Y todo por un like Capítulo 18
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Capítulo 18

A la una y treinta y ocho de la tarde, Helen había comprobado tres veces que la puerta estaba cerrada, dos veces que el baño tenía papel suficiente y una vez que la planta seguía viva.

No estaba mejorando.

La planta, situada junto a la ventana del salón, inclinaba una hoja hacia la luz con una dignidad silenciosa que Helen envidiaba.

—No mires así —le dijo mientras acomodaba la manta azul sobre el sofá—. Tú no tienes que recibir a tu jefe en casa.

La planta no respondió.

Maya, sentada en la mesa de la cocina con un portátil abierto, levantó la vista.

—La planta tiene una ventaja clara sobre nosotras.

—¿Cuál?

—No puede enviar mensajes embarazosos, no trabaja en moda y no se enamora de directores generales con perfiles falsos.

Helen dejó de colocar cojines.

—No estoy enamorada de Alan.

Maya mantuvo la mirada sobre ella.

Helen exhaló.

—No sé qué soy.

—Eso es más honesto.

Helen recogió una taza que había dejado sobre la mesa baja.

La llevó a la cocina.

Volvió al salón.

Se dio cuenta de que había olvidado el teléfono junto a la taza.

Regresó a buscarlo.

Maya cerró el portátil.

—Helen.

—¿Qué?

—Si das una vuelta más por el salón, vas a abrir una ruta de peregrinación.

Helen se quedó quieta.

—Solo quiero que todo esté bien.

Maya suavizó la expresión.

—Ya está bien.

Helen miró alrededor.

El apartamento seguía siendo pequeño. La estantería estaba llena de libros colocados de manera más o menos vertical.

La carpeta roja descansaba entre dos novelas y una guía de ciudades europeas.

La manta azul conservaba su mancha de tinta.

La lámpara torcida seguía torcida, aunque ahora parecía hacerlo con intención decorativa.

La cocina tenía una mesa redonda junto a la ventana, dos sillas distintas y una colección de imanes en la nevera que Maya se había negado a retirar porque, según ella, “la gente real compra imanes absurdos en vacaciones”.

Todo estaba allí.

Todo lo que Helen no habría elegido mostrar en una oficina.

—¿Y si piensa que esto es ridículo? —preguntó.

Maya se levantó y se acercó a la estantería.

Cogió uno de los libros, lo abrió por una página marcada con un recibo de una librería y lo volvió a dejar donde estaba.

—Alan no va a pensar que esto es ridículo.

—No puedes saberlo.

—No. Pero sé que, cuando vio los libros en la cafetería de Astoria, se quedó mirando la estantería como si estuviera a punto de abandonar una reunión para leerlos todos.

Helen sonrió un poco.

—Eso no es una prueba.

—Tampoco lo es que te haya preguntado por la planta.

Helen miró hacia la ventana.

—No tiene nombre.

—Ahora tiene una oportunidad de tenerlo.

El timbre sonó.

Helen se congeló.

Maya consultó el reloj.

—Una y cuarenta y cinco.

—Ya lo sé.

—Entonces abre.

Helen caminó hacia la puerta.

No quería hacerlo deprisa. Tampoco quería quedarse inmóvil como una persona que acaba de descubrir que las puertas tenían consecuencias emocionales.

Respiró hondo.

Abrió.

Alan estaba allí.

No llevaba traje.

No exactamente.

Vestía un abrigo gris oscuro sobre un jersey negro fino y pantalones azul marino. El cabello, normalmente demasiado ordenado, tenía un mechón ligeramente inclinado hacia un lado por el viento. Sostenía una funda de cartón en una mano y un vaso de café en la otra.

Por una fracción de segundo, Helen olvidó que debía hablar.

Alan la miró con una expresión tranquila, pero sus ojos recorrieron su rostro con una atención que no parecía profesional.

—Hola —dijo.

Helen tardó un instante.

—Hola.

No señor Bryce.

No Alan con tono de oficina.

Solo hola.

El silencio que siguió fue breve, pero intenso.

Maya apareció detrás de Helen.

—Buenas tardes, Alan.

Alan apartó la mirada de Helen y saludó con un gesto.

—Maya.

—Pasa. Antes de que Helen decida que ha abierto la puerta demasiado pronto y vuelva a cerrarla.

Helen se giró.

—No iba a hacer eso.

Maya levantó las cejas.

Alan entró.

Helen cerró la puerta detrás de él.

Fue un gesto sencillo. Un mecanismo. Una puerta cerrándose sobre un pasillo, una escalera y el resto de la ciudad.

Aun así, Helen sintió que acababa de permitirle entrar en un lugar que no sabía cómo proteger.

Alan se detuvo junto a la estantería.

No tocó nada.

No hizo el recorrido con la mirada de un ejecutivo evaluando un espacio. Observó el salón con calma, como si estuviera intentando entender por qué aquella habitación le resultaba tan parecida a ella.

La manta azul.

La lámpara torcida.

Los libros.

La planta.

—Tu casa es bonita —dijo al fin.

Helen se cruzó de brazos.

—Eso es muy diplomático.

Alan la miró.

—No era diplomacia.

Maya sonrió con disimulo y se dirigió hacia la cocina.

—Yo voy a revisar que el agua funcione. Ya sabéis. Una de esas cosas que en los rodajes de perfume suele ser decisiva.

Helen le lanzó una mirada.

Maya no la vio. O eligió no verla.

Alan dejó la funda de cartón sobre la mesa baja.

—He traído café.

Helen lo miró.

—¿Para mí?

