Capítulo 4
Helen dejó el teléfono boca abajo sobre el escritorio.
Lo hizo con demasiada rapidez.
Maya, que había visto el gesto, ladeó la cabeza.
—Eso ha sido sospechoso.
—No ha sido sospechoso.
—Has cerrado una conversación como si acabara de escribirte un agente del gobierno.
Helen volvió a mirar la pantalla del ordenador, donde una lista de posibles localizaciones seguía desafiándola con la serenidad de quien sabe que tiene el poder.
—Estoy trabajando.
—No estabas trabajando. Estabas sonriendo a tu teléfono.
—No sonreía.
—Helen, tienes una expresión distinta cuando sonríes por educación, cuando sonríes porque alguien ha traído bollos y cuando sonríes porque un desconocido misterioso te escribe desde una banca triste.
Helen intentó ignorarla.
Era complicado ignorar a Maya Torres. Maya ocupaba cada espacio con una seguridad natural, incluso cuando no hacía nada. Aquella mañana llevaba una falda lápiz color vino, un jersey negro fino y un moño alto que parecía diseñado para intimidar a personas de recursos humanos.
—No es misterioso —murmuró Helen.
Maya se cruzó de brazos.
—No sabes cómo se llama de verdad.
—Se llama Elliot Reed.
—Eso es lo que dice Facebook. Facebook también me recuerda cada semana que tengo ochocientos cuarenta y dos amigos, y conozco personalmente a unos quince. No es una fuente de verdad.
Helen no pudo discutirlo.
Al otro lado de la oficina, Alan Bryce seguía hablando con Theo Grant. Theo gesticulaba con la energía de alguien que estaba contando una historia y esperaba una reacción más expresiva de la que Alan solía concederle.
Alan tenía el teléfono en una mano.
La otra descansaba dentro del bolsillo de su pantalón.
Helen intentó no fijarse en él.
Lo consiguió durante cuatro segundos.
Había algo irritante en la forma en que parecía tener una respuesta para todo antes de que alguien terminara de formular la pregunta.
Incluso caminaba con precisión. No se movía deprisa, pero nadie se interponía en su camino.
A su alrededor, las personas apartaban sillas, recogían carpetas o bajaban la voz con una coordinación casi militar.
Helen había visto documentales sobre animales que generaban ese tipo de reacción en los demás.
No sabía cuál era el equivalente exacto de Alan Bryce.
Quizá un lobo con un traje impecable.
O un águila que revisaba presupuestos.
—Está viniendo hacia aquí —susurró Maya.
Helen se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Maya levantó las cejas.
—El repartidor de lavandería, Helen. Claro que Alan Bryce.
—No tengo ningún motivo para preocuparme.
—Eso es justo lo que diría alguien que está a punto de preocuparse.
Alan se acercó a su escritorio con Theo a su lado.
Helen se puso en pie de forma tan rápida que golpeó la rodilla contra el borde de la mesa.
El dolor fue preciso, inmediato y completamente innecesario.
—Buenos días —dijo Alan.
Helen apoyó una mano sobre el escritorio, procurando que nadie notara que su pierna acababa de declarar la guerra a su dignidad.
—Buenos días, señor Bryce.
Theo sonrió.
—¿Interrumpimos algo importante?
—Estábamos hablando de localizaciones —respondió Helen.
Maya la miró de reojo.
Helen se mantuvo firme.
—Y de bancos.
Theo pareció interesado.
—¿Bancos?
—Bancos de parques —aclaró Helen, demasiado tarde—. Para la campaña. En términos de narrativa visual.
Alan la observó un instante.
Helen tuvo la sensación absurda de que él había entendido algo más de lo que debería.
—¿Ha encontrado una localización adecuada? —preguntó.
La pregunta era profesional. Su tono también.
Aun así, Helen necesitó un segundo para recuperar el hilo.
—Estoy revisando varias opciones. Un apartamento en Astoria, otro en Long Island City y una localización exterior cerca de Queensboro Bridge. También he buscado estaciones de metro que tengan buena luz natural.
Theo inclinó la cabeza.
—¿Buena luz natural en el metro? Eso sí que es ambición.
—Hay tragaluces —dijo Helen—. Algunos.
—Admiro tu fe.
Alan ignoró el comentario.
—¿Y los permisos?
Helen abrió la boca.
La cerró.
Luego abrió de nuevo la boca.
—Estoy en ello.
Alan no apartó los ojos de ella.
—La reunión empieza en treinta y nueve minutos.
—Sí.
—Necesitará algo más sólido que “estoy en ello”.
Helen apretó la mandíbula.
Era una frase razonable.
Era una frase que cualquier jefe podía decir.
Pero en boca de Alan Bryce tenía la capacidad de hacer que una persona se preguntara si su existencia completa era suficientemente sólida.
—Lo tendré —respondió.
Alan asintió una vez.
—Bien.
Se volvió hacia Theo.
—Necesito los costes de producción antes de las dos.
Theo puso una mano sobre el pecho.
—Me conmueve que siempre me hagas sentir necesario.
—No era mi intención.
—Lo sé. Por eso funciona.
Theo siguió a Alan hacia el pasillo de despachos ejecutivos.
Helen esperó a que desaparecieran antes de dejarse caer en su silla.
Maya se apoyó sobre el escritorio.
—¿Bancos?
Helen abrió una pestaña nueva en el navegador.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Tus ojos han dicho muchas cosas.
—Mis ojos están preocupados por tu futuro profesional y romántico.
