Y todo por un like Capítulo 16
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Capítulo 16

El lunes siguiente, Helen llegó a Bryce Atelier Group con una carpeta cerrada, dos copias impresas del calendario de rodaje y la decisión de comportarse como una adulta completamente funcional.

La decisión duró hasta que las puertas del ascensor se abrieron en la planta dieciocho.

Alan Bryce estaba dentro.

Solo.

Helen se quedó quieta en el pasillo.

Alan levantó la mirada.

Llevaba un traje azul oscuro, una camisa blanca y la corbata gris que, según Helen, debería haber sido ilegal antes de las nueve de la mañana. Parecía tan ordenado como siempre. Tan controlado. Tan Alan Bryce.

Pero había algo distinto en sus ojos.

Cansancio, quizá.

O prudencia.

—Buenos días —dijo él.

Helen entró en el ascensor.

—Buenos días.

Pulsó el botón de la planta diecinueve, aunque su oficina estaba en la dieciocho.

Se dio cuenta cuando las puertas se cerraron.

Alan miró el panel.

Luego la miró a ella.

Helen levantó la barbilla.

—Tengo una reunión arriba.

—Claro.

—No tienes que decirlo de esa forma.

—¿De qué forma?

—Como si supieras que acabo de pulsar un botón incorrecto.

Alan no respondió.

Eso le confirmó que lo sabía.

Helen decidió concentrarse en la pantalla de los números.

Doce.

Trece.

Catorce.

El ascensor subía con la lentitud ceremoniosa de una máquina que disfrutaba demasiado de su poder.

—He revisado el informe de localizaciones —dijo Alan.

Helen tardó un segundo en comprender que le estaba hablando de trabajo.

—¿Y?

—La alternativa de Long Island City tiene potencial.

—Pero no tiene disponibilidad para el rodaje nocturno.

—Lo sé.

—Entonces no es una alternativa real.

Alan la miró de perfil.

—He pedido al equipo legal que revise si podemos negociar una excepción.

Helen giró la cabeza.

—¿Lo has pedido tú?

—Sí.

—No hacía falta.

—Creo que sí.

Helen apretó los labios.

Ahí estaba otra vez.

Ese tono tranquilo.

Esa forma de resolver problemas antes de que ella pudiera decidir si quería ayuda.

—Alan.

Él bajó un poco la voz.

—Es una decisión profesional.

—Lo sé.

—Y no tiene relación con—

—Ya sé que no tiene relación con lo demás.

El ascensor llegó a la planta diecinueve.

Las puertas se abrieron.

Helen no salió.

Alan observó el panel.

—Tu reunión.

Helen miró el pasillo vacío.

Luego volvió a pulsar el botón de la dieciocho.

—Se ha cancelado.

Por primera vez en toda la mañana, Alan sonrió.

No mucho.

Lo suficiente.

—Eso es una mentira bastante evidente.

—No soy buena bajo presión.

—Lo sé.

Helen lo miró.

La frase no estaba cargada de burla. Era casi afectuosa.

Eso la enfadó un poco.

Y le gustó demasiado.

—No uses ese tono conmigo.

Alan dejó de sonreír.

—¿Qué tono?

—El de alguien que cree conocerme.

El silencio cambió de temperatura.

Alan bajó la mirada hacia sus manos.

—Tienes razón.

Helen se arrepintió de inmediato.

No porque la frase fuera injusta.

Porque le hizo daño verlo aceptar el golpe sin defenderse.

Las puertas volvieron a cerrarse.

Durante unos segundos, solo se escuchó el suave movimiento del ascensor bajando.

—No he venido a discutir contigo —dijo Helen al fin.

—No quiero discutir contigo.

—Eso no significa que no vayamos a hacerlo.

Alan asintió.

—También tienes razón en eso.

Helen soltó aire.

—No hace falta que me des la razón todo el tiempo.

—No lo hago todo el tiempo.

—Lo haces desde que cerraste la cuenta.

Alan se quedó quieto.

Helen miró hacia delante.

—No sé qué hacer con eso.

—No tienes que hacer nada.

—Es fácil decirlo.

—No. No lo es.

La respuesta salió tan baja que Helen se giró.

Alan la miraba.

No parecía el hombre que dirigía una empresa mundial. No parecía el hombre que sabía qué hacer cuando una reunión se desviaba, una campaña se bloqueaba o un proveedor intentaba negociar de más.

Parecía alguien intentando no dar un paso en falso.

Y Helen entendió que, por primera vez, Alan no tenía una estrategia.

El ascensor llegó a la planta dieciocho.

Las puertas se abrieron.

Alan dio un paso hacia fuera.

Helen lo siguió.

Antes de que él se alejara, dijo:

—El apartamento de Long Island City no funcionará.

