Capítulo 18 #2
Alan estaba al otro lado de la habitación, hablando con Theo junto a la ventana. Theo sostenía una carpeta; Alan escuchaba con los brazos cruzados.
Aunque no estaba mirando directamente, Helen tuvo la impresión de que sabía que ella se había quedado callada.
Nora esperó.
Helen respiró.
—Que sigue siendo ella —dijo al fin.
Nora sonrió.
—Eso sí lo entiendo.
Sienna aplaudió una vez.
—Perfecto. Vamos a probar.
El equipo se colocó.
La cámara apuntó hacia la puerta.
El director de fotografía pidió silencio.
Helen se apartó junto a la pared.
Alan se situó a poca distancia de ella.
No tanto como para que sus hombros se tocaran.
Lo suficiente para que Helen percibiera el calor de su presencia sin mirarlo.
—Está bien planteado —murmuró él.
Helen mantuvo la vista sobre Nora.
—Gracias.
—No es una escena sobre perfume.
—No.
—Es una escena sobre regresar a casa.
Helen giró lentamente la cabeza.
Alan estaba mirando el decorado.
El tono de su voz era bajo, casi privado.
—Sí —dijo ella—. Exactamente.
Él asintió.
Durante un segundo, nadie habló.
Luego el director de fotografía levantó una mano.
—Acción.
Nora entró.
Dejó el bolso sobre la silla.
Se quitó los zapatos.
Se quedó quieta en mitad del salón.
Miró la ventana.
La luz de la tarde caía sobre su rostro.
Era una toma sencilla.
Pero Helen sintió algo moverse dentro de ella.
Quizá porque, durante días, había imaginado aquella escena como una idea.
Y ahora estaba viva.
No solo en la pantalla.
En su casa.
En su sofá.
En la vida que había querido ocultar porque temía que pareciera desordenada, pequeña o insuficiente.
—Corten —dijo Sienna.
Nora se giró.
—¿Cómo ha sido?
Helen iba a responder.
Alan habló antes.
—Ha faltado algo.
La sala se quedó en silencio.
Sienna levantó una ceja.
—¿Qué?
Alan miró hacia Nora.
—Cuando entra, parece que ya sabe que está a salvo.
Nora asintió lentamente.
Helen lo miró.
Alan continuó.
—Creo que necesita dudar un segundo. Como si estuviera dejando atrás una versión de sí misma que ha tenido que sostener todo el día.
Sienna se quedó pensativa.
—Eso puede funcionar.
Helen no dijo nada.
No porque no estuviera de acuerdo.
Porque no esperaba que Alan hubiera entendido la escena con esa precisión.
Nora miró a Helen.
—¿Qué piensas?
Helen miró a Alan.
Él no evitó sus ojos.
—Creo que tiene razón —dijo ella.
Alan bajó la mirada un instante.
La frase pareció afectarle más de lo que debía.
Sienna volvió a colocarse junto al monitor.
—Vamos otra vez. Nora, entra como si todavía no supieras si puedes dejar de fingir.
La segunda toma fue distinta.
Nora dejó el bolso sobre la silla con más peso. Se quitó los zapatos despacio. Miró la ventana. Después soltó una respiración leve, casi invisible.
Y entonces sonrió.
No una sonrisa para la cámara.
Una sonrisa para sí misma.
Helen sintió un nudo en la garganta.
—Corten —dijo Sienna—. Esa es.
Durante unos minutos, todo el mundo se movió a la vez.
Cambios de luz. Revisión de planos. Retoques de maquillaje. Ajustes en la ventana.
Helen se apartó hacia la cocina.
Necesitaba agua.
O aire.
O ambas cosas.
Abrió el grifo y llenó un vaso.
Alan apareció detrás de ella.
No había nadie más en la pequeña cocina durante ese instante. El resto del equipo estaba concentrado en el salón.
Helen notó su presencia antes de girarse.
—¿Necesitas algo? —preguntó.
Alan se apoyó en el marco de la puerta.
—Agua.
Helen señaló el armario.
—Los vasos están ahí.
Él abrió el armario correcto al primer intento.
Helen lo miró.
—Eso es inquietante.
Alan tomó un vaso.
—¿Qué parte?
—Que hayas encontrado los vasos.
—Es el único armario con tiradores distintos.
Helen observó los tiradores.
Nunca se había fijado.
—Eso no es normal.
—Es observación.
—No conviertas una manía en una virtud.
Alan llenó su vaso.
Luego se quedó apoyado junto a la encimera, a una distancia prudente.
—Estás haciendo un buen trabajo.
Helen bajó la vista hacia el agua.
—No me digas eso si quieres que siga pudiendo hablar contigo con normalidad.
Alan pareció sorprenderse.
—No sabía que hablaras conmigo con normalidad.
Helen soltó una risa breve.
—No lo hago.
—Me alegra saberlo.
—No deberías.
La expresión de Alan se suavizó.
—Helen.
Ella levantó la vista.
