Capítulo 13
Helen se quedó mirando la pantalla del teléfono de Alan Bryce.
Maggie Bloom está escribiendo…
Durante un segundo, no entendió lo que veía.
La frase estaba ahí, iluminada sobre el fondo oscuro de Facebook. Familiar. Inconfundible. La misma notificación que aparecía cuando Helen tardaba demasiado en responder, cuando borraba una frase, escribía otra y se preguntaba si una simple palabra podía revelar más de lo que quería.
Maggie Bloom.
Ella.
El perfil desde el que había hablado de películas, de noches malas, de campañas de perfume, de bancos vacíos y de un jefe que parecía incapaz de experimentar alegría antes de las nueve de la mañana.
El perfil que Elliot Reed conocía.
El perfil que Alan Bryce acababa de dejar abierto sobre una mesa.
Helen no tocó el teléfono.
No lo necesitaba.
No hacía falta desbloquearlo. No hacía falta revisar conversaciones. No necesitaba una confesión escrita en mayúsculas ni una fotografía de Alan sosteniendo un cartel que dijera sí, soy el hombre misterioso de Facebook y también el director general que te intimida en la oficina.
Todo encajaba.
El nombre visto en Astoria.
El té negro con naranja.
Las frases parecidas.
La fotografía de la calle bajo la lluvia.
La forma en que Alan conocía ciertos detalles que Elliot jamás debería haber sabido.
Y el hecho de que, mientras ella escribía desde su propio teléfono, el perfil de Elliot Reed mostrara que Maggie Bloom estaba escribiendo.
Helen sintió un calor incómodo subirle por el cuello.
Después llegó el frío.
No estaba segura de cuál de las dos sensaciones le gustaba menos.
—Helen.
La voz de Maya llegó desde la puerta.
Helen no se giró.
Maya entró con dos cafés en la mano y una bolsa de papel llena de algo que olía a canela. Sonreía al principio, preparada para hacer algún comentario sobre que había respetado la intimidad ajena durante casi siete minutos completos.
Entonces vio el teléfono.
Vio la pantalla.
Y dejó de sonreír.
—Oh.
Helen soltó una risa breve.
No era una risa divertida.
—Sí.
Maya dejó los cafés sobre una mesa lateral.
—¿Es suyo?
Helen miró el teléfono otra vez.
—Es el teléfono de Alan.
—Ya. Me refiero a la cuenta.
Helen no respondió durante unos segundos.
Luego asintió.
Maya se acercó despacio.
No tocó el teléfono. No leyó nada más. Solo miró la pantalla desde la distancia suficiente para confirmar lo que ya era evidente.
—Elliot Reed —murmuró.
Helen cerró los ojos.
Escuchar el nombre en voz alta hizo que todo se volviera más real.
—Es Alan.
Maya tomó aire.
—Helen…
—Es Alan Bryce.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. No sabes lo que le he dicho.
Maya guardó silencio.
Helen se apartó de la mesa.
Necesitaba espacio. Necesitaba una ventana. Necesitaba salir de aquella sala, atravesar la oficina, bajar dieciocho plantas y llegar a un lugar donde los teléfonos no tuvieran perfiles falsos ni mensajes que podían convertir una conversación bonita en una mentira.
—Le he contado cosas —continuó, con la voz más baja—. Cosas pequeñas, pero cosas mías. Le he hablado de mi trabajo. De lo que pienso de él. De que me da miedo equivocarme. De que siento que todo el mundo sabe cómo hacer las cosas menos yo.
Maya se acercó un poco.
—No sabías quién era.
—Él sí sabía quién era yo.
La frase cayó entre ambas.
Maya no intentó suavizarla.
No dijo que quizá Alan tuviera una explicación perfecta. No dijo que pudiera haber sido una coincidencia al principio. No dijo que todo estuviera bien porque él parecía preocupado por Helen.
Solo respondió:
—Eso cambia las cosas.
Helen soltó aire con lentitud.
—Sí.
En el pasillo se escucharon pasos.
Después la puerta se abrió.
Alan entró.
No venía con Theo.
No llevaba el abrigo.
Su expresión no era la de un hombre que acababa de salir de una reunión importante ni la de alguien que intentaba resolver un problema familiar.
Era la expresión de un hombre que sabía que se había dejado algo demasiado importante atrás.
Sus ojos fueron directamente hacia la mesa.
Hacia el teléfono.
Después hacia Helen.
