Y todo por un like Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Porque, por primera vez, Alan parecía hablar de la campaña como si fuera algo en lo que creía de verdad. No como una oportunidad para Helen. No como una concesión. Como una idea que compartía.

Victoria apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces lo asumes tú.

Theo dejó de moverse.

Lillian levantó la vista.

Helen sintió que la frase tenía un peso que no comprendía del todo.

—¿Qué significa eso? —preguntó Lillian.

Victoria miró a Alan.

—Que si la campaña se mantiene en esta línea, no habrá revisión creativa desde Londres. Pero si las primeras pruebas de mercado no alcanzan los objetivos, el cambio de dirección quedará registrado como una decisión exclusiva de Nueva York.

Alan no apartó la mirada.

—De acuerdo.

Helen giró hacia él.

—Alan.

Él la miró.

No parecía preocupado.

Eso no la tranquilizó.

—No puedes hacer eso solo por—

Alan levantó una mano muy ligeramente.

No para callarla.

Para pedirle que confiara un segundo.

Helen se quedó en silencio.

Victoria recogió la carpeta.

—Quiero ver una prueba de audiencia antes de que la campaña se apruebe para distribución global.

Lillian frunció el ceño.

—Eso retrasará el lanzamiento.

—Dos semanas —dijo Victoria—. Y quiero que el grupo de prueba incluya mercados distintos: Nueva York, Londres, París, Seúl y Madrid.

Theo soltó aire.

—Eso es una cantidad de husos horarios muy poco romántica.

Victoria lo miró.

—No estamos hablando de romance.

Theo inclinó la cabeza.

—Ese suele ser el problema.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Victoria.

Desapareció antes de que Helen estuviera segura de haberla visto.

—Tendrán sus pruebas —dijo Lillian.

Victoria asintió.

Luego miró directamente a Helen.

—La campaña tiene una voz clara. No la pierda intentando defenderla.

Helen sintió que no sabía si aquello era una advertencia o un reconocimiento.

Quizá ambas cosas.

—No la perderé —dijo.

Victoria sostuvo su mirada un instante más.

Después se giró hacia Alan.

—Hablaremos esta tarde.

Alan asintió.

La reunión terminó.

Helen salió de la Lantern Room con la carpeta contra el pecho y el corazón golpeándole demasiado deprisa.

Maya caminaba a su lado.

—Has estado increíble.

Helen soltó una risa nerviosa.

—Creo que acabo de discutir con una mujer que podría despedirme desde otro continente.

—Y has ganado.

—No hemos ganado nada.

—Victoria Lane ha dicho que tu campaña tiene una voz clara.

—También ha dicho que es un riesgo.

Maya abrió los brazos.

—Helen, todo lo que vale la pena suele ser un riesgo.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que no tiene que presentar resultados en cinco mercados internacionales.

—Y tú eres exactamente alguien que está buscando una razón para no reconocer que ha sido brillante.

Helen se detuvo junto a una ventana.

Abajo, la ciudad seguía moviéndose. Coches. Gente. Camiones de reparto. Un hombre con paraguas amarillo cruzando una calle demasiado deprisa.

—Alan ha asumido la responsabilidad —dijo ella.

Maya perdió un poco la sonrisa.

—Sí.

—No debería haberlo hecho.

—Tal vez no.

—Si las pruebas salen mal, todo el mundo dirá que lo hizo porque…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Maya entendió.

Porque Alan estaba demasiado implicado.

Porque Helen era la mujer con la que había hablado bajo un perfil falso.

Porque los rumores ya habían empezado.

—No puedes controlar lo que piense todo el mundo —dijo Maya—. Pero puedes controlar que la campaña sea tan buena que no tengan nada serio que decir.

Helen asintió.

Era una respuesta útil.

No resolvía el resto.

—Necesito hablar con Alan —dijo.

Maya levantó una ceja.

—¿Como directora creativa de la campaña o como mujer que está empezando a tener sentimientos muy incómodos?

Helen la miró.

—Las dos cosas.

—Eso sí es progreso.

Alan estaba en su despacho.

La puerta permanecía entreabierta.

Helen se detuvo delante.

Podía verlo de pie junto a la ventana, con el teléfono en una mano y la otra apoyada contra el cristal. Tenía la espalda recta. Los hombros tensos. El reflejo de la ciudad le devolvía una imagen limpia y distante.

Parecía solo.

Helen llamó suavemente con los nudillos.

Alan se giró.

Su expresión cambió al verla.

—Pasa.

Helen entró y cerró la puerta detrás de sí.

El despacho de Alan seguía siendo demasiado ordenado. Libros alineados. Una mesa de madera oscura. Dos fotografías en blanco y negro. Una planta pequeña junto a la ventana que, a diferencia de la suya, parecía estar orgullosa de vivir allí.

Helen señaló la planta.

—Esa sí tiene nombre, ¿verdad?

Alan la miró, sorprendido.

—No.

—Entonces quizá te está juzgando.

La boca de Alan se movió apenas.

—Probablemente.

El silencio se instaló un momento.

Helen se acercó al escritorio.

—No tenías que asumir la responsabilidad de la campaña.

Alan dejó el teléfono sobre la mesa.

—Quería hacerlo.

—Eso no responde a lo que te he dicho.