—No existe un futuro romántico.
—Todavía.
Helen la fulminó con la mirada.
Maya se alejó con su café.
—Te dejo trabajar. Pero, por favor, no envíes por accidente una foto de Alan Bryce a Elliot Reed.
—No tengo ninguna foto de Alan Bryce.
—Eso no responde a la preocupación principal.
A la una y cincuenta y ocho, Helen tenía una propuesta de localizaciones, una lista de modelos, dos presupuestos preliminares y una crisis de identidad.
El primer problema era que la propuesta de campaña se había convertido en algo real demasiado deprisa.
El segundo era que Lillian Price acababa de responder a su correo con una sola frase:
El apartamento de Astoria es demasiado pequeño. Busca algo con más proyección.
Helen no sabía exactamente qué significaba “más proyección” aplicado a un apartamento.
¿Una pared más grande?
¿Una escalera interior?
¿Una cocina que tuviera aspiraciones internacionales?
El tercer problema era Alan Bryce.
No Alan Bryce como ser humano. No del todo.
El problema era que Elliot Reed había escrito una frase que seguía dando vueltas en su cabeza.
Quizá solo le asusta que tengas razón.
No era una frase extraordinaria.
No debería haberla afectado.
Pero se había quedado allí, entre una lista de modelos y una hoja de cálculo, como una pequeña piedra dentro de un zapato.
Helen intentó convencerse de que estaba exagerando.
Mucha gente podía haber dicho algo parecido.
Maya habría dicho algo parecido, aunque habría añadido una palabra más cruel y una referencia a los hombros de Alan.
Aun así, la coincidencia no desaparecía.
Helen volvió a abrir Facebook.
El mensaje de Elliot seguía ahí.
Elliot Reed: ¿Sigues ahí?
Sus dedos se quedaron sobre el teclado.
Podía preguntarle qué hacía.
Podía preguntarle a qué se dedicaba.
Podía preguntarle por qué parecía saber tanto sobre jefes difíciles.
Pero eso habría sido raro.
O quizá no.
No sabía qué reglas existían para conversar con alguien a quien no conocías y que, de repente, empezaba a importar un poco.
Escribió:
Maggie Bloom: Estoy aquí. Mi jefe acaba de comprobar que sigo viva y no sé si era una amenaza o una muestra de liderazgo.
Esperó.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Elliot Reed: Puede ser ambas cosas.
Helen frunció el ceño.
Maggie Bloom: Eso no ayuda.
Elliot Reed: Nunca he dicho que fuera una persona especialmente útil.
Maggie Bloom: Publicas reflexiones sobre bancos deprimidos. Ya tenía pistas.
Elliot Reed: Me alegra que mi reputación sea coherente.
Maggie Bloom: ¿Tú tienes jefe?
Elliot Reed: Sí.
Maggie Bloom: ¿Y es insoportable?
Elliot Reed: A veces.
Maggie Bloom: Eso ha sonado muy diplomático.
Elliot Reed: Tengo práctica.
Helen se mordió el labio.
Podía imaginar a Elliot Reed sentado frente a una pantalla, sonriendo con esa calma que todavía no sabía cómo interpretar.
Era ridículo.
No conocía su cara.
No conocía su voz.
No sabía si tenía veinte años más que ella, si vivía en Brooklyn, en Nueva Jersey o en una casa llena de gatos.
Y, sin embargo, conversar con él le resultaba más sencillo que hablar con la mayor parte de las personas que veía cada día.
Guardó el teléfono en el bolso.
La reunión estaba a punto de empezar.
No era momento de volverse emocionalmente dependiente de un perfil con una foto de banco público.
La sala de producción era más pequeña que la Lantern Room, pero resultaba casi igual de intimidante.
No tenía paredes de cristal ni vistas al río. Tenía muestras de telas, maquetas, paneles de inspiración y una mesa ovalada donde ya se acumulaban portátiles, carpetas y vasos de café.
Lillian estaba al fondo, revisando una hoja de calendario con expresión severa.
Theo hablaba con dos personas del departamento de imagen mientras sostenía un bolígrafo entre los dientes.
Alan Bryce estaba de pie junto a una pared cubierta de fotografías de referencia.
No llevaba chaqueta.
Su camisa blanca seguía impecable, pero las mangas estaban remangadas hasta los antebrazos.
Helen se detuvo en la puerta antes de poder evitarlo.
Había algo ligeramente injusto en que un hombre pudiera quitarse una chaqueta y provocar que una reunión de producción pareciera el tráiler de una película que ella no había pedido ver.
Maya, que había entrado detrás de ella, le dio un leve golpe con el codo.
—Respira.
Helen la miró.
—Estoy respirando.
—No con la cara.
—¿Qué significa eso?
—Que tienes cara de haber olvidado cómo funciona el oxígeno.
Helen se sentó junto a Maya, alejándose todo lo posible de Alan sin hacer evidente que estaba intentando alejarse de Alan.
Lillian dejó la carpeta sobre la mesa.
—Empezamos.
La reunión avanzó con una velocidad brutal.
Calendario. Presupuesto. Casting. Diseño de frasco. Producción audiovisual. Localizaciones. Derechos de imagen. Equipo de estilismo.
Cada tema parecía tener tres problemas, cuatro personas responsables y cinco siglas que Helen no conocía.
Tomó notas con rapidez, intentando no perderse.
Cuando llegó el momento de hablar de exteriores, Lillian se volvió hacia ella.
—Señorita Norton, explique la propuesta.
Helen abrió su carpeta.