Y todo por un like Capítulo 5
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Capítulo 5

Helen leyó el mensaje de Elliot Reed tres veces.

Luego una cuarta, porque en la tercera había pensado demasiado en la forma en que Alan Bryce había sonreído al hablar de su bolso.

Elliot Reed: Todavía no lo sé.

Era una frase breve.

Razonable.

Casi cautelosa.

Y, sin embargo, Helen sintió que aquella respuesta le había dejado una pequeña presión en el pecho, justo entre la curiosidad y algo bastante más incómodo.

Maya, que seguía en la cocina con la taza de té en la mano, se inclinó sobre el respaldo del sofá.

—¿Qué ha dicho?

Helen bloqueó el teléfono.

—Nada.

—Eso nunca significa nada.

—Ha dicho que alguien le ha sorprendido en el trabajo.

Maya se quedó quieta.

—¿Y?

Helen miró de nuevo la pantalla apagada.

—Le he preguntado si le gusta.

—Helen.

—Y ha dicho que todavía no lo sabe.

Maya dejó la taza sobre la encimera.

—Eso es una respuesta interesante.

—Es una respuesta ambigua.

—Las respuestas ambiguas son interesantes cuando vienen de hombres guapos y potencialmente solteros.

Helen levantó la vista.

—No sabemos si es guapo.

—Tienes razón. Puede ser un poeta de sesenta y cuatro años con una colección de bufandas y un perro llamado Baudelaire.

Helen no pudo evitar reírse.

—No tengo nada en contra de los poetas de sesenta y cuatro años.

—Claro que no. Solo intento protegerte de enamorarte de una banca y de la persona que la fotografió.

Helen cogió un cojín del sofá y lo apretó contra el pecho.

—No estoy enamorada de nadie.

—Todavía.

—Maya.

—Lo siento. Me encanta demasiado esta historia.

Helen miró el teléfono una vez más.

Podía responder algo ligero. Una broma. Una observación sobre las personas del trabajo y su capacidad para volver complicada cualquier conversación.

Pero los dedos se le quedaron quietos.

No sabía por qué le preocupaba tanto que Elliot pudiera estar hablando de otra mujer.

No lo conocía.

No sabía cómo era su voz.

No sabía su edad, su trabajo, su aspecto o si vivía con un perro llamado Baudelaire.

Lo único que sabía era que escribía bien, hacía preguntas que parecían importarle de verdad y le había deseado suerte antes de una presentación que a Helen le había parecido imposible.

Eso no era suficiente para sentir nada.

Se lo repitió con firmeza.

Luego abrió el chat.

Maggie Bloom: Es una respuesta muy prudente.

Elliot Reed: Me esfuerzo por no decir cosas de las que luego pueda arrepentirme.

Maggie Bloom: Eso suena agotador.

Elliot Reed: A veces lo es.

Maggie Bloom: Yo suelo decirlas primero y arrepentirme después.

Elliot Reed: Lo había imaginado.

Helen miró la pantalla.

—¿Ves? —murmuró—. Es irritante.

Maya se sentó a su lado.

—¿Qué ha puesto?

Helen le enseñó el teléfono.

Maya leyó el mensaje y sonrió.

—No parece irritado.

—Me ha dicho que hablo demasiado.

—No. Te ha dicho que te imagina diciendo cosas sin medirlas. Eso significa que está empezando a imaginarte.

Helen dejó el teléfono sobre la mesa.

—Por favor, deja de convertir cada mensaje en una señal del destino.

Maya se llevó una mano al pecho.

—Yo jamás haría eso.

Helen la miró.

Maya sonrió con total falta de arrepentimiento.

A la mañana siguiente, Bryce Atelier Group parecía haber decidido que una campaña de perfume debía desarrollarse con la misma urgencia que una operación de rescate.

Helen llegó a las ocho y cuarto con un café, una carpeta cerrada con una goma elástica y una lista de permisos impresa tres veces.

La goma era una medida de seguridad.

También llevaba una copia digital en una nube compartida, otra en un pendrive y una captura de pantalla en el teléfono.

Después de la presentación del día anterior, no estaba dispuesta a volver a proyectar accidentalmente pensamientos privados delante de toda la dirección global.

Maya la encontró junto a la impresora.

—¿Has dormido?

Helen tomó las hojas recién salidas.

—Técnicamente, sí.

—¿Has hablado con Elliot?

Helen intentó no mirar hacia ella.

—Un poco.

—¿Y?

—Nada importante.

—Helen, cada vez que dices “nada importante” yo necesito sentarme.

Helen agrupó los papeles.

—Ha dicho que hay alguien en su trabajo que le ha sorprendido.

Maya dio un pequeño golpe con la palma sobre la impresora.

—Eso es importante.

—Podría estar hablando de una compañera, de una clienta, de una mujer que trabaja en la cafetería de su edificio o de un poeta con bufandas.

—El poeta con bufandas no trabaja con él.

—No conocemos su situación laboral.

Maya la miró con compasión.

—Estás intentando analizarlo porque te importa.

Helen sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Estoy intentando llegar a una reunión sin perder ningún documento. Ese es mi único objetivo vital.

—Mentirosa.

Antes de que Helen pudiera defenderse, Lillian Price apareció al final del pasillo.

Llevaba un abrigo largo negro, gafas de sol y una expresión que sugería que el mundo llevaba varios minutos decepcionándola.

—Señorita Norton —dijo.

Helen se puso recta.

—Sí.

