Y todo por un like Capítulo 9
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Capítulo 9

Helen tardó varios segundos en apartar la mirada del teléfono de Alan.

La frase había desaparecido, pero seguía flotando entre los dos.

No puedes seguir evitando esa conversación.

No era asunto suyo.

No tenía derecho a preguntarle quién la había escrito, qué conversación estaba evitando ni por qué la expresión de Alan había cambiado de aquel modo, como si alguien hubiera puesto una mano sobre una grieta que él llevaba tiempo intentando ocultar.

Aun así, su curiosidad se movió dentro de ella con una insistencia irritante.

No era solo la frase.

Era todo.

El nombre de Elliot Reed que había visto aquella mañana.

El té negro con naranja.

La fotografía enviada por Elliot justo cuando Alan estaba frente a ella.

La manera en que él había hablado de una mujer sola bajo la lluvia, como si hubiese visto la imagen antes de que Helen se la enseñara.

Y ahora aquello.

Alan Bryce no parecía un hombre con secretos pequeños.

Helen conocía a esa clase de personas. Los secretos pequeños se les escapaban por las manos: una llamada perdida, un comentario imprudente, un gesto demasiado rápido. Alan parecía haber construido su vida para que nadie pudiera ver nada que él no quisiera mostrar.

Ella debería haber agradecido que, durante unas horas, le hubiera permitido ver una parte distinta de él.

En cambio, se preguntaba qué más no estaba viendo.

—No tiene que hacerlo —dijo Helen de pronto.

Alan levantó la vista.

—¿Hacer qué?

—Ofrecer su apartamento.

Él no respondió enseguida.

El vapor del té subía lentamente entre los dos. Afuera, el cielo de Astoria parecía más gris que antes y una lluvia tenue había empezado a cubrir el cristal de la cafetería.

—No lo he ofrecido por obligación —dijo Alan al fin.

—Ya lo sé.

—No parece que lo sepa.

Helen bajó los ojos hacia el vaso de café.

—Es que no quiero que nadie piense que estoy aprovechándome de usted.

Alan apoyó una mano sobre la mesa.

—Nadie lo pensará.

Helen soltó una risa baja.

—Usted no conoce demasiado bien este edificio, ¿verdad?

Alan arqueó una ceja.

—Dirijo ese edificio.

—Precisamente. Las personas que trabajan allí hablan.

—Eso no debería preocuparle si hace su trabajo.

Helen levantó la mirada.

—A usted quizá no le preocupa. A mí sí.

Aquella vez Alan no pareció ofendido.

Pareció pensativo.

Como si acabara de escuchar una idea que conocía, pero que no había considerado desde el punto de vista de otra persona.

—Tiene razón —dijo.

Helen se quedó quieta.

No porque fuera una frase extraordinaria.

Sino porque Alan Bryce no parecía un hombre que dijera “tiene razón” con facilidad. Mucho menos cuando se trataba de algo relacionado con él.

—No quiero que parezca que recibe privilegios por trabajar en mi campaña —continuó—. Ni que nadie interprete mal una decisión profesional.

Helen asintió lentamente.

—Gracias.

—No le estoy haciendo un favor.

—Lo sé.

—Le estoy explicando que no quiero que nadie cuestione su trabajo por mi culpa.

La frase entró en ella con más fuerza de la que esperaba.

Helen miró el muffin, que ya no parecía importante.

En los últimos días, Alan había hecho varias cosas que no encajaban con la imagen que todos tenían de él.

La había escuchado. Había defendido su propuesta.

Le había dado recursos sin quitarle responsabilidad.

Y ahora parecía preocupado por algo que ella ni siquiera había sido capaz de explicar bien.

No le gustaba que eso le importara.

Le gustaba todavía menos que empezara a confiar en él.

—Entonces descartamos su apartamento —dijo, intentando recuperar una voz normal.

Alan no apartó la mirada.

—No necesariamente.

Helen parpadeó.

—Acaba de decir—

—He dicho que debemos evitar malas interpretaciones. No que la localización no pueda funcionar.

—¿Y cómo piensa evitar las malas interpretaciones?

Alan tomó la taza.

—No será una visita privada. Habrá un equipo de producción, responsables legales y un acuerdo formal de cesión de espacio. No tendrá nada que ver con usted ni con su puesto.

Helen lo observó.

—¿Ya ha pensado en todo eso?

—Sí.

—¿Hace cuánto?

Alan bebió un sorbo de té.

—Desde hace unos minutos.

Ella entrecerró los ojos.

—Eso es inquietante.

—Es eficiente.

—Son dos palabras muy distintas.

