levantó una ceja.

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Sí.

—Entonces no digas frases así si no quieres que te contradiga.

Por primera vez desde que Daniel había entrado en la sala, Alan sonrió.

No como Elliot.

No como el director general de Bryce Atelier Group.

Como Alan.

Y Helen pensó que quizá había cosas que no necesitaban un perfil falso para empezar a sentirse reales.

Su teléfono vibró dentro del bolso.

Los dos miraron la pantalla.

Helen lo sacó.

Era un correo de Lillian.

El asunto decía:

LANZAMIENTO GLOBAL — PRESENTACIÓN EN VIVO, NUEVA YORK

Helen abrió el mensaje.

Leyó las primeras líneas.

Después levantó la vista hacia Alan.

—La campaña se presenta en vivo dentro de dos semanas.

Alan frunció el ceño.

—Eso es antes de lo previsto.

Helen siguió leyendo.

Su pulso empezó a acelerarse.

—Y habrá prensa internacional.

Alan miró la pantalla.

—¿Qué más?

Helen tragó saliva.

Al final del correo aparecía una línea nueva.

Daniel Carter ha sido incorporado como asesor externo de comunicación para el evento.

Alan dejó de sonreír.

Y Helen comprendió que la batalla por la campaña todavía no había terminado.