Y todo por un like Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Era un edificio antiguo con un vestíbulo estrecho, una escalera de mármol gastado y una azotea pequeña desde la que se veía una parte de Queens y, a lo lejos, el perfil de Manhattan.

No era la escena principal de la campaña. Podría servir para una toma corta: la protagonista subiendo a casa, quitándose el abrigo, dejando el bolso sobre una silla, respirando al fin.

Helen caminó detrás de Lillian y Sienna mientras el propietario del edificio explicaba todo lo que no se podía tocar.

Nada de paredes.

Nada de barandillas.

Nada de cuadros.

Nada de ascensor.

Nada de macetas.

Helen sospechó que, si alguien respiraba con demasiada intensidad, el hombre pediría una compensación económica.

Alan subía detrás de ella.

No lo veía.

Lo sabía.

Era absurdo que pudiera notar la presencia de una persona sin mirarla, pero allí estaba. Su perfume ligero, limpio, casi imperceptible. El sonido de sus pasos. La sensación de que, si se giraba, iba a encontrarse con esos ojos azul grisáceos observándolo todo con atención.

En el segundo piso, uno de los escalones crujió bajo el pie de Helen.

Ella se detuvo.

—¿Está bien? —preguntó Alan.

—Sí.

El escalón volvió a crujir.

—No parece muy convencida.

—Es un escalón dramático. Quiere participar en la campaña.

Alan soltó una respiración que se pareció demasiado a una risa.

Helen se giró.

Él estaba un escalón más abajo. Muy cerca.

La luz del vestíbulo era suave. Una lámpara antigua proyectaba sombras cálidas sobre la pared. Alan tenía una pequeña arruga en la camisa, cerca del codo, y el café seguía marcando el borde de su zapato.

Por primera vez desde que lo conocía, no parecía intocable.

Parecía cansado.

Humano.

Y demasiado atractivo para alguien que le había pedido una propuesta completa con menos de veinticuatro horas de margen.

—¿Siempre hace eso? —preguntó Helen.

Alan levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Parecer que está evaluando todo.

—Estoy evaluando una localización.

—Me refería a las personas.

La expresión de Alan cambió apenas.

Fue un gesto tan pequeño que Helen habría podido inventárselo.

—No evalúo a las personas —dijo.

Helen lo miró.

—Claro.

—¿No me cree?

—No especialmente.

Alan apoyó una mano en la barandilla.

—¿Por qué?

Helen pensó en retirarse.

Pensó en sonreír, decir que era una broma y seguir subiendo.

Pero algo en la forma en que él la miraba hizo que decidiera responder de verdad.

—Porque cuando entra en una sala, todo el mundo cambia de postura.

Alan guardó silencio.

—Porque parece saber siempre si alguien ha cometido un error antes de que esa persona lo admita.

Él no dijo nada.

Helen continuó, ya que había empezado.

—Y porque da la impresión de que si alguien se equivoca, usted lo recuerda.

La mirada de Alan se suavizó un poco.

—Recordar un error no significa definir a alguien por él.

Helen sintió que aquellas palabras tocaban un lugar demasiado preciso.

Pensó en la presentación.

En el documento proyectado.

En las caras de todos mirándola.

—Para algunas personas, sí.

Alan bajó la vista durante un instante.

Cuando volvió a mirarla, su voz era más baja.

—No para mí.

Helen no supo qué responder.

El propietario del edificio volvió a llamar al grupo desde arriba.

—¿Van a subir o van a quedarse ahí toda la mañana?

Helen dio un pequeño paso hacia atrás.

—Vamos.

Subió las escaleras con el corazón demasiado rápido.

No volvió a mirar a Alan.

Pero lo sintió detrás de ella hasta llegar a la azotea.

La visita terminó a la una y cuarto.

Lillian se fue directamente a una reunión con el equipo legal.

Sienna y los productores se quedaron revisando planos.

Maya había tenido que regresar a la oficina antes de la segunda localización porque una modelo había cancelado una prueba de vestuario y alguien necesitaba resolver la crisis antes de que se convirtiera en tendencia.

Helen se quedó junto a la furgoneta, revisando notas.

El cielo estaba cubierto y el viento se había vuelto más frío.

Alan apareció a su lado.

—¿Ha comido?

Helen levantó la vista.

—¿Qué?

—Es la una y cuarto. Lleva trabajando desde antes de las ocho.

—He tomado café.

—Eso no responde a la pregunta.

Helen cerró la carpeta.

—No he comido.

Alan asintió como si acabara de confirmar una hipótesis.

—Hay un sitio aquí cerca.

Helen lo miró.

—¿Un sitio?

—Una cafetería.

—¿Con bancos deprimidos?

Alan se quedó muy quieto.

Helen sintió que se le helaba la sangre.

Había dicho la frase sin pensar.

Otra vez.

El rostro de Alan no cambió de forma visible.

Pero algo ocurrió en sus ojos.

Algo fugaz.

Algo que no pudo interpretar.

—No conozco el estado emocional de los bancos de esta zona —dijo al cabo de un segundo—. Pero el café es bueno.

