Y todo por un like Capítulo 11
32%

Capítulo 11

Helen leyó el mensaje de Elliot Reed una vez.

Luego otra.

Y una tercera, porque algunas frases se negaban a significar lo que parecían significar hasta que una las miraba el tiempo suficiente.

Elliot Reed: Porque hoy he estado más cerca de ti de lo que imaginas.

Su dormitorio estaba en silencio.

La lámpara de la mesilla proyectaba una luz suave sobre los libros apilados junto a la cama, el abrigo tirado sobre una silla y el vestido negro que había dejado extendido sobre el edredón después de cambiarse.

Desde el salón llegaban las voces de una serie que Maya veía sin mucho interés, con el volumen demasiado alto para que Helen creyera que su amiga no estaba pendiente.

El teléfono pesaba más de lo normal entre sus manos.

Más cerca de ti de lo que imaginas.

Podía significar cualquier cosa.

Podía significar que Elliot había estado en Astoria.

Que había pasado por la misma calle.

Que había visto la cafetería.

Que había estado a dos mesas de distancia mientras ella hablaba con Alan Bryce.

O podía significar exactamente lo que Helen ya temía.

Que Elliot Reed no era un desconocido.

Que era alguien que había estado delante de ella todo el tiempo.

Sus dedos se quedaron quietos sobre el teclado.

Después escribió:

Maggie Bloom: ¿Dónde estabas?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Aparecieron de nuevo.

Helen esperó con una tensión absurda en los hombros.

La respuesta llegó al cabo de un minuto.

Elliot Reed: Cerca.

Helen soltó una risa breve, sin humor.

Maggie Bloom: Eso no responde a nada.

Elliot Reed: Lo sé.

Maggie Bloom: ¿Me viste?

Elliot Reed: Sí.

El corazón le dio un golpe tan fuerte que tuvo que dejar el teléfono sobre el edredón.

Durante unos segundos, no hizo nada.

No sabía si sentirse halagada, inquieta, enfadada o sencillamente cansada de que todos los hombres interesantes de Nueva York parecieran tener una relación problemática con las explicaciones directas.

Cogió el teléfono otra vez.

Maggie Bloom: ¿Y no se te ocurrió decirme nada?

Elliot Reed: Quise hacerlo.

Maggie Bloom: Pero no lo hiciste.

Elliot Reed: No.

Helen apretó la mandíbula.

La respuesta era honesta.

Eso no la hacía menos irritante.

Maggie Bloom: ¿Por qué?

Elliot Reed: Porque no era el momento.

Maggie Bloom: ¿Y cuándo iba a serlo?

Elliot Reed: No lo sé todavía.

Helen cerró los ojos.

Por supuesto.

Por supuesto que no lo sabía todavía.

Aquella era exactamente la clase de respuesta que convertía una conversación normal en un laberinto.

El teléfono vibró antes de que pudiera escribir nada más.

Elliot Reed: No quiero que pienses que te he estado observando.

Maggie Bloom: Eso es difícil cuando acabas de decirme que me viste y decidiste no presentarte.

Elliot Reed: Tienes razón.

Maggie Bloom: Sé que tengo razón. Estoy esperando la parte útil.

Los tres puntos tardaron más en aparecer esta vez.

Cuando llegó el mensaje, Helen lo leyó despacio.

Elliot Reed: Te vi porque estaba cerca de alguien con quien trabajo. No sabía que ibas a estar allí hasta que ya era demasiado tarde.

Helen frunció el ceño.

Alguien con quien trabajaba.

Aquello abría demasiadas posibilidades.

Podía ser una coincidencia real. Nueva York era enorme, pero no tanto como parecía cuando una empezaba a contar la cantidad de personas que trabajaban en moda, publicidad, fotografía, medios o cualquier cosa vagamente creativa.

También podía ser una mentira cuidadosamente elegida.

Helen se tumbó boca arriba sobre la cama y miró el techo.

—No me gusta esto —murmuró.

Maya apareció en la puerta con una manta sobre los hombros y un cuenco de palomitas en la mano.

—¿Qué no te gusta?

Helen levantó el teléfono.

—Elliot estaba cerca de mí hoy.

Maya dejó de masticar.

—¿Cerca cómo?

—Dice que me vio.

—¿Y no se presentó?

—No.

—¿Y te ha dicho por qué?

Helen se incorporó.

—Dice que estaba con alguien del trabajo y que no sabía que yo iba a estar allí.

Maya se sentó en el borde de la cama sin pedir permiso.

—¿Eso te parece normal?

—No sé.

—Helen.

—No sé, Maya.

—No, no es normal. Un hombre con quien hablas desde hace semanas te ve en persona, reconoce que eres tú y decide no decirte nada. Eso no es “misterioso”. Eso es información que merece una explicación.

Helen bajó la mirada hacia el chat.

—Quizá se puso nervioso.

Maya la observó durante un instante.

