Y todo por un like Capítulo 10
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Capítulo 10

Helen leyó el mensaje de Elliot Reed mientras la puerta de la cafetería se cerraba a su espalda.

El aire frío de Astoria le golpeó la cara.

Durante unos segundos, agradeció que Nueva York tuviera esa costumbre de obligar a la gente a seguir caminando aunque acabara de ocurrir algo capaz de desordenarle la cabeza.

Elliot Reed: ¿Podemos hablar esta noche? Necesito contarte algo.

Alan estaba a su lado.

A dos pasos.

Con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y una expresión más seria que antes.

Helen guardó el teléfono.

—¿Todo bien? —preguntó él.

La pregunta ya empezaba a resultarle peligrosa.

No porque fuera invasiva.

Porque Alan la hacía como si realmente esperara una respuesta.

—Sí.

Él la miró.

Helen dejó escapar aire.

—No.

Alan no dijo nada.

La calle seguía húmeda. Un autobús pasó junto a ellos, dejando una nube breve de vapor y el olor metálico de la lluvia sobre el asfalto. Desde la panadería de la esquina llegaba el aroma cálido de canela y mantequilla.

Helen no sabía por qué notaba tantas cosas de pronto.

Quizá porque necesitaba fijarse en algo que no fuera la mirada de Alan.

—Es alguien con quien hablo a veces —dijo al fin.

Alan permaneció quieto.

—¿Alguien importante?

Helen levantó la vista.

La pregunta había sido tranquila.

Pero algo en su voz parecía más contenido de lo habitual.

—No lo sé.

—¿No lo sabe?

—No conozco a esa persona de verdad.

Alan tardó un segundo.

—Eso puede complicar las cosas.

Helen soltó una risa baja.

—Gracias. Necesitaba esa clase de análisis.

—No pretendía sonar crítico.

—No ha sonado crítico.

—Entonces, ¿qué ha sonado?

Helen lo observó.

Tenía el cabello ligeramente movido por el viento. La mancha de café seguía en uno de sus zapatos. Su abrigo era impecable, como casi todo en él, salvo por ese pequeño accidente absurdo que la hacía mirarlo con una cercanía que no se había ganado.

—Como alguien que sabe más de lo que está diciendo.

Alan no cambió de postura.

No miró hacia otro lado.

Pero durante un instante, sus ojos parecieron endurecerse.

—Todos sabemos más de lo que decimos.

La respuesta quedó suspendida entre los dos.

Helen sintió un pequeño escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

—Eso ha sido muy misterioso —dijo, intentando recuperar ligereza.

Alan inclinó levemente la cabeza.

—No era mi intención.

—Empiezo a pensar que esa frase es su forma favorita de evitar explicaciones.

—Es una posibilidad.

Helen sonrió sin querer.

Él también pareció a punto de hacerlo.

Luego el teléfono de Alan vibró.

Esta vez lo miró de inmediato.

La pantalla se encendió.

Helen no alcanzó a leer el nombre, pero vio cómo su expresión se tensaba.

Alan rechazó la llamada.

Un segundo después, volvió a sonar.

—Debería atenderlo —dijo Helen.

—No.

—Puede ser importante.

—Lo es.

Helen lo miró.

—Entonces debería atenderlo.

Alan guardó el teléfono en el bolsillo.

—No ahora.

La respuesta fue firme.

No agresiva.

Pero definitiva.

Helen no insistió.

Había aprendido que Alan Bryce tenía varias formas de cerrar una conversación. Algunas eran educadas. Otras parecían una puerta blindada.

Aquella era la segunda.

Caminaron hacia la furgoneta en silencio.

Por primera vez desde que se habían conocido, el silencio entre ellos no le resultó incómodo. Lo que le inquietaba era lo contrario: empezaba a entender cuándo Alan se callaba porque estaba concentrado y cuándo se callaba porque algo le dolía.

No debía fijarse en esas cosas.

No debía.

Cuando llegaron al vehículo, Sienna estaba revisando unas fotografías junto a Lillian. Theo acababa de aparecer desde la otra acera con dos cafés en la mano y una expresión satisfecha.

—Miren quiénes han vuelto —dijo—. La expedición gastronómica.

Helen se aclaró la garganta.

—Solo hemos revisado una alternativa de localización.

Theo le tendió un café a Lillian.

—Claro. Y yo llevo pañuelos de bolsillo por motivos estrictamente administrativos.

Lillian aceptó el vaso sin mirarlo.

—Theo.

—Ya me callo.

Alan abrió la puerta de la furgoneta.

—Volvemos a la oficina.

Theo se subió detrás de Helen y, mientras el vehículo arrancaba, se inclinó hacia Maya, que acababa de enviarle un mensaje desde la oficina.

—Tu amiga está ganando terreno.

Helen se giró.

—¿Qué has dicho?

