Capítulo 6
Helen no vio el segundo mensaje hasta veintisiete minutos después.
Veintisiete minutos en los que se duchó con una lentitud impropia de alguien que no quería pensar en nada. Veintisiete minutos en los que intentó concentrarse en el agua caliente, en el ruido de las tuberías y en el hecho de que debía elegir qué ponerse al día siguiente.
Veintisiete minutos en los que fracasó por completo.
Cuando salió del baño con el cabello húmedo recogido en una toalla y un pijama azul demasiado grande, Maya seguía sentada en el sofá.
Tenía la copa de vino en una mano.
Y el teléfono de Helen en la otra.
Helen se detuvo en mitad del pasillo.
—¿Has tocado mi teléfono?
Maya levantó la vista.
—No.
—Lo tienes en la mano.
—Porque ha vibrado y estaba a punto de caerse del sofá.
Helen la miró con sospecha.
—¿Has leído algo?
—No.
—Maya.
—Helen, te conozco desde hace seis años. Si hubiera leído algo, tendría una expresión mucho menos inocente.
Helen se acercó.
—Eso no me tranquiliza.
Maya le tendió el teléfono.
—Solo te diré que Elliot ha escrito otra vez.
Helen lo cogió.
La pantalla estaba abierta.
Leyó el mensaje.
Elliot Reed: Porque no creo que ella tenga idea de lo mucho que me ha impresionado.
Durante unos segundos, se quedó inmóvil.
Maya dejó la copa sobre la mesa baja.
—¿Te ha dicho algo bonito?
Helen levantó la mirada.
—No sé si es bonito.
—Helen, acabas de quedarte blanca.
—No me he quedado blanca.
—Te has quedado del color de una servilleta cara.
Helen volvió a mirar la pantalla.
No sabía quién era aquella mujer.
Podía ser alguien con quien Elliot trabajaba todos los días. Alguien segura, elegante, capaz de entrar en una sala sin chocar con una mesa de cristal ni perder documentos en un ascensor.
Podía ser una mujer que conocía perfectamente qué decir cuando un hombre interesante le escribía por Facebook.
Podía ser cualquiera.
Menos ella.
La posibilidad de que Elliot estuviera hablando de Helen apareció en su cabeza y desapareció con la misma rapidez.
Era demasiado absurda.
Demasiado conveniente.
Y, sobre todo, demasiado peligrosa.
—No tienes que contestar ahora —dijo Maya, con una suavidad que no solía usar cuando estaba bromeando.
Helen se sentó en el sofá.
—No sé qué contestar.
—Entonces no contestes.
—Pero si no contesto, parecerá que no me importa.
—¿Y te importa?
Helen apretó los labios.
Maya no insistió.
Agradeció ese gesto más de lo que habría admitido.
Volvió a mirar el chat.
Podía escribir algo ingenioso. Una broma sobre hombres misteriosos y mujeres impresionantes. Algo que no revelara que la frase le había hecho sentir un nudo ridículo en el estómago.
Al final, escribió:
Maggie Bloom: Quizá deberías asegurarte antes de que sea demasiado tarde.
Esperó.
No llegó respuesta inmediata.
Eso, de algún modo, fue peor.
Helen dejó el teléfono sobre la mesa.
—Voy a dormir.
Maya la miró.
—¿Vas a poder?
—No.
—Bueno. Entonces, al menos intenta dormir con dignidad.
Helen le lanzó una mirada cansada.
—Eso no existe.
—En tu caso, probablemente no.
A la mañana siguiente, Alan Bryce llegó a Bryce Atelier Group a las siete y diez.
Había dormido poco.
No porque tuviera demasiado trabajo, aunque lo tenía.
No porque la campaña de Éclat Nocturne hubiera empezado a generar más llamadas de las esperadas, aunque las había generado.
Había dormido poco porque, a las doce y cuarenta y ocho de la noche, Maggie Bloom le había dicho que debía asegurarse antes de que fuera demasiado tarde.
Y Alan llevaba horas intentando decidir si aquello era un consejo o una advertencia.
Entró en el edificio sin detenerse en el vestíbulo.
El equipo de recepción lo saludó. Él respondió con un gesto breve.
