Y todo por un like Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Entonces no tenemos que defender que la campaña sea lujosa. Tenemos que demostrar que redefine qué significa lujo.

Alan la miró.

—Exactamente.

Helen escribió una frase en la parte superior de la página.

El lujo no es parecer inalcanzable. Es poder elegir cómo quieres sentirte.

Maya leyó por encima de su hombro.

—Eso es bueno.

Theo señaló la frase.

—Eso va en la presentación.

Helen dudó.

—¿No es demasiado directo?

Alan se inclinó ligeramente para leerla.

No tocó el papel.

No invadió su espacio.

Pero estuvo lo bastante cerca para que Helen notara el olor limpio de su colonia.

—No —dijo—. Es claro.

Ella levantó la vista.

—¿Seguro?

Alan sostuvo su mirada.

—Sí.

Theo se echó hacia atrás con teatralidad.

—Qué bonito. Ahora os creéis mutuamente. Esto mejora muchísimo mi jornada.

Maya le dio un golpe leve con el bolígrafo.

—Cállate.

Helen bajó la mirada para esconder una sonrisa.

Alan no sonrió.

Pero la tensión en sus hombros se redujo un poco.

A las tres y cincuenta y seis, Helen entró en la Lantern Room con la sensación de que iba a presentar un examen para el que había estudiado toda la noche y, aun así, alguien podía preguntarle algo sobre álgebra.

La sala estaba preparada.

En la pantalla aparecía el título:

ÉCLAT NOCTURNE — PRUEBA DE AUDIENCIA MULTIMERCADO

Lillian estaba sentada junto a la pantalla. Victoria aparecía en una ventana de videollamada desde Londres, con un fondo de oficina blanco y una expresión tan controlada como siempre.

Alan ocupaba la silla central.

Helen se sentó a su derecha.

No como una asistente.

No como una persona que había entrado tarde con una carpeta abierta.

Como responsable creativa de una campaña.

Intentó recordarlo.

La puerta se abrió.

Daniel Carter entró.

Helen supo enseguida que Alan tenía razón.

Daniel era atractivo de una forma calculada. Cerca de cuarenta años, cabello oscuro, traje gris claro, sonrisa fácil y la clase de mirada que parecía haber aprendido a hacer sentir especiales a las personas antes de pedirles algo.

No era un villano de película.

Eso habría sido más sencillo.

Era el tipo de hombre al que probablemente muchas personas describían como encantador antes de descubrir que el encanto podía ser una herramienta.

—Alan —dijo al verlo—. Ha pasado tiempo.

Alan no se levantó.

—Daniel.

La sala se tensó.

Daniel miró alrededor.

Después vio a Helen.

—Tú debes de ser Helen Norton.

Helen sostuvo su mirada.

—Sí.

—He oído hablar mucho de esta campaña.

—Espero que bien.

Daniel sonrió.

—Depende de quién cuente la historia.

Theo, al fondo de la sala, dejó de mirar su teléfono.

Helen sintió que la frase estaba diseñada para parecer ligera.

No lo era.

Daniel se sentó al otro lado de la mesa.

Lillian cerró una carpeta.

—Empezamos.

La prueba se desarrolló durante treinta minutos.

Las participantes aparecían en pantalla desde distintos lugares: una oficina en Madrid, una sala de estar en París, una habitación luminosa en Seúl, un estudio compartido en Londres, un apartamento pequeño en Brooklyn.

Primero respondieron a las preguntas previas.

Después vieron la campaña.

Helen no miraba a Daniel.

No quería darle el placer de verla nerviosa.

Miraba las pantallas.

Miraba los rostros de las participantes.

Una mujer de Madrid, de unos treinta y tantos, se emocionó al hablar de la escena final.

—Me gusta que no parezca que ella necesita ir a ningún sitio para sentirse especial —dijo—. Parece que se está dando permiso a sí misma.

Otra participante, una arquitecta de París, comentó:

—La imagen es elegante, pero no me hace sentir fuera. Eso es difícil de conseguir con una marca de lujo.

Una mujer de Londres señaló la toma de los zapatos.

—Eso es lo que pasa al final de un día largo. No los zapatos, exactamente. La sensación de que ya puedes dejar de sostenerlo todo.

Helen sintió que algo en el pecho se aflojaba.

Theo la miró desde el fondo.

Maya, sentada junto a producción, le hizo un gesto casi imperceptible de victoria.

La prueba terminó.

Lillian pidió unos minutos para revisar las respuestas.

Victoria tomó notas en silencio.

Daniel no había dicho nada.

Eso no tranquilizaba a Helen.

Finalmente, él levantó la vista.