No dijo nada.
Helen tampoco.
Maya miró a uno y a otro.
—Voy a… —empezó.
Helen la sujetó suavemente por la muñeca.
—No.
Maya se detuvo.
Helen no quería quedarse sola con Alan.
No todavía.
No cuando sentía que cualquier frase podía hacerle más daño del que estaba preparada para reconocer.
Alan bajó la mirada hacia su teléfono.
La pantalla seguía encendida.
Maggie Bloom está escribiendo…
Un músculo se tensó en su mandíbula.
Luego levantó la vista.
—Helen.
Ella cruzó los brazos.
—No.
Alan permaneció quieto.
—No he leído nada que no me hayas dicho.
Helen soltó una risa seca.
—¿Eso se supone que debe tranquilizarme?
—No.
—Pues gracias por no intentarlo.
Maya cerró los ojos un instante, como si quisiera darle a Helen un segundo para decidir si iba a gritar, lanzar una carpeta o hacer algo peor: hablar con absoluta calma.
Helen eligió la tercera opción.
—Elliot Reed —dijo.
Alan no respondió.
—¿Ese eres tú?
El silencio fue tan claro que parecía una respuesta.
Helen se acercó un paso.
—No quiero una frase evasiva. No quiero que me digas que es complicado. No quiero que uses esa voz tranquila que hace que parezca que todo lo que dices es razonable aunque no responda a nada.
Alan tragó saliva.
Era un gesto mínimo.
Pero Helen lo vio.
—Sí —dijo él.
La palabra fue baja.
Directa.
Sin rodeos.
Y, por algún motivo, eso le dolió más.
—Sí —repitió Helen—. Claro.
Alan dio un paso hacia ella.
—Quería decírtelo.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—No me lo dijiste.
—Lo sé.
—Esta mañana.
—También.
—En Astoria, cuando me invitaste a comer.
Alan bajó la mirada.
Helen notó que le temblaban las manos. No mucho. Lo justo para que apretara los dedos contra sus propios brazos.
—Podías haberlo dicho en cualquier momento —continuó—. Podías haber escrito una frase. Podías haber llamado. Podías haber dicho: “Hola, soy Alan Bryce, el hombre al que llamas emperador de los correos con copia oculta”.
Maya dejó escapar una respiración breve.
Alan cerró los ojos un instante.
—No esperaba que me reconocieras tan pronto.
Helen lo miró con incredulidad.
—¿Eso es lo que vas a decir?
—No.
—Porque suena como si el problema fuera que he descubierto algo, no que tú lo ocultaras.
Alan levantó la mirada.
La calma que tanto la había intimidado durante días había desaparecido. No por completo. Alan seguía siendo Alan. Pero había culpa en sus ojos. Y algo más difícil de nombrar.
Miedo, quizá.
—Tienes razón —dijo—. El problema no es que lo hayas descubierto. El problema es que debí decírtelo antes.
Helen quiso responder.
No pudo.
Porque una parte de ella quería oír esa frase.
La otra quería que no fuera suficiente.
Y ambas tenían razón.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.
Alan tardó demasiado.
Helen sintió que algo dentro de ella se cerraba.
—Alan.
—No lo supe al principio.
—¿Cuándo?
Él miró hacia la ventana.
Luego volvió a ella.
—Empecé a sospechar después de la presentación de la fragancia.
Helen se quedó muy quieta.
La presentación.
La reunión donde había proyectado por accidente sus notas privadas.
La noche en que Elliot Reed le escribió por primera vez.
—¿Después de que me vieras hacer el ridículo delante de toda la dirección? —preguntó.
—No hiciste el ridículo.
—No cambies el tema.
—No lo estoy cambiando.
—Pues responde.
Alan respiró hondo.
—Cuando empezaste a hablar de la campaña. La forma en que describiste la historia. Algunas frases que usaste. Me recordaron a Maggie.
Helen sintió el impulso de apartarse.
—¿Y seguiste hablándome?
—Sí.
—¿Como Elliot?
—Sí.
—¿Mientras sabías que yo no tenía ni idea de quién eras?
Alan no respondió.
La falta de respuesta fue peor que cualquier justificación.
Maya se movió ligeramente a su lado.
Helen no la miró.
Tenía los ojos fijos en Alan.
—¿Te divertía? —preguntó.
Alan frunció el ceño.
—No.
—¿Te divertía leer cómo hablaba de ti?
