Y todo por un like Capítulo 2
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Capítulo 2

Alan Bryce tenía una regla sencilla para las noches de martes.

No revisaba informes después de las nueve.

La regla existía porque, años atrás, había descubierto que leer proyecciones de ventas a las once y media de la noche convertía a cualquier ser humano razonable en alguien capaz de discutir con una tabla de Excel.

También tenía otra regla.

No llevaba trabajo a casa.

Aquella segunda regla era menos estable.

A las nueve y treinta y siete, Alan estaba sentado en la mesa de su cocina con un portátil abierto, tres informes impresos perfectamente alineados y una copa de agua que no había tocado.

Su apartamento ocupaba la última planta de un edificio discreto en Jackson Heights, una zona de Queens que conservaba árboles, edificios de ladrillo y una clase de vida de barrio que Manhattan había olvidado hacía tiempo.

Desde el salón se veían luces lejanas al otro lado del río. No eran vistas espectaculares, al menos no de las que aparecían en revistas. A Alan le gustaban por eso.

No había rascacielos imponiendo una historia.

Solo ventanas encendidas. Cocinas. Personas que regresaban tarde. Alguien que, en el edificio de enfrente, parecía discutir con una planta.

Alan cerró el informe de ventas de la división europea.

Lo había leído dos veces.

No iba a mejorar por una tercera.

Se levantó, fue hasta la cocina y puso agua a calentar. Su apartamento estaba ordenado con una precisión que habría provocado comentarios en la oficina y, seguramente, una intervención de Maya Torres si ella hubiese tenido ocasión de verlo.

No había nada frío en el lugar.

Había libros.

Muchos.

Una estantería ocupaba una pared completa del salón.

En otra había fotografías en blanco y negro de Nueva York, una de ellas tomada cerca de Central Park después de una tormenta.

Sobre una mesa baja descansaban varias revistas antiguas de cine y una caja de madera con entradas de películas que Alan se negaba a tirar.

Su hermano decía que aquello era sentimentalismo.

Alan sostenía que era archivo.

Eran dos palabras para la misma cosa, según el día.

El agua empezó a hervir.

Mientras preparaba té negro con una rodaja de naranja, su teléfono vibró sobre la encimera.

Una notificación de Facebook.

Alan no la miró de inmediato.

No utilizaba su cuenta real para nada que no estuviera relacionado con la fundación de la empresa, comunicados de prensa o fotografías de campañas que alguien del equipo de comunicación insistía en etiquetar como “momentos espontáneos”.

Su otro perfil era distinto.

Elliot Reed no tenía un cargo, un despacho ni una agenda bloqueada hasta noviembre.

Elliot Reed podía publicar una fotografía de una banca vacía sin recibir tres correos preguntando si la imagen formaba parte de una estrategia de posicionamiento.

Alan cogió el teléfono.

Leyó el mensaje.

Y sonrió.

No fue una sonrisa amplia. Alan Bryce no era hombre de sonrisas amplias ante una pantalla.

Pero algo se relajó en su expresión.

Maggie Bloom: No le di like a la frase. Me dio pena la banca.

Alan apoyó una mano sobre la encimera.

Maggie Bloom.

Conocía el perfil desde hacía meses. No personalmente. Nadie conocía de verdad a nadie en Facebook, por mucho que algunos se empeñaran en publicar desayunos, discusiones familiares y fotografías de gatos con mayor convicción que la mayoría de las personas defendía una idea política.

Pero ella escribía bien.

No de una forma calculada. No parecía buscar aprobación. Tenía comentarios rápidos, a veces absurdos, a veces extrañamente precisos. Recomendaba películas que Alan había visto demasiadas veces y criticaba la moda contemporánea con un entusiasmo que le resultaba familiar.

Una vez había escrito que los pantalones de cuero beige deberían requerir una licencia especial.

Alan había estado de acuerdo.

No se lo dijo.

Elliot Reed tenía una reputación que mantener.

Respondió:

Elliot Reed: ¿La banca?

La contestación llegó pronto.

Maggie Bloom: Sí. Tiene mejor vida social que yo y aun así parece deprimida.

Alan se llevó el teléfono a la mesa.