—Para los dos. No sabía si tendrías tiempo de comer antes de que llegara el equipo.

Helen tomó el vaso que él le ofrecía.

—Gracias.

Sus dedos rozaron los de Alan.

Esta vez no fue como en la sala de producción. No hubo carpetas cayendo, ni bolígrafos, ni una excusa profesional inmediata.

Solo un contacto breve.

Pero Helen notó la tensión con la que Alan retiró la mano.

Como si también él hubiera reparado en ello.

—¿Qué hay en la funda? —preguntó, señalando el cartón.

Alan abrió la funda con cuidado.

Dentro había varias láminas impresas de la campaña. Referencias de luz, encuadres y una serie de fotografías tomadas la tarde anterior en Long Island City.

Helen se acercó.

—¿Las has hecho tú?

Alan asintió.

—Solo quería comprobar una cosa antes de que llegara producción.

Helen tomó una de las fotografías.

Era una imagen de la ventana de su salón vista desde la acera. El reflejo del cielo sobre el cristal, la silueta de la planta y una esquina de la manta azul se percibían apenas al fondo.

Había algo íntimo en la foto.

Algo que la hizo sentirse expuesta y, de forma absurda, comprendida.

—No sabía que habías venido por aquí.

Alan se quedó quieto.

Helen levantó la vista.

Él tardó un segundo en responder.

—No entré. Solo pasé esta mañana para ver cómo daba la luz desde fuera.

—Podrías haberme dicho algo.

—Pensé que estabas preparando todo.

Helen quiso decir que eso no era una razón.

Pero la mirada de Alan no tenía nada de calculada. Parecía casi culpable de nuevo, como si todavía estuviera aprendiendo dónde terminaba la discreción y dónde empezaba la distancia.

—La luz es bonita —dijo él.

Helen miró la foto otra vez.

—No es nada especial.

Alan sostuvo su mirada.

—No estoy de acuerdo.

Antes de que Helen pudiera responder, el timbre volvió a sonar.

Maya apareció desde la cocina.

—Eso sí es el equipo.

El apartamento se llenó en menos de diez minutos.

Primero llegaron Sienna, dos asistentes de producción y una persona de iluminación que llevaba una escalera plegable como si fuera una extensión natural de su cuerpo.

Después apareció un técnico de sonido, una maquilladora, dos estilistas y la actriz elegida para interpretar a la protagonista de la campaña.

Se llamaba Nora Hale.

Tenía treinta y dos años, cabello castaño oscuro, pecas sobre la nariz y una belleza serena que no parecía depender de la cámara. Vestía pantalones vaqueros, una camisa blanca y una gabardina verde oliva. Cuando entró, miró alrededor con curiosidad real.

—Es precioso —dijo—. Parece una casa donde alguien vive.

Helen soltó una pequeña risa.

—Eso espero.

Nora sonrió.

—No, de verdad. Hay lugares que parecen preparados para ser fotografiados y lugares que tienen una historia antes de que llegue una cámara. Este tiene una historia.

Helen no supo qué contestar.

Alan, a unos pasos, no dijo nada.

Pero la miró.

Y Helen sintió que él entendía por qué aquella frase le importaba tanto.

Sienna reunió al equipo junto a la mesa de la cocina.

—Tenemos cuatro horas para preparar el salón, montar luz y rodar la secuencia de llegada. Helen, quiero que trabajes con Nora en el tono emocional de la escena. Alan, revisarás con Theo el material de marca cuando llegue. Yo coordino producción y permisos.

—¿Theo viene? —preguntó Helen.

Sienna alzó la vista.

—Sí. ¿Por?

Helen miró a Alan.

Él mantuvo una expresión neutra.

—Por nada.

Maya se acercó a Helen y susurró:

—Esto mejora mucho.

—No.

—Theo dentro de este apartamento va a ser una amenaza para la estabilidad emocional de todos.

—Puedes irte.

—No puedo. Me han pedido que supervise vestuario.

—Eso no impide que puedas irte.

Maya sonrió.

—Pero me impediría vivir.

A las tres y media, el salón ya no parecía del todo suyo.

Habían movido la mesa baja. Reorientado el sofá. Ocultado una pila de revistas detrás de una pantalla de luz. La lámpara torcida había pasado a ser “un elemento con carácter”, según el director de fotografía.

Helen no sabía si sentirse halagada o preocupada por el hecho de que sus objetos personales pudieran convertirse tan rápido en decisiones estéticas.

Nora estaba sentada en el borde del sofá con una bata gris sobre el vestuario de escena: un vestido negro sencillo, un abrigo largo y unos zapatos de tacón fino que iba a quitarse nada más entrar por la puerta.

Helen se sentó frente a ella.

—La clave es que no parezca que viene derrotada —explicó—. Ha tenido un día difícil, sí. Pero no está rota. Solo necesita un minuto sin tener que ser nada para nadie.

Nora asintió con atención.

—¿Y qué hace cuando entra?

Helen miró el salón.

Su salón.

La manta azul.

La ventana.

El abrigo de Alan colgado junto a la puerta porque un asistente de producción había pedido despejar el recibidor.

—Deja el bolso en la silla —dijo—. Se quita los zapatos. Respira. Mira alrededor y se da cuenta de que está en su sitio.

Nora ladeó la cabeza.

—¿Y el perfume?

Helen pensó un segundo.

—No se lo pone para transformarse. Se lo pone porque quiere recordarse algo.

—¿Qué cosa?

Helen abrió la boca.

Nada salió.

No porque no tuviera una respuesta.

Porque de pronto supo que la respuesta era demasiado personal.