—No.
—Porque te he llamado tirano. He dicho que pareces un Excel con piernas. Le he contado a Elliot que me da miedo hablar delante de ti. Que siento que puedes despedirme si respiro de forma incorrecta.
Alan bajó la mirada.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes.
La voz de Helen se quebró apenas en la última palabra.
Odiaba que ocurriera.
Odiaba que él lo oyera.
Alan dio otro paso.
—Helen, no te he escrito para reírme de ti.
—Entonces, ¿para qué?
Él tardó en responder.
Esa vez no pareció buscar una frase perfecta.
Pareció buscar una verdad.
—Porque contigo podía ser alguien que no era Alan Bryce.
Helen lo miró.
—Pero yo no podía elegir si quería hablar con Alan Bryce.
La frase dejó a Alan inmóvil.
No había gritado.
No lo había insultado.
No le había pedido que se fuera.
Pero había dicho lo único que importaba.
Él había elegido ocultarse.
Ella no había tenido esa opción.
Maya bajó la mirada hacia el suelo.
Alan apretó los labios.
—No —dijo por fin—. No podías.
Helen sintió una punzada de rabia.
—¿Y qué esperabas que pasara? ¿Que nos conociéramos, que yo apareciera en una cafetería y tú me sorprendieras con una frase ingeniosa sobre bancos tristes?
Alan no sonrió.
Eso le hizo más daño de lo que esperaba.
—No lo sé —dijo él.
—Eso es lo peor.
—Lo sé.
—Deja de decir que lo sabes.
Alan guardó silencio.
En el pasillo, alguien pasó junto a la puerta. Se escucharon voces, ruedas de una maleta de muestras, el timbre de un ascensor.
La oficina seguía funcionando.
Y Helen estaba descubriendo que las personas podían romperte el corazón sin tocarte, sin besarte, sin prometerte nada.
Solo haciendo que te sintieras vista y quitándote después el derecho a decidir quién te estaba mirando.
El teléfono de Alan vibró sobre la mesa.
Los tres miraron la pantalla.
No era Facebook.
Era Theo.
Alan no lo cogió.
Volvió a mirar a Helen.
—Mi hermana me necesita —dijo—. Tengo que irme.
Helen se quedó quieta.
—Claro.
—No quiero irme así.
—Pero vas a hacerlo.
El dolor en la expresión de Alan fue rápido.
Pequeño.
Real.
—Sí.
Helen hizo un gesto hacia el teléfono.
—Llévatelo.
Alan cogió el móvil.
Se lo guardó en el bolsillo.
Luego se quedó allí un segundo más, como si hubiera olvidado cómo caminar hacia una puerta.
—No quiero que pienses que cada cosa que te dije como Elliot era una mentira.
Helen levantó la vista.
—No sé qué pensar ahora.
Alan asintió lentamente.
Parecía aceptar que no merecía una respuesta mejor.
Antes de salir, se detuvo junto a la puerta.
—No te escribiré si no quieres.
Helen no dijo nada.
Alan esperó apenas un instante.
Después salió de la sala.
La puerta se cerró.
Maya se quedó muy quieta.
Helen también.
Durante varios segundos, ninguna de las dos habló.
Luego Maya se acercó y tomó uno de los cafés que había dejado sobre la mesa. Se lo ofreció.
Helen lo aceptó.
Lo sostuvo entre ambas manos.
—¿Estás bien? —preguntó Maya con voz baja.
Helen miró la puerta cerrada.
Pensó en Elliot Reed.
En Alan Bryce.
En la voz de uno y la mirada del otro.
En todos los mensajes que ahora tenían un significado nuevo.
—No lo sé —dijo.
Maya asintió.
—Está bien no saberlo todavía.
Helen bebió un poco de café.
Sabía a vainilla y a algo demasiado dulce.
—Lo peor es que una parte de mí entiende por qué lo hizo.
Maya se sentó a su lado.
—Entenderlo no significa que tengas que perdonarlo ahora.
Helen dejó la taza sobre la mesa.
Su teléfono vibró dentro del bolso.
Las dos se quedaron inmóviles.
Helen no quería mirar.
Pero lo hizo.
Había un mensaje nuevo de Elliot Reed.
No de Alan Bryce.
No de un número de teléfono.
De Elliot Reed.
Elliot Reed: No voy a pedirte que me perdones. Pero, por favor, no me bloquees antes de poder explicarte todo.