Capítulo 12
Helen sostuvo el teléfono entre las manos.
El mensaje seguía en la pantalla.
Elliot Reed: Estoy listo para decirte la verdad.
Alan estaba delante de ella.
No a varios metros.
No al otro lado de una mesa de reuniones.
No protegido por una pantalla, un nombre falso o el silencio de una oficina.
Delante de ella.
Con el traje gris claro, la corbata azul oscura y una expresión que Helen no había visto nunca en su rostro.
No era serenidad.
No era distancia.
Era algo parecido a la tensión.
Una tensión muy controlada, como todo en Alan Bryce, pero suficiente para que Helen sintiera que el pasillo entero había dejado de existir.
Maya estaba a su lado.
Helen lo sabía porque podía percibirla conteniendo la respiración con la intensidad de una persona que llevaba demasiados días esperando que dos piezas imposibles encajaran.
Nadie dijo nada.
El teléfono seguía iluminado.
Alan bajó la vista hacia la pantalla.
Luego volvió a mirarla.
—¿Es él? —preguntó.
Helen sintió que el aire se quedaba atrapado en sus pulmones.
No había dicho ¿es Elliot?
No había dicho ¿es la persona con quien hablas?
Había dicho ¿es él?
Como si supiera exactamente de quién hablaban.
Como si no necesitara nombrarlo.
—¿Quién? —preguntó Helen.
Alan no respondió de inmediato.
Los dos sabían que aquella era una pregunta absurda.
Maya carraspeó suavemente.
Helen no se giró.
No podía.
Alan pareció tomar una decisión.
Su mandíbula se tensó apenas.
—La persona que le ha escrito —dijo.
Helen bajó los ojos hacia el teléfono.
Podía abrir el mensaje.
Podía responder.
Podía preguntarle a Elliot: ¿Eres Alan Bryce?
La frase estaba ahí, lista.
Tan pequeña.
Tan fácil.
Y, sin embargo, pulsar esas palabras parecía más arriesgado que entrar en una sala llena de ejecutivos con un documento titulado Cosas que no deberíamos hacer si queremos vender perfume a personas reales.
Porque aquella vez no podría culpar a un error de carpeta.
No habría forma de fingir que no había ocurrido.
—Sí —dijo Helen.
Alan asintió.
Fue un gesto mínimo.
Pero algo en sus hombros cambió.
Como si la respuesta hubiese confirmado una sospecha que llevaba demasiado tiempo intentando ignorar.
—¿Va a responder? —preguntó.
Helen levantó la vista.
—No lo sé.
—Entiendo.
No parecía entenderlo.
Parecía estar tratando de mantenerse quieto mientras algo dentro de él hacía justo lo contrario.
Helen apretó el móvil.
—¿Por qué?
Alan frunció el ceño.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué le importa?
Maya hizo un ruido bajo a su lado. Algo entre una tos y una súplica dirigida al universo.
Alan mantuvo la mirada de Helen.
—Porque parece preocupada.
—Ya me lo dijo ayer.
—Y sigue siendo cierto.
—No es una respuesta completa.
Alan guardó silencio.
Helen notó cómo el corazón le golpeaba con fuerza.
No quería presionarlo.
No quería convertirse en la persona que exigía explicaciones a un hombre con el que, técnicamente, no tenía ninguna relación fuera del trabajo.
Pero estaba cansada de las medias frases.
De los nombres vistos en pantallas.
De los mensajes que aparecían en el momento exacto.
De sentir que caminaba sobre una cuerda floja mientras todos los demás parecían saber dónde estaba el suelo.
—Alan —dijo.
Fue la primera vez que pronunció su nombre sin pensarlo antes.
Él no se movió.
Helen tomó aire.
—Si sabe algo, dígamelo.
Durante unos segundos, nadie habló.
En una mesa cercana, una impresora empezó a funcionar. Al fondo del pasillo, alguien dejó caer una carpeta. Una puerta se abrió y volvió a cerrarse.