Theo sonrió con inocencia exagerada.

—He dicho que la campaña está ganando terreno.

—No ha dicho eso.

—Bueno, ahora sí.

Alan, sentado delante, no se volvió.

Pero Helen vio cómo tensaba la mandíbula durante un segundo.

Theo también lo vio.

Y por primera vez, dejó de sonreír.

El resto de la tarde pasó con una velocidad absurda.

Helen tenía que preparar alternativas para la secuencia final, revisar las fotografías de Astoria, hablar con Sienna sobre los permisos de rodaje y responder a un correo de Lillian que contenía siete preguntas y ninguna frase completa.

A las cuatro y media, ya había olvidado momentáneamente que Elliot Reed quería hablar con ella.

A las cuatro y treinta y dos, lo recordó al ver una notificación nueva.

No era un mensaje.

Solo un pequeño punto verde junto a su nombre.

Elliot estaba conectado.

Helen dejó el teléfono boca abajo.

Luego lo volvió a poner boca arriba.

Después lo escondió debajo de una libreta.

Maya apareció detrás de ella con un paquete de galletas.

—Eso es lo que hace una persona normal cuando no está obsesionada con alguien.

Helen levantó la vista.

—No estoy obsesionada.

—Has cambiado de posición el teléfono tres veces.

—Estoy trabajando.

—Claro.

Maya dejó las galletas sobre la mesa.

—¿Te ha escrito?

Helen asintió.

—Quiere hablar esta noche.

Maya abrió mucho los ojos.

—¿Hablar de qué?

—No lo sé.

—¿Y por qué tienes esa cara?

—Porque puede querer decir cualquier cosa.

—Exacto. Puede decir que se ha enamorado de una mujer que conoce en su trabajo, que es un asesino en serie o que está a punto de revelar que es el príncipe heredero de Luxemburgo.

Helen la miró.

—Tu capacidad para tranquilizar es extraordinaria.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Maya agarró una galleta.

—¿Vas a hablar con él?

Helen volvió a mirar el teléfono.

—Sí.

—¿Esta noche?

—Sí.

—¿Y vas a preguntarle quién es realmente?

Helen tardó en responder.

—No sé.

Maya se sentó en la silla libre frente a ella.

Por una vez, no sonreía.

—Helen, no puedes construir una historia con alguien sin saber quién es.

Helen bajó la mirada.

—Ya lo sé.

—Y tampoco puedes seguir fingiendo que lo de Alan Bryce no te afecta.

—No estoy fingiendo.

Maya apoyó los codos sobre el escritorio.

—Hoy has vuelto de Astoria con la cara de alguien que ha visto un fantasma muy bien vestido.

Helen soltó una risa que se apagó pronto.

—He visto su teléfono.

—¿El de Alan?

Helen asintió.

—Vi el nombre de Elliot Reed.

Maya dejó la galleta a medio camino de la boca.

—¿Qué?

—Y luego ha pedido té negro con naranja.

—¿Qué tiene que ver eso?

—Elliot toma té negro con naranja.

—¿Te lo ha dicho?

—Sí.

—¿Y Alan también?

Helen asintió.

Maya se quedó callada.

Helen esperó que se riera.

Que dijera que era una coincidencia absurda.

Que hiciera una broma sobre hombres misteriosos y bebidas calientes.

Pero Maya no hizo nada de eso.

—¿Crees que son la misma persona? —preguntó por fin.

Helen miró hacia el despacho de Alan, al otro extremo de la planta.

Las puertas estaban cerradas.

La luz seguía encendida.

—No lo sé.

—Eso no ha respondido a mi pregunta.

Helen apretó los dedos alrededor del bolígrafo.

—Creo que podría ser posible.

Maya guardó silencio.

—Y si lo es —continuó Helen, en voz baja—, no sé qué significa.

Maya respiró despacio.

—Significa que tienes que tener cuidado.

Helen levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque él es tu jefe.

—No es mi jefe directo.

—Sigue siendo el director general de la empresa.

—Lo sé.

—Y porque, si te ha ocultado quién es, tendrás que preguntarte por qué.

La frase se quedó allí.

Helen ya se lo había preguntado.

Lo peor era que encontraba respuestas que le dolían.

Alan podía haber usado un perfil falso porque no quería que nadie supiera quién era.

Eso lo entendía.

Pero también podía haberlo usado para observarla sin que ella lo supiera.

Para escuchar sus quejas sobre él.

Para saber lo que pensaba.

La idea le provocó una incomodidad que no quería nombrar.

No porque estuviera segura de que fuera verdad.

Porque temía que lo fuera.

—No voy a hacer nada —dijo Helen.

Maya levantó una ceja.

—¿Nada?

—Voy a hablar con Elliot esta noche.

—Eso ya es algo.

Helen miró el reloj.

Quedaban dos horas para salir de la oficina.

