Y todo por un like Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

La clase de cosas que Maggie Bloom habría contado sin dificultad.

Helen Norton, no tanto.

—Porque me gusta tenerlas —dijo al fin.

Maya la observó unos segundos.

Luego cerró la carpeta y se la devolvió.

—Entonces no la tires.

—No quería tirarla.

—Te conozco. Estabas pensando en esconderla debajo de la cama.

Helen no respondió.

Maya sonrió.

—Déjala en la estantería.

—¿Qué?

—Es parte de tu casa.

—No quiero que Alan la vea.

Maya la miró con paciencia.

—No tienes que convertir tu vida en una sala de exposición porque él vaya a entrar por una puerta.

Helen se quedó quieta.

Maya tomó la carpeta y la colocó entre varios libros.

—Esto es lo que hace que el apartamento parezca tuyo. Y la campaña necesita que parezca tuyo.

Helen miró la carpeta roja en la estantería.

No sabía si sentía alivio o ganas de tirarla por la ventana.

El timbre sonó.

Las dos se congelaron.

—No puede ser él —dijo Helen.

Maya miró el reloj.

—Son las seis y diecisiete. Puede ser cualquiera.

—Alan llega diez minutos antes a cualquier sitio.

Maya levantó una ceja.

—Eso era antes de que empezaras a poner límites.

Helen caminó hacia la puerta.

—No abras tú.

—No pensaba hacerlo.

Helen abrió.

No era Alan.

Era el casero, señor Bellini, con una caja de herramientas en una mano y una expresión disgustada.

—¿Hay alguna fuga de agua? —preguntó Helen.

—No. He venido por la tubería del baño. La revisé esta mañana y necesito entrar.

Helen lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

Maya se asomó desde el salón.

—Esto mejora mucho la sensación de control.

El señor Bellini entró sin esperar respuesta.

Llevaba una gorra azul, una chaqueta de trabajo y una actitud que sugería que cada pared del edificio le había arruinado personalmente la tarde.

Helen lo siguió hasta el baño.

—Mañana tengo un rodaje aquí.

El hombre se detuvo.

—¿Un rodaje?

—Sí.

—¿De qué?

—Una campaña de perfume.

El señor Bellini la miró.

Luego miró el pasillo estrecho.

—Aquí.

—Sí.

—Con cámaras.

—Sí.

—Y gente famosa.

Helen abrió la boca.

—No necesariamente famosa.

—¿Quién?

Maya apareció detrás de ella.

—El director general de Bryce Atelier Group.

Helen cerró los ojos.

El señor Bellini levantó las cejas.

—¿El señor Bryce?

—Maya —murmuró Helen.

—¿Qué? Ya lo sabe todo el edificio en una hora. Mejor que lo sepa por nosotras.

El señor Bellini se llevó la caja de herramientas al hombro.

—Bueno. Entonces la tubería tendrá que comportarse.

Entró en el baño.

Helen miró a Maya.

—Te odio.

Maya sonrió.

—No. Estás nerviosa.

—Las dos cosas pueden ser verdad.

A las diez y cuarenta y cinco de la noche, el apartamento estaba más ordenado que nunca.

Demasiado ordenado.

Helen había escondido la ropa, agrupado los libros, limpiado la mesa de la cocina y retirado de la nevera una lista de la compra que incluía “detergente”, “pilas”, “vida nueva” y “dejar de comprar café fuera”.

Maya estaba sentada en el sofá, orgullosa de su trabajo.

—Parece una casa normal.

Helen miró alrededor.

—Eso me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque mañana alguien va a entrar y quizá piense que vivo así todo el tiempo.

Maya soltó una carcajada.

—Alan Bryce sabe que no vives así todo el tiempo.

Helen se giró.

—¿Qué significa eso?

Maya levantó la vista.

—Helen, una vez te vio llegar con dos zapatos distintos.

—Eran de la misma marca.

