Y todo por un like Capítulo 17
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Capítulo 17

La noticia de que el rodaje de Éclat Nocturne se realizaría parcialmente en el apartamento de Helen Norton se extendió por Bryce Atelier Group con la velocidad de un perfume caro en un ascensor pequeño.

A las diez y media de la mañana, dos personas de producción le habían preguntado si tenía buena luz natural.

A las once, alguien de estilismo quiso saber si las paredes eran blancas.

A las once y veinte, una mujer de comunicación que Helen apenas conocía le preguntó si el edificio tenía ascensor.

A las once y cuarenta y cinco, Maya se sentó frente a ella con una expresión de absoluta satisfacción.

—Ya está.

Helen levantó la vista de la pantalla.

—¿Qué está?

—Ya existe una teoría.

—No quiero saberlo.

—La teoría sostiene que Alan Bryce se ofreció primero a prestar su apartamento, tú rechazaste el suyo por principios y luego decidiste sacrificar el tuyo por amor a la campaña.

Helen cerró el portátil.

—Voy a renunciar.

Maya abrió una bolsa de almendras.

—No puedes renunciar. Estás dirigiendo una campaña internacional y, según Lillian, “por fin alguien ha conseguido que el equipo creativo deje de hablar de mujeres misteriosas en azoteas”.

—Eso no evita que la gente hable.

—La gente habla aunque no tenga información. Es una de las principales industrias de Nueva York.

Helen se reclinó en la silla.

A su alrededor, la oficina se movía con la actividad habitual: pantallas encendidas, muestras de telas sobre mesas, equipos de marketing reuniéndose en pequeños grupos, teléfonos vibrando, alguien discutiendo con una empresa de iluminación al otro lado de la sala.

Todo parecía normal.

Ella no se sentía normal.

No desde el parque.

No desde que Alan había cerrado la cuenta de Elliot Reed delante de ella.

No desde que había aprendido que el hombre al que esperaba cada noche y el director general que la dejaba sin aire en las reuniones eran exactamente la misma persona.

Y ahora ese mismo hombre iba a entrar en su apartamento con un equipo de rodaje.

—No tiene por qué ser incómodo —dijo Maya, como si acabara de escuchar sus pensamientos.

Helen la miró.

—Va a haber doce personas en mi casa y Alan Bryce observando mi sofá.

—Eso podría ocurrirle a cualquiera.

—No. Eso no le ocurre a nadie.

Maya mordió una almendra.

—No has visto suficientes películas.

Helen cogió una libreta.

—Necesito hacer una lista.

—Eso sí es preocupante.

—Necesito saber qué tengo que retirar.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas personales.

—Helen, el rodaje es en tu casa. La idea es que parezca una casa real.

—Mi casa real tiene una manta con una mancha de tinta y una planta que parece estar atravesando un duelo.

—Perfecto. La manta transmite personalidad. La planta transmite profundidad emocional.

Helen la miró.

—No estás ayudando.

—Estoy ayudando muchísimo. Solo que no del modo que esperabas.

La pantalla de su ordenador mostró una notificación nueva.

Un correo de Lillian.

Helen lo abrió.

Reunión de preproducción. Sala 4. Doce treinta.

Debajo aparecía la lista de asistentes.

Lillian Price.Sienna Hall.Theo Grant.Equipo creativo.Producción.Helen Norton.Alan Bryce.

Helen cerró los ojos.

Maya observó la pantalla.

—Otra reunión con él.

—Gracias por leerme el correo.

—No te preocupes. Estoy aquí para apoyarte en este momento difícil.

—No es difícil.

—Entonces deja de sostener la libreta como si fuera un arma.

Helen soltó la libreta sobre la mesa.

—Odio que tengas razón.

Maya sonrió.

—No la odias. Solo te irrita la frecuencia.

La Sala 4 era más pequeña que las grandes salas de dirección. Tenía paredes cubiertas de paneles acústicos, una mesa ovalada y una pantalla donde ya aparecía el plan preliminar del rodaje.

Helen llegó dos minutos antes.

Lillian ya estaba sentada con varias carpetas abiertas. Sienna hablaba con un técnico de iluminación. Theo había conseguido una taza de café enorme y parecía demasiado feliz para una reunión de logística.

Alan entró justo cuando el reloj marcaba las doce y media.

Helen no lo miró de inmediato.

Se concentró en sus notas.

En la agenda.

En cualquier cosa que no fuera el sonido de sus pasos al acercarse a la mesa.

—Buenos días —dijo Alan.

Todos respondieron.

Helen también.

—Buenos días.

La voz le salió normal.

Ese pequeño éxito la sostuvo durante unos tres segundos.

Alan se sentó a su derecha.

No demasiado cerca.

Lo suficiente para que Helen supiera que estaba allí sin necesidad de girarse.

Lillian tocó la pantalla.

—Tenemos un problema con el calendario.

Helen suspiró en silencio.

Por supuesto que tenían un problema.

Las campañas internacionales tenían problemas. Los rodajes tenían problemas. Las personas que intentaban empezar de nuevo con su jefe secreto de Facebook probablemente también tenían problemas.

—El apartamento de Helen solo está disponible el jueves y el viernes —continuó Lillian—. La actriz principal tiene pruebas de vestuario el viernes por la tarde y el equipo de iluminación necesita al menos cuatro horas de preparación.

Sienna pasó a la siguiente diapositiva.

