Y todo por un like Capítulo 14
37%

Capítulo 14

Helen miró el mensaje durante tanto tiempo que la pantalla empezó a oscurecerse.

Elliot Reed: No voy a pedirte que me perdones. Pero, por favor, no me bloquees antes de poder explicarte todo.

Maya seguía sentada a su lado.

No intentó leer por encima de su hombro. No hizo una broma. No dijo que Alan tenía una cara demasiado triste para que Helen pudiera mantenerse enfadada.

Solo esperó.

Helen apoyó el teléfono sobre la mesa.

—Es increíble.

—Sí —dijo Maya.

—Me ha escrito como Elliot.

—Sí.

—Después de decirme que era Alan.

—También.

Helen soltó una risa breve, agotada.

—¿Por qué sigue usando el perfil falso?

Maya se quedó callada unos segundos.

—Quizá porque todavía no sabe cómo hablarte como Alan.

Helen levantó la vista.

—Ese es precisamente su problema.

Maya asintió.

—Lo sé.

El teléfono vibró otra vez.

Helen no quiso mirarlo.

Esperó.

Volvió a vibrar.

Maya alzó una ceja.

—Eso ha sido rápido.

Helen respiró hondo y desbloqueó la pantalla.

Había un segundo mensaje.

Elliot Reed: Sé que esto puede parecer cobarde. Probablemente lo sea.

Helen leyó la frase en silencio.

Luego escribió una respuesta.

La borró.

Escribió otra.

También la borró.

Maya observaba sus manos moverse sobre el teclado.

—No tienes que responder ahora —dijo.

—Quiero hacerlo.

—Entonces hazlo cuando sepas qué quieres decir.

Helen pensó en todo lo que quería decir.

Que estaba furiosa.

Que se sentía avergonzada por haberle contado cosas que jamás habría compartido con Alan Bryce.

Que una parte de ella quería preguntarle por qué guardaba entradas de cine, por qué tenía una fotografía de una calle bajo la lluvia y por qué un hombre tan cuidadoso había hecho algo tan torpe.

También quería preguntarle si cada noche, al hablar con Maggie Bloom, había olvidado que ella trabajaba para él.

O si lo recordaba demasiado.

Al final, escribió:

Maggie Bloom: No me bloquees tú tampoco cuando te diga lo que pienso.

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

Elliot Reed: No lo haré.

Maggie Bloom: Bien. Porque ahora mismo pienso que eres un cobarde.

Elliot Reed: Lo acepto.

Maggie Bloom: Y que elegiste el momento más cómodo para ti en lugar del más justo para mí.

Elliot Reed: Sí.

Maggie Bloom: Y que no sé si puedo volver a leer nuestras conversaciones sin preguntarme qué parte sabías y cuál no.

Elliot Reed: Esa es la parte que necesito explicarte.

Helen se quedó mirando la última frase.

Maya se inclinó un poco hacia ella.

—¿Qué ha dicho?

Helen le mostró la pantalla.

Maya leyó sin comentar nada.

Después apoyó una mano sobre la de Helen.

—No tienes que escucharle hoy.

—Pero quiero saberlo.

—¿Porque te importa o porque necesitas una respuesta?

Helen pensó en ello.

—Las dos cosas.

Maya asintió lentamente.

—Entonces pon las reglas tú.

Helen volvió al chat.

Maggie Bloom: No quiero hablar contigo por mensajes.

Elliot Reed: De acuerdo.

Maggie Bloom: Y no quiero hacerlo en la oficina.

Elliot Reed: De acuerdo.

Maggie Bloom: Ni en tu apartamento.

Elliot Reed: Tampoco pensaba proponértelo.

Maggie Bloom: Bien.

Elliot Reed: ¿Dónde quieres hablar?

Helen miró por la ventana de la sala.

El cielo de Queens estaba cubierto por una capa baja de nubes. En el patio interior del edificio, una mujer con abrigo rojo caminaba deprisa junto a una fila de arbustos perfectamente podados.

No quería una cena elegante.

No quería una cafetería con té negro y naranja.

No quería un lugar donde Alan pudiera parecer tranquilo, preparado y dueño de cada palabra.

Quería un sitio neutral.

Un lugar donde él no tuviera ventaja.

Pensó en la banca de la primera publicación.

La banca triste.

La banca que había recibido un like accidental.

Y sintió una rabia extraña al recordar que todo había empezado allí.

Escribió:

Maggie Bloom: Mañana. A las siete. En la banca de la foto.

Los tres puntos aparecieron.

Esta vez tardaron.

Helen apretó los labios.

Finalmente, llegó la respuesta.

Elliot Reed: De acuerdo.

Maggie Bloom: Y Alan.

Elliot Reed: Sí.

Maggie Bloom: No vengas como Elliot Reed.

Elliot Reed: No lo haré.

Maggie Bloom: Ven como tú. Sin perfiles. Sin filtros. Sin esconderte.