Subió a la planta ejecutiva, dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla y abrió el calendario del día.
Reunión con los responsables de distribución europea.
Llamada con Tokio.
Revisión de costes de producción.
Visita a dos posibles localizaciones para la campaña.
Y, a las once, una reunión con Helen Norton, Lillian Price y el equipo creativo.
Alan miró el nombre durante unos segundos.
Helen Norton.
La mujer que llegaba tarde, decía cosas impulsivas y parecía tener una vida en permanente desacuerdo con la gravedad.
La mujer que había convertido una presentación fallida en la mejor idea que habían recibido en meses.
La mujer que, por algún motivo absurdo, le recordaba a Maggie Bloom cada vez que hablaba.
Era imposible.
O, al menos, debía serlo.
Alan cerró el calendario.
No iba a pensar en eso.
Tenía una empresa que dirigir.
A las siete y veintidós, abrió Facebook.
No había respuesta nueva.
A las siete y veintitrés, cerró Facebook.
A las siete y veinticuatro, lo abrió otra vez.
No había respuesta nueva.
—Excelente —murmuró.
El teléfono de su despacho sonó.
Era Theo.
Alan respondió.
—¿Qué ocurre?
—Buenos días para ti también.
—Theo.
—Quería saber si has decidido ya si vamos a rodar la campaña en Astoria o si seguimos obligando a cinco departamentos a debatir sobre el significado emocional de una panadería.
Alan miró la agenda.
—La visita empieza a las nueve y media.
—Sí. Iba a preguntarte una cosa sobre eso.
—Pregunta.
Theo guardó silencio un segundo.
—¿Por qué vas tú?
Alan apoyó la espalda en la silla.
—Porque es una campaña importante.
—Tenemos directores de producción, responsables de localización, un equipo creativo y personas específicamente contratadas para visitar lugares sin que el director general de la compañía tenga que ponerse un casco de obra.
—No voy a ponerme un casco de obra.
—Eso es lo único que has sacado de mi comentario.
Alan miró por la ventana.
—La campaña afecta a la identidad global de la marca.
—Claro.
—Y quiero verlo en persona.
—Claro.
—Theo.
—Alan.
Había demasiada diversión en la voz de su amigo.
Alan cortó la llamada.
Helen llegó a la oficina a las ocho y treinta y nueve.
No era tarde.
De hecho, llegó dieciséis minutos antes de la hora en que había quedado con Maya para revisar las fotografías de localización.
Se felicitó en silencio.
Luego descubrió que había llevado dos zapatos distintos.
Se detuvo frente a la entrada del ascensor y miró hacia abajo.
El izquierdo era negro, con tacón bajo y punta fina.
El derecho era negro, con tacón bajo y punta ligeramente redondeada.
No eran idénticos.
No combinaban.
Pero pertenecían a la misma familia estética y, en opinión de Helen, eso debía contar para algo.
—No pasa nada —murmuró.
Una mujer que esperaba el ascensor a su lado miró sus zapatos.
Helen añadió:
—Son de la misma marca.
La mujer no respondió.
Helen decidió que no necesitaba su aprobación.
Cuando llegó a la planta dieciocho, Maya la esperaba junto a los ordenadores del equipo creativo.
Su mirada bajó directamente hacia los pies de Helen.
—No.
Helen dejó el bolso sobre la mesa.
—Sí.
—Helen.
—Son los dos negros.
—Uno tiene una costura lateral y el otro no.
—Eso solo significa que tengo una personalidad compleja.
Maya se llevó una mano al pecho.
—¿Vas a una visita de localización con Alan Bryce usando dos zapatos distintos?
Helen se congeló.
—¿Qué?
Maya señaló el calendario compartido abierto en la pantalla.
—La visita de Astoria. A las nueve y media. Alan Bryce, Lillian Price, producción y tú.
Helen se acercó.
Leyó la lista.
Luego la volvió a leer.
—¿Por qué va Alan Bryce?
—Porque, según Theo, le interesa mucho la identidad global de la marca.
Helen levantó lentamente la vista.
—Eso no responde a nada.
—Theo parecía pensar que sí.
Helen miró sus zapatos.
—Tengo que irme a casa.