Helen lo observó.

Su cabeza empezó a unir cosas que quizá no tenían relación.

El nombre Elliot Reed.

Los mensajes.

La forma en que parecía conocer la frase sobre los jefes difíciles.

Ahora la banca.

Podía estar exagerando.

Podía estar buscando una respuesta porque le gustaban demasiado las historias y había pasado demasiadas horas pensando en una campaña sobre una mujer que recibía un mensaje que cambiaba su noche.

Aun así, el pulso le latía fuerte.

—¿Me está invitando a comer? —preguntó.

Alan la miró.

—Le estoy sugiriendo que coma algo antes de desmayarse sobre una carpeta.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Es una invitación profesional.

Helen soltó una risa breve.

—Suena mucho más amenazante de lo que cree.

La boca de Alan se movió apenas.

—Eso ya me lo ha dicho.

—Porque sigue siendo cierto.

Durante un momento, se quedaron mirándose.

Luego Alan señaló la esquina.

—Cinco minutos.

Helen debería haber dicho que no.

Debería haber dicho que tenía trabajo, que debía regresar a la oficina, que no podía ir a una cafetería con el director general de Bryce Atelier Group porque tenía la sospecha completamente irracional de que él podía ser el hombre con quien hablaba cada noche bajo un perfil falso de Facebook.

Pero tenía hambre.

Y curiosidad.

Dos fuerzas capaces de destruir a una persona mucho más rápido que el café derramado.

—Cinco minutos —aceptó.

Caminaron en silencio hasta la cafetería.

Era pequeña, cálida y estaba llena de mesas de madera clara. Había una pizarra con bebidas escritas con tiza, tarros con galletas junto a la caja y una estantería con novelas usadas en una pared.

Helen se detuvo al verla.

—Tienen libros.

Alan la observó.

—Sí.

—Eso mejora cualquier lugar.

—Estoy de acuerdo.

Ella giró la cabeza hacia él.

—¿Le gusta leer?

Alan se quitó un guante.

—A veces.

—Eso ha sonado como alguien que lee mucho y no quiere admitirlo.

—¿Y usted siempre decide cosas sobre desconocidos después de dos frases?

Helen sintió una punzada absurda.

Elliot Reed le había escrito una frase casi igual.

No idéntica.

Pero muy parecida.

El camarero se acercó antes de que pudiera responder.

—¿Qué les pongo?

Alan pidió té negro con naranja.

Helen dejó de respirar.

No de forma dramática.

No hizo ningún ruido.

No dejó caer el bolso.

Pero se quedó inmóvil.

Alan notó el silencio.

La miró.

—¿Qué ocurre?

Helen intentó encontrar una respuesta.

El té negro con naranja.

Maya no sabía eso.

Lillian no sabía eso.

Theo podía saberlo, quizá. Theo parecía saber demasiadas cosas de todo el mundo.

Pero Elliot Reed había mencionado una vez, casi de pasada, que el té negro con naranja era “la bebida adecuada para una noche en la que uno necesita fingir que tiene la vida organizada”.

Helen había respondido que nadie con té negro y naranja podía tener una vida completamente organizada.

Él había dicho que eso dependía de la cantidad de naranja.

Y ahora Alan Bryce acababa de pedir exactamente lo mismo.

—Nada —dijo Helen.

Alan entrecerró los ojos.

—Señorita Norton.

—Es solo que… —Helen se obligó a sonreír—. Pensaba que pediría café.

—¿Por qué?

—Porque parece una persona de café.

Alan miró al camarero.

—Té negro con naranja —repitió.

Después volvió los ojos hacia Helen.

—¿Y usted?

Ella aún tenía el corazón acelerado.

—Café. Muy grande. Y algo que tenga azúcar.

Alan miró el mostrador.

—Dos muffins de arándanos.

Helen lo miró.

—¿Ha pedido por mí?

—Ha dicho que necesitaba azúcar.

—Eso no le autoriza a elegir mis muffins.

—Puedo cancelar el pedido.

Helen observó los muffins bajo una campana de cristal.

—No. Creo que ha tomado una decisión razonable.

—Lo recordaré para futuras ocasiones.

Helen sintió que la frase tenía más peso del que debería.

Y, cuando el camarero se alejó, su teléfono vibró dentro del bolso.

Una vez.

Luego otra.

Helen no quería mirarlo.

No podía mirarlo.

Alan estaba sentado frente a ella, con el abrigo doblado sobre el respaldo de la silla, los guantes junto a la taza vacía y aquella expresión tranquila que empezaba a resultar peligrosa.

El teléfono vibró una tercera vez.

Alan bajó la mirada hacia el bolso.

—Parece importante.

Helen tomó aire.

—Puede ser trabajo.

—Compruébelo.

Sacó el teléfono.

La pantalla se iluminó.

Había dos notificaciones.

La primera era un correo de Lillian.

La segunda era de Facebook.

Elliot Reed te ha enviado una foto.

Helen levantó la vista hacia Alan.

Él ya la estaba mirando.

Y, desde el bolsillo interior de su abrigo, llegó el sonido suave de otro teléfono vibrando.