Helen dejó el teléfono sobre la mesa.

Sus manos temblaban un poco.

Maya la miró con una mezcla de orgullo y preocupación.

—Eso ha sido muy bien.

Helen soltó aire.

—Tengo la sensación de que mañana voy a arrepentirme.

—Puede ser.

—Gracias por tu confianza.

—No he dicho que vayas a arrepentirte de hablar con él. He dicho que mañana será difícil.

Helen apoyó la espalda contra la silla.

—No sé cómo mirarlo ahora.

Maya cruzó una pierna sobre la otra.

—Pues míralo como alguien que te gustó antes de que supieras quién era. Y como alguien que cometió un error importante después de que tú ya le importaras.

Helen frunció el ceño.

—Eso no simplifica nada.

—No. Pero lo hace más honesto.

A las tres de la tarde, Helen intentó trabajar.

Fue un intento admirable, aunque poco productivo.

Tenía abiertos tres documentos sobre la campaña de Éclat Nocturne. Uno contenía las nuevas opciones de casting. Otro, un calendario preliminar de rodaje. El tercero, una lista de posibles apartamentos para la secuencia final.

Había escrito la misma frase cuatro veces.

La protagonista entra en casa y deja caer el bolso sobre una silla.

Después la borraba.

Volvía a escribirla.

La borraba otra vez.

El bolso.

La silla.

La mujer que llegaba a casa cansada y se permitía volver a ser ella misma.

Todo le parecía demasiado cercano.

Todo le recordaba a Alan.

A Elliot.

A la diferencia entre el hombre que la intimidaba en las reuniones y el que le preguntaba si había sobrevivido a su día importante.

Maya llegó con una carpeta bajo el brazo.

—Lillian quiere el informe de localizaciones antes de las cinco.

Helen cerró los ojos.

—Claro que lo quiere.

—También quiere saber si sigues coordinando la parte narrativa de la campaña.

Helen abrió los ojos.

—¿Qué significa eso?

Maya se sentó en el borde del escritorio.

—Significa que ha notado algo.

—¿Qué ha notado?

—Que Alan se ha ido de la oficina sin hablar con nadie y que tú llevas dos horas mirando una frase sobre un bolso como si fuera literatura rusa.

Helen se dejó caer contra el respaldo.

—No puedo hablar con Lillian de esto.

—No tienes que hacerlo.

—¿Y si Alan me aparta de la campaña?

Maya la miró con incredulidad.

—Helen.

—Es el director general. Puede hacer lo que quiera.

—No puede hacer lo que quiera.

Helen levantó una ceja.

Maya se corrigió.

—Puede hacer muchas cosas. Pero no puede quitarte una campaña que has levantado tú sin que todo el mundo se dé cuenta.

—Tal vez debería hacerlo.

—¿Por qué?

Helen bajó la vista.

—Porque ahora parecerá que me dio la oportunidad por… por esto.

Maya dejó de bromear.

—Te la dio antes de que supieras quién era Elliot.

—Pero él ya sospechaba.

—Sospechar no es lo mismo que saber.

Helen se quedó callada.

Maya apoyó las manos sobre el escritorio.

—Escúchame. Tu idea era buena. Tu trabajo sigue siendo bueno. No vas a regalarle tus méritos a un hombre solo porque haya hecho algo mal.

La frase hizo que Helen respirara un poco mejor.

No mucho.

Pero lo suficiente.

—¿Qué hago entonces?

Maya señaló el portátil.

—Termina el informe. Luego vas a casa. Y mañana vas a ese parque, le miras a la cara y decides qué lugar quieres que tenga en tu vida.

Helen soltó una risa cansada.

—Eso suena fácil cuando lo dices tú.

—Todo suena fácil cuando no eres la protagonista.

Alan Bryce volvió a la oficina a las cinco y cuarenta.

No había ido a casa.

Había ido al hospital donde su hermana, Claire, esperaba resultados de unas pruebas médicas que, según los médicos, no eran urgentes pero tampoco podían aplazarse.

Claire había intentado tranquilizarlo.

Lo había hecho con su forma habitual de restar importancia a todo.

Le había dicho que él tenía una empresa que dirigir y que ella era perfectamente capaz de sobrevivir una tarde sin que su hermano mayor llegara con una carpeta, una agenda y una lista de preguntas para el especialista.

Alan no le había creído.

Al final, los resultados no habían sido graves.

Un problema menor. Tratamiento sencillo. Revisiones.

Nada que justificara el miedo que había sentido durante una hora entera sentado en una sala blanca, con olor a desinfectante y revistas antiguas.

Nada que explicara por qué, al salir del hospital, lo primero que había hecho había sido abrir Facebook.

Maggie Bloom había escrito.

Había dicho que quería hablar.

Y había elegido la banca.

Alan permaneció unos segundos dentro del ascensor cuando llegó a la planta dieciocho.