—¿Estás defendiendo a un perfil de Facebook sin rostro?

—No lo estoy defendiendo.

—Un poco sí.

Helen soltó aire.

—Solo digo que quizá no sabía qué hacer.

—Eso puede ser verdad.

—Entonces no quiero convertirlo en algo terrible antes de saberlo.

Maya asintió despacio.

—Bien. Pero tampoco conviertas su silencio en algo romántico solo porque te gustaría que lo fuera.

La frase se quedó entre las dos.

Helen sabía que Maya tenía razón.

Lo irritante de tener una amiga como Maya era que casi siempre decía lo que una necesitaba escuchar justo cuando una quería oír cualquier otra cosa.

—¿Crees que puede ser Alan? —preguntó Helen al fin.

Maya no respondió enseguida.

La pregunta pareció volver el cuarto más pequeño.

—No lo sé —dijo por fin—. Pero sé que has visto demasiadas coincidencias para fingir que no existen.

Helen miró el teléfono.

Alan Bryce.

Elliot Reed.

El té con naranja.

La foto.

La cafetería.

La forma en que Alan había dicho: A veces alguien parece más real cuando no está intentando que la miren.

No.

No podía ser.

Porque, si lo era, todo cambiaba.

Cada conversación con Elliot se transformaría en algo distinto. Cada broma sobre su jefe. Cada mensaje escrito de madrugada. Cada confesión pequeña que Maggie Bloom se había permitido porque creía estar hablándole a un desconocido.

Helen no sabía qué le dolía más: pensar que Alan podía ser Elliot o darse cuenta de que una parte de ella quería que lo fuera.

El teléfono vibró otra vez.

Elliot Reed: Entiendo que estés enfadada.

Maggie Bloom: No estoy enfadada.

Elliot Reed: Entonces estás escribiendo con una puntuación muy intensa.

Maggie Bloom: Eso no es una cosa.

Elliot Reed: En tu caso sí.

Helen miró el mensaje.

A pesar de todo, una sonrisa quiso aparecer.

La obligó a desaparecer.

Maggie Bloom: Necesito saber quién eres.

Elliot Reed: Lo sé.

Maggie Bloom: No, no lo sabes. Porque si lo supieras, me lo dirías.

Elliot Reed: No es tan sencillo.

Maggie Bloom: Siempre lo es.

Elliot Reed: No cuando decir la verdad puede hacer que una persona deje de hablar contigo.

Helen dejó de respirar.

Maya leyó la expresión de su cara.

—¿Qué ha dicho?

Helen negó con la cabeza.

No quería repetirlo en voz alta.

No quería escuchar cómo sonaba.

Porque era una frase demasiado parecida a una confesión.

Y porque, por primera vez, entendió que Elliot también podía tener miedo.

La comprensión no resolvía nada.

Solo complicaba las cosas.

Escribió despacio:

Maggie Bloom: No puedo prometerte que no vaya a enfadarme.

Elliot Reed: No te lo pediría.

Maggie Bloom: Pero sí puedo prometerte que prefiero una verdad incómoda a seguir hablando con alguien que no conozco.

Elliot Reed: Entonces mereces saberla.

Maggie Bloom: Sí.

Elliot Reed: Mañana.

Helen se quedó mirando la última palabra.

Maggie Bloom: ¿Mañana cuándo?

Elliot Reed: Te escribiré.

Maggie Bloom: Eso no es un plan.

Elliot Reed: Es lo mejor que puedo darte ahora.

Helen soltó el teléfono sobre la cama.

Maya levantó las cejas.

—No me gusta esa cara.

—Ha dicho que mañana me contará quién es.

—¿Y?

—Que me escribirá.

Maya la miró durante un segundo.

Luego agarró una palomita del cuenco.

—Ese hombre necesita aprender que las personas no son temporadas finales de una serie.

Helen se dejó caer hacia atrás sobre el colchón.

—No voy a dormir.

—No.

—Tengo una reunión a las ocho y media.

—Sí.

—Y una revisión de casting a las diez.

—También.

—Y voy a pasar toda la noche pensando si Elliot Reed es Alan Bryce.

Maya se tumbó a su lado, con cuidado de no aplastar el teléfono.

—Entonces piensa en otra cosa.

Helen giró la cabeza.

—¿En qué?

Maya reflexionó con solemnidad.

—En que mañana tienes que convencer a una empresa mundial de moda de que una modelo no necesita parecer una diosa griega para vender perfume.

Helen soltó una risa.

—Eso no me va a distraer.

—No, pero es mejor que pensar en hombres que beben té raro y tienen vidas dobles.

A las siete y media de la mañana, Helen llegó a Bryce Atelier Group con cuatro horas de sueño, una coleta improvisada y una determinación bastante frágil de actuar con normalidad.

Actuar con normalidad era difícil cuando una sospechaba que el director general de la empresa podía ser el hombre que acababa de prometer revelar su identidad por Facebook.