—No. Pero sí responde a por qué lo hice.

Helen cruzó los brazos.

—La gente ya habla.

—La gente siempre habla.

—Eso tampoco ayuda.

Alan asintió.

—Lo sé.

Helen lo miró.

A veces odiaba que la entendiera tan rápido.

A veces agradecía que ya no intentara defenderse con frases vacías.

—No quiero que nadie piense que esta campaña se mantiene porque tú quieres protegerme.

Alan dio un paso hacia ella.

No demasiado.

Solo lo suficiente para que Helen notara que estaba escuchando con toda la atención.

—La campaña se mantiene porque es buena.

—Pero tú también tienes una parte en esto.

—Sí.

—Y tienes poder.

—Sí.

Helen respiró hondo.

—Entonces necesito que me prometas algo.

Alan sostuvo su mirada.

—Dime.

—Si las pruebas dicen que algo no funciona, no quiero que me mientas para que me sienta mejor.

La expresión de Alan cambió.

Se volvió más seria.

—No te mentiré.

—Aunque sea mi idea.

—Aunque sea tu idea.

—Aunque eso nos haga discutir.

Alan pareció a punto de sonreír.

—Eso ya parece inevitable.

Helen soltó aire por la nariz.

—No estoy bromeando.

—Yo tampoco.

La respuesta fue firme.

Honesta.

Helen lo observó durante unos segundos.

—Y tampoco quiero que tomes decisiones por mí.

Alan bajó la mirada.

—Entiendo.

—No necesito que me rescates, Alan.

Él volvió a mirarla.

—No quiero rescatarte.

—A veces lo parece.

—Lo sé.

Helen esperó.

Alan apoyó las manos sobre el borde del escritorio.

—Estoy aprendiendo a no confundir cuidar de alguien con decidir por esa persona.

La frase la dejó quieta.

No era una promesa perfecta.

Pero era real.

Y Helen empezaba a comprender que, con Alan, lo real era más importante que lo perfecto.

—Bien —dijo.

Alan asintió.

—Bien.

Otro silencio.

Esta vez no resultó incómodo.

Helen miró la fotografía en blanco y negro sobre una estantería. Era una calle de Nueva York bajo la lluvia. Una figura caminaba de espaldas con un paraguas oscuro.

—¿La hiciste tú? —preguntó.

Alan siguió su mirada.

—Sí.

—¿Antes o después de Elliot Reed?

Alan se quedó quieto.

Helen se arrepintió un poco de preguntar.

Pero él respondió.

—Antes.

—¿Y la foto que me mandaste?

—También.

Helen giró hacia él.

—¿La hiciste el día que me la enviaste?

Alan negó con la cabeza.

—La tomé hace años.

—Entonces me la enviaste porque sabías que iba a recordarme a la campaña.

—Sí.

Helen sostuvo su mirada.

—Eso fue un poco injusto.

Alan asintió.

—Sí.

—Y bonito.

La confesión salió tan baja que casi no pareció existir.

Alan no se movió.

Helen sintió que el pulso se le aceleraba.

Había dicho demasiado.

O quizá, por primera vez, había dicho justo lo que pensaba.

Alan dio un paso más.

Aún había espacio entre ellos.

Pero ya no parecía suficiente.

—Helen —dijo.

Ella levantó la vista.

Él parecía querer decir algo.

Algo importante.

Algo que podía cambiar el aire del despacho.

El teléfono de Helen vibró dentro del bolso.

Los dos se quedaron quietos.

Helen cerró los ojos un segundo.

—Es impresionante —murmuró—. Siempre ocurre algo.

Alan bajó la mirada.

—No tienes que contestar.

Helen sacó el teléfono.

Era un correo de Lillian.

El asunto decía:

PRUEBA DE AUDIENCIA — LISTA PRELIMINAR DE PARTICIPANTES

Helen abrió el mensaje.

Había una lista de perfiles seleccionados para los grupos de prueba.

Profesionales de distintos sectores. Consumidoras frecuentes de productos de lujo. Creadoras de contenido. Periodistas culturales. Ejecutivas.

Y, al final, un nombre que Helen no conocía.

Daniel Carter — Consultor externo de estrategia digital.

Helen frunció el ceño.

—¿Quién es Daniel Carter?

Alan se quedó inmóvil.

Helen levantó la vista.

El cambio en su rostro fue pequeño.

Pero lo reconoció.

Era la misma expresión que había tenido cuando Theo había mencionado a su hermana.

Tensión.

Cautela.

Una puerta cerrándose demasiado deprisa.

—¿Lo conoces? —preguntó Helen.

Alan tardó un segundo.

—Sí.

—¿De dónde?

Alan miró hacia la ventana.

Cuando habló, su voz fue baja.

—Fue director de estrategia digital de Bryce Atelier Group.

Helen esperó.

—¿Y?

Alan volvió la mirada hacia ella.

—Y es una de las razones por las que aprendí a no confiar fácilmente en la gente.

El teléfono seguía iluminado entre las manos de Helen.

El nombre de Daniel Carter pareció ocupar toda la pantalla.

Y, de pronto, la campaña dejó de ser solo una prueba de mercado.

Porque Helen comprendió que alguien del pasado de Alan estaba a punto de entrar en una historia que todavía no habían conseguido entender.