Capítulo 5 #2
—Eso puede sonar bien en una presentación. Pero Bryce Atelier Group no se ha convertido en una empresa global vendiendo realismo.
Helen notó que Maya se movía a su lado.
Theo miró a Alan.
La sala quedó muy quieta.
Helen pudo haberse callado.
Podía haber dejado que alguien con más experiencia respondiera.
Podía haber dicho que estudiaría otras opciones.
Pero recordó lo que Maya le había dicho aquella mañana.
No pidas permiso para tener una idea mejor.
Así que sostuvo la mirada del director de producción.
—No estoy proponiendo realismo como si fuera una excusa para hacer algo pequeño —dijo—. Estoy proponiendo emoción. Y la emoción no necesita una dirección exclusiva en Manhattan.
El hombre abrió la boca.
Alan habló antes.
—La señorita Norton tiene razón.
Helen se quedó inmóvil.
Alan apoyó las manos sobre la mesa.
—La marca necesita aspiración. Eso no significa que deba parecer ajena a las personas que queremos que la elijan. Trabajen con la localización de Astoria y mantengan Long Island City como alternativa principal.
El director de producción asintió.
—De acuerdo.
La conversación continuó.
Helen intentó volver a tomar notas, pero sus dedos habían perdido algo de firmeza.
Alan Bryce había dicho que tenía razón.
Delante de todos.
No de forma ambigua.
No con una frase que pudiera interpretarse de tres maneras distintas.
Lo había dicho claramente.
Y, por algún motivo, aquello le afectó más de lo que debería.
Cuando terminó la reunión, Maya fue arrastrada por Theo hacia una conversación sobre estilismo y una lista de posibles embajadoras de la marca.
Helen se quedó junto a la mesa, ordenando papeles con cuidado.
Esta vez no quería que nada se cayera.
Nada se cayó.
Fue un pequeño triunfo.
—Señorita Norton.
Helen levantó la vista.
Alan estaba a pocos pasos de ella.
De cerca, parecía más cansado que durante las reuniones. Había una tensión leve junto a sus ojos y la corbata estaba ligeramente desplazada hacia un lado, como si alguien hubiera tirado de ella durante una conversación larga.
El detalle la sorprendió.
También le gustó.
Helen decidió que debía dejar de fijarse en la ropa de su jefe.
—¿Sí?
Alan miró los documentos que ella sujetaba.
—Ha defendido bien la propuesta.
Helen parpadeó.
—Gracias.
—No es fácil discutir con personas que llevan años trabajando en esto.
—No quería discutir.
—Ha discutido.
Helen bajó la vista hacia la carpeta.
—Supongo que sí.
Alan se quedó en silencio unos segundos.
—No permita que la seguridad de otras personas le haga dudar de la suya.
Helen levantó la mirada.
La frase no sonaba como una orden.
Sonaba más personal.
Ella tardó un momento en encontrar una respuesta.
—A veces parece que todos saben más que yo.
—Algunos solo hablan con más seguridad.
Helen sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Era una observación sencilla.
Pero nadie le había dicho algo así en mucho tiempo.
Antes de que pudiera responder, Theo llamó a Alan desde el pasillo.
—Bryce, necesitamos decidir si esa modelo francesa sigue siendo una posibilidad o si vamos a seguir fingiendo que mide metro ochenta sin tacones.
Alan cerró los ojos un segundo.
—Voy ahora.
Theo miró a Helen.
—No te preocupes. Es un asunto de extrema importancia internacional.
Helen sonrió.
Alan se volvió hacia ella antes de irse.
—Envíeme las localizaciones actualizadas antes de las seis.
—Las tendrá.
Él asintió.
Luego se alejó con Theo.
Helen se quedó quieta unos segundos.
Maya regresó a su lado.
—¿Qué te ha dicho?
Helen tardó un poco demasiado en responder.
—Que enviara las localizaciones antes de las seis.
Maya la miró con paciencia.
—Y antes de eso.
Helen apretó la carpeta contra el pecho.
—Que no deje que la seguridad de otras personas me haga dudar de la mía.
Maya dejó escapar aire lentamente.
—Helen.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Estás pensando muchas cosas.
—Estoy pensando que quizá el señor Bryce no es un robot.
Helen miró hacia el pasillo por el que Alan había desaparecido.