—Podemos rodar la secuencia de llegada al apartamento el jueves por la noche. La escena de la ventana y el perfume, el viernes por la mañana. Pero necesitaremos acceso al espacio desde las dos de la tarde del jueves.

Helen levantó la mano ligeramente.

—¿A las dos?

Lillian la miró.

—Sí.

—Eso significa que tengo que salir de casa a las dos.

—Sí.

Helen pensó en la montaña de ropa que tenía sobre una silla, en los libros apilados junto al sofá, en la caja de herramientas que su casero había dejado meses atrás y que ella usaba para guardar cables.

—De acuerdo.

Theo levantó un dedo.

—Y, por motivos de seguridad, necesitamos que alguien del equipo esté presente durante toda la jornada.

Helen miró la lista.

—¿Sienna?

Sienna negó con la cabeza.

—Tengo que supervisar la secuencia exterior en Astoria.

Theo sonrió con calma.

—Entonces será Alan.

Helen giró lentamente hacia él.

Alan no parecía especialmente contento.

Lo cual, por alguna razón, empeoraba la situación.

—¿Por qué Alan? —preguntó.

Theo dejó la taza sobre la mesa.

—Porque ha solicitado asistir.

—Eso ya lo sé. Me refiero a por qué.

Alan la miró.

—La campaña es importante.

Helen entrecerró los ojos.

—Eso sigue sin responder a la pregunta.

Theo ocultó una sonrisa detrás de la taza.

Lillian la miró con advertencia.

Helen decidió que ya había llegado demasiado lejos como para retroceder con dignidad.

—No estoy diciendo que no pueda venir —añadió—. Solo pregunto qué papel tendrá exactamente.

Alan cruzó las manos sobre la mesa.

—Supervisaré la coherencia de la producción con la identidad de la marca.

Helen lo observó.

—Eso suena muy corporativo.

—Es una respuesta corporativa.

—Sí, ya lo he notado.

Theo se aclaró la garganta.

—Me encanta que el ambiente siga siendo tan profesional.

Maya, que estaba sentada al otro lado de la mesa, le lanzó una mirada que decía: No te atrevas a empeorarlo.

Theo sonrió con total falta de arrepentimiento.

Lillian retomó la palabra.

—El señor Bryce estará allí como representante de dirección. Helen, tú coordinarás la narrativa de escena y trabajarás con la actriz. Todo estará cubierto por el acuerdo de producción.

Helen asintió.

No tenía una objeción razonable.

Solo una cantidad irracional de nervios.

Alan no dijo nada más durante el resto de la reunión.

Tomó notas. Hizo preguntas concretas sobre luz, encuadres, música y permisos. Intervino cuando el equipo discutió si retirar o no los libros del salón de Helen.

—Déjenlos —dijo.

Sienna levantó la vista.

—¿Todos?

—Todos.

Helen lo miró.

Alan mantuvo la vista sobre el plan de rodaje.

—La campaña necesita que el espacio parezca vivido.

La frase era perfectamente profesional.

Sin embargo, Helen sintió que algo se movía en su pecho.

No quería que él conociera su apartamento.

No quería que viera las pequeñas pruebas de su vida: las novelas con páginas dobladas, la taza que siempre olvidaba en la mesa, la fotografía antigua de su madre junto a la planta medio moribunda.

Pero tampoco quería que alguien convirtiera su casa en un decorado brillante y vacío.

Alan lo había entendido.

Otra vez.

Y eso seguía siendo peligroso.

A las seis y diez de la tarde, Helen estaba de pie en medio de su salón con Maya, una bolsa de basura y una expresión de derrota.

—No puedo creer que tengas tres cajas vacías de cereales —dijo Maya.

Helen recogió una de ellas.

—No están vacías. Tienen un poco.

—Tienen polvo de avena y tristeza.

—Estoy guardando espacio.

—¿Para qué?

Helen miró alrededor.

—No lo sé. Para una emergencia.

Maya dejó otra caja dentro de la bolsa.

—La emergencia ha llegado. Se llama rodaje internacional.

El apartamento de Helen parecía más pequeño cuando alguien lo examinaba con intención.

El salón tenía un sofá gris claro, una mesa baja llena de libros, una lámpara torcida, una estantería que ella había montado sin leer las instrucciones y una ventana desde la que se veía una porción de cielo entre dos edificios.

La cocina era estrecha, con azulejos blancos y una mesa redonda junto a la ventana.

No era sofisticado.

No parecía una casa sacada de una revista.

Era cálido, imperfecto y suyo.

Maya se subió a una silla para alcanzar una balda.

—¿Esto qué es?

Helen levantó la vista.

Maya sostenía una carpeta roja.

Helen sintió un golpe de pánico.

—No la abras.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es una carpeta privada.

Maya la miró.

—¿Contiene secretos de Estado?

—Peor.

—¿Poemas?

Helen se acercó.

—Dámela.

Maya abrió la carpeta antes de que pudiera evitarlo.

Dentro había recortes, fotografías impresas, entradas de cine antiguas, páginas arrancadas de revistas y varias hojas llenas de frases escritas a mano.

Maya guardó silencio.

Helen le quitó la carpeta con suavidad.

—No son poemas.

—Ya lo veo.

—Solo son cosas que guardo.

—¿Para qué?

Helen bajó la vista.

No sabía responder bien.

Había empezado a guardar fragmentos cuando era adolescente. Frases que le gustaban. Fotogramas de películas. Colores. Ideas para historias que nunca escribía. Pequeños detalles que le recordaban que la vida tenía un lado más bonito cuando una aprendía a mirarlo con atención.