Más difícil aún era actuar con normalidad cuando Maya caminaba a su lado con dos cafés y una expresión tan despierta que resultaba ofensiva.

—No mires su despacho —dijo Maya.

Helen miró hacia el despacho de Alan.

Las puertas estaban cerradas.

—No lo estaba mirando.

—Helen.

—Solo quería comprobar si estaba aquí.

—Eso es literalmente mirar su despacho.

Helen tomó el café que Maya le tendía.

—¿Por qué has traído uno para mí?

—Porque eres incapaz de tomar decisiones responsables con menos de seis horas de sueño.

—He dormido cuatro.

—Exactamente.

La planta estaba más silenciosa de lo habitual. Algunas personas hablaban en voz baja junto a las mesas de trabajo. Otras revisaban tablets, organizaban muestras de telas o trasladaban paneles de inspiración hacia una sala de reuniones.

La campaña de Éclat Nocturne había adquirido la clase de energía que Helen asociaba con los huracanes: nadie sabía muy bien de dónde venía, pero todo el mundo empezaba a moverse deprisa.

Lillian apareció junto al área de ascensores.

—Señorita Norton.

Helen se puso recta.

—Sí.

—La revisión de casting se ha adelantado a las ocho.

Helen miró el reloj.

—Son las siete y treinta y cuatro.

—Lo sé.

—Pero el correo decía diez.

—El correo era de ayer.

Helen asintió, porque no había nada más que pudiera hacer.

—Estaré preparada.

Lillian la miró de arriba abajo.

Helen llevaba un pantalón negro, un jersey crema y los botines de Maya, que todavía no había devuelto porque los suyos seguían en el apartamento, junto a una vida más sencilla que ahora parecía muy lejana.

—Procure estarlo —dijo Lillian.

Maya esperó a que se alejara.

—Cada día tengo más claro que Lillian no duerme. Solo se apaga en un cargador.

Helen quiso reírse.

No le salió.

Su teléfono vibró dentro del bolso.

Las dos se quedaron quietas.

Maya miró el bolso.

Helen miró el bolso.

—No lo abras todavía —dijo Maya.

—No iba a abrirlo.

—Sí ibas a hacerlo.

Helen sacó el teléfono.

Una notificación de Facebook.

El corazón le dio un salto.

Pero no era un mensaje de Elliot.

Era una alerta del grupo de cine al que ambos pertenecían.

Alguien había publicado una discusión sobre finales románticos y otro usuario había escrito una respuesta larguísima defendiendo que las historias de amor funcionaban mejor cuando los protagonistas “dejaban de hablar como si fueran enigmas”.

Helen miró la publicación.

El comentario tenía varias reacciones.

Una de ellas era de Elliot Reed.

No era un comentario suyo.

Solo un “me gusta”.

Pero Helen se quedó mirando el pequeño icono azul como si contuviera una respuesta.

Maya le quitó suavemente el teléfono de la mano.

—A la reunión.

—Sí.

—Ahora.

Helen respiró hondo.

Se dirigió a la sala de casting.

No miró el despacho de Alan otra vez.

Al menos no hasta que dobló la esquina.

Y entonces lo vio.

Alan estaba al final del pasillo, frente a una de las ventanas. Hablaba por teléfono. Llevaba un traje gris claro, una camisa blanca y una corbata azul oscuro. Parecía más cansado que el día anterior. No mucho. Apenas lo justo para que alguien que no lo conociera no lo notara.

Pero Helen ya empezaba a notar esas cosas.

Su voz le llegó amortiguada por la distancia.

—No quiero discutirlo por teléfono —decía—. Lo hablaré hoy.

Hizo una pausa.

—No. Esta vez no voy a evitarlo.

Helen se detuvo.

No debería haber escuchado.

No era una conversación para ella.

Pero el pecho se le tensó.

Alan levantó la vista en ese momento.

La vio.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió.

Helen no sabía si había oído lo suficiente como para que él comprendiera que había oído demasiado.

No sabía si él sabía lo que ella sospechaba.

No sabía si debía acercarse, saludar o fingir que aquella ventana era lo más fascinante que había visto en su vida.

Alan terminó la llamada.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

Y empezó a caminar hacia ella.

Helen sintió que Maya, a su lado, contenía el aire.

Alan se detuvo frente a Helen.

No sonrió.

No parecía frío.

Parecía nervioso.

Era una expresión tan extraña en él que Helen casi olvidó respirar.

—Buenos días, Helen —dijo.

No señorita Norton.

Helen tragó saliva.

—Buenos días, Alan.

Sus ojos se encontraron.

Y el teléfono de Helen vibró dentro del bolso.

Una sola vez.

Los dos bajaron la mirada al mismo tiempo.

Helen lo sacó.

El mensaje era de Elliot Reed.

Elliot Reed: Estoy listo para decirte la verdad.