Y todo por un like Capítulo 8
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Capítulo 8

Helen miró la pantalla de su teléfono.

Después miró a Alan.

Después volvió a mirar la pantalla.

Elliot Reed te ha enviado una foto.

El sonido de la vibración procedente del abrigo de Alan había sido leve.

Podía pertenecer a cualquier aplicación, a un correo, a una llamada perdida, a una alerta de calendario o a una de esas notificaciones que aparecían solo para recordarle a una persona que todavía tenía demasiadas cosas pendientes.

Pero Helen ya no era capaz de pensar con normalidad.

No después del nombre en su pantalla.

No después del té negro con naranja.

No después de la frase sobre los bancos deprimidos.

Alan la observaba con una calma que, en aquel momento, le pareció sospechosa.

—¿Todo bien? —preguntó.

Helen bajó el teléfono sobre la mesa.

—Sí.

Alan miró el móvil.

Luego a ella.

—No parece que esté bien.

—Estoy perfectamente.

—Señorita Norton.

—Es una notificación.

—Eso lo veo.

—Entonces no hay motivo para preocuparse.

Alan se inclinó ligeramente hacia delante.

—No estoy preocupado.

Helen se cruzó de brazos.

—Eso ha sonado exactamente como alguien preocupado.

Un destello de humor pasó por sus ojos.

—Le aseguro que sé distinguirlo.

—Qué alivio.

El camarero dejó sobre la mesa el té, el café y los muffins de arándanos. Helen agradeció la interrupción con una intensidad que habría resultado preocupante en cualquier otra circunstancia.

Alan retiró su teléfono del bolsillo interior del abrigo y lo dejó junto a la taza.

La pantalla estaba boca abajo.

Helen intentó no mirar.

Miró de todos modos.

Era un teléfono negro, sobrio, sin funda, tan perfectamente Alan Bryce que resultaba casi ofensivo.

Ni una esquina desgastada. Ni una grieta.

Ni una pegatina absurda. Ni una carcasa transparente llena de entradas antiguas, como la que Helen había llevado durante tres meses hasta que se rompió al caer dentro de una bolsa de compra.

El móvil de Alan vibró otra vez.

Helen apretó los dedos alrededor de su vaso de café.

Él no lo tocó.

Solo levantó la taza de té.

La rodaja de naranja giró suavemente en la superficie oscura.

Helen se obligó a respirar.

Podía abrir la fotografía.

Era fácil.

Solo debía pulsar sobre la notificación.

Pero, de repente, hacerlo parecía una invasión. Como si al abrir aquel mensaje estuviera cruzando una línea que no sabía si quería cruzar.

Alan bebió un poco de té.

—¿No va a contestar?

Helen levantó la vista.

—¿A quién?

—A la persona que le ha escrito.

—No sé quién me ha escrito.

La mentira salió tan mal que incluso ella la oyó caer entre los dos.

Alan arqueó una ceja.

—Su teléfono ha vibrado tres veces.

—Puede que sea Maya.

—¿Y Maya le manda fotografías con esa urgencia?

Helen se quedó quieta.

—¿Cómo sabe que es una fotografía?

Alan también se quedó quieto.

Durante un segundo, el ruido de la cafetería desapareció.

Al fondo, alguien dejó caer una cuchara. Una máquina de café soltó vapor. Una niña reía junto a la estantería de libros.

Pero Helen solo veía la cara de Alan.

Él había mirado su teléfono.

Eso era evidente.

Había visto la notificación.

Y ahora sabía que ella había recibido una foto de Elliot Reed.

Alan se recostó en la silla.

—He visto la pantalla al encenderse.

—Ah.

—No he leído el mensaje.

—Claro.

—Helen.

Ella levantó la mirada al oír su nombre.

Otra vez sin señorita Norton.

No sabía por qué aquel detalle la descolocaba tanto.

—No importa —dijo con rapidez—. No es nada importante.

Alan sostuvo su mirada.

—Eso es justo lo que dijo antes.

Helen cogió el muffin.

No tenía hambre. Pero necesitaba hacer algo con las manos.

—¿Por qué le interesa tanto mi teléfono?

La pregunta salió más dura de lo que pretendía.

Alan no cambió de expresión.

Sin embargo, dejó la taza sobre el plato con cuidado.

—No me interesa su teléfono.

—Pues parece que sí.

—Me interesa que la persona responsable de una parte esencial de esta campaña pueda concentrarse en el trabajo.

Helen soltó una risa breve.

—Ah, claro. Era una cuestión de productividad.

—También.

—¿También?

Alan no respondió.

Helen lo miró.

Él tomó un trozo del muffin con una naturalidad exasperante, como si no acabaran de tener una conversación que estaba empezando a parecer demasiado personal.

—Está bueno —dijo.

Helen tardó un segundo.

—¿Qué?

—El muffin. Ha tomado una decisión razonable.

Ella lo observó.

Luego, contra toda lógica, soltó una risa.

Fue pequeña al principio.

Después algo más clara.

Alan la miró mientras reía y, por una vez, no pareció tener una respuesta preparada.

Helen se dio cuenta.

La risa se apagó poco a poco.

