Y todo por un like Capítulo 7
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Capítulo 7

Helen miró la pantalla del teléfono de Alan Bryce.

Solo un segundo.

El tiempo suficiente para leer el nombre.

Elliot Reed

Después levantó la vista hacia él.

Alan había dejado de moverse.

El aire frío de Astoria parecía haberse quedado suspendido entre los dos.

A unos metros, Sienna discutía con el propietario de la cafetería sobre el uso de la esquina para el rodaje.

Lillian hablaba con alguien del departamento de permisos.

Un camión pasó por la calle con un ruido metálico y una mujer salió de la floristería cargando un ramo enorme de hortensias.

Nada de eso alcanzó a Helen.

Solo existía el teléfono de Alan.

Y ese nombre.

Elliot Reed.

—¿Elliot? —preguntó antes de poder detenerse.

Alan bajó la mirada hacia la pantalla.

La notificación había desaparecido.

Su expresión volvió a ordenarse con una rapidez admirable. Helen pensó que, si la compostura fuese una disciplina olímpica, Alan Bryce tendría medalla de oro y una entrevista exclusiva en todas las revistas.

—Un contacto —respondió él.

Helen parpadeó.

—Claro.

—¿Ocurre algo?

—No.

Demasiado deprisa.

Alan la observó.

Helen sintió que el corazón le golpeaba con una energía poco razonable.

Podía haber dicho que le resultaba curioso. Que conocía a alguien con ese nombre. Que quizá era una coincidencia absurda, pero las coincidencias eran precisamente el material del que se fabricaban los malos lunes, los zapatos distintos y las presentaciones proyectadas por error.

En lugar de eso, sonrió.

O lo intentó.

—No ocurre nada —repitió—. Solo es un nombre.

—Hay muchos Elliot en Nueva York.

—Seguro que sí.

—Y muchos Reed.

—Debe de ser una ciudad llena de ellos.

Alan guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo.

Helen tuvo la sensación de que acababa de cerrar una puerta entre los dos.

No una puerta literal. No podía dramatizar tanto por un nombre visto en una pantalla.

Pero sí una de esas puertas invisibles que se abren durante un segundo y dejan ver algo que no estabas preparada para encontrar.

Lillian se acercó con un gesto impaciente.

—Señor Bryce, necesitamos decidir si esta calle tiene opciones reales o si estamos perdiendo el tiempo.

Alan apartó la mirada de Helen.

—No estamos perdiendo el tiempo.

Lillian miró alrededor.

—Hay tráfico, demasiada señalización comercial y un flujo constante de peatones.

—Es una calle —dijo Helen antes de pensar.

Lillian giró la cabeza hacia ella.

Helen sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Quiero decir que eso es justamente lo que necesitamos. Movimiento. Gente. Un poco de vida. La protagonista no está entrando en una fantasía. Está volviendo a casa.

Lillian entrecerró los ojos.

—Una campaña internacional no puede depender de que una señora con un carrito de la compra decida cruzar por el encuadre.

—Podemos controlar parte del plano —intervino Sienna—. Y el resto le da textura.

Theo habría estado encantado con la frase. Helen lo supo porque Theo tenía una relación personal con cualquier expresión que sonara bien en una reunión.

Alan recorrió la calle con la mirada.

La panadería. La floristería. La cafetería. Los edificios de ladrillo. Un niño tirando de la mano de su padre junto a un puesto de prensa. Una pareja discutiendo frente a una puerta azul. Un hombre mayor colocando sillas plegables frente a un restaurante que aún no había abierto.

—Podemos usarla —dijo por fin.

Lillian exhaló despacio.

—La logística será complicada.

—La logística siempre es complicada —respondió Alan—. Para eso tenemos un equipo competente.

Sienna sonrió.

Lillian no.

—De acuerdo —dijo ella—. Estudiaremos cómo cerrar el tramo necesario y reduciremos la presencia de marcas identificables.

Alan asintió.

—Y mantendremos los comercios. La panadería, la floristería y la cafetería.

Lillian lo miró con sorpresa.

—¿Todos?

—Todos. Quiero que parezca una calle donde alguien vive.

Helen no dijo nada.

No podía.

Porque acababa de escuchar a Alan Bryce defender exactamente lo que ella llevaba dos días intentando explicar.

Y eso habría sido bastante para alterar su equilibrio emocional.

Pero había visto el nombre Elliot Reed en su teléfono.

Su cabeza no sabía qué hacer con las dos cosas a la vez.

La visita continuó por varias calles de Astoria.

El equipo tomó fotografías, discutió ángulos de cámara y calculó por dónde tendrían que pasar los cables de iluminación sin que alguien acabara tropezando con ellos.

Helen caminaba junto a Sienna, tomando notas y respondiendo preguntas sobre el tono de la campaña.

Era buena en aquello.

Lo sabía, aunque aún le costaba admitirlo sin sentir que sonaba presuntuosa.

Cuando hablaba de historias, de imágenes o de la emoción que debía transmitir una campaña, se olvidaba de las salas de reuniones y de las personas que podían juzgarla. Las ideas salían con una claridad que no siempre encontraba en conversaciones normales.

—Aquí podríamos empezar con ella —dijo, señalando la panadería—. Sale con una bolsa de papel, mira el teléfono y recibe un mensaje que cambia el rumbo de su noche.

Sienna miró la fachada.

—¿Un mensaje de quién?

Helen sonrió un poco.

—No lo sabemos todavía.

—Eso es bastante útil.