—No. Creo que eso ya lo sabemos.
Esa noche, Helen llegó a casa tarde.
Había enviado las localizaciones a las cinco y cincuenta y tres.
Luego había respondido a cuatro correos, corregido un presupuesto y conseguido que una persona del equipo de permisos le explicara durante quince minutos por qué un rodaje en una estación de metro podía convertirse en un problema de seguridad nacional.
Cuando abrió la puerta del apartamento, Maya estaba sentada en el sofá con una copa de vino y una manta sobre las piernas.
—Te esperaba.
Helen dejó el bolso sobre la silla.
—Eso suena amenazante.
—Solo quiero saber si has hablado con Elliot.
Helen se quitó los zapatos.
—No desde esta mañana.
—¿Y Alan?
Helen levantó la vista.
—¿Qué pasa con Alan?
—Nada. Es una pregunta completamente inocente.
—No existen preguntas inocentes cuando las haces tú.
Maya sonrió.
Helen cogió el teléfono.
Tenía una notificación nueva.
Un mensaje de Elliot Reed.
Por una vez, no lo abrió inmediatamente.
Se sirvió un vaso de agua. Dejó el abrigo sobre el respaldo de una silla. Miró la pantalla del televisor apagado.
Maya la observaba con una expresión divertida.
—¿Vas a leerlo o vas a convertir esto en una ceremonia?
Helen abrió el mensaje.
Elliot Reed: ¿Cómo ha ido tu día?
Helen sonrió.
Los dedos se movieron sobre el teclado.
Maggie Bloom: He discutido con alguien que lleva muchos años trabajando en mi empresa y sigo viva.
Elliot Reed: Eso parece una victoria importante.
Maggie Bloom: Mi jefe se ha puesto de mi parte.
Elliot Reed: Entonces quizá no es tan terrible como creías.
Maggie Bloom: No te acostumbres a defenderlo.
Elliot Reed: ¿Te ha dicho algo?
Maggie Bloom: Me ha dicho que no deje que la seguridad de otros me haga dudar de la mía.
La respuesta tardó un poco más.
Helen miró los tres puntos aparecer y desaparecer.
Cuando llegó el mensaje, lo leyó despacio.
Elliot Reed: Parece una buena cosa para recordar.
Helen apoyó el teléfono sobre la mesa.
Maya levantó una ceja.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Eso vuelve a significar algo.
Helen volvió a mirar el chat.
La forma en que Elliot había respondido le parecía extraña.
Demasiado breve.
Demasiado contenida.
Como si aquella frase tuviera un significado que él no quería explicar.
Escribió:
Maggie Bloom: ¿Te pasa algo?
Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.
Elliot Reed: Ha sido un día largo.
Maggie Bloom: ¿Tu jefe?
Elliot Reed: Entre otras cosas.
Maggie Bloom: ¿Y la persona que te ha sorprendido?
Elliot Reed: También.
Helen se sentó en el borde del sofá.
Maya ya no sonreía tanto.
—¿Qué ha puesto?
Helen negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Qué no sabes?
Helen miró la pantalla.
Maggie Bloom: ¿Te ha sorprendido para bien?
Los tres puntos aparecieron.
Esta vez tardaron más.
Luego llegó la respuesta.
Elliot Reed: Creo que sí.
Maggie Bloom: Entonces deberías decírselo.
Elliot Reed: Quizá lo haga mañana.
Helen sintió que el corazón le daba un pequeño golpe absurdo contra las costillas.
Maya se acercó un poco.
—Helen.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
Helen escribió una respuesta.
La borró.
Escribió otra.
La borró también.
Finalmente, dejó el teléfono boca abajo sobre el sofá.
—Me voy a duchar.
—¿Y vas a dejar eso así?
—Sí.
—¿Sin responder?
Helen se dirigió al pasillo.
—Sí.
Maya miró el teléfono.
—Eso es muy maduro por tu parte.
Helen se detuvo junto a la puerta del baño.
—No es madurez. Es pánico.
Maya soltó una carcajada.
Helen entró en el baño y cerró la puerta.
En el sofá, el teléfono vibró una vez.
Luego otra.
Maya no lo tocó.
Pero miró la pantalla iluminada.
El segundo mensaje aparecía debajo del primero.
Elliot Reed: Porque no creo que ella tenga idea de lo mucho que me ha impresionado.