El silencio que quedó no fue incómodo.

Eso fue lo peligroso.

—No suele reírse mucho en la oficina —dijo ella.

Alan inclinó la cabeza.

—¿Eso es una crítica?

—Es una observación profesional.

—Entiendo.

—A veces parece que le molesta que la gente sea feliz.

Alan apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—No me molesta que la gente sea feliz.

—Entonces disimula muy bien.

—No estoy obligado a entretener a mis empleados.

Helen levantó una ceja.

—No somos payasos.

—No he dicho que lo fueran.

—Pero ha sonado como si hubiese considerado la posibilidad.

Alan dejó escapar una respiración que casi fue una risa.

Helen volvió a sentir aquella extraña satisfacción al verlo bajar la guardia.

No era una gran sonrisa.

No era una revelación cinematográfica.

Pero cada vez que Alan Bryce parecía menos inaccesible, algo dentro de ella se movía.

Y eso era un problema.

Sobre todo porque Elliot Reed seguía esperando dentro de su teléfono.

El móvil vibró otra vez.

Helen miró la pantalla.

Alan no dijo nada.

Pero su mirada descendió hacia el teléfono y volvió a ella.

Esta vez, Helen lo cogió.

Abrió Facebook.

El chat de Elliot Reed estaba arriba del todo.

Había enviado una fotografía.

Helen pulsó sobre ella.

Era una imagen de una calle de Nueva York tomada de noche. Una acera húmeda. Luces reflejadas en el asfalto. Una mujer con un paraguas rojo caminando de espaldas, lejos de la cámara.

No aparecía ninguna cara.

No había nada que pudiera identificar el lugar.

Debajo de la foto, Elliot había escrito:

Elliot Reed: Me acordé de lo que dijiste sobre las mujeres que vuelven a casa después de un día difícil.

Helen leyó el mensaje una vez.

Luego otra.

La imagen era preciosa.

También era inquietante.

Porque estaba demasiado cerca de la campaña que ella había propuesto.

Porque Elliot sabía exactamente qué idea estaba desarrollando.

Porque Alan estaba sentado frente a ella con té negro y naranja, mirando su teléfono con una serenidad que Helen empezaba a considerar un riesgo para su estabilidad mental.

Levantó los ojos.

Alan la observaba.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Helen sostuvo el teléfono con fuerza.

—¿Ha hecho usted esa foto?

Alan no se movió.

—¿Por qué piensa que la he hecho yo?

—No he dicho que la haya hecho usted.

—Ha preguntado si la he hecho.

—Porque parece una foto que alguien como usted podría hacer.

Alan parpadeó lentamente.

—¿Alguien como yo?

Helen se dio cuenta de que había entrado en terreno peligroso.

—Quiero decir… alguien que parece fijarse en las cosas.

Alan se inclinó hacia atrás.

—¿Y eso es bueno o malo?

Ella dudó.

—Depende de lo que haga con lo que ve.

Por primera vez desde que se habían sentado, Alan apartó la mirada.

No fue un gesto largo.

Solo unos segundos.

Pero Helen lo notó.

Y tuvo la impresión de que aquella frase había tocado algo que no esperaba.

El camarero pasó junto a la mesa y Alan levantó una mano.

—¿Puede traerme un vaso de agua, por favor?

El chico asintió.

Helen observó el perfil de Alan mientras esperaba.

La línea de su mandíbula. La sombra leve de cansancio bajo los ojos. El cabello castaño claro, perfectamente arreglado pese al viento de Astoria. El pequeño gesto de sus dedos golpeando una vez contra la mesa antes de quedarse quietos.

No parecía nervioso.

Alan Bryce probablemente no se ponía nervioso.

Pero había algo diferente en él.

Algo contenido.

Como si estuviera decidiendo qué decir y no quisiera equivocarse.

Helen quiso preguntarle directamente.

¿Conoces a Elliot Reed?

Podía hacerlo.

Era una pregunta sencilla.

Una pregunta razonable.

No revelaba que ella hablaba con Elliot por Facebook. No revelaba que estaba empezando a sospechar que su jefe y aquel hombre misterioso podían estar conectados de una forma que todavía no entendía.

Pero no lo hizo.

No porque tuviera miedo de la respuesta.

Eso se dijo.

En realidad, tenía miedo de que Alan sonriera, negara con la cabeza y demostrara que todo estaba en su imaginación.

Y también tenía miedo de que dijera que sí.

El camarero volvió con el vaso de agua.

Alan le dio las gracias.

Helen miró de nuevo la fotografía de Elliot.

Había algo familiar en la composición. No solo por la idea. También por la manera de encuadrar la luz, por el reflejo de los edificios en el suelo mojado, por el tipo de detalle que alguien elegía cuando quería contar una historia sin mostrar rostros.

—Es bonita —dijo Alan.

Helen levantó la vista.

—¿Qué?

Alan señaló el teléfono.

—La fotografía.

—No la ha visto.

—He visto lo suficiente.

—¿Y qué ha visto?

Alan se quedó quieto.

Helen se arrepintió de preguntar.

El tono de su voz había cambiado. Ya no era una conversación sobre campañas ni una broma sobre muffins.