La boca de Alan se movió apenas.

—Lo sé.

Helen se acomodó en la silla.

La idea seguía siendo extraña. Rodar una campaña en casa del director general no era exactamente una solución habitual para un problema de producción.

Pero era buena. Y, aunque le molestara admitirlo, también era muy Alan: resolver algo de manera impecable y dejar a todos los demás preguntándose por qué no se les había ocurrido antes.

—Tendría que verlo Lillian —dijo Helen.

—Por supuesto.

—Y Sienna.

—También.

—Y legal.

—Ya lo sé.

—Y no quiero que nadie tenga que mover sus cosas personales.

Alan dejó la taza sobre el plato.

—Helen.

—¿Qué?

—No tengo un santuario secreto en el salón.

Helen lo miró.

—No he dicho que lo tenga.

—Pero lo ha pensado.

—No.

—Sí.

Ella cruzó los brazos.

—Usted tiene cara de tener un santuario secreto.

—¿De qué tipo?

Helen no esperaba que le siguiera la conversación.

Tardó un segundo en responder.

—De esos lugares con una luz demasiado cálida, libros ordenados por algún criterio que nadie entiende y fotografías antiguas enmarcadas.

Alan inclinó la cabeza.

—Eso es muy específico.

—Tengo imaginación.

—Eso no lo discuto.

Helen notó un leve cambio en su expresión.

No era una sonrisa completa. Era algo más suave. Algo que aparecía cuando hablaban de cosas que no tenían que ver con presupuestos ni campañas.

Y, de pronto, entendió algo incómodo.

Le gustaba hablar con Alan Bryce.

No con el director general.

No con el hombre que hacía que una sala entera enderezara la espalda.

Con Alan.

El problema era que no sabía quién era Alan de verdad.

Ni quién era Elliot Reed.

Ni por qué empezaba a temer que ambas preguntas estuvieran peligrosamente relacionadas.

El teléfono de Helen vibró otra vez.

Esta vez ni siquiera intentó ocultarlo.

Miró la pantalla.

Un nuevo mensaje de Elliot.

Elliot Reed: ¿Has podido respirar hoy o sigues sobreviviendo a tu jefe?

Helen sintió que el estómago se le cerraba.

Alan estaba sentado frente a ella.

No había sacado su teléfono.

No había hecho ningún gesto.

Pero el mensaje había llegado en ese preciso momento.

Su mente empezó a correr demasiado deprisa.

Podía existir un retraso.

Podía ser un mensaje programado.

Podía ser una coincidencia.

Podía ser que Elliot estuviera sentado en otro sitio, quizá a veinte calles de allí, sin saber que Helen estaba tomando café con su jefe.

Podía ser cualquier cosa.

Excepto la explicación que su cuerpo parecía haber escogido antes que su cabeza.

Alan Bryce era Elliot Reed.

Helen apoyó el móvil sobre la mesa, esta vez con la pantalla boca abajo.

—¿Otra notificación? —preguntó Alan.

Ella levantó la vista.

—Sí.

—¿Trabajo?

—No.

La palabra salió antes de que pudiera detenerla.

Alan se quedó quieto.

Helen también.

El ruido de la cafetería pareció alejarse otra vez.

—Entonces quizá debería comprobarla —dijo él.

—No es importante.

—Helen.

Ella sostuvo su mirada.

No sabía qué quería de él.

¿Que confesara? ¿Que dijera algo absurdo como “sí, soy el hombre con quien hablas cada noche”? ¿Que la mirara y reconociera que todo aquello había dejado de ser un juego hacía tiempo?

La parte más sensata de Helen deseaba que no fuera él.

La parte menos sensata ya había empezado a imaginar cómo sería descubrir que el hombre que la comprendía en Facebook era el mismo que la intimidaba en la oficina.

Era una idea terrible.

Era una idea perfecta para arruinarle la vida.

—¿Por qué le interesa tanto? —preguntó.

Alan no respondió de inmediato.

Su teléfono, boca abajo junto a la taza, vibró.

Una vez.

Breve.

Inconfundible.

Helen bajó la mirada.

Alan la siguió.

Los dos miraron el aparato negro sobre la mesa.

Después se miraron el uno al otro.

—No me interesa su teléfono —dijo Alan, muy despacio—. Me interesa que parezca preocupada.

Helen sintió algo aflojarse en su pecho.

No era una respuesta.

Pero tampoco era una evasiva.

Era peor.

Era algo que sonaba sincero.

—No estoy preocupada —mintió.

Alan apoyó los dedos sobre el borde de la taza.

—No es muy buena mintiendo.

