Capítulo 21
Daniel Carter no volvió a aparecer en la oficina durante el resto de la tarde.
Eso no impidió que su presencia siguiera ocupando espacio.
Se quedó en los silencios demasiado largos después de una reunión.
En la forma en que Theo dejó de hacer bromas cada vez que alguien mencionaba los datos de prueba.
En los correos nuevos que empezaron a llegar desde Londres con asuntos cuidadosamente neutros y palabras que, leídas con atención, contenían amenazas muy elegantes.
Solicitud de segmentación adicional.Revisión de percepción de marca.Alineación de propuesta de valor.
Helen había aprendido algo desde que entró en Bryce Atelier Group.
Las frases más peligrosas rara vez incluían signos de exclamación.
A las seis y media, seguía sentada ante su ordenador, revisando las respuestas de las participantes de Nueva York.
Maya había salido hacía veinte minutos para reunirse con el equipo de vestuario. Theo estaba en una videollamada con París. Lillian no había abandonado su despacho en toda la tarde.
Y Alan seguía encerrado en el suyo.
Helen podía ver la luz bajo la puerta.
No debía importarle.
Era una puerta cerrada. Un despacho. Un director general trabajando hasta tarde.
Nada extraordinario.
Pero llevaba siete minutos mirando esa luz.
—Te vas a quedar con estrabismo —dijo una voz desde el otro lado de su escritorio.
Helen levantó la vista.
Maya había vuelto.
Llevaba una carpeta bajo el brazo y un moño que ya no era impecable. Dos mechones oscuros se le habían escapado alrededor del rostro y tenía una expresión de cansancio que, en su caso, solo conseguía hacerla parecer más elegante.
Helen cerró una pestaña del ordenador.
—No estaba mirando nada.
Maya miró hacia el despacho de Alan.
—Claro.
—Estaba pensando.
—Eso me preocupa más.
Helen apoyó los brazos sobre el escritorio.
—¿Crees que Daniel tiene razón?
Maya dejó la carpeta sobre una silla.
—¿Sobre qué parte? Ha dicho unas siete cosas con tono de entrevista de revista y cinco eran lo bastante ambiguas como para que cualquiera pudiera sentirse atacado.
Helen bajó la mirada hacia la pantalla.
—Sobre Alan.
Maya guardó silencio.
Helen continuó antes de arrepentirse.
—No digo que Daniel sea una persona fiable. De hecho, parece alguien que podría venderte un paraguas durante una sequía y hacerte sentir afortunada por haberlo comprado.
Maya sonrió un poco.
—Eso ha sido muy preciso.
—Pero ha dicho que no deje que Alan convierta mi voz en algo que dependa de él.
Maya se sentó en el borde del escritorio.
—Y eso te ha dolido porque ya te lo preguntaste tú antes.
Helen asintió.
Era imposible hablar con Maya cuando ella decidía ser honesta.
—¿Y si es verdad? —preguntó Helen—. ¿Y si la campaña sigue adelante porque Alan la protege? ¿Y si, sin querer, he dejado que todo esto se mezcle demasiado?
Maya miró las respuestas de las participantes abiertas en la pantalla.
—Tu idea funcionó antes de que supieras lo de Elliot.
—Él ya sospechaba.
—Sospechaba. No sabía.
Helen apretó los labios.
—Eso no mejora mucho las cosas.
—No. Pero no convierte tu trabajo en algo suyo.
Helen giró hacia la pantalla.
En una de las respuestas, una mujer había escrito:
Me gusta que la campaña no me trate como si tuviera que escapar de mi vida para merecer algo bonito.
Helen la leyó otra vez.
Luego otra.
—La gente ha conectado con ella —dijo.
—Sí.
—De verdad.
—Sí.
—Y no porque Alan Bryce lo haya dicho.
Maya bajó la voz.
—Exactamente.
Helen se quedó quieta.
A veces necesitaba que alguien le dijera las cosas con la misma firmeza con la que ella intentaba sostener una idea delante de los demás.
Maya cogió una de las hojas impresas sobre la mesa.
—Además, si Daniel Carter cree que puede hacerte dudar con una frase bien colocada, no te conoce.
Helen levantó una ceja.
—Yo dudo mucho.
—Sí. Pero también respondes.
—Eso no siempre es una virtud.
—Hoy lo ha sido.
Helen soltó aire lentamente.
—¿Has visto a Alan?
Maya sonrió.
—Ahí está la pregunta que llevabas cinco minutos construyendo.
—No la estaba construyendo.
—Helen.
Helen miró hacia la puerta cerrada.
—¿Lo has visto?
Maya se volvió también.
—No desde la reunión. Theo dijo que Victoria le había llamado otra vez.
—¿Por la campaña?
—Probablemente.
Helen frunció el ceño.
—¿Y Daniel?
Maya se encogió de hombros.
—No lo sé.
Helen tomó su bolso.