Era otra cosa.

Algo que estaba empezando a tener peso.

—Una persona caminando sola —respondió él al fin—. Después de la lluvia.

Helen lo miró.

—Eso podría ser cualquiera.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué le parece bonita?

Alan sostuvo su mirada.

—Porque a veces alguien parece más real cuando no está intentando que la miren.

Helen bajó los ojos hacia la pantalla.

El mensaje de Elliot Reed seguía abierto.

Su corazón latía demasiado rápido.

No sabía si era por la fotografía.

Por Alan.

Por el té negro con naranja.

O por la posibilidad creciente de que estuviera sentada frente a un hombre que sabía mucho más de ella de lo que debería.

Su móvil vibró otra vez.

Esta vez no era Facebook.

Era un correo de Lillian Price.

Helen abrió el mensaje.

El asunto decía:

URGENTE: CAMBIO DE LOCALIZACIÓN PARA LA SECUENCIA FINAL

Leyó el contenido.

El apartamento de Long Island City había sido retirado de la disponibilidad. El propietario había aceptado otra producción. Necesitaban una alternativa antes de las cinco de la tarde.

Helen cerró los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alan.

Ella le mostró la pantalla.

—Hemos perdido la localización final.

Alan leyó el correo.

—¿La de Long Island City?

—Sí.

—¿Hay opciones similares?

—Había dos, pero una se sale del presupuesto y la otra no tiene permiso para rodar de noche.

Alan dejó el teléfono sobre la mesa.

—Encontraremos otra.

Helen soltó una risa sin humor.

—Claro. Porque eso siempre funciona.

—Helen.

Ella levantó la vista.

—No pasa nada. Solo es una localización.

—No es solo una localización.

Helen se quedó callada.

Alan miró la fotografía de Elliot que seguía abierta en su teléfono.

Luego volvió los ojos hacia ella.

—Es el lugar donde termina la historia que está contando.

La frase hizo que Helen sintiera un nudo en la garganta.

No porque fuera dramática.

Porque él lo había entendido.

Había entendido que el apartamento no era una cocina con buena luz ni una pared adecuada para una toma final. Era el sitio donde la protagonista volvía a sí misma. Donde dejaba de actuar para el mundo y se permitía estar sola.

—Sí —dijo Helen muy bajo—. Exactamente.

Alan miró hacia la ventana.

Durante unos segundos pareció pensar.

Luego volvió a centrar su atención en ella.

—Hay una posibilidad.

Helen frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Mi apartamento.

Ella tardó dos segundos en comprender lo que había dicho.

Después otros dos en convencerse de que no lo había entendido mal.

—¿Su apartamento?

—Está en Jackson Heights. Tiene buena luz por la tarde. Ventanales. Una cocina funcional. Y una vista parcial de la ciudad.

Helen lo miró como si acabara de proponer que rodaran la campaña dentro de un museo.

—¿Está diciendo que quiere que grabemos una campaña internacional en su casa?

—Estoy diciendo que es una alternativa viable.

—Es su casa.

—Lo sé.

—Usted es el director general de Bryce Atelier Group.

—También lo sé.

—Y quiere que un equipo completo entre en su casa con cámaras, luces, cables y personas que probablemente moverán muebles.

Alan inclinó la cabeza.

—Tiene una forma muy particular de convertir una propuesta razonable en una amenaza.

Helen dejó escapar una risa breve.

—No es una propuesta razonable. Es una locura.

—Quizá.

—Es una locura enorme.

—Aun así, puede funcionar.

Helen lo observó.

Él parecía completamente serio.

Demasiado serio.

Y, por primera vez, no parecía ofrecer una solución para demostrar que tenía el control.

Parecía querer ayudarla.

La idea la desarmó más de lo que quería admitir.

—No puedo aceptar eso —dijo.

—No tiene que aceptarlo ahora.

—No debería ofrecerlo.

—Probablemente no.

Helen apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces, ¿por qué lo hace?

Alan guardó silencio.

El ruido de la cafetería volvió a rodearlos.

Una mujer discutía por teléfono junto a la caja. Dos estudiantes hablaban en voz alta sobre una exposición. Una canción suave sonaba desde un altavoz escondido cerca de la estantería.

Alan miró su taza.

Cuando habló, su voz fue más baja.

—Porque creo que esta campaña merece que la hagamos bien.

Helen sintió que la respuesta no era completa.

Pero tampoco parecía una mentira.

Antes de que pudiera decir algo, el teléfono de Alan vibró de nuevo.

Esta vez lo miró.

Su rostro cambió apenas al ver la pantalla.

No fue sorpresa.

Fue algo más parecido a resignación.

Alan levantó el móvil y lo puso boca abajo sobre la mesa.

Helen vio una parte del mensaje antes de que desapareciera.

No el nombre.

Solo una frase.

No puedes seguir evitando esa conversación.

Alan se dio cuenta de que ella había visto algo.

Sus ojos se encontraron.

Helen no preguntó.

Él tampoco explicó.

Y, en ese silencio, ella comprendió que Elliot Reed quizá no era el único secreto que Alan Bryce estaba escondiendo.