Capítulo 4 #3
—Sí se ha reído.
—No considero que eso sea relevante para la reunión.
—No estábamos en una reunión.
—Entonces, con más motivo.
Helen lo miró.
Él seguía serio.
Pero sus ojos tenían algo distinto.
Algo menos distante.
Antes de que pudiera pensar en una respuesta, Alan se colocó la chaqueta sobre el brazo.
—Mañana a primera hora quiero ver las alternativas de localización.
Helen asintió.
—Las tendrá.
Alan dio un paso hacia la puerta.
Luego se detuvo.
—Y señorita Norton.
—¿Sí?
—No vuelva a guardar documentos privados en una carpeta abierta.
Helen se quedó quieta.
—No era una carpeta abierta.
Alan la miró.
Helen pensó en la mañana anterior. En el ascensor. En los papeles dispersos. En su salida desesperada hacia la planta dieciocho.
—De acuerdo —admitió—. Era una carpeta muy abierta.
Por primera vez, Alan sonrió de verdad.
Fue una sonrisa breve, pero transformó por completo su rostro.
Le quitó años.
Le quitó distancia.
Y dejó a Helen con la sensación muy poco profesional de que acababa de descubrir algo que prefería no haber visto.
Porque ahora sabía que Alan Bryce podía sonreír.
Y eso era bastante más peligroso que un jefe frío.
Esa noche, Helen llegó a casa con una bolsa de comida china, una lista de permisos pendientes y la intención de no abrir Facebook hasta terminar al menos una parte del trabajo.
La intención duró siete minutos.
Maya estaba en la cocina preparando té.
—¿Cómo ha ido?
Helen dejó el bolso sobre una silla.
—He sobrevivido otra vez.
—Esa frase pierde impacto cuando la usas todos los días.
—Hoy Alan Bryce se ha reído.
Maya se quedó inmóvil.
—¿De qué?
—De mi bolso.
—¿Te ha insultado el bolso?
—No exactamente.
—Helen, necesito detalles.
Helen se sirvió agua.
—No son detalles importantes.
—Un hombre que controla una empresa internacional, revisa campañas globales y probablemente sabe cuántas grapas se gastan al año en cada departamento se ha reído contigo. Para mí, eso es una noticia económica.
Helen evitó mirar a su amiga.
—Solo fue un momento.
—Los momentos son como empiezan las cosas.
—No va a empezar nada.
Maya dejó la taza sobre la encimera.
—Helen, nadie está diciendo que mañana vayáis a escaparnos a Las Vegas. Solo te estoy pidiendo que no ignores las señales.
—¿Qué señales?
—La forma en que te mira.
—No sabes cómo me mira.
—Lo sé perfectamente. Tengo ojos y trabajo en moda. Somos especialistas en observar detalles.
Helen abrió el portátil.
—Tengo permisos que conseguir.
Maya levantó las manos.
—Muy bien. Tú trabaja. Yo me limitaré a esperar el día en que descubras que tu jefe serio y el hombre misterioso de Facebook son la misma persona.
Helen se congeló.
Maya arqueó una ceja.
—Era una broma.
—Lo sé.
—Helen.
—No es posible.
—No he dicho que sea posible. He dicho que sería divertido.
Helen miró su teléfono.
La conversación con Elliot Reed seguía abierta.
El último mensaje era suyo.
Maggie Bloom: ¿Sigues ahí?
Elliot no había respondido desde la reunión.
Eso no debería importarle.
Aun así, abrió el chat.
Nada.
Cerró la aplicación.
La volvió a abrir.
Nada.
—No voy a convertirme en esa persona —murmuró.
—¿Qué persona? —preguntó Maya.
—La que mira el teléfono cada treinta segundos esperando un mensaje.
Maya sonrió.
—Ya eres esa persona.
Helen cogió un cojín del sofá y se lo lanzó.
Maya lo atrapó sin esfuerzo.
El teléfono vibró.
Helen lo miró.
Maya la miró a ella.
—No digas nada —advirtió Helen.
—No estoy diciendo nada.
La notificación mostraba el nombre de Elliot Reed.
Helen la abrió.
Elliot Reed: He tenido una tarde complicada.
Maggie Bloom: Yo también.
Elliot Reed: ¿Tu jefe ha sobrevivido?
Maggie Bloom: Por desgracia, sí. Y ha descubierto que mi bolso es demasiado pequeño para mi vida.
Elliot Reed: ¿Y tiene razón?
Maggie Bloom: No te pongas de su parte.
Elliot Reed: No prometo nada.
Helen sonrió.
Luego escribió:
Maggie Bloom: Hoy se ha reído.
Elliot Reed: ¿Tu jefe?
Maggie Bloom: Sí.
Elliot Reed: Eso parece importante.
Maggie Bloom: No lo es.
Elliot Reed: Entonces, ¿por qué me lo cuentas?
Helen se quedó mirando la pregunta.
Maya pasó por detrás de ella rumbo al salón y leyó lo suficiente para levantar ambas manos al cielo.
Helen escribió una respuesta.
La borró.
Escribió otra.
También la borró.
Al final, dejó el teléfono sobre la mesa.
No sabía qué contestar.
Porque la verdad era demasiado pequeña para decirla sin parecer ridícula.
Le había contado lo de la sonrisa de Alan Bryce porque le había sorprendido.
Porque había sido humana.
Porque, durante un segundo, el hombre más inaccesible de Bryce Atelier Group había parecido alguien con quien se podía hablar.
Entonces llegó otro mensaje.
Elliot Reed: A mí también me ha pasado hoy. Alguien en el trabajo me ha sorprendido.
Helen sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Sus dedos volvieron al teclado.
Maggie Bloom: ¿Alguien que te gusta?
Los tres puntos aparecieron.
Helen dejó de respirar.
Aparecieron otra vez.
Desaparecieron.
Durante unos segundos, no llegó respuesta.
Luego el mensaje de Elliot Reed apareció en pantalla.
Elliot Reed: Todavía no lo sé.