Y todo por un like Capítulo 19
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Capítulo 19

A las ocho y cinco de la mañana, Helen estaba delante de la cafetera de Bryce Atelier Group intentando decidir si era demasiado pronto para tomar el tercer café del día.

La respuesta, según Maya, era sí.

La respuesta, según Helen, era que una objeción formal de dirección global anulaba todas las normas relacionadas con la cafeína.

—No puedes seguir así —dijo Maya, apoyada contra la encimera.

Helen colocó el vaso bajo la máquina.

—Puedo hacer muchas cosas si tengo suficiente café.

—Eso lo dicen las personas justo antes de enviar un correo con copia a todo el mundo y escribir “cordialmente” como una amenaza.

Helen pulsó el botón.

—No voy a enviar ningún correo.

—Todavía.

La máquina comenzó a hacer ruido.

Helen miró hacia los ventanales de la planta dieciocho. El día era gris, con una luz pálida que convertía Queens en una sucesión de edificios húmedos, taxis y paraguas oscuros.

No había dormido bien.

Había vuelto a casa después del rodaje con Maya. Habían pedido comida tailandesa, habían visto las tomas preliminares en silencio y habían intentado convencerse de que la reunión urgente del día siguiente no significaba necesariamente un desastre.

Luego Helen se había quedado sola en el salón.

Había mirado la planta junto a la ventana.

Había pensado que, técnicamente, aquella planta acababa de aparecer en una campaña internacional antes de tener nombre.

Y después había pensado en Alan.

En su voz al decir que no estaría sola.

No le había escrito.

Él tampoco.

Por una vez, el silencio no había parecido una huida.

Había parecido una pausa.

Pero a las siete y treinta y nueve de la mañana, Lillian Price había mandado un correo con el asunto:

REVISIÓN ESTRATÉGICA. PRESENCIA OBLIGATORIA.

La palabra obligatoria tenía la capacidad de quitarle el romanticismo a cualquier recuerdo.

—¿Sabes quién ha puesto la objeción? —preguntó Helen.

Maya cogió una cápsula de café.

—No. Pero Sienna ha dicho que viene de la oficina de Londres.

Helen se giró.

—¿Londres?

—Sí.

—¿Y qué tienen contra la campaña?

Maya encogió un hombro.

—Puede que quieran más lujo. Puede que prefieran una celebridad. Puede que alguien haya visto una mujer quitándose los zapatos en un apartamento pequeño y haya tenido una crisis estética.

Helen tomó el café.

—Es una campaña de perfume, no una declaración de guerra.

—Trabajamos en moda. Para ciertas personas, es lo mismo.

La máquina emitió un pitido.

Maya levantó una mano.

—Y antes de que digas que Alan lo arreglará, recuerda que no es su trabajo arreglarlo todo por ti.

Helen la miró.

—No iba a decir eso.

—Lo estabas pensando.

—No.

—Helen.

Helen bebió un sorbo de café demasiado caliente.

Se quemó la lengua.

Eso, pensó, era exactamente lo que merecía por mentir.

La reunión se celebraba en la Lantern Room.

El mismo lugar donde Helen había defendido por primera vez su idea para Éclat Nocturne.

La misma mesa enorme.

La misma pantalla.

Las mismas paredes de cristal desde las que se veía el río bajo un cielo pesado.

Pero aquella mañana no tenía el mismo aspecto.

Las imágenes de la campaña aparecían en la pantalla: Nora entrando en el apartamento de Helen, los zapatos en la mano, la luz suave junto a la ventana, el frasco sobre la mesa, el gesto íntimo de aplicarse perfume en la muñeca.

Helen las miró mientras ocupaba una silla junto a Maya.

La campaña seguía pareciéndole bonita.

Real.

Suya.

Eso la aterraba.

Lillian estaba de pie junto a la pantalla, revisando varios documentos. Sienna hablaba por videollamada con alguien del equipo de producción. Theo permanecía cerca de la ventana, mucho más serio de lo habitual.

Alan aún no había llegado.

Helen intentó no mirar la puerta.

Falló tres veces.

La puerta se abrió a las ocho y veintinueve.

Alan entró acompañado por una mujer que Helen no conocía.

Era alta, elegante, de cabello oscuro cortado a la altura de la mandíbula y un abrigo blanco que parecía diseñado para entrar en habitaciones y obtener silencio de inmediato. Llevaba unos pendientes pequeños de oro, un vestido azul marino y unos zapatos de tacón que no hacían ruido sobre el suelo.

Su rostro era sereno.

Demasiado sereno.

Helen supo de inmediato que aquella mujer no estaba allí para decir algo agradable.

—Buenos días —dijo Lillian.

La mujer dejó una carpeta sobre la mesa.

—Buenos días.

Alan se sentó frente a Helen.

No la miró primero.

Eso le dolió un poco, aunque no tenía derecho a que le doliera.

Después levantó los ojos.

El gesto fue breve.

Pero Helen leyó la pregunta en ellos.

¿Estás bien?

Ella hizo un movimiento casi imperceptible con la cabeza.

Todavía.

La mujer del abrigo blanco se colocó al lado de Lillian.

—Soy Victoria Lane —dijo—. Directora global de estrategia de marca.

Helen reconoció el nombre.

Victoria Lane no trabajaba desde Nueva York. Dirigía la oficina de Londres y era una de las personas responsables de definir el rumbo creativo de Bryce Atelier Group en Europa y Asia.