—Y otra vez te vio rescatar una carpeta del suelo mientras intentabas defender una campaña global. No creo que espere encontrar una persona perfectamente organizada detrás de esta puerta.

Helen se dejó caer en el sofá.

—¿Y si piensa que soy un desastre?

Maya se quedó callada.

Luego se sentó a su lado.

—Helen, eres un desastre en algunas cosas.

Helen la miró con indignación.

Maya levantó una mano.

—Escúchame. También eres brillante. Tienes una imaginación que convierte una calle normal en una historia, y eres la única persona que conozco capaz de ver una campaña de perfume y pensar en cómo se siente una mujer al final de un día difícil.

Helen bajó la mirada.

Maya continuó.

—Deja de actuar como si tus partes desordenadas cancelaran todo lo demás.

La frase se quedó dentro de Helen.

No sabía por qué, pero le recordó a Alan diciendo que recordar un error no significaba definir a alguien por él.

Tal vez ambos la veían mejor de lo que ella se veía.

El pensamiento no la tranquilizó.

La hizo sentir expuesta.

El teléfono de Helen vibró sobre la mesa.

Un mensaje nuevo.

No era de Alan.

Era de Lillian.

El equipo llegará mañana a las 14:00. El señor Bryce estará allí a las 13:45 para revisar el espacio con producción.

Helen leyó la última frase dos veces.

Maya se inclinó para mirar la pantalla.

—Trece cuarenta y cinco.

—Quince minutos antes.

—Alan Bryce llega antes a cualquier sitio.

Helen soltó aire.

—Eso ya lo sé.

Maya le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Entonces mañana, cuando llegue, abre la puerta como Helen. No como Maggie Bloom. No como una empleada que tiene que impresionar a su jefe. Solo como tú.

Helen miró el salón limpio.

La carpeta roja en la estantería.

La manta azul con la mancha de tinta, doblada sobre el brazo del sofá.

La planta demasiado triste junto a la ventana.

Su casa.

Su vida.

—Eso es lo que me da miedo —dijo.

Maya apoyó la cabeza en su hombro.

—Las cosas que importan suelen dar miedo.

Helen no respondió.

Afuera, un coche pasó por la calle. El ruido de la ciudad subió un instante hasta la ventana y volvió a alejarse.

En la mesa, su teléfono vibró otra vez.

Esta vez era un mensaje de Alan.

No por Facebook.

No bajo ningún nombre falso.

Solo un mensaje sencillo.

Alan: Mañana estaré allí a la una y cuarenta y cinco. Si prefieres que espere con el equipo, dímelo.

Helen miró la pantalla.

No había una frase bonita.

No había misterio.

No había una puerta abierta a medias.

Solo una pregunta.

Una elección.

Y eso, de forma inesperada, la conmovió más de lo que debería.

Escribió:

Helen: Entra cuando llegues. Pero no critiques mi planta.

La respuesta tardó menos de un minuto.

Alan: No haría eso.

Alan: ¿Cómo se llama?

Helen frunció el ceño.

Miró la planta.

Después escribió:

Helen: No tiene nombre.

Alan: Eso parece injusto.

Helen: Si sobrevive al rodaje, quizá se lo gane.

Helen dejó el teléfono sobre la mesa.

Maya la observaba en silencio.

—¿Qué ha dicho?

Helen sonrió un poco.

—Nada importante.

Maya levantó una ceja.

Helen miró hacia la planta.

Por primera vez en varios días, la respuesta no era una mentira.

Nada importante.

Solo Alan preguntando por una planta.

Solo Helen respondiendo.

Solo dos personas intentando hablar sin esconderse.

Y, aun así, cuando apagó la luz antes de dormir, no pudo evitar pensar que al día siguiente Alan Bryce iba a entrar en su casa.

No en una sala de reuniones.

No en una cafetería.

No detrás de un perfil falso.

En su casa.

Y eso podía cambiarlo todo.