Helen soltó una risa mínima.

—Usted tampoco parece especialmente bueno diciendo toda la verdad.

El silencio cambió.

Alan la observó.

No parecía enfadado.

No parecía sorprendido.

Parecía… cansado.

Por un momento, Helen sintió culpa.

No sabía qué batalla estaba librando él fuera de aquella mesa. Solo había visto una frase en su teléfono. Una frase que podía significar cualquier cosa. Podía ser trabajo. Familia. Un problema con Theo. Una decisión de negocio.

No tenía derecho a construir una historia sobre un hombre al que apenas conocía.

El problema era que escribía novelas dentro de su cabeza desde que era adolescente.

Y Alan Bryce parecía tener la clase de rostro que invitaba a los secretos.

—Lo siento —dijo ella.

Él frunció apenas el ceño.

—¿Por qué?

—No debería haber dicho eso.

—No ha dicho nada que no sea razonable.

Helen bajó la mirada.

—No lo conoce suficiente como para saberlo.

—No —dijo Alan—. Pero sé cuándo alguien tiene miedo de equivocarse.

La frase la atravesó de un modo inesperado.

Helen levantó la vista.

Alan parecía sereno, pero sus ojos ya no eran fríos.

—No tengo miedo de equivocarme —dijo.

Alan sostuvo su mirada.

—Claro que sí.

Helen dejó escapar aire por la nariz.

—Eso ha sido muy condescendiente.

—No era mi intención.

—Pues tiene talento natural.

La tensión se rompió apenas.

Alan bajó la mirada y, durante un instante, Helen creyó que iba a sonreír.

No lo hizo.

Pero su voz perdió algo de rigidez cuando habló.

—No creo que sea insegura por falta de capacidad.

Helen no dijo nada.

—Creo que está acostumbrada a pensar que cualquier error hará que los demás olviden todo lo que hace bien.

Aquello fue demasiado preciso.

Demasiado.

Helen clavó la mirada en el borde de la mesa.

No quería que él la entendiera.

No quería que nadie la entendiera tan deprisa, porque entonces tendría que admitir que había partes de ella que se leían con facilidad.

—No sabe nada de mí —dijo.

Alan tardó un segundo en contestar.

—No. No sé.

La sinceridad en su voz hizo que Helen levantara los ojos.

—Pero me gustaría saber más.

El corazón le dio un golpe fuerte.

Alan pareció darse cuenta de lo que había dicho.

Su expresión se cerró apenas. No de forma brusca. Más bien como si se hubiera puesto una puerta delante de sí mismo.

Entonces miró su reloj.

—Deberíamos volver.

Helen se quedó quieta.

Claro.

Por supuesto.

Una frase así, una mirada así, y después la lógica regresaba con un reloj y una agenda.

—Sí —dijo ella, intentando no mostrar nada—. Tenemos trabajo.

Alan se puso de pie.

Pagó antes de que Helen pudiera protestar.

—Se lo devolveré —dijo ella.

—No es necesario.

—No me gusta deber cosas.

Alan se colocó el abrigo.

—Entonces considérelo parte de la visita de producción.

Helen tomó su bolso.

—Eso es una categoría muy amplia.

—Puede ser útil.

Caminaron hacia la puerta.

Antes de salir, Helen miró otra vez la estantería de libros junto a la pared.

Había novelas gastadas, algunas con lomos doblados, otras subrayadas con pequeñas etiquetas de papel. En el estante superior vio una edición antigua de una película convertida en guion, con el título apenas visible.

No pudo leerlo completo.

Solo distinguió una palabra.

Mail.

Alan siguió su mirada.

—¿Le gusta esa película? —preguntó.

Helen se giró lentamente hacia él.

—¿Cuál?

Alan pareció comprender demasiado tarde que había hablado.

—La de la estantería.

Helen se acercó un paso.

El guion estaba colocado entre dos novelas.

Ahora pudo leer el título entero.

You’ve Got Mail.

Su corazón se detuvo durante un instante.

No por la película.

Por la forma en que Alan la miraba.

Por la fotografía de Elliot.

Por el nombre en su teléfono.

Por el té negro con naranja.

Por todas las coincidencias que ya empezaban a parecer algo más peligroso que coincidencias.

—Me encanta —dijo Helen.

Alan no apartó la vista de ella.

—A mí también.

El teléfono de Helen vibró una vez más.

No necesitó mirar la pantalla para saber quién era.

Pero lo hizo.

Esta vez el mensaje de Elliot Reed era breve.

Elliot Reed: ¿Podemos hablar esta noche? Necesito contarte algo.