—Voy a irme.
Maya la miró.
—¿A casa?
Helen sostuvo la mirada durante un segundo.
Luego negó con la cabeza.
—A hablar con Alan.
Maya levantó las cejas.
—¿Como responsable creativa?
—Como persona que no quiere que otras personas decidan por ella qué debe pensar.
Maya sonrió, esta vez sin bromear.
—Eso me gusta mucho más.
Helen se puso el abrigo.
—No sé qué voy a decir.
—Eso nunca te ha detenido tanto como crees.
—Me ha detenido muchas veces.
Maya le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Entonces esta vez no dejes que lo haga.
La puerta del despacho de Alan estaba cerrada.
Helen permaneció delante unos segundos.
A través del cristal esmerilado se distinguía una silueta junto a la ventana. Alan estaba de espaldas, con el teléfono en la mano y una carpeta abierta sobre el escritorio.
Parecía hablar con alguien.
Helen levantó la mano para llamar.
Entonces escuchó su voz.
—No voy a cambiar la campaña para que Daniel Carter se sienta cómodo.
La frase llegó amortiguada.
Pero fue clara.
Helen bajó la mano.
No quería escuchar.
No debía escuchar.
Aun así, se quedó inmóvil.
—No, Victoria —continuó Alan—. No estoy diciendo que no haya riesgos. Estoy diciendo que no vamos a tratar al público como si solo respondiera a una fantasía inalcanzable.
Silencio.
Helen imaginó la voz de Victoria al otro lado de la línea. Fría. Razonable. Precisa.
Alan pasó una mano por su frente.
—No estoy defendiendo a Helen. Estoy defendiendo una dirección creativa que funciona.
Helen sintió una presión extraña en el pecho.
No sabía si aquello la tranquilizaba o la enfadaba.
Tal vez ambas cosas.
—Sí, es parte del equipo —dijo Alan—. Y sí, es la responsable de la idea. Pero eso no invalida la idea.
Helen dio un paso atrás.
No quería seguir.
No necesitaba oír más.
En ese momento, la puerta se abrió.
Alan apareció frente a ella.
Helen se quedó quieta.
Él también.
Por un instante, ninguno dijo nada.
La conversación por teléfono seguía activa. Victoria debía de estar esperando al otro lado.
Alan miró a Helen.
Luego volvió al teléfono.
—Te llamo después.
Colgó.
El silencio que quedó fue incómodo solo durante un segundo.
—No quería escuchar —dijo Helen.
Alan sostuvo la mirada.
—Pero has escuchado.
—No mucho.
—Lo suficiente.
Helen cruzó los brazos.
—No sé.
Alan dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Pasa.
Ella entró.
El despacho olía a café frío, papel y esa colonia limpia que empezaba a asociar con demasiadas cosas. Sobre la mesa había informes abiertos, varias hojas con cifras y una fotografía en blanco y negro de una calle vacía bajo la lluvia.
Helen se detuvo frente al escritorio.
—No tienes que defenderme delante de Victoria.
Alan no respondió enseguida.
—No la estaba defendiendo a ella.
Helen arqueó una ceja.
—¿A quién, entonces?
—A ti.
—Alan.
Él se acercó un paso.
—Pero no por lo que piensas.
Helen negó con la cabeza.
—Ese es el problema. Siempre crees que sabes lo que pienso.
Alan se detuvo.
La frase no sonó agresiva. Sonó cansada.
A él le afectó igual.
—Tienes razón —dijo.
Helen soltó aire por la nariz.
—No quiero que me des la razón solo porque ahora estás intentando hacerlo todo bien.
—No te la doy por eso.
—Entonces, ¿por qué?
Alan la miró.
—Porque me importa que puedas confiar en que, cuando hablo de tu trabajo, hablo de tu trabajo. No de nosotros.
Helen bajó la mirada.
La palabra nosotros quedó suspendida entre ambos.
No era una declaración.
No era una promesa.
Pero tampoco era algo que pudiera ignorar.
—No sé si existe un nosotros —dijo ella.
Alan no apartó la mirada.
—No lo sé tampoco.
La sinceridad fue tan directa que Helen levantó los ojos.
Él continuó, más despacio.
—Lo que sí sé es que no quiero decidir el rumbo de tu vida. Ni el de esta campaña. No quiero convertirme en alguien que te ayuda hasta que te das cuenta de que no puedes moverte sin él.
Helen sintió algo aflojarse dentro de ella.
—Entonces deja de salvarme.
Alan frunció levemente el ceño.
—No estoy intentando salvarte.
—Hoy asumiste toda la responsabilidad frente a Victoria.
—Porque soy director general.
—Y porque te importo.
Alan guardó silencio.
No lo negó.
Helen se acercó un poco al escritorio.
—No quiero que eso sea una deuda.
—No lo es.
—No quiero que, si la campaña sale bien, alguien piense que ha sido gracias a ti.