—No tienes tiempo.
—Tengo que irme a una tienda.
—No tienes tiempo.
—Tengo que amputarme los pies.
Maya agarró una silla y la acercó.
—Siéntate.
—¿Para qué?
—Porque llevo zapatos de repuesto.
Helen parpadeó.
—¿Llevas zapatos de repuesto?
—Trabajo en moda. Llevo zapatos de repuesto, maquillaje de emergencia, una aguja, hilo, tiritas, imperdibles y un cargador que funciona con todos los teléfonos conocidos por la humanidad.
Helen la miró con una mezcla de admiración y resentimiento.
—¿Tú sabes que eso te convierte en una persona aterradoramente preparada?
—Gracias.
Maya abrió un cajón y sacó unos botines negros de tacón bajo.
—Póntelos.
Helen se sentó.
—¿Y tú?
—Tengo otros.
—¿Cuántos zapatos tienes aquí?
Maya la miró.
—No hagas preguntas que no estás preparada para responder.
A las nueve y veintinueve, Helen estaba en el vestíbulo del edificio con Maya, Lillian, Sienna Hall y dos personas del equipo de producción.
Llevaba los botines de Maya, que le quedaban ligeramente grandes, pero al menos eran iguales.
Su cabello estaba recogido en una coleta baja. Se había puesto un abrigo camel sobre un vestido negro sencillo y había aplicado corrector bajo los ojos con una precisión desesperada.
Alan Bryce llegó un minuto después.
No parecía haber tenido una mala noche.
No parecía haber revisado Facebook cada cuarenta segundos.
No parecía haberse preguntado si una mujer llamada Maggie Bloom estaba dando consejos sobre otra persona o intentando decirle algo a él.
Parecía Alan Bryce.
Impecable. Sereno. Intocable.
Llevaba un abrigo gris oscuro, guantes negros de piel y una bufanda azul marino que le daba un aspecto demasiado elegante para una mañana fría de Queens.
Helen intentó concentrarse en el coche que esperaba junto a la acera.
No funcionó.
Alan se detuvo frente al grupo.
—Buenos días.
Todos respondieron.
Sus ojos llegaron hasta Helen.
Bajaron un instante hacia los botines.
Volvieron a subir.
—¿Todo en orden, señorita Norton?
Helen pensó en los zapatos de Maya, en Elliot Reed, en el mensaje sin responder y en la posibilidad de morir de vergüenza antes de entrar en el coche.
—Perfectamente —dijo.
Alan asintió.
—Bien.
Maya, junto a ella, se mordió el labio para contener una sonrisa.
El trayecto hasta Astoria duró menos de veinte minutos.
Lillian y Sienna se sentaron delante con el equipo de producción. Theo llegó por separado porque, según él, “los seres humanos no deberían empezar un día hablando de presupuestos dentro de una furgoneta”.
Eso dejó a Helen en la fila central junto a Alan Bryce.
Helen se sentó junto a la ventana.
Alan ocupó el asiento de al lado.
Había suficiente espacio entre ambos para que la situación fuera completamente normal.
A Helen no le pareció normal en absoluto.
Miró por la ventana.
Las calles de Queens pasaban al otro lado del cristal: tiendas familiares, panaderías, lavanderías, peatones con café en la mano, camiones de reparto, bicicletas apoyadas contra farolas.
Alan revisaba algo en su teléfono.
Helen intentó no mirar.
Lo miró de todos modos.
La pantalla estaba inclinada hacia él.
No pudo leer nada.
Solo vio el fondo oscuro de una aplicación de mensajería.
Se obligó a volver la vista hacia la calle.
—¿Le gustan las localizaciones? —preguntó Alan de pronto.
Helen tardó un segundo.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Sí, me gustan.
Alan guardó el teléfono en el bolsillo.
—No le pregunto si le gustan en general. Le pregunto si cree que funcionan para la campaña.
Helen sintió el calor subirle a las mejillas.
—Sí. Creo que funcionan. Pero necesito ver cómo se comporta la luz entre los edificios y si podemos controlar el tránsito de gente.
—¿Y si no podemos?
—Buscaremos otra calle.
—¿Y si no hay otra calle?
Helen lo miró.
