Y todo por un like Capítulo 3
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Capítulo 3

A las nueve y cincuenta y siete, Helen Norton estaba convencida de que su corazón había decidido abandonar el cuerpo sin avisar.

Se encontraba frente a la sala de reuniones de dirección, con la carpeta nueva apretada contra el pecho y un café intacto en la mano. Había llegado con veinte minutos de antelación. Aquello, para Helen, era tan extraordinario que esperaba recibir una llamada del alcalde de Nueva York felicitándola.

La puerta de cristal mostraba, grabado en letras discretas, el nombre de la sala:

THE LANTERN ROOM

Helen nunca había entendido por qué una sala de reuniones necesitaba un nombre. Para ella, una sala era una sala hasta que alguien colocaba dentro una mesa demasiado cara y empezaba a hablar de objetivos trimestrales.

A través del cristal veía varias siluetas moviéndose.

Lillian Price hablaba con alguien del equipo de imagen global. Theo Grant revisaba unos papeles junto a la pantalla. Alan Bryce estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la sala, mirando el East River.

Incluso desde allí parecía perfectamente colocado dentro de la escena.

Traje gris oscuro. Hombros rectos. Una mano en el bolsillo. La otra sujetando el teléfono. El paisaje de Queens al fondo, con sus edificios de ladrillo, sus calles llenas de tráfico y el cielo blanco de una mañana de otoño.

Helen se quedó mirando un segundo de más.

Maya apareció a su lado con una tablet bajo el brazo.

—No mires así la puerta.

Helen dio un pequeño salto.

—No estaba mirando la puerta.

—Claro. Estabas observando la arquitectura corporativa con una intensidad completamente normal.

—Estoy pensando.

—¿En la campaña o en Alan Bryce?

Helen la miró.

—¿Por qué todo el mundo insiste en que pienso en Alan Bryce?

—Porque hablas de él como si fuera una tormenta eléctrica vestida de Ralph Lauren.

—No hablo de él.

Maya alzó una ceja.

—Helen, ayer me dijiste que tenía una voz “demasiado serena para una persona que dirige un imperio mundial de bolsos”.

Helen cerró los ojos durante un instante.

—Eso fue una observación profesional.

—Por supuesto.

Maya se inclinó hacia ella.

—Escúchame. Vas a entrar ahí, vas a presentar tu idea y vas a lograr que todos recuerden por qué te contrataron.

—¿Por qué me contrataron?

—Porque alguien vio una chispa debajo de esa colección de catástrofes que llamas método de trabajo.

Helen hizo una mueca.

—Gracias. Me siento preparada.

—Y no mires a Bryce como si fueras a pedirle permiso para respirar.

Helen bajó la voz.

—No hago eso.

—Lo haces.

—Maya.

—Helen.

La puerta se abrió.

Theo Grant apareció en el umbral con una sonrisa que parecía demasiado relajada para las nueve y cincuenta y nueve de la mañana.

—Señorita Norton —dijo—. Todo el mundo está preparado.

Helen miró a Maya.

Maya le dio un pequeño empujón entre los omóplatos.

—Ve a vender perfume a personas reales.

Helen entró.

La Lantern Room era más intimidante desde dentro.

Las paredes eran de cristal, salvo una cubierta con una instalación fotográfica de campañas antiguas de Bryce Atelier Group. Había modelos envueltas en seda, calles de Tokio bajo la lluvia, terrazas de París, una mujer con un abrigo rojo caminando por una estación de tren.

La mesa central era larga, pulida y tan brillante que Helen podía ver su reflejo deformado en ella.

Su portátil ya estaba conectado a la pantalla.

Alguien había preparado una botella de agua junto a su asiento.

Helen decidió que aquello era una señal amable del universo.

Dos segundos después, vio a Alan Bryce sentado al final de la mesa y dejó de creer en las señales amables.

Él levantó la mirada al verla entrar.

No sonrió.

No frunció el ceño.

Solo hizo un gesto breve hacia la silla vacía situada a dos puestos de distancia de la suya.

—Señorita Norton.

—Señor Bryce.

Helen se sentó.

Lillian Price ocupaba la silla de enfrente, vestida con un traje negro impecable y una expresión que parecía haber sido diseñada para detectar errores humanos a una distancia de veinte metros.

Theo se acomodó junto a la pantalla.

El resto del equipo estaba formado por personas que Helen conocía de vista, pero no lo suficiente como para saber quién era capaz de salvarla y quién iba a fingir que no la conocía si aquello salía mal.

Alan consultó su reloj.

—Son las diez.

Helen tragó saliva.

—Sí.

—Tiene la palabra.

Ese fue todo el discurso de ánimo que recibió.

Helen se levantó.

Sus piernas funcionaban. Era un dato alentador.

Tomó el mando de la presentación y miró la primera diapositiva.

En letras claras aparecía el nuevo planteamiento de la campaña:

ÉCLAT NOCTURNELa noche que vuelve a pertenecerle

Helen respiró.

Había ensayado frente al espejo del baño. Luego frente a Maya. Después delante de la planta de la cocina, que no había mostrado entusiasmo, aunque tampoco objeciones.

Miró a la sala.

—Ayer dije que la campaña necesitaba una historia más humana —empezó—. He pensado mucho en esa frase. Sobre todo porque la dije delante de varias personas que pueden decidir si mañana sigo trabajando aquí.