Maya se inclinó apenas hacia Helen.

—La reina del minimalismo caro —susurró.

Helen no respondió.

Victoria abrió la carpeta.

—He visto el material de Éclat Nocturne.

La pantalla mostró una de las tomas del apartamento.

Nora estaba junto a la ventana. La planta de Helen aparecía desenfocada al fondo.

Victoria miró la imagen.

—La fotografía es excelente. La actriz tiene presencia. El producto está bien integrado.

Helen sintió una pequeña relajación en los hombros.

Duró poco.

—Pero la narrativa presenta un problema —continuó Victoria.

Lillian cruzó los brazos.

—¿Cuál?

Victoria pulsó un mando y la imagen cambió.

Apareció una campaña antigua de Bryce Atelier Group: una modelo con vestido plateado en una terraza de Milán, luces de ciudad detrás, un frasco de perfume rodeado de cristal y sombras.

—Bryce Atelier Group no construyó su identidad mostrando vidas ordinarias —dijo Victoria—. La construyó ofreciendo a las personas una versión de sí mismas que aspiraban a alcanzar.

Helen sintió que el estómago se le cerraba.

La frase era elegante.

También era un ataque directo contra todo lo que ella había intentado defender.

Victoria pasó a otra diapositiva.

Esta vez aparecieron estudios de mercado, gráficos, palabras como exclusividad, deseabilidad, estatus.

—Esta campaña es íntima —continuó—. Es cálida. Incluso tiene una sensibilidad que podría funcionar para una marca emergente.

Helen apretó los dedos bajo la mesa.

Para una marca emergente.

No era un insulto claro.

Era peor.

Era una forma refinada de decir que su idea no estaba a la altura.

—Pero Éclat Nocturne no puede posicionarse como una fragancia de cercanía —añadió Victoria—. Necesita distancia. Deseo. Un mundo al que no se accede con facilidad.

Theo levantó una ceja.

—¿Una mujer quitándose los zapatos después de un día complicado no puede inspirar deseo?

Victoria lo miró.

—Puede inspirar identificación. No es lo mismo.

Helen notó que Alan se movía apenas en su silla.

No intervino.

Todavía.

Lillian habló.

—La intención de la campaña no es eliminar la aspiración. Es redefinirla.

Victoria giró hacia ella.

—¿Y quién ha decidido que necesita redefinirse?

El silencio cayó sobre la sala.

Helen sintió que todas las miradas parecían acercarse.

Podía callarse.

Podía dejar que Lillian respondiera.

Podía esperar a que Alan tomara el control y convirtiera aquel debate en una conversación estratégica donde ella no tuviera que exponer otra vez una parte de sí misma.

Pero recordó el rodaje.

Nora junto a la ventana.

La mujer que no se transformaba para sentirse atractiva, sino que se reconocía.

Y recordó algo más.

No dejes que la seguridad de otras personas te haga dudar de la tuya.

Esta vez, la frase no pertenecía a Alan.

Era suya.

Helen apoyó las manos sobre la mesa.

—Yo.

Victoria la miró.

Helen notó que Maya se quedaba quieta a su lado.

Alan levantó apenas la cabeza.

—Yo he decidido que necesita redefinirse —repitió Helen—. Porque las mujeres a las que queremos vender esta fragancia ya no quieren que una marca les diga que su vida vale menos si no tiene una terraza en Milán o una fiesta privada al final de cada día.

Victoria sostuvo la mirada de Helen.

—Eso es una afirmación amplia para alguien que lleva poco tiempo en la empresa.

Helen sintió el golpe.

Fue limpio.

Calculado.

Durante un segundo, volvió a sentirse como la chica que había llegado tarde, había manchado el abrigo con café y había proyectado un documento privado delante de toda la dirección.

Pero ese segundo pasó.

—Llevo poco tiempo en este puesto —dijo—. No en el mundo.

Theo bajó la mirada hacia la mesa.

Maya ocultó una sonrisa.

Helen siguió.

—Y no estoy diciendo que la fantasía no funcione. Funciona. A veces todos queremos mirar una imagen perfecta y pensar que podríamos ser otra persona durante unos segundos.

Victoria no apartó la mirada.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No del todo.

Helen se inclinó ligeramente hacia delante.

—Porque también hay mujeres que compran una fragancia cara después de un día horrible. Mujeres que trabajan doce horas, llegan tarde, cuidan de sus familias, intentan sentirse guapas en un ascensor lleno o se ponen perfume antes de una cita que les da miedo.

La sala permaneció en silencio.

Helen miró la imagen de Nora.

—No les estamos quitando una fantasía. Les estamos diciendo que no tienen que dejar de ser ellas mismas para merecerla.

Victoria bajó la vista hacia las imágenes.

Helen no supo si había logrado mover algo.

O si acababa de complicar aún más la situación.

La directora global de estrategia cerró su carpeta.

—Es una defensa convincente.

Helen esperó.

—Pero sigue siendo un riesgo —añadió Victoria.

Lillian se cruzó de brazos.

—Todas las campañas lo son.

—Sí. Y algunas cuestan más que otras si fracasan.

Alan habló por primera vez.

—Esta no fracasará.

Su voz fue tranquila.

No necesitó elevarla.

Victoria giró hacia él.

—¿Estás seguro?

Alan sostuvo su mirada.

—Sí.

Helen sintió que el pulso se le aceleraba.

No porque él la estuviera salvando.

No exactamente.