Había algo en sus ojos que le hizo olvidar la cocina, las cámaras, el equipo a unos metros y el hecho de que Maya podía aparecer en cualquier momento con una frase peligrosa.
—Lo que has hecho con esta campaña es tuyo —dijo él—. Nadie puede quitarte eso.
Helen se quedó inmóvil.
—No necesito que me protejas.
—No estoy intentando protegerte.
—A veces lo parece.
Alan asintió.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué estás intentando hacer?
Él guardó silencio.
Por un segundo, Helen pensó que volvería a refugiarse en una frase incompleta.
Pero no lo hizo.
—Intento no convertir mi miedo en un problema para ti otra vez.
La sinceridad la dejó sin respuesta.
Un asistente de producción asomó la cabeza por la puerta.
—Helen, necesitamos decidir qué libros dejamos en el plano final.
Helen se apartó de la encimera.
—Voy.
Alan se quedó donde estaba.
Antes de salir, Helen se giró.
—Alan.
Él levantó la mirada.
—Gracias por entender la escena.
No fue una reconciliación.
No fue un perdón.
Pero los ojos de Alan cambiaron ligeramente.
—Gracias por dejarme verla.
Helen regresó al salón.
Theo estaba junto a la estantería, sosteniendo dos libros en cada mano como si fuera un experto en arqueología doméstica.
—Tenemos un problema importante —anunció.
Helen frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Theo levantó una novela con la portada desgastada.
—¿Esta mujer es una lectora de clásicos o una lectora de thrillers románticos con decisiones cuestionables?
Helen miró el libro.
Era una novela que había comprado en una librería de segunda mano hacía años.
—Las dos cosas.
Theo sonrió.
—Excelente. Ya me caía bien.
Alan salió de la cocina y se acercó.
Theo le tendió uno de los libros.
—¿Qué hacemos con estos?
Alan miró la estantería.
Luego a Helen.
—Déjalos todos.
Theo levantó una ceja.
—Todos.
—Todos.
—Eso va a parecer una casa de alguien que lee mucho.
Alan sostuvo la mirada de Theo.
—Exactamente.
Theo miró a Helen.
Luego a Alan.
Después colocó los libros de nuevo con una expresión demasiado satisfecha.
—Entendido.
El rodaje siguió.
A las cinco y cuarto, llegó el momento de grabar la toma final.
Nora estaba junto a la ventana. La luz había cambiado. El cielo de Queens se había teñido de un gris azul profundo y las primeras luces de los edificios empezaban a encenderse.
La actriz sostuvo el frasco de Éclat Nocturne.
Respiró.
Se aplicó una pequeña cantidad en la muñeca.
Cerró los ojos.
Helen observó el monitor.
Era hermosa.
No de una forma distante.
De una forma que parecía posible.
Sienna levantó la mano.
—Acción.
Nora abrió los ojos.
Miró el reflejo de la ventana.
Y sonrió.
La cámara se acercó lentamente.
En el cristal, detrás de ella, aparecía el salón de Helen: la lámpara torcida, los libros, la manta azul y, en un extremo del plano, una pequeña silueta verde junto a la ventana.
La planta.
Helen sonrió.
—Corten —dijo Sienna.
Hubo un aplauso breve.
Alguien dijo que la toma era perfecta.
Theo levantó el vaso de café como si brindara.
Maya abrazó a Helen por los hombros.
—Tu planta acaba de debutar en una campaña mundial.
Helen miró hacia la ventana.
—Se lo ha ganado.
Alan la observaba desde el otro lado de la habitación.
No dijo nada.
Pero Helen lo vio mirar la planta.
Luego la miró a ella.
Y, con una expresión tan leve que nadie más habría reparado, pareció preguntarle algo sin hablar.
¿Cómo se llama?
Helen sostuvo su mirada.
No supo por qué, pero respondió en silencio.
Todavía no lo sé.
El móvil de Maya vibró.
Ella lo sacó y revisó la pantalla.
Su sonrisa desapareció.
Helen lo notó.
—¿Qué pasa?
Maya leyó el mensaje una vez más.
Después levantó los ojos hacia Helen.
—Lillian acaba de convocar una reunión urgente para mañana a primera hora.
Alan también lo oyó.
Su expresión se volvió seria.
—¿Sobre qué?
Maya tragó saliva.
—Sobre la campaña.
Helen sintió que la alegría de la toma final se enfriaba dentro de ella.
—¿Qué ha pasado?
Maya le tendió el teléfono.
El mensaje era corto.
Dirección global ha recibido una objeción formal a la nueva línea creativa de Éclat Nocturne. Se requiere revisión inmediata.
Helen levantó la mirada.
Alan ya no parecía el hombre que había pasado la tarde en su casa entendiendo una escena de perfume.
Volvía a ser el director general de Bryce Atelier Group.
Pero, al mirar a Helen, su voz sonó distinta.
—No te preocupes.
Helen apretó el teléfono entre los dedos.
—Eso es fácil de decir.
Alan sostuvo su mirada.
—No. Pero esta vez no vas a estar sola.