La oficina continuaba.
Pero Helen solo podía mirar a Alan.
Él inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera a punto de responder.
Entonces Lillian Price apareció al final del pasillo.
—Señor Bryce.
Alan no apartó la mirada de Helen.
Lillian se acercó.
—La revisión de casting empieza en tres minutos y el equipo de París está conectado desde hace diez.
Helen sintió que la tensión se rompía de forma abrupta.
Alan cerró los ojos un instante.
No de frustración visible.
No de forma dramática.
Solo el gesto breve de alguien que acababa de perder una oportunidad que no sabía si iba a volver a tener.
—Voy ahora —dijo.
Lillian miró de Helen a Alan.
Luego a Maya.
No hizo ninguna pregunta.
Lo cual, en el caso de Lillian Price, era mucho más inquietante que una pregunta.
Alan volvió a mirar a Helen.
—Hablaremos después de la reunión.
Helen sostuvo su mirada.
—¿De verdad?
La respuesta tardó apenas un segundo.
—Sí.
Luego se alejó con Lillian.
Helen lo vio caminar hacia la sala de casting, recto y contenido, como si no acabara de dejar una conversación a medio abrir en mitad del pasillo.
Maya esperó hasta que desapareció tras las puertas de cristal.
Después se volvió hacia Helen.
—Bueno.
Helen no respondió.
Maya levantó ambas manos.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
—Solo voy a señalar que el director general de la empresa ha dicho “hablaremos después” con una cara que normalmente se reserva para negociaciones internacionales o incendios.
Helen guardó el teléfono dentro del bolso.
—No sé si va a decirme la verdad.
Maya la miró con más seriedad.
—Puede que sí.
—O puede que vuelva a hablar como si fuera una entrevista para una revista de negocios.
—También.
Helen soltó aire lentamente.
—No sé qué quiero que pase.
Maya apoyó una mano sobre su brazo.
—Eso no es verdad.
Helen levantó la mirada.
Maya sonrió con suavidad.
—Sabes perfectamente qué quieres. Solo tienes miedo de que sea real.
Helen quiso negarlo.
No pudo.
—Tenemos una reunión —dijo al final.
—Sí.
—Y si llego tarde, Lillian me convertirá en una advertencia para futuras generaciones.
Maya volvió a recuperar algo de humor.
—Eso sí que es real.
La sala de casting estaba llena cuando Helen entró.
Habían movido varias mesas para crear una pasarela improvisada en el centro.
En una pared se proyectaban referencias visuales de la campaña: mujeres caminando por calles mojadas, apartamentos con luz cálida, manos sobre una taza, una ventana abierta a la ciudad, un frasco de perfume junto a una lámpara encendida.
La idea que había nacido en una presentación fallida ya tenía forma.
Era más grande que Helen.
Más grande que el café derramado, las carpetas abiertas y su miedo habitual a decir algo equivocado.
Por primera vez, eso no la hizo sentir pequeña.
Maya se sentó junto a ella.
Lillian ocupaba el extremo de la mesa. Sienna estaba conectada con producción desde otra sala. Theo se encontraba junto a la pantalla, revisando algo en su tableta.
Alan entró un minuto después.
No buscó a Helen de inmediato.
Eso debería haberla tranquilizado.
No lo hizo.
Se sentó frente a ella.
La reunión empezó.
Las primeras modelos aparecieron una tras otra.
La primera era impresionante.
Alta, de piel oscura, con una mirada intensa y una forma de caminar que parecía convertir el suelo en una pasarela de París.
La segunda tenía un rostro delicado, cabello corto y una elegancia tan perfecta que Helen pensó que podría vender perfume incluso leyendo la lista de ingredientes de un champú.
La tercera era una actriz conocida por una serie de televisión. Sonreía bien. Posaba bien. Sabía exactamente dónde estaba cada cámara.