—No lo será.
—Y si sale mal…
Alan bajó la mirada.
—Entonces será una decisión compartida.
Helen lo observó.
—No. Será una decisión de la empresa. De un equipo. No quiero que la conviertas en algo que cargas tú solo.
Alan levantó la vista.
Durante un momento, pareció incapaz de responder.
No porque no tuviera palabras.
Porque quizá no estaba acostumbrado a que alguien le pidiera que no cargara con todo.
Helen vio algo cambiar en su expresión.
Una grieta pequeña.
Una defensa menos.
—De acuerdo —dijo al fin.
—No lo digas si no lo sientes.
Alan casi sonrió.
—Lo siento.
Helen se quedó quieta.
La tensión entre ellos ya no era exactamente romántica. Seguía estando ahí, claro. Era imposible no sentirla cuando él la miraba de esa forma, cuando se acercaba y el espacio se volvía demasiado pequeño.
Pero había otra cosa.
Una clase de intimidad más difícil.
La de hablar sin esconderse.
—Daniel dijo que no dejara que dependiera de ti —murmuró Helen.
Alan mantuvo la mirada.
—Tiene razón en una cosa.
Ella frunció el ceño.
—¿Cuál?
—No debes depender de mí.
Helen esperaba que se defendiera. Que dijera que Daniel manipulaba todo. Que intentara convencerla de que sus palabras no importaban.
En vez de eso, Alan se inclinó un poco hacia ella.
—Quiero estar en tu vida porque lo eliges, no porque necesitas que arregle algo.
El corazón de Helen dio un golpe lento y firme.
—Eso suena bonito.
—No lo digo para que suene bonito.
—Lo sé.
Y por primera vez, lo sabía de verdad.
El teléfono de Alan vibró sobre el escritorio.
Los dos miraron la pantalla.
Era un mensaje de Theo.
Alan no lo abrió.
Helen esperó.
Alan la miró de nuevo.
—¿Quieres saber lo que ha dicho?
Helen negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—No quiero que Theo esté en medio de esta conversación aunque sea por mensaje.
La boca de Alan se curvó ligeramente.
—Es una buena decisión.
—No te acostumbres a que las tome.
—No lo haré.
El silencio volvió.
Esta vez no fue incómodo.
Helen sintió que podía quedarse allí unos minutos más.
Que podía mirar las fotografías del despacho, preguntarle por los libros ordenados, por qué tenía una planta tan sana y si aquella calle bajo la lluvia era la misma de la foto que Elliot le había enviado.
Pero no quería confundir un momento bonito con una solución.
Todavía no.
—Tengo que irme —dijo.
Alan asintió.
—Lo sé.
Helen caminó hacia la puerta.
Antes de abrirla, se volvió.
—Alan.
Él levantó la vista.
—No asumas otra cosa importante sin hablar antes conmigo.
Alan sostuvo la mirada.
—No lo haré.
Helen entrecerró los ojos.
—¿Eso es una promesa?
—Sí.
Ella lo observó unos segundos.
Luego abrió la puerta.
—Bien.
Salió al pasillo.
Antes de que pudiera caminar hacia los ascensores, Alan habló desde dentro.
—Helen.
Ella se giró.
Él estaba junto a la puerta, pero no cruzó el umbral.
—La planta de tu salón.
Helen frunció el ceño.
—¿Qué pasa con ella?
—Creo que debería llamarse Nora.
Helen parpadeó.
—¿Por la actriz?
Alan negó con la cabeza.
—Por la toma final. Porque consiguió sobrevivir en el fondo de la imagen y aun así hizo que todo pareciera más real.
Helen se quedó mirándolo.
Era una tontería.
Una frase pequeña.
Pero se le quedó dentro.
—Es un nombre horrible para una planta —dijo.
Alan sonrió.
—Entonces elige otro.
Helen empezó a caminar hacia el ascensor.
—Lo haré.
Las puertas se abrieron.
Entró.
Antes de que se cerraran, miró una última vez hacia el despacho.
Alan seguía allí.
No parecía invencible.
No parecía tan seguro como todos creían.
Y, quizá por primera vez, Helen entendió que querer a alguien no consistía en dejar que te resolviera la vida.
A veces consistía en pedirle que dejara de hacerlo.
Su teléfono vibró al salir del ascensor.
Era un mensaje de Maya.
Maya: ¿Todo bien?
Helen miró las puertas cerradas del ascensor.
Luego escribió:
Helen: Creo que he conseguido que deje de querer salvarme.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Maya: Eso es precioso.
Maya: Y aterrador.
Maya: Como casi todo lo importante.
Helen sonrió mientras salía al vestíbulo.
Afuera, la noche de Queens se extendía húmeda y brillante.
Por primera vez en varios días, no le pareció una ciudad llena de amenazas.
Solo una ciudad donde todavía podían ocurrir cosas.