Capítulo 3 #2
Helen sintió cómo sus hombros se tensaban.
Luego él levantó la cabeza.
—Trabajará con Lillian y con dirección creativa para desarrollar la propuesta.
Helen parpadeó.
—¿Perdón?
—Ha oído bien.
—¿Quiere decir que…?
—Quiero decir que la campaña se replantea desde hoy.
Lillian la miró con una mezcla de resignación y atención.
Theo sonrió abiertamente.
Helen tardó un segundo en comprenderlo.
—¿La propuesta sigue adelante?
Alan inclinó la cabeza.
—La propuesta empieza hoy.
Helen se quedó inmóvil.
Una parte de ella quería sonreír.
Otra quería preguntar si aquello era una prueba secreta.
La tercera, mucho más práctica, quería sentarse antes de que las piernas dejaran de funcionar.
—Gracias —dijo al fin.
Alan hizo un gesto breve.
—No me dé las gracias todavía. Tiene mucho trabajo.
Helen asintió.
—Eso también lo he oído.
Theo soltó una risa.
Lillian cerró su carpeta.
—Tendremos una reunión de producción a las dos. Señorita Norton, necesito una lista de localizaciones antes de la una.
Helen abrió la boca.
—Antes de la una.
—Y una propuesta de casting.
—Antes de la una.
—Y no quiero una actriz que parezca capaz de robar un coche.
Helen bajó la mirada hacia su portátil.
Theo se llevó una mano a la boca.
Alan Bryce no sonrió.
Pero durante una fracción de segundo, sus ojos parecieron hacerlo.
A las doce y cuarenta y tres, Helen tenía seis pestañas abiertas, tres documentos a medio terminar, una lista de localizaciones que incluía dos apartamentos imposibles de pagar y una estación de metro que probablemente requería permisos del alcalde, del gobernador y de alguien con autoridad sobre las palomas.
Maya llegó a su escritorio con dos cafés.
—Te he traído uno sin avena porque hoy te has ganado el derecho a tomar decisiones peligrosas.
Helen aceptó el vaso.
—No sé qué está pasando.
—Estás trabajando en una campaña global.
—No, eso lo entiendo. Lo que no entiendo es por qué Alan Bryce no me ha destruido.
Maya se sentó sobre el borde del escritorio.
—Quizá porque tienes talento.
Helen la miró como si hubiera dicho algo incómodo.
—No digas cosas así de pronto.
—Helen.
—Ya sé que tengo ideas.
—Tienes más que ideas. Tienes criterio.
Helen bajó los ojos hacia el portátil.
Maya se inclinó hacia ella.
—Y, entre nosotras, el señor Bryce estaba mirándote como si acabara de descubrir que alguien había escondido una bomba debajo de una mesa.
—Eso no suena romántico.
—No he dicho que fuera una bomba mala.
—Maya.
—Está bien. Digamos que te miraba como si hubieras hecho algo que no esperaba y eso le molestara muchísimo porque le ha gustado.
Helen intentó concentrarse en la lista de localizaciones.
—No le ha gustado.
—Claro.
—No.
—Helen, no estoy diciendo que vaya a pedirte matrimonio en el vestíbulo. Solo digo que ha pasado de llamarte “la señorita Norton” como si fueras un expediente a darte una campaña internacional después de una presentación improvisada.
—No fue improvisada.
—La preparaste en una noche mientras hablaste con un hombre anónimo sobre bancos tristes.
Helen se quedó quieta.
Maya lo notó de inmediato.
—¿Qué?
—Elliot me ha escrito esta mañana.
—¿El hombre de Facebook?
Helen asintió.
—Me ha deseado suerte.
Maya sonrió despacio.
—Eso es bastante encantador.
—Es un desconocido.
—Sí. Pero es un desconocido que se acuerda de tus cosas.
Helen miró su teléfono, que estaba boca abajo junto al teclado.
—No sé por qué me importa.
—Porque te gusta hablar con él.
—No sé si me gusta.
—Helen.
—Vale. Me gusta un poco.
—Bien. Ya era hora.
—No quiero hacer una cosa enorme de esto.
—No te preocupes. Yo haré una cosa enorme de esto por las dos.
Helen iba a responder cuando recibió un correo.
El asunto decía:
REUNIÓN DE PRODUCCIÓN — ACTUALIZACIÓN DE ASISTENTES
Abrió el mensaje.
Leyó la lista.
Lillian Price.Theo Grant.Dirección creativa.Producción global.Helen Norton.Alan Bryce.
Helen levantó la vista.
—No.
Maya tomó el teléfono de su mano y leyó el correo.
—Sí.
—¿Por qué tiene que estar él en la reunión?
—Porque es el director general.
—Podría dirigir el mundo desde su despacho.
—Tal vez quiere ver cómo evoluciona la campaña.
Helen negó con la cabeza.
—No. No quiero que vea cómo evoluciona nada. Quiero que firme un documento, se vaya a una ciudad lejana y tenga reuniones con personas que sepan utilizar palabras como “sinergia”.
Maya soltó una risa.
—Te pones muy interesante cuando estás nerviosa.
Helen volvió a mirar el correo.
La reunión era a las dos.
Quedaba poco más de una hora.
Y no tenía una lista de localizaciones.
Ni una propuesta de casting.
Ni la menor idea de cómo sentarse en una mesa frente a Alan Bryce sin pensar en la forma en que él había dicho: La propuesta empieza hoy.
Su teléfono vibró.
Una notificación de Facebook.
Helen lo abrió antes de poder detenerse.
Había un mensaje de Elliot Reed.
Elliot Reed: ¿Sobreviviste a tu día importante?
Helen sintió que la tensión en sus hombros descendía un poco.
Escribió:
Maggie Bloom: Contra toda lógica, sí.
Elliot Reed: Me alegro.
Maggie Bloom: Mi jefe no me despidió.
Elliot Reed: Eso parece una victoria.
Maggie Bloom: No sé si es una victoria o una estrategia para tenerme cerca y vigilarme.
Elliot Reed: ¿Tan terrible es?
Helen sonrió sin querer.
Maya la observó.
—Es él, ¿verdad?
Helen escribió una respuesta.
Maggie Bloom: Mi jefe es el tipo de hombre que podría decirte que tu idea es brillante y hacer que pareciera una amenaza.
Los tres puntos aparecieron.
Helen esperó.
Durante unos segundos, no llegó nada.
Luego la respuesta apareció en pantalla.
Elliot Reed: Quizá solo le asusta que tengas razón.
Helen dejó de sonreír.
No porque la frase fuera extraña.
Sino porque, por un momento, sonó demasiado parecida a algo que Alan Bryce podría decir.
Levantó la vista.
Al otro lado de la oficina, las puertas del ascensor se abrieron.
Alan Bryce salió acompañado por Theo Grant.
Hablaba con él mientras revisaba algo en su teléfono.
Entonces se detuvo.
Miró directamente hacia el escritorio de Helen.
Y su teléfono vibró de nuevo.
Elliot Reed: ¿Sigues ahí?