Alan se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque necesito dejar de buscar una solución que parezca perfecta desde fuera.

Él la observó.

Helen sostuvo la carpeta contra el pecho.

—La campaña habla de una mujer que llega a casa y se siente ella misma. No necesita una vista espectacular. Necesita un lugar donde parezca que vive de verdad.

Alan asintió lentamente.

—¿Tienes otra opción?

—Sí.

—¿Cuál?

Helen lo miró.

—Mi apartamento.

Alan frunció el ceño.

—Helen.

—No para rodar una campaña entera. Solo la escena final. La cocina, el salón, la ventana. Es pequeño, pero tiene luz. Y nadie tendría que fingir que ese lugar es una casa real.

Alan guardó silencio.

—No quiero que pienses que lo propongo porque estoy intentando demostrar algo —añadió ella—. Sé que es mi casa. Sé que hay gente que podría hablar. Pero esa escena necesita verdad. Y mi apartamento tiene más verdad que cualquier loft con ventanas de tres metros.

Alan la miró con atención.

—¿Quieres hacerlo?

Helen pensó en su piso: la manta azul manchada de tinta, los libros apilados, la planta que Maya rescataba cada semana, la cocina demasiado estrecha, el sofá donde había leído mensajes de Elliot sin saber quién los escribía.

Era un lugar imperfecto.

Era suyo.

—Sí —dijo—. Quiero hacerlo.

Alan no sonrió.

No intentó convertirlo en una victoria.

Solo asintió.

—Entonces lo organizaremos bien.

Helen entrecerró los ojos.

—¿“Lo organizaremos bien” significa que vas a llenar mi apartamento de contratos y personal de seguridad?

—Significa que no permitiré que nadie diga que has tomado una decisión sin respaldo profesional.

—¿Y si alguien lo dice?

Alan la miró con calma.

—Entonces tendrá que demostrármelo.

Helen sintió una pequeña descarga de electricidad en el estómago.

No era una frase romántica.

No era una declaración.

Pero tenía algo de promesa.

Maya apareció desde el extremo del pasillo con una bolsa de desayuno en una mano y el teléfono en la otra.

Se detuvo al verlos.

Miró a Helen.

Luego a Alan.

Después observó el espacio entre ambos, como si intentara calcular si la distancia era prudente o si ocultaba una bomba emocional.

—Buenos días —dijo con voz demasiado alegre.

—Buenos días, Maya —respondió Alan.

Maya parpadeó.

—Alan.

Helen cerró los ojos.

Maya jamás iba a dejar pasar aquello.

Alan consultó su reloj.

—Tengo una reunión en cinco minutos.

Helen asintió.

—Yo también.

—¿En la diecinueve? —preguntó él.

Helen le lanzó una mirada.

Alan dejó escapar una sonrisa breve.

Luego se alejó hacia los despachos ejecutivos.

Maya esperó hasta que desapareció.

Después se volvió lentamente hacia Helen.

—¿Tú acabas de proponer rodar la escena final en tu apartamento?

Helen tomó la bolsa de desayuno de sus manos.

—Sí.

—¿Y Alan Bryce acaba de aceptarlo sin convocar una comisión internacional de análisis?

—Parece que sí.

Maya sonrió.

—Esto es peligroso.

Helen abrió la bolsa.

Había un croissant y un café.

—Lo sé.

—No. No lo sabes. Porque ahora vas a tener a un equipo de rodaje en tu casa y al director general de Bryce Atelier Group intentando comportarse como una persona normal dentro de tu salón.

Helen cogió el café.

—Alan no tiene por qué ir.

Maya la miró con una expresión que mezclaba pena y diversión.

—Helen.

Helen miró hacia los despachos ejecutivos.

La puerta de Alan acababa de cerrarse.

—No tiene por qué ir —repitió, con menos convicción.

Maya no dijo nada.

Solo le tendió el croissant.

Y, justo cuando Helen iba a dar el primer mordisco, su correo electrónico emitió un sonido.

Abrió el mensaje.

El remitente era Lillian Price.

El asunto decía:

RODAJE EN APARTAMENTO DE HELEN NORTON — APROBACIÓN PRELIMINAR

Helen leyó las primeras líneas.

Luego llegó al final.

El señor Bryce ha solicitado asistir personalmente a la jornada de rodaje.

Maya leyó la expresión de su rostro.

—¿Qué ocurre?

Helen le enseñó la pantalla.

Maya abrió mucho los ojos.

Después sonrió despacio.

—Te lo dije.

Helen cerró el portátil con más fuerza de la necesaria.

—Voy a matar a alguien.

Y, desde el otro lado de la planta, Alan Bryce estornudó.

Maya levantó una ceja.

—Mira. El universo ya está colaborando.