Capítulo 15
A las seis y cuarenta y dos de la tarde, Helen Norton estaba sentada en el borde de su cama con tres abrigos extendidos sobre el edredón y la sensación de que ninguno de ellos expresaba con precisión la mezcla de enfado, dignidad y curiosidad con la que pensaba enfrentarse a Alan Bryce.
El negro parecía demasiado serio.
El camel demasiado amable.
El gris demasiado parecido a una mujer que iba a una entrevista para un puesto que no quería.
Maya estaba apoyada en el marco de la puerta con una copa de agua con hielo y una paciencia que, en circunstancias normales, Helen habría agradecido.
Aquella noche, la paciencia de Maya le resultaba sospechosa.
—Vas a ir a un parque —dijo Maya—. No a una cumbre diplomática.
Helen levantó uno de los abrigos.
—No entiendes la gravedad de la situación.
—Claro que la entiendo. Vas a hablar con el hombre que te gusta, que además es tu jefe máximo, que además tenía un perfil falso, que además sabe demasiado de películas románticas y té con naranja.
Helen cerró los ojos.
—Cuando lo dices así, parece peor.
—Porque lo es un poco.
—Gracias.
Maya dejó la copa sobre una cómoda.
—Helen, no tienes que elegir un abrigo para impresionar a Alan Bryce.
—No quiero impresionarlo.
—Entonces deja de mirar los tres como si fueran a redactar una declaración oficial sobre tu estado emocional.
Helen soltó aire.
—Quiero sentirme yo.
La frase cambió algo en el rostro de Maya.
Ya no parecía divertida. Parecía entenderla.
—Entonces ponte el que te pondrías si él no fuera Alan Bryce.
Helen miró los abrigos.
Después abrió el armario y sacó un cuarto.
Era azul oscuro, algo más corto que los otros, con botones grandes y un forro de cuadros que solo se veía cuando se movía. No era el más elegante. Tampoco el más caro. Pero le gustaba.
Se lo puso.
Maya sonrió.
—Ese.
Helen se miró en el espejo.
Llevaba unos pantalones negros, un jersey color crema y botines bajos. El cabello le caía suelto sobre los hombros, en ondas suaves que la humedad de Nueva York se encargaría de discutir en cuanto saliera a la calle.
No parecía una ejecutiva de moda.
No parecía Maggie Bloom.
No parecía una mujer preparada para conquistar ni para perdonar.
Parecía Helen.
Y, por primera vez desde aquella mañana, eso le dio un poco de calma.
—¿Crees que va a llegar antes? —preguntó Maya.
Helen cogió el bolso.
—Alan Bryce llega antes a cualquier sitio.
—Eso no responde.
Helen se giró.
Maya tenía una sonrisa discreta.
—¿Te acuerdas de lo primero que le dijiste?
—Intento no hacerlo.
—Le dijiste que tenía cara de llegar diez minutos antes a todo.
Helen se puso el abrigo.
—Y resulta que tenía razón.
—Eso debe molestarte muchísimo.
—No sabes cuánto.
Maya caminó con ella hasta la puerta.
—Escúchame. Puedes escuchar lo que tenga que decir. Puedes enfadarte. Puedes irte a mitad de la conversación. Puedes decidir que no quieres volver a verlo fuera del trabajo durante un tiempo.
Helen asintió.
—Lo sé.
—Y no dejes que convierta su cara de hombre triste y elegante en una excusa.
Helen la miró.
—¿Tiene una cara de hombre triste y elegante?
—Helen. Tiene una cara que ha sido diseñada específicamente para que mujeres inteligentes cometan errores de juicio.
A pesar de todo, Helen se rio.
—Eso no es una categoría médica.
—Debería serlo.
El parque estaba a veinte minutos de su apartamento.
No era Central Park. Tampoco pretendía parecerlo.
Era más pequeño, más discreto, con senderos bordeados de árboles, una zona de juegos al otro lado y varios bancos de madera distribuidos bajo las farolas. Desde allí no se veía Manhattan con claridad. Solo algunos edificios lejanos y una franja de luces entre las ramas.
La banca de la foto estaba donde Helen esperaba.
Bajo el mismo árbol.
Con hojas oscuras acumuladas alrededor de las patas metálicas.
La luz amarilla de una farola caía sobre el asiento vacío.
Por un instante, Helen se detuvo.
Todo había empezado con un like accidental.
Con una frase demasiado melancólica.
Con una conversación sobre una banca que, según ella, tenía mejor vida social que ella y aun así parecía deprimida.
Resultaba injusto que un momento tan pequeño hubiera acabado llevándola hasta allí.
—Llegas puntual.
Helen se giró.
Alan estaba a unos metros de distancia.
No llevaba traje.
Eso fue lo primero que notó.
Vestía un abrigo oscuro, pantalones negros, un jersey de cuello alto gris y botas sencillas. Sin corbata. Sin reloj visible. Sin la camisa impecable que parecía formar parte de su uniforme de director general.
Parecía más joven.
También más vulnerable.
No tenía el aspecto de Alan Bryce, director general de Bryce Atelier Group.
Tenía el aspecto de un hombre que llevaba varios minutos esperando bajo un árbol y no sabía muy bien qué hacer con las manos.
Helen se obligó a no sentir ternura.
No era el momento para ternura.
—He llegado a tiempo —dijo—. No es lo mismo.
Alan inclinó levemente la cabeza.
—Para ti, imagino que es un logro importante.
Helen cruzó los brazos.
—No empieces.
—No estaba bromeando.
