Capítulo 4 #2
—He buscado varias opciones que mantengan el tono cotidiano de la campaña, pero con suficiente fuerza visual para el lanzamiento global.
Pasó unas fotografías impresas.
—La primera es una calle en Astoria con fachadas de ladrillo y pequeños comercios. Puede funcionar para una secuencia inicial, cuando la protagonista vuelve a casa al final del día.
Una mujer del equipo de producción examinó las imágenes.
—Demasiado residencial.
—Precisamente —respondió Helen—. La historia empieza cuando ella deja de sentirse observada. Necesitamos que parezca un lugar donde una mujer pueda volver a ser ella misma.
Lillian no dijo nada.
Helen siguió.
—La segunda opción es una estación de metro cerca de Queensboro Plaza. Tiene una estructura elevada, luz lateral al atardecer y suficientes líneas visuales para crear una transición entre la parte pública de la ciudad y el momento íntimo de llegar a casa.
Theo levantó un dedo.
—¿Podemos filmar allí sin provocar un colapso del transporte metropolitano?
—Con permisos y un equipo reducido, sí.
—Eso es casi una respuesta optimista.
—Estoy trabajando en ello.
Theo sonrió.
Alan miró a Helen.
No fue una mirada larga.
Aun así, ella sintió que la frase quedaba suspendida entre los dos.
Estoy trabajando en ello.
La misma respuesta que había usado antes.
Helen bajó los ojos hacia las fotografías.
—Para la última escena, propongo un apartamento en Long Island City. No muy grande. Con ventanales, una cocina real y una vista parcial del skyline. La protagonista llega a casa, se quita los zapatos, se sirve una copa de vino o agua con hielo, abre una ventana y se aplica el perfume.
Lillian examinó la imagen.
—¿Por qué Long Island City?
Helen respondió sin pensarlo demasiado.
—Porque desde allí Manhattan se ve cerca, pero no ocupa toda la vida de nadie.
La sala quedó en silencio durante un instante.
Theo miró a Alan.
Alan mantenía la vista sobre las fotografías.
—Esa frase también podría servir para la campaña —dijo Theo.
—No todo tiene que servir para la campaña —respondió Lillian.
—Debería. Seríamos mucho más eficientes.
Helen apretó los labios para contener una sonrisa.
Lillian volvió a mirar la propuesta.
—La localización final puede funcionar. Quiero alternativas para el exterior. Y necesito confirmar permisos antes de mañana.
—Los tendrá —dijo Helen.
—No digas eso si no puedes cumplirlo.
La observación fue seca.
Helen notó el calor subirle al cuello.
—Puedo cumplirlo.
Lillian levantó la vista.
Helen se dio cuenta de que había hablado con más firmeza de la que esperaba.
Por un segundo, nadie dijo nada.
Luego Alan intervino.
—La señorita Norton tendrá acceso al equipo de producción local y a los contactos de permisos de la compañía.
Helen giró hacia él.
—No necesito—
Se detuvo.
Alan levantó una ceja.
—¿No necesita recursos para hacer su trabajo?
Helen deseó que la mesa se abriera y la absorbiera con delicadeza.
—Sí. Quiero decir, sí los necesito. Gracias.
Theo se inclinó hacia Maya y murmuró algo que Helen no alcanzó a escuchar.
Maya sonrió con una expresión peligrosa.
Alan volvió a mirar sus notas.
—Pero seguirá siendo responsable de la propuesta.
Helen lo entendió.
No era un regalo.
No era una protección.
Le daba ayuda, pero también dejaba claro que el mérito, o el fracaso, seguirían siendo suyos.
Y eso, de forma extraña, le gustó.
La reunión continuó durante cuarenta minutos más.
Cuando terminó, Helen recogió sus papeles con cuidado. Había conseguido sobrevivir. Eso ya era una mejora respecto a la mañana anterior.
Maya se fue con una persona de producción para revisar referencias de estilismo.
Lillian salió hablando por teléfono.
Theo se despidió de alguien con una sonrisa y desapareció hacia el área de comunicación.
Helen se quedó sola junto a la mesa, intentando meter una carpeta demasiado grande dentro de un bolso demasiado pequeño.
Era una operación física que no podía terminar bien.
La carpeta se dobló.
Un bolígrafo cayó al suelo.
Después cayó una libreta.
Helen cerró los ojos.
—Por supuesto.
Se agachó.
Otra mano llegó al bolígrafo antes que ella.
Alan Bryce lo recogió.
Helen se incorporó demasiado deprisa y estuvo a punto de golpearse la frente con su hombro.
Él dio un paso atrás a tiempo.
—Lo siento —dijo Helen.
—No ha pasado nada.
Le tendió el bolígrafo.
Helen lo tomó.
Sus dedos rozaron los de él.
El contacto fue mínimo.
Tan breve que habría sido absurdo pensar en ello.
Helen pensó en ello de todos modos.
Alan la observó mientras ella luchaba con la carpeta.
—Tiene un bolso demasiado pequeño para esa cantidad de trabajo.
Helen miró el bolso.
—Es un bolso excelente.
—Parece estar perdiendo la batalla.
—No tiene imaginación.
—Es un bolso.
—Exactamente. Y aun así está haciendo todo lo posible.
Alan la miró durante un instante.
Helen sintió que acababa de decir algo raro.
Otra vez.
Pero entonces él soltó una respiración que se parecía mucho a una risa.
No fue una risa completa.
Fue más discreta.
Casi privada.
A Helen le sorprendió tanto que se olvidó de estar avergonzada.
—¿Se ha reído? —preguntó.
Alan inclinó la cabeza.
—No.