Capítulo 2 #2
De por qué Nueva York tenía la costumbre de hacer que las personas se sintieran solas incluso rodeadas de millones de desconocidos.
Maggie le contó que detestaba los eventos donde había que sujetar una copa de champán, un bolso y una conversación a la vez.
Alan escribió que los eventos empresariales funcionaban mejor cuando uno aceptaba que todos estaban fingiendo disfrutar.
Ella contestó:
Maggie Bloom: Eso parece una frase de alguien que ha sobrevivido a demasiados cócteles con gente que usa la palabra “sinergia”.
Alan se quedó mirando el mensaje.
No era una coincidencia.
Mucha gente usaba esa palabra. Demasiada.
Aun así, recordó la reunión de aquella mañana. Recordó la forma en que Helen Norton había dicho “isla privada” antes de intentar salvarse. Recordó cómo había defendido su idea después, con las manos apretadas sobre la carpeta azul y la voz temblándole al principio.
Había algo en ella.
Una contradicción que Alan no conseguía clasificar.
Parecía tímida.
Pero había sostenido una sala entera con una idea que no estaba preparada para exponer.
Parecía desordenada.
Pero había visto con claridad un problema que doce personas con informes impecables no habían querido admitir.
El teléfono vibró.
Maggie Bloom: ¿Te has quedado dormido, señor Misterio?
Alan sonrió otra vez.
Escribió:
Elliot Reed: Estaba pensando en algo que dijiste.
Maggie Bloom: Eso suele ser peligroso.
Elliot Reed: Que los eventos con champán son una forma de tortura social.
Maggie Bloom: Gracias. Por fin alguien que me entiende.
Elliot Reed: No lo celebraría todavía. Es posible que tenga opiniones muy cuestionables sobre muchas otras cosas.
Maggie Bloom: Perfecto. Las personas con opiniones cuestionables suelen ser más entretenidas.
Alan apoyó la espalda en la silla.
Fuera, la ciudad estaba más silenciosa.
Dentro, el informe de ventas seguía esperándolo.
No lo abrió.
A las seis y veinte de la mañana, Helen Norton estaba de pie frente al espejo del baño, sosteniendo dos pendientes distintos y preguntándose cuál de los dos combinaba mejor con una posible humillación profesional.
Su apartamento seguía siendo el mismo caos de la noche anterior.
La caja de pizza continuaba sobre la mesa.
Había imágenes impresas de campañas repartidas por el suelo.
Maya dormía en el sofá, cubierta con la manta azul manchada de tinta y una revista de moda sobre la cara.
Helen no había dormido mucho.
Había terminado la propuesta cerca de las dos de la madrugada. Después había enviado a Elliot Reed dos mensajes más, había esperado una respuesta, se había dicho que no importaba, había revisado Facebook tres veces y, finalmente, se había quedado dormida con el teléfono sobre el pecho.
Elliot le había respondido a la una y cuarenta y dos.
No había dicho nada extraordinario.
Solo:
Espero que mañana alguien escuche lo que tienes que decir.
Helen había leído la frase cuatro veces.
Luego cinco.
A las seis y veinte seguía pensando en ella.
Se puso el pendiente izquierdo.
Luego el derecho.
Se miró.
—Esto es ridículo —murmuró.
Maya, desde el sofá, habló sin quitarse la revista de la cara.
—Si vas a ver a Alan Bryce, ponte los dorados. Si vas a ver al hombre de la banca triste, ponte los pequeños. Si vas a ver a ambos, llama a emergencias.
Helen se giró.
—¿Estás despierta?
—No. Estoy teniendo un sueño muy decepcionante sobre tu vida.
Helen soltó una risa.
—No voy a ver a nadie.
—Claro. Solo vas a presentar una campaña global delante del director general más intimidante del hemisferio occidental.
—Gracias por tranquilizarme.
Maya apartó la revista y abrió un ojo.
—¿Le escribiste al hombre de Facebook?
Helen no respondió.
Maya sonrió lentamente.
—Le escribiste.
—Él me escribió primero.
—Eso no ha sido una respuesta.
Helen cogió su bolso.
—Tengo que irme.
—Helen.
Ella se detuvo junto a la puerta.
Maya se incorporó un poco.
—Haz la presentación como la hiciste ayer. Sin pedir disculpas por tener una idea mejor que la de los demás.
Helen asintió.
—Intentaré no hablar de islas privadas.
—Haz lo que quieras con las islas. Solo intenta no insultar a ninguna persona con poder de despedirte.
Helen salió del apartamento con una carpeta nueva, un café con tapa segura y los pendientes dorados.
En el ascensor, abrió el teléfono.
Tenía una notificación de Facebook.
Un mensaje de Elliot Reed.
Elliot Reed: Buenos días, Maggie Bloom. Espero que hoy no te ataque ningún medio de transporte.
Helen sonrió.
Pulsó sobre el mensaje.
Y, debajo de él, apareció una notificación nueva.
Un recordatorio automático de Bryce Atelier Group.
Presentación de campaña: 10:00 a. m.Asistentes: Alan Bryce, Lillian Price, Dirección Global de Marca.
Helen guardó el teléfono con un suspiro.
No sabía qué le preocupaba más.
Que Alan Bryce escuchara su propuesta.
O que Elliot Reed volviera a escribirle mientras ella intentaba fingir que tenía una vida completamente bajo control.
Porque, por primera vez desde que había empezado a trabajar en Bryce Atelier Group, Helen no tenía la sensación de que aquel día fuera a terminar mal.
Y eso, pensó al salir a la calle, era exactamente el tipo de pensamiento que solía provocar una catástrofe.