—Eso es peor.
Por un segundo, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
Luego desapareció.
Alan señaló la banca.
—¿Nos sentamos?
Helen lo miró.
—No sé.
—Está bien.
Él no insistió.
Ese gesto, tan pequeño, le hizo más difícil mantener la distancia que había preparado durante todo el trayecto.
Helen se acercó a la banca y se sentó en uno de los extremos. Alan se sentó al otro, dejando entre ambos un espacio considerable.
No le gustó que lo hiciera.
Le gustó todavía menos que entendiera por qué debía hacerlo.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Un perro pequeño cruzó corriendo el sendero con un abrigo rojo y una correa demasiado larga. Su dueño lo siguió con la expresión resignada de quien había aceptado que aquella criatura no iba a respetar jamás una instrucción sencilla.
Helen observó al perro desaparecer entre los árboles.
—Maya diría que esto parece el comienzo de una película donde alguien toma una decisión equivocada.
Alan miró hacia el sendero.
—¿Y tú?
Helen se quedó pensativa.
—Yo diría que parece una película donde alguien está a punto de recibir una explicación demasiado larga.
Alan bajó la mirada.
—Probablemente tengas razón.
Helen respiró hondo.
—Entonces empieza.
Él no habló de inmediato.
Helen lo vio buscar las palabras. No con la precisión de quien está preparando una respuesta para un consejo de administración. Con la incomodidad de alguien que sabe que no hay una versión elegante de lo que va a decir.
—Creé el perfil de Elliot Reed hace cuatro años —empezó.
Helen no lo interrumpió.
—En aquel momento, Bryce Atelier Group acababa de pasar por una época complicada. Hubo cambios en la dirección. Gente que se fue. Gente que intentó quedarse por motivos que no tenían nada que ver con la empresa.
Helen lo miró de reojo.
Alan tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Mi padre había fallecido dos años antes —continuó—. Y yo llevaba poco tiempo como director general. De repente, todos parecían tener una opinión sobre cómo debía vivir, con quién debía salir, qué tipo de persona debía ser.
Helen tragó saliva.
No esperaba oír algo tan personal.
—No todo el mundo era falso —dijo él—. Pero empecé a sentir que no sabía cuándo alguien hablaba conmigo y cuándo hablaba con mi apellido.
El viento movió algunas hojas sobre el sendero.
Helen no apartó la mirada de él.
—¿Y Elliot Reed te solucionó eso?
Alan soltó una respiración leve.
—Al principio, sí.
—¿Por qué ese nombre?
—Elliot era el nombre de mi abuelo. Reed es el apellido de mi madre.
Helen asintió despacio.
La respuesta era sencilla. Mucho más humana de lo que esperaba.
—Usaba el perfil para hablar de cosas que no tenían consecuencias —dijo Alan—. Películas. Libros. Fotografía. Lugares de la ciudad. No lo hice para engañar a nadie. Al menos no al principio.
Helen levantó una ceja.
—Es una forma curiosa de empezar una defensa.
—No estoy intentando defenderme.
—Bien.
Alan miró sus propias manos.
—Solo quiero que sepas de dónde salió.
Helen guardó silencio.
Él continuó.
—No esperaba conocerte.
La frase le hizo tensar los hombros.
—Me conocías de la oficina.
—Conocía a Helen Norton, coordinadora junior de contenidos, que llegaba tarde, tenía una carpeta peligrosa y discutía con un ascensor.
Helen lo miró.
—Eso es un resumen bastante cruel de mi persona.
—También sabía que eras inteligente.
—No lo parecía al principio.
Alan levantó la vista hacia ella.
—Sí lo parecía.
Helen se quedó quieta.
No quería que aquella frase le importara.
Pero le importó.
—En la oficina eras reservada —continuó él—. Medías cada palabra. Parecías esperar siempre que alguien encontrara el error antes que la idea.
Helen apartó la mirada.
La banca estaba fría bajo su abrigo.
—Y Maggie Bloom era distinta.
—Maggie Bloom podía llamar deprimente a una banca sin disculparse después.
Helen no pudo evitar una sonrisa pequeña.
Alan la vio.
No sonrió del todo. Pero algo en su expresión se suavizó.
—No fue solo eso —dijo—. Maggie hablaba como si el mundo mereciera una opinión honesta, incluso cuando esa opinión era incómoda. Y yo… necesitaba hablar con alguien que no tuviera miedo de decirme lo que pensaba.
Helen volvió a mirarlo.
—Pero sí sabía quién eras.
Alan asintió.
—Empecé a sospecharlo después de la presentación. No estaba seguro. Después aparecieron más cosas. Frases. Ideas. Forma de escribir. Demasiadas coincidencias.
—¿Y por qué no me preguntaste?
Alan cerró los ojos un instante.
—Porque tenía miedo de tener razón.
La respuesta la descolocó.
Helen frunció el ceño.
—¿Miedo de que yo fuera Maggie?
—Miedo de que Maggie fuera alguien que trabajaba para mí.
Helen entendió el sentido de la frase.
Y, aun así, la rabia volvió.
—Eso no te impidió seguir hablando conmigo.
—No.
—Entonces, ¿qué cambió?
Alan se quedó en silencio.
Era la pregunta central.
La que llevaba días flotando entre ellos.
¿Qué había cambiado?
¿Por qué no se apartó cuando empezó a sospechar?
¿Por qué no le dijo la verdad?
¿Por qué permitió que una conversación que parecía libre se convirtiera en algo que Helen no había elegido?