Capítulo 15 #2
—Tú cambiaste —dijo él finalmente.
Helen se tensó.
—No digas eso como si fuera un halago.
—No lo digo como un halago.
—Entonces explícalo bien.
Alan asintió.
—Al principio, pensé que podía mantenerlo separado. Helen estaba en el trabajo. Maggie estaba fuera de él. Creí que podía hablar contigo como Elliot y tratar contigo como Alan sin que una cosa afectara a la otra.
Helen soltó una risa amarga.
—Eso fue una idea terrible.
—Sí.
—Una idea ridícula.
—Sí.
—Una idea de hombre que cree que puede organizar las emociones en columnas de Excel.
Alan la miró.
Por primera vez, sonrió de verdad.
Fue breve.
Y Helen se enfadó consigo misma porque todavía podía hacerle gracia.
—Lo merezco —dijo él.
—Mucho.
La sonrisa desapareció poco a poco.
Alan respiró hondo.
—No fue solo curiosidad. Me gustaba hablar contigo. Cada noche esperaba tus mensajes. Empecé a pensar en cosas que querías hacer antes de saber si las habías hecho. En si habías sobrevivido a tus reuniones. En si el metro te había declarado otra vez la guerra.
Helen bajó la mirada.
Esa parte era la más difícil.
Porque sonaba verdadera.
Porque había sentido lo mismo.
Esperar sus mensajes. Querer contarle pequeñas cosas. Abrir Facebook sin admitir que esperaba ver su nombre.
—Y cuanto más me importaba —siguió Alan—, más difícil era decirte quién era.
Helen cerró los ojos.
—Eso no es romántico, Alan.
—Lo sé.
—Es egoísta.
—También.
—Porque mientras tú decidías cuándo contarme la verdad, yo seguía hablándote pensando que era libre.
Alan no apartó la mirada.
—Sí.
La sencillez de su respuesta la dejó sin fuerzas para seguir atacándolo.
No intentó decir que ella exageraba.
No intentó convertirlo en un malentendido.
No habló de intenciones nobles.
Aceptó lo que había hecho.
Y eso, aunque no lo arreglaba, impedía que Helen pudiera refugiarse en una rabia limpia.
—¿Por qué hoy? —preguntó.
Alan miró la banca frente a ellos.
—Porque cuando te vi leer el mensaje en el pasillo, entendí que ya no podía seguir esperando a encontrar el momento perfecto.
Helen soltó aire por la nariz.
—No existe.
—Lo sé.
—Y porque te dejaste el teléfono abierto.
Alan hizo una mueca leve.
—Sí.
—Eso fue muy poco Alan Bryce.
—Ha sido una semana poco Alan Bryce.
Helen quiso reírse.
Se contuvo.
—¿Y tu hermana?
Alan guardó silencio.
Ella se arrepintió de preguntar de inmediato.
—No tienes que decirme nada.
—No, está bien.
Alan apoyó los codos en las rodillas.
—Claire está bien. Ha tenido unas pruebas médicas y está bien. Pero durante unas horas no lo sabíamos con certeza.
Helen lo observó.
Había visto su cara cuando Theo entró en la sala. Había entendido que aquello era real.
—Lo siento —dijo.
Alan negó con la cabeza.
—No hace falta.
—Claro que hace falta.
Él levantó la vista.
Helen continuó, más despacio.
—No hace falta que me expliques cosas de tu vida para que tenga sentido lo que hiciste. No es una excusa. Pero sigue siendo algo importante.
Alan asintió lentamente.
—Gracias.
El tono de su voz fue tan bajo que Helen miró hacia otro lado.
No quería que aquel momento se volviera demasiado íntimo.
Todavía no sabía qué hacer con la intimidad que ya existía entre ellos.
El perro del abrigo rojo volvió a aparecer. Esta vez intentó perseguir una paloma y terminó enredado en su propia correa. El dueño se agachó con una paciencia heroica.
Helen señaló la escena.
—Mira. Esa es mi vida laboral en forma de perro.
Alan observó al animal.
—No. Tu vida laboral es el dueño intentando resolver el problema mientras el perro actúa como si todo fuera parte de un plan.
Helen soltó una risa.
Esta vez no pudo evitarla.
Alan sonrió también.
Durante unos segundos, el aire cambió.
No desapareció el enfado. No desapareció la herida. Pero allí, en aquella banca, entre un perro confuso y un parque casi vacío, Helen recordó por qué había empezado a gustarle Elliot Reed.