Las puertas se abrieron.

No salió.

Las puertas volvieron a cerrarse.

Solo entonces respiró.

El móvil vibró.

Un mensaje de Theo.

¿Está todo bien con Claire?

Alan respondió:

Sí. Todo está bien.

Theo tardó unos segundos.

¿Y con Helen?

Alan miró la pantalla.

No contestó.

Otro mensaje apareció.

Eso no era una pregunta sobre trabajo.

Alan guardó el teléfono.

Salió del ascensor.

La oficina estaba más vacía. Quedaban personas de producción, dos diseñadores revisando muestras y un equipo de comunicación discutiendo frente a una pantalla enorme.

Al otro lado del espacio abierto, vio a Helen sentada en su escritorio.

Tenía el cabello recogido de forma desordenada. Llevaba un jersey color crema y una expresión concentrada, aunque Alan la conocía ya lo suficiente para notar que no estaba leyendo lo que tenía delante.

Maya hablaba con ella.

Helen asintió a algo.

Después miró hacia la pantalla.

Alan se quedó quieto.

No quería acercarse.

No sin que ella hubiera decidido si podía soportar verlo.

No después de la conversación de aquella mañana.

Theo apareció a su lado con dos cafés.

—¿La vas a mirar desde aquí mucho tiempo?

Alan tomó uno de los vasos.

—No la estoy mirando.

Theo siguió la dirección de sus ojos.

—Claro.

—¿Qué quieres?

Theo le tendió el café.

—Que dejes de comportarte como un adolescente brillante que descubre por primera vez que las decisiones tienen consecuencias.

Alan recibió el vaso.

—Gracias por tu sensibilidad.

—No hay de qué.

Alan guardó silencio.

Theo lo observó de reojo.

—¿Le has dicho la verdad?

—Sí.

—¿Toda?

Alan no respondió.

Theo soltó aire.

—Alan.

—Le he dicho que soy Elliot.

—Eso no responde a mi pregunta.

Alan apretó el vaso entre los dedos.

—No puedo explicarle todo sin hablar de Claire.

—¿Y por qué no puedes?

—Porque no quiero que piense que estoy buscando compasión.

Theo negó con la cabeza.

—No se trata de compasión. Se trata de contexto.

Alan miró hacia Helen otra vez.

Ella no lo vio.

O decidió no verlo.

—El contexto no cambia lo que hice.

—No. Pero puede explicarle por qué creaste Elliot Reed.

Alan no respondió.

Theo dio un sorbo a su café.

—No has usado ese perfil porque fueras un hombre aburrido con una banca triste. Lo creaste después de lo de Claire. Después de que la prensa se metiera en vuestra vida. Después de que la gente empezara a acercarse a ti esperando algo.

Alan apretó la mandíbula.

—No quiero que nadie la convierta en una explicación de mis errores.

Theo bajó la voz.

—Entonces no la conviertas en una excusa. Solo di la verdad.

Helen se levantó de su escritorio.

Maya le dio un abrazo breve.

Después Helen recogió el bolso, se puso el abrigo y caminó hacia los ascensores.

Alan la vio acercarse.

Durante un segundo, pensó que iba a pasar de largo.

Helen se detuvo a varios pasos de él.

Theo comprendió la señal y se alejó sin hacer comentarios.

Helen y Alan se quedaron frente a frente, con la oficina de fondo.

No había pantallas.

No había un perfil falso.

No había una conversación privada donde ambos pudieran esconderse detrás de un nombre.

Solo estaban ellos.

—Mañana a las siete —dijo Helen.

Alan asintió.

—Estaré allí.

Ella sostuvo su mirada.

—No llegues tarde.

Alan casi sonrió.

—No suelo hacerlo.

Helen bajó los ojos hacia el café que él tenía en la mano.

—Ya lo sé.

Por un segundo, algo parecido a la antigua complicidad quiso regresar.

Pero no era el momento.

Helen dio un paso hacia el ascensor.

Antes de entrar, se volvió.

—Alan.

Él levantó la vista.

—Mañana no quiero a Elliot Reed.

Alan dejó el café sobre una mesa cercana.

—Mañana tendrás a Alan Bryce.

Helen lo miró durante un instante.

—Eso tampoco me sirve del todo.

Alan frunció apenas el ceño.

Ella tomó aire.

—Quiero a Alan. Solo Alan.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Helen entró.

Antes de que se cerraran, Alan respondió.

—Lo intentaré.

Helen no supo si aquella frase era suficiente.

Pero, por primera vez desde que había descubierto la verdad, no sonó como una evasiva.

Sonó como una promesa que todavía no sabía si él era capaz de cumplir.

Y cuando las puertas se cerraron, Alan se quedó solo frente al metal pulido, viendo su propio reflejo.

Por primera vez en mucho tiempo, no parecía un hombre que tuviera todas las respuestas.