Todas eran estupendas.
Todas tenían algo que parecía faltar.
Lillian levantó la mirada hacia Helen.
—¿Qué opina?
Helen miró las fotografías de la campaña.
Luego a la tercera candidata, que esperaba junto a la pared con una sonrisa entrenada.
Notó todas las miradas sobre ella.
Normalmente, ese sería el momento en que habría intentado suavizar su opinión. Buscar palabras educadas. Decir que todas eran magníficas y dejar que alguien con más autoridad escogiera.
Pero recordó lo que Alan le había dicho en Astoria.
No permita que la seguridad de otras personas le haga dudar de la suya.
Y también recordó algo peor.
Que él podía ser Elliot Reed.
Que quizá había leído los mensajes donde ella decía que no se atrevía a defender sus ideas.
No quería que tuviera razón sobre ella.
—Son buenas —dijo Helen—. Pero no creo que sean nuestra protagonista.
Lillian se cruzó de brazos.
—Explíquese.
Helen se incorporó en la silla.
—Todas parecen saber que son observadas. Y eso no es un defecto. Es su trabajo. Pero nuestra protagonista empieza la campaña cansada de tener que demostrar algo. Necesitamos a alguien que pueda estar guapa sin parecer que lo sabe todo el tiempo.
Theo levantó la vista.
—Eso es difícil de encontrar.
—Sí.
—¿Y cómo lo reconoceremos?
Helen miró a la tercera modelo.
La chica estaba tranquila. Elegante. Profesional.
Pero no era aquella mujer de la historia.
—Cuando entre en una habitación y parezca que está pensando en otra cosa —respondió Helen—. Cuando tenga una sonrisa que no parezca ensayada. Cuando podamos imaginarla llegando tarde a casa, quitándose los zapatos y riéndose de algo absurdo porque no tiene a nadie delante a quien impresionar.
El silencio llegó de nuevo.
Pero esa vez Helen no lo temió.
Lillian observó las referencias visuales.
—¿Quiere una actriz menos conocida?
—Quiero una mujer que parezca real antes de parecer perfecta.
Theo sonrió.
—Eso podría ser complicado de vender al departamento de casting.
—No si dejan de buscar una cara y empiezan a buscar una historia.
Alan habló por primera vez desde que había comenzado la reunión.
—Estoy de acuerdo.
Helen no lo miró.
No enseguida.
Sabía que, si lo hacía, podía perder el hilo.
Lillian tomó unas notas.
—Ampliaremos el casting. Quiero opciones fuera de las agencias habituales. Actrices de teatro, creadoras de contenido, perfiles nuevos.
Sienna habló desde la pantalla.
—Podemos hacerlo.
Theo levantó la mano.
—Y quizá evitar que todas lleven vestidos imposibles. Solo lo digo por si queremos que parezcan personas.
Lillian lo miró.
—Theo.
—Ya me callo.
La revisión continuó.
Helen participó más de lo que esperaba. Habló de movimientos, de expresiones, de la luz en el rostro, de la diferencia entre una mujer que posa y una mujer que parece estar viviendo una escena.
Cada vez que se bloqueaba, recordaba la frase de Alan.
No se giró hacia él.
Pero podía sentir su atención.
Y eso, de alguna manera, le dio fuerza.
A las once y veinte, la reunión terminó.
Lillian se fue con Sienna a revisar nuevas listas de agencias. Theo recibió una llamada y se alejó hacia una ventana, gesticulando con una intensidad excesiva.
Maya recogió su tableta.
—Voy a buscar café.
Helen se levantó.
—No tienes que irte.
Maya la miró.
Luego miró a Alan, que seguía al otro lado de la sala recogiendo unos papeles.
—Sí tengo que irme.
—Maya.
—Helen, si me quedo aquí, acabaré escondida detrás de una planta. Y soy demasiado elegante para eso.