Porque era fácil hablar con él.
Porque escuchaba.
Porque encontraba la frase exacta cuando ella no esperaba que alguien entendiera.
El problema era que Alan Bryce también era Elliot Reed.
Y eso seguía doliendo.
—¿Qué quieres ahora? —preguntó.
Alan no pareció sorprendido.
—Que me digas qué necesitas.
Helen frunció el ceño.
—No te he preguntado eso.
—Lo sé. Pero no quiero responder por ti.
Ella lo observó.
—¿No quieres que te perdone?
Alan bajó la mirada.
—Quiero que algún día puedas hacerlo. Pero no creo que tenga derecho a pedirlo hoy.
—¿Quieres que sigamos hablando por Facebook?
—No.
Helen lo miró con sorpresa.
Alan sacó el teléfono del bolsillo. Lo sostuvo un instante. Después abrió Facebook, pulsó varias veces y se lo mostró.
La cuenta de Elliot Reed estaba en la pantalla.
—Voy a cerrarla.
Helen se quedó quieta.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—Era importante para ti.
—Lo fue.
Alan mantuvo el teléfono en la mano.
—Pero ya no quiero esconderme detrás de ella. Y tampoco quiero que cada vez que veas una notificación de Elliot pienses en una mentira.
Helen no sabía qué decir.
La decisión parecía grande.
Demasiado grande.
—No tienes que hacer gestos dramáticos para convencerme —murmuró.
Alan la miró.
—No lo hago para convencerte.
—Entonces, ¿por qué?
Él tardó un segundo.
—Porque quiero aprender a hablar contigo sin una máscara.
Helen sintió un peso extraño en el pecho.
No era perdón.
No todavía.
Pero era algo.
Alan tocó la pantalla.
Apareció una ventana de confirmación.
¿Quieres desactivar temporalmente esta cuenta?
Él la miró una última vez.
No buscando autorización.
Esperando, quizá, que ella dijera algo.
Helen no lo hizo.
Alan pulsó.
La pantalla se apagó.
El perfil de Elliot Reed desapareció.
Por primera vez desde que se habían conocido, Helen no supo si aquello le daba alivio o tristeza.
Tal vez ambas cosas podían existir a la vez.
Alan guardó el teléfono.
—No tienes que responder ahora —dijo.
Helen soltó una risa suave.
—Esa frase la conozco.
—La he aprendido de ti.
Se quedaron en silencio.
El parque empezaba a vaciarse. Las farolas se encendían una a una. El aire olía a tierra húmeda y hojas.
Helen se levantó.
Alan se puso de pie también, pero mantuvo distancia.
—Tengo que irme —dijo ella.
—Lo sé.
—No porque quiera castigarte.
—Lo sé.
—Necesito pensar.
Alan asintió.
—Tómate el tiempo que necesites.
Helen lo miró.
Había llegado a la banca preparada para estar furiosa. Para exigir explicaciones. Para salir de allí con una decisión clara.
En cambio, se iba con más preguntas.
Pero algunas ya no eran sobre Elliot Reed.
Eran sobre Alan.
Sobre el hombre que podía ordenar una sala entera con una mirada y, al mismo tiempo, sentarse en un parque dispuesto a admitir que había actuado por miedo.
—Alan.
Él levantó la vista.
Helen apretó los labios.
—No vuelvas a escribir una frase triste debajo de una foto de una banca.
Durante un instante, Alan pareció desconcertado.
Luego sonrió.
—¿Y si la banca lo merece?
Helen negó con la cabeza.
—Entonces llámame y te diré si está exagerando.
La sonrisa de Alan se hizo un poco más amplia.
No lo suficiente para borrar todo lo demás.
Pero sí lo suficiente para que Helen sintiera que la noche había cambiado ligeramente de forma.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida del parque.
No miró atrás enseguida.
Cuando lo hizo, Alan seguía junto a la banca.
No parecía un hombre poderoso.
No parecía un director general.
Parecía alguien que acababa de perder una versión de sí mismo y no sabía aún si la otra merecía ser encontrada.
Helen siguió caminando.
Su teléfono vibró dentro del bolso.
Lo sacó por impulso.
No era Facebook.
Era un mensaje de Maya.
Maya: ¿Estás bien?
Helen miró hacia atrás una última vez.
Alan seguía allí.
Después escribió:
Helen: No lo sé. Pero creo que, por primera vez, él tampoco.