Alan parecía serio.
Demasiado serio para una pregunta tan absurda.
Ella entrecerró los ojos.
—Entonces tendremos que rodar una campaña entera en un estudio y fingir que Nueva York tiene olor a fondo verde.
Durante un instante, Alan no dijo nada.
Luego bajó la vista.
Helen creyó que había vuelto a decir algo imprudente.
Pero él dijo:
—Eso sería una pérdida considerable.
—Me alegra que estemos de acuerdo.
Alan miró de nuevo hacia la ventana.
—La ciudad tiene que sentirse real.
Helen giró la cabeza.
—Eso he dicho.
—Lo sé.
La respuesta fue tan simple que Helen no supo qué hacer con ella.
Lillian se volvió desde el asiento delantero.
—Hemos llegado.
La furgoneta se detuvo frente a la calle que Helen había elegido.
Había una floristería en la esquina, una cafetería pequeña, una panadería con un toldo rojo y varios edificios de ladrillo de cinco plantas. En las aceras, la gente caminaba deprisa para protegerse del aire frío.
No era un lugar espectacular.
Era un lugar vivo.
Helen bajó del coche y sintió que algo en su pecho se relajaba.
—Es justo como imaginaba —dijo, sin pensar.
Alan se colocó a su lado.
—¿Mejor o peor?
Helen lo miró.
—Mejor.
Él observó la calle durante unos segundos.
—Entonces demuéstrelo.
Helen levantó una ceja.
—¿Eso es una orden?
—Es una invitación profesional.
—Suena mucho más amenazante de lo que cree.
Alan pareció a punto de decir algo.
Pero, antes de que pudiera hacerlo, un hombre salió de la cafetería con una bandeja de cartón llena de cafés.
Miraba el teléfono.
No miraba por dónde iba.
Chocó directamente contra Helen.
El café salió despedido.
Helen cerró los ojos.
Durante un segundo, esperó la sensación conocida de líquido caliente sobre la ropa.
No llegó.
Alan la había sujetado por el brazo y tirado de ella hacia un lado antes de que el vaso se volcara.
El café cayó sobre la acera.
Y sobre el zapato izquierdo de Alan.
El silencio fue inmediato.
El desconocido miró el desastre.
—Lo siento muchísimo, señor. Yo…
Alan soltó lentamente el brazo de Helen.
Ella seguía demasiado cerca.
Demasiado.
—No pasa nada —dijo Alan, mirando el café sobre su zapato—. Ha sido un accidente.
Helen bajó la vista.
El zapato de Alan ya no era impecable.
Tenía una mancha marrón sobre el cuero negro.
Por alguna razón, aquello le pareció profundamente injusto.
—Le ha manchado el zapato —dijo.
Alan miró el zapato.
—Lo he notado.
—Era un zapato muy bonito.
—Gracias.
—No era el momento para decir gracias.
Alan alzó la mirada hacia ella.
Durante un segundo, los dos se quedaron quietos.
Lillian carraspeó desde la acera.
Sienna habló con el dueño de la cafetería.
El hombre que había derramado el café seguía disculpándose.
Pero Helen solo podía pensar en la mano de Alan sobre su brazo.
En la rapidez con que la había apartado.
En que no había dejado que el café le cayera encima.
Alan dio un paso atrás.
—¿Está bien?
Helen tardó un segundo en responder.
—Sí.
—Bien.
Él se volvió hacia el desconocido.
—No se preocupe. De verdad.
El hombre volvió a disculparse y se alejó.
Helen miró la mancha en el zapato de Alan.
—Puedo buscar algo para limpiarlo.
—No hace falta.
—Pero está manchado.
—Helen.
Era la primera vez que decía su nombre sin “señorita Norton”.
Ella levantó la vista.
Alan parecía a punto de añadir algo.
Su teléfono vibró dentro del bolsillo del abrigo.
Él lo sacó.
Helen vio el nombre en la pantalla antes de poder apartar la mirada.
Elliot Reed
Alan levantó la vista hacia ella.
Y, durante una fracción de segundo, su expresión dejó de ser la de un director general que acababa de mancharse el zapato.
Pareció la de un hombre al que acababan de descubrir guardando un secreto.