Helen abrió la boca para discutir.
Maya ya estaba caminando hacia la puerta.
Antes de salir, le lanzó una mirada que decía: No huyas.
Helen se quedó sola con Alan.
La sala parecía más grande sin los demás.
Más silenciosa.
Más peligrosa.
Alan colocó los documentos dentro de una carpeta. Sus movimientos eran precisos, pero Helen notó que tenía el nudo de la corbata ligeramente desplazado.
No era mucho.
Solo lo suficiente para que ella supiera que estaba nervioso.
Alan Bryce nervioso.
El pensamiento le pareció casi imposible.
—Ha estado muy bien —dijo él.
Helen levantó la vista.
—Gracias.
—Lo que ha dicho sobre el casting era correcto.
—Hoy parece especialmente generoso con mis ideas.
Alan se detuvo.
—No debería sorprenderle que las valore.
Helen cruzó los brazos.
—Ayer no sabía si me consideraba una empleada o un fenómeno atmosférico.
Él la miró.
—Eso no es justo.
—No he dicho que no me haya ayudado.
—No es lo que ha dicho.
Helen dejó escapar aire.
—No. No lo es.
Alan apoyó la carpeta sobre la mesa.
—Helen.
El tono de su voz cambió.
No era el tono de un jefe.
Ni el de un hombre dando una indicación profesional.
Era más bajo.
Más directo.
Ella sintió que su corazón volvía a acelerarse.
—Dijo que si sabía algo, debía decírselo.
Helen sostuvo su mirada.
—Sí.
Alan asintió una vez.
—Tiene razón.
La frase hizo que todo su cuerpo se tensara.
Él dio un paso hacia ella.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que la distancia entre ambos dejara de parecer un accidente.
—Hay algo que necesito explicarle.
Helen no se movió.
—Entonces explíquelo.
Alan inspiró lentamente.
Abrió la boca.
Y, en ese instante, la puerta se abrió con un golpe seco.
Theo Grant apareció en el umbral.
No sonreía.
No traía café.
No tenía una frase ingeniosa preparada.
—Alan —dijo—. Tienes que venir ahora.
Alan se volvió hacia él.
—Estoy ocupado.
Theo sostuvo su mirada.
—Lo sé. Pero es tu hermana.
La expresión de Alan cambió.
No de forma dramática.
No levantó la voz.
No perdió la compostura.
Pero Helen vio cómo el color desaparecía un poco de su rostro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Theo miró hacia Helen.
Luego volvió a Alan.
—No te lo ha dicho por teléfono. Solo ha dicho que es importante.
Alan cerró los ojos durante un segundo.
Cuando los abrió, volvió a ser el director general impecable de Bryce Atelier Group.
Pero Helen ya había visto la grieta.
—Voy a tener que irme —dijo.
Ella asintió, aunque tenía una docena de preguntas.
—Claro.
Alan la miró.
Parecía querer decir algo más.
Algo que no podía dejar pendiente.
—Hablaremos esta noche —dijo al fin.
Helen sintió un vuelco.
—¿Por Facebook?
Alan sostuvo su mirada.
La respuesta tardó una fracción de segundo.
Pero fue suficiente.
—Sí —dijo.
Theo lo esperaba junto a la puerta.
Alan tomó su abrigo, pasó junto a Helen y se detuvo apenas un instante.
—No piense que he cambiado de idea.
Luego salió de la sala.
Helen se quedó quieta.
El silencio regresó a su alrededor.
En la mesa, junto a una de las carpetas, el teléfono de Alan vibró.
Él debía haberlo dejado atrás al recoger sus papeles.
Helen no quería mirarlo.
No quería tocarlo.
Pero la pantalla se encendió.
Y vio una notificación.
No de un correo.
No de Theo.
No de su hermana.
De Facebook.
El nombre iluminado sobre la pantalla era imposible de confundir.
Maggie Bloom está escribiendo…