Theo bajó la vista para ocultar una sonrisa.

Lillian no se movió.

Alan continuó mirándola.

Helen dejó que el silencio durara un segundo.

—Y sigo creyendo que es verdad.

Pulsó el mando.

La imagen del frasco apareció en pantalla, pero esta vez no estaba sobre mármol negro ni rodeado de sombras doradas. Estaba en el alféizar de una ventana. Al fondo se veía una ciudad borrosa, edificios, lluvia y una luz tibia saliendo de una lámpara.

—Éclat Nocturne no debe vender una fantasía lejana. No debería hablar de una mujer imposible. Debería hablar de una mujer que ha tenido un día largo y decide que todavía merece sentirse bien consigo misma.

Pasó a la siguiente imagen.

Una mujer caminaba por una acera mojada. Llevaba un abrigo oscuro, los zapatos en una mano y una sonrisa cansada.

—No una modelo que llega en helicóptero a una fiesta privada —continuó Helen—. Una mujer que sale de una reunión difícil. Que se quita los tacones en el taxi. Que llega a casa, se mira al espejo y se reconoce de nuevo.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

Helen siguió.

La siguiente diapositiva mostraba varias escenas sencillas: una cocina con una copa de vino, una mujer riendo con una amiga, una ventana abierta, un vestido colgado de una silla, una mano aplicando perfume en la muñeca.

—La fragancia puede ser el gesto final del día. El momento en el que una mujer deja de estar disponible para todo el mundo y vuelve a pertenecer a sí misma.

Lillian se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Qué público objetivo plantea?

Helen pulsó otra diapositiva.

—Mujeres entre veintisiete y cuarenta años que trabajan, salen, toman decisiones, cuidan de otras personas, sostienen demasiadas cosas a la vez y están cansadas de que la publicidad les diga que deben ser perfectas para tener derecho a sentirse atractivas.

Uno de los responsables de marca consultó unas notas.

—Es una visión más cotidiana de la marca.

—Sí —respondió Helen—. Pero cotidiana no significa pequeña. Creo que la sofisticación puede estar en una estación de metro, en un apartamento de Queens o en una mujer que se pone perfume antes de cenar sola porque le gusta cómo la hace sentir.

Theo levantó la mirada.

Helen continuó sin detenerse.

—Nueva York está llena de personas que parecen tener una vida perfecta desde lejos. Pero cuando las observas de cerca, todas están intentando llegar a alguna parte con una bolsa rota, una llamada perdida y una decisión complicada esperando en el teléfono.

Maya habría dicho que esa frase sonaba como ella.

Helen no sabía si era bueno o malo.

—Quiero que la campaña parta de ahí. De una mujer que no necesita convertirse en otra persona cuando cae la noche. Solo necesita recordar que sigue ahí.

La última diapositiva apareció en pantalla.

Una frase blanca sobre una imagen oscura de la ciudad:

ÉCLAT NOCTURNECuando el día termina, vuelves a ti.

Helen dejó el mando sobre la mesa.

Su boca estaba seca.

Había llegado al final.

Y nadie hablaba.

La parte racional de Helen decidió que aquello significaba que había fracasado.

La otra parte, mucho más pequeña y menos útil, empezó a imaginar cómo sería fingir una intoxicación alimentaria para no tener que volver a la oficina nunca.

Lillian fue la primera en romper el silencio.

—¿Quién ha elegido las referencias visuales?

Helen respiró.

—Yo.

—¿Y ha hablado ya con producción?

—No. He trabajado sobre una propuesta conceptual. Tendría que revisar costes, disponibilidad de localizaciones y calendario.

—El apartamento de Queens —dijo uno de los responsables creativos—. ¿Por qué Queens?

Helen lo miró.

—Porque no todo lo importante ocurre en Manhattan.

Theo apoyó un codo sobre la mesa.

—Eso podría ser una línea de campaña.

Lillian giró lentamente hacia él.

—No interrumpas.

—Solo estaba aportando entusiasmo.

Helen no sabía si Theo estaba ayudándola o si sencillamente disfrutaba viendo cómo Lillian perdía la paciencia.

Alan Bryce seguía callado.

Helen intentó no mirarlo.

Fracasó de nuevo.

Él tenía los dedos entrelazados sobre la mesa y la observaba con una concentración que hizo que Helen olvidara durante un instante toda la sala.

—¿Por qué una estación de metro? —preguntó él.

La pregunta no sonó hostil.

Pero Helen sintió que aquella era la única respuesta que importaba.

Miró la fotografía de la mujer con los zapatos en la mano.

—Porque es un lugar donde casi nadie se siente elegante —dijo—. Todo el mundo va deprisa. Todo el mundo está cansado. Todo el mundo mira el reloj. Pero incluso allí, una mujer puede sentirse protagonista de su propia vida.

Alan no apartó la mirada.

—¿Y eso vende perfume?

Helen pensó que podía mentir.

Podía responder con palabras sobre segmentación, identidad de marca, posicionamiento emocional y tasas de conversión.

Pero ya había cometido un error el día anterior. Había dicho la verdad delante de todos.

Quizá no debía abandonar esa estrategia todavía.

—Creo que vende algo más difícil —respondió—. Hace que alguien se vea en la historia. Y si se ve, puede querer llevarla puesta.

La sala quedó en silencio otra vez.

Alan bajó la vista hacia los documentos que tenía delante.