—Es una campaña de perfume. Podemos permitirnos cierto misterio.

—¿Y después?

Helen caminó hasta el borde de la acera.

—Cruza la calle. Ve algo en un escaparate. Se detiene. No porque quiera comprarlo, sino porque se ve reflejada y por un instante recuerda que le gusta cómo es.

Sienna la miró con atención.

—¿Has pensado en escribir?

Helen bajó la vista hacia sus notas.

—No.

—Deberías.

Helen soltó una pequeña risa.

—Ya tengo suficiente con escribir correos que intento no releer veinte veces antes de enviarlos.

—No hablo de correos.

Helen no respondió.

A unos pasos, Alan hablaba por teléfono con Theo. Esta vez había recuperado la chaqueta y llevaba los guantes puestos, aunque uno de sus zapatos seguía con una marca visible de café.

Helen intentó no mirar la mancha.

La miró.

Le molestaba que estuviera ahí.

Le molestaba aún más que él no pareciera darle importancia.

—¿Qué le pasa al zapato? —preguntó Sienna, siguiendo su mirada.

—Café.

—¿Tuyo?

—No.

—Entonces no te castigues. Es un avance.

Helen la miró.

Sienna sonrió.

—Todo el mundo sabe que te has declarado la enemiga natural de los accidentes desde la presentación.

—Me alegra que mi reputación profesional esté creciendo.

—No te preocupes. Ahora también saben que tienes buenas ideas.

Helen sintió algo cálido en el pecho.

No era una sensación a la que estuviera acostumbrada.

Quizá porque, durante mucho tiempo, había asumido que ser vista implicaba también ser examinada. Que si alguien prestaba atención a lo que hacía, acabaría encontrando el error, el café derramado, el documento equivocado o la frase fuera de lugar.

Pero aquel día, por primera vez, parecía que algunas personas estaban viendo otra cosa.

Su criterio.

Su forma de mirar.

Su idea.

El teléfono vibró dentro de su bolso.

Helen se detuvo.

La pantalla mostró una notificación de Facebook.

Elliot Reed ha respondido a tu mensaje.

Su respiración se cortó durante una fracción de segundo.

No debía abrirlo.

Estaba trabajando.

Alan estaba a quince metros.

Sienna seguía esperando instrucciones.

Y, después de lo que había visto en el teléfono de Alan, abrir un mensaje de Elliot Reed junto a Alan Bryce era una idea tan prudente como montar una campaña de lujo en un parque acuático.

Pero lo abrió.

Elliot Reed: Buenos días, Maggie Bloom. Espero que hoy tengas menos accidentes que ayer.

Helen miró el mensaje.

Luego miró a Alan.

Él seguía hablando por teléfono.

El viento movió ligeramente el borde de su bufanda.

Helen sintió una corriente fría recorrerle la espalda.

Era posible que Elliot hubiera escrito el mensaje antes.

Era posible que Alan tuviera un compañero, un hermano, un primo o un gato llamado Elliot Reed.

Era posible que la notificación que había visto fuera cualquier otra cosa.

Era posible.

Aun así, escribió:

Maggie Bloom: Por ahora solo he sobrevivido a una visita de trabajo, a un café derramado y a un hombre que parece tener demasiadas respuestas.

La respuesta llegó enseguida.

Elliot Reed: ¿El mismo jefe?

Helen observó a Alan.

Seguía de espaldas.

Maggie Bloom: El mismo.

Elliot Reed: Entonces ha sido un día exigente.

Maggie Bloom: ¿Por qué lo dices?

Elliot Reed: Porque los jefes difíciles suelen tener la capacidad de ocupar demasiado espacio incluso cuando no están hablando.

Helen se quedó inmóvil.

Era una frase extraña.

No imposible.

Pero extraña.

Alan terminó la llamada.

Se giró hacia ella.

Y, en ese mismo instante, llegó otro mensaje.

Elliot Reed: ¿Te ha hecho sentir incómoda?

Helen cerró la aplicación.

Su gesto fue tan rápido que casi dejó caer el teléfono.

Alan se acercó.

—¿Hay algún problema?

Helen levantó la vista.

—No.

—Es la segunda vez que responde así hoy.

—¿Así cómo?

—Como si la hubieran sorprendido.

Helen sintió que el rubor le subía por el cuello.

—Quizá me sorprendo con facilidad.

Alan la miró durante un momento.

Ella esperaba una respuesta seca.

Una observación profesional.

Una frase que la devolviera a su sitio.

En cambio, él dijo:

—No lo creo.

El mundo pareció detenerse por una razón muy poco útil.

Helen frunció el ceño.

—¿No lo cree?

—Creo que observa demasiado como para sorprenderse con facilidad.

La frase fue sencilla.

Alan la dijo con la misma calma con la que hablaba de presupuestos o calendarios.

Pero Helen se quedó sin respuesta.

Sienna apareció a su lado con una carpeta.

—Necesitamos decidir si usamos el escaparate de la floristería para la primera toma.

Helen tardó un segundo en reaccionar.

—Sí. Sí, claro. Creo que puede funcionar si evitamos que parezca demasiado preparado.

Sienna asintió y siguió hablando.

Helen hizo un esfuerzo físico por concentrarse.

Pero el comentario de Alan seguía dentro de su cabeza.

Observa demasiado.

No sabía por qué había dicho eso.

No sabía por qué parecía conocerla un poco mejor de lo que correspondía.

Y no sabía qué hacer con Elliot Reed.

La última localización de la mañana estaba a dos calles de la primera.