—Los resultados son positivos —dijo.

Helen esperó.

—Pero me preocupa que se esté confundiendo reacción emocional con intención de compra.

La frase cayó con la precisión de una aguja.

Daniel siguió.

—La gente puede sentirse identificada con la campaña. Eso no significa que vaya a pagar ciento ochenta dólares por una fragancia.

Helen notó que Alan se movía apenas a su lado.

No intervenía.

Le estaba dejando responder.

Y, aunque parte de ella quería que él tomara el control y cerrara la discusión con una sola frase, también entendió por qué no lo hacía.

Habían hablado de no decidir por ella.

Helen apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo.

Daniel sonrió.

—Claro.

—¿Crees que las personas compran lujo porque quieren parecer que viven una vida que no tienen?

La sonrisa de Daniel se volvió más cuidadosa.

—Creo que compran lujo porque quieren acceder a una versión mejorada de su realidad.

Helen asintió.

—Entonces estamos diciendo algo parecido.

Daniel levantó una ceja.

—No estoy seguro.

—Yo creo que sí. La diferencia es que para ti esa versión mejorada necesita estar lejos. Para mí puede empezar cuando una persona decide que merece algo bueno sin tener que convertirse en otra.

La sala permaneció quieta.

Helen continuó.

—No estamos vendiendo una casa pequeña, un sofá o una mujer cansada. Estamos vendiendo una experiencia. El perfume no hace que ella parezca alguien distinta. Hace que se sienta más cerca de sí misma.

Daniel la observó.

—Eso es emocionalmente atractivo.

—Sí.

—Pero el lujo necesita distancia.

Helen sostuvo la mirada.

—No. El lujo necesita deseo. Y el deseo no siempre nace de mirar algo imposible. A veces nace de pensar: “Quiero sentirme así.”

Por primera vez, Daniel no respondió enseguida.

Victoria levantó la vista desde Londres.

Lillian miró las respuestas de las participantes.

Alan permanecía en silencio.

Pero Helen notó que sus dedos se habían relajado sobre la mesa.

Daniel se recostó en la silla.

—Es una buena defensa.

Helen sonrió apenas.

—No es una defensa. Es la campaña.

Daniel sostuvo su mirada durante un instante más.

Luego asintió.

—Veremos qué dicen los datos finales.

La frase no era una rendición.

Pero tampoco era una derrota.

Helen aceptó lo que era.

Un primer paso.

Cuando la reunión terminó, las pantallas se apagaron una a una.

Victoria se despidió desde Londres con un gesto breve.

Lillian recogió sus documentos.

Daniel se levantó.

Antes de salir, se acercó a Helen.

Alan se puso de pie al mismo tiempo.

No de forma agresiva.

Solo estaba allí.

Daniel miró a Helen.

—Tienes una voz clara.

Helen recordó la misma frase de Victoria.

—Gracias.

Daniel inclinó un poco la cabeza.

—No dejes que Bryce la convierta en algo que dependa de él.

El comentario fue tan bajo que nadie más pareció oírlo.

Pero Alan lo oyó.

Helen lo supo porque su expresión cambió.

Daniel sonrió, como si acabara de decir algo amable.

Luego se alejó.

Helen se quedó quieta.

Alan la miró.

—No tienes que escucharlo.

Ella levantó la vista.

—No sé si quiero escucharle.

Alan sostuvo su mirada.

—Eso ya es una decisión tuya.

Helen notó que la frase le dolía y la ayudaba a la vez.

Porque era verdad.

Daniel había intentado sembrar algo.

Una duda.

La misma que Helen ya llevaba dentro.

Pero esa duda no era de Daniel.

Era suya.

Y no iba a dejar que él decidiera qué hacer con ella.

Su teléfono vibró.

Esta vez no era un correo.

Era un mensaje de Maya.

Maya: ¿Has visto que Daniel Carter parece un anuncio de colonia que ha aprendido a manipular emociones?

Helen miró la pantalla.

Luego miró a Alan.

Por primera vez en toda la tarde, sonrió de verdad.

—Maya acaba de describir a Daniel como un anuncio de colonia con problemas emocionales.

Alan soltó una risa baja.

—No es una valoración del todo injusta.

Helen guardó el teléfono.

El ambiente seguía tenso. La campaña aún no estaba aprobada. Daniel seguía allí. Las decisiones de Alan seguían teniendo consecuencias que no podían fingir que no existían.

Pero Helen había defendido su idea.

Y había ganado una parte de la batalla sin esconderse detrás de nadie.

Eso, pensó mientras salía de la sala, quizá era el tipo de lujo que Daniel Carter jamás lograría vender.