—El equipo de producción local está en la sala once. Quieren las alternativas de localización.

—Las tengo preparadas.

Lillian observó la carpeta asegurada con goma elástica.

—Veo que ha aprendido algo.

Helen bajó la vista.

—He aprendido muchas cosas esta semana.

Lillian empezó a caminar de nuevo.

—Procure que una de ellas sea guardar copias de seguridad.

—Sí.

Maya esperó a que Lillian se alejara.

—Podría haberte dicho “bien hecho”.

—Para Lillian, eso ha sido un abrazo.

La sala once estaba llena de planos, impresiones, teléfonos móviles y personas que parecían capaces de organizar una filmación en seis continentes sin despeinarse.

Helen entró con Maya y se sentó junto a una mujer del equipo de producción llamada Sienna Hall, que llevaba el cabello cortado a la altura de la mandíbula y unas gafas de montura transparente.

Sienna hablaba con velocidad, pero tenía una forma práctica de explicar las cosas que Helen agradeció de inmediato.

—La estación de Queensboro Plaza tiene posibilidades —dijo, revisando las fotografías—. Pero solo podemos trabajar de madrugada. El permiso cuesta más de lo que debería costar cualquier permiso razonable y necesitaríamos limitar mucho al equipo.

—Podría funcionar para una secuencia corta —respondió Helen—. El resto puede rodarse en exteriores de Long Island City.

Sienna pasó a la siguiente imagen.

—Este apartamento tiene buena luz. ¿Lo has visto en persona?

—Todavía no.

—Entonces no te enamores de las fotos. Los agentes inmobiliarios son magos oscuros.

Maya asintió.

—Tiene razón. Una vez vi un “loft luminoso” que resultó ser una habitación con una ventana orientada a un contenedor.

Helen tomó notas.

La reunión siguió avanzando.

Discutieron horarios, presupuestos, permisos, posibilidades de lluvia, equipos de iluminación y la dificultad de encontrar una cocina que pareciera real sin mostrar marcas que después exigieran derechos de imagen.

Helen intervino varias veces.

Al principio, su voz salió un poco baja.

Luego fue ganando firmeza.

Cuando alguien propuso sustituir la secuencia de metro por un coche con chófer, Helen negó con la cabeza.

—La protagonista no debe parecer una persona que vive fuera de la realidad. Puede llevar un abrigo precioso, puede tener una vida sofisticada, pero tiene que sentirse cercana. Necesitamos que la gente mire la campaña y piense: “Eso podría ser yo”.

Sienna la observó durante unos segundos.

—Tienes claro lo que quieres contar.

Helen sintió que le subía un poco el calor a las mejillas.

—Creo que sí.

—Entonces defiéndelo cuando entre Bryce.

Helen levantó la mirada.

—¿Alan Bryce viene?

Sienna consultó el horario.

—Ha pedido estar en la revisión de producción.

Maya, sentada junto a Helen, susurró:

—Qué sorpresa tan sorprendente.

Helen le lanzó una mirada que pedía auxilio y amenaza a la vez.

La puerta se abrió.

Alan Bryce entró acompañado por Theo.

Esta vez llevaba un traje negro, camisa azul grisácea y una expresión más seria de lo habitual. Hablaba por teléfono.

—No, no quiero una solución provisional —decía—. Quiero saber por qué el retraso se ha comunicado hoy y no hace tres días.

Cruzó la sala sin detenerse.

—Revíselo y llámeme cuando tenga una respuesta verificable.

Colgó.

El silencio permaneció unos segundos.

Theo se sentó en una silla junto a Maya y le hizo un gesto de saludo.

—No es un buen momento para bromas —murmuró.

Maya sonrió.

—Eso nunca ha detenido a nadie.

Alan dejó una carpeta sobre la mesa.

—Continúen.

Sienna retomó la explicación de las localizaciones.

Helen se concentró en las fotografías, en los horarios, en los permisos. Todo iba razonablemente bien hasta que el director de producción señaló una de las alternativas exteriores.

—Esta calle tiene demasiados comercios pequeños. Podría dar una imagen poco aspiracional.

Helen levantó la vista.

El comentario no era hostil.

Tampoco era extraño.

Pero algo dentro de ella se tensó.

Miró la foto de Astoria: una panadería con toldo rojo, una floristería, un pequeño restaurante con mesas en la acera y una mujer caminando con una bolsa de papel bajo el brazo.

Era una calle viva.

No parecía una postal de lujo.

Precisamente por eso le gustaba.

—Creo que lo aspiracional no tiene por qué significar inaccesible —dijo Helen.

El director de producción la miró.

—No he dicho inaccesible.

—Pero ha dicho que los comercios pequeños no funcionan.

—He dicho que quizá no transmiten el posicionamiento de la marca.

Helen respiró hondo.

Sabía que debía medir sus palabras.

Sabía que no podía convertir cada discusión en una defensa personal.

Aun así, miró la imagen una vez más.

—La marca vende ropa, perfumes y accesorios de lujo —dijo—. Pero también vende una idea de vida. Si siempre mostramos lugares a los que casi nadie puede entrar, estamos diciendo que esa vida solo pertenece a unas pocas personas.

Theo dejó de jugar con el bolígrafo.

Alan levantó la mirada.

Helen continuó.

—La campaña trata de una mujer que recupera un momento para sí misma después de un día difícil. No necesita una limusina ni una suite. Necesita una ciudad que se sienta real.

El director de producción se recostó en la silla.