De repente, le parecieron demasiadas.

Alan Bryce cerró la puerta de su despacho a las seis y diez.

Había terminado tres reuniones, aprobado dos presupuestos, rechazado una propuesta de colaboración que habría generado titulares durante una semana y leído un correo de Lillian que contenía un número preocupante de signos de exclamación.

Nada de eso le había ayudado a concentrarse.

Su teléfono estaba sobre la mesa.

Había recibido cuatro llamadas de Theo.

Dos de su hermana.

Una de un número privado.

Y una de Elliot Reed.

No del perfil.

No de Facebook.

Del nombre real que había usado durante años con las pocas personas que conocían una parte de su vida que no compartía con el resto.

Alan no había devuelto ninguna llamada.

En la pantalla seguía el último mensaje de Theo.

No puedes posponer esto eternamente. Habla con ella antes de que lo descubra por alguien más.

Alan pasó una mano por la frente.

Theo no sabía toda la verdad.

Nadie la sabía.

Sabía que Alan había creado el perfil de Elliot Reed para hablar con gente sin que su apellido ocupase la conversación. Sabía que llevaba meses escribiendo en grupos de cine, literatura y fotografía bajo ese nombre.

No sabía que Maggie Bloom era Helen Norton.

O, al menos, Alan esperaba que no lo supiera.

El problema era que ya no estaba seguro de poder fingir que no había reconocido ciertas cosas.

La forma en que Helen hablaba de Nueva York.

Su humor.

Su tendencia a responder con una broma cuando se sentía nerviosa.

La frase sobre la banca.

La frase sobre las personas que ocupaban demasiado espacio incluso cuando no hablaban.

Alan había querido convencerse de que eran coincidencias.

Ya no podía.

Elliot Reed y Helen Norton estaban demasiado cerca.

Maggie Bloom y Helen Norton eran, casi con seguridad, la misma persona.

Y si él tenía razón, ella no sabía quién era Elliot.

Todavía.

Alan abrió Facebook.

La conversación seguía allí.

Maggie Bloom no había respondido al último mensaje.

Él había escrito:

¿Podemos hablar esta noche? Necesito contarte algo.

No era suficiente.

No era una confesión.

No era la verdad.

Pero era un punto de partida.

Alan apoyó las manos sobre la mesa.

Podía decirle quién era.

Podía hacerlo esa noche.

Podía escribir: Soy Alan Bryce. El hombre al que llamas emperador de los correos con copia oculta.

La idea le pareció absurda.

También aterradora.

Porque, después de eso, no podía controlar lo que ocurriría.

Helen podía sentirse traicionada.

Podía dejar de hablarle.

Podía pensar que todo lo que habían compartido estaba contaminado por el hecho de que él era su jefe.

Y quizá tendría razón.

El teléfono vibró.

Un mensaje nuevo.

No era de Maggie.

Era de Theo.

Estoy en tu oficina en cinco minutos. No cierres la puerta.

Alan miró hacia ella.

La puerta estaba cerrada.

Dejó escapar aire lentamente.

—Demasiado tarde —murmuró.

A las siete y cuarenta y cinco, Helen estaba sentada en el borde de su cama con el teléfono en las manos.

Había cenado poco.

Había intentado leer.

Había abierto el portátil para revisar localizaciones y lo había cerrado a los cuatro minutos porque las palabras parecían moverse.

Maya estaba en el salón viendo una serie y fingiendo no escuchar cada vez que Helen suspiraba.

El chat con Elliot Reed estaba abierto.

No había mensajes nuevos.

Helen miró el reloj.

Luego la conversación.

Luego su reflejo oscuro en la pantalla.

A las siete y cincuenta, escribió:

Maggie Bloom: Estoy aquí.

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

Helen dejó de respirar.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Su pulso empezó a subir.

Finalmente llegó un mensaje.

Elliot Reed: Gracias.

Helen frunció el ceño.

Maggie Bloom: ¿Por qué?

Elliot Reed: Porque no sabía si querrías hablar conmigo después de hoy.

Helen se quedó inmóvil.

El apartamento pareció más silencioso.

Desde el salón, Maya subió el volumen de la televisión.

Helen miró el mensaje otra vez.

Después de hoy.

No decía “después de esta semana”.

No decía “después de lo que te escribí”.

Decía “después de hoy”.

Después de Astoria.

Después del café.

Después del té negro con naranja.

Después de que Alan Bryce la invitara a comer.

La mano le tembló ligeramente.

Escribió:

Maggie Bloom: ¿Por qué no querría hablar contigo?

La respuesta tardó más esta vez.

Helen esperó.

No miró el reloj.

No respiró con normalidad.

Los tres puntos aparecieron una vez.

Desaparecieron.

Volvieron.

Y entonces llegó el mensaje.

Elliot Reed: Porque hoy he estado más cerca de ti de lo que imaginas.