No sabía por qué aquella frase le hizo pensar en Helen Norton.

Quizá porque Helen también hablaba como si las cosas tuviesen intenciones ocultas. El metro. El café. Los ascensores.

Quizá porque, durante la reunión de aquella mañana, había mirado un frasco de perfume como si estuviera esperando una respuesta sincera de él.

Alan tomó un sorbo de té.

Luego volvió a leer el mensaje.

Maggie Bloom no tenía fotos claras en su perfil. Una ilustración de una taza de café, varios álbumes cerrados, publicaciones sobre libros, películas y algún comentario sobre Nueva York que mostraba una mezcla peculiar de afecto y cansancio.

No había apellido real.

No había trabajo.

No había nada que indicara quién era.

Esa era, precisamente, la razón por la que Alan encontraba fácil escribirle.

No sabía qué esperaba de él.

No sabía qué podía ganar.

No sabía que Bryce Atelier Group ocupaba una parte considerable de sus días y casi todos sus dolores de cabeza.

Alan escribió:

Elliot Reed: Tal vez la banca está esperando a alguien que también llega tarde.

Dejó el teléfono sobre la mesa antes de arrepentirse.

Durante unos segundos, se obligó a mirar el informe impreso que tenía delante.

Ventas en París.

Ajustes de distribución en Milán.

Problemas logísticos en Tokio.

Nada de aquello tenía que ver con una mujer desconocida que se compadecía de bancos públicos.

El teléfono vibró otra vez.

Maggie Bloom: Eso es demasiado optimista para alguien que publica frases sobre cambiar la forma de mirar.

Alan soltó una risa breve.

—Es una crítica justa —murmuró.

Volvió a escribir.

Elliot Reed: Reconozco que la banca puede parecer más profunda de lo que realmente es.

Maggie Bloom: La banca necesita amigos que le digan la verdad.

Elliot Reed: Usted parece dispuesta a asumir esa responsabilidad.

Maggie Bloom: Solo si incluye café. No puedo dar apoyo emocional sin café.

Alan miró la conversación.

Era fácil.

Eso era lo inquietante.

En la oficina, cada frase tenía una consecuencia. Una palabra mal colocada podía generar un rumor, alterar una negociación o hacer que diez personas interpretaran una decisión de formas distintas.

Con Maggie Bloom no había nada de eso.

Solo mensajes.

Solo una conversación que avanzaba sin que nadie tuviera que medir cada gesto.

Su teléfono sonó.

Alan miró la pantalla.

Theo Grant.

Contestó al tercer tono.

—¿Qué ha ocurrido?

—Siempre es agradable hablar contigo —dijo Theo.

Alan se acomodó en la silla.

—Si llamas a esta hora, no es para hablar de mi encanto.

—No descartes que alguna vez lo haga. Aunque tendría que preparar material antes.

Alan cerró los ojos un segundo.

Theo era director de comunicación de Bryce Atelier Group y, desde hacía casi quince años, uno de los pocos hombres capaces de hablarle a Alan sin mirar primero hacia una salida de emergencia.

Tenía cuarenta años, una sonrisa fácil, una colección excesiva de pañuelos de bolsillo y una habilidad notable para convertir cualquier problema en una historia divertida antes de resolverlo.

—¿Qué necesitas? —preguntó Alan.

—Quería avisarte de que Lillian está convencida de que mañana vas a destrozar a la señorita Norton.

Alan miró el informe sobre la mesa.

—¿Por qué pensaría eso?

—Porque Lillian cree que una persona que llama a una modelo ladrona de coches delante del director general merece una condena ejemplar.

—No llamó ladrona a la modelo.

—No mejores la situación con matices técnicos, Alan. La frase está circulando por todo el edificio.

Alan apoyó los codos en la mesa.

—¿Quién la ha difundido?

—Maya Torres, probablemente. Aunque, en su defensa, lo cuenta muy bien.

Alan no respondió.

Theo hizo una pausa.

—¿Vas a despedirla?

—No.

—Bien.

—No he dicho que vaya a facilitarle las cosas.

—Eso sí suena a ti.

Alan miró de nuevo el teléfono. La conversación con Maggie estaba abierta.

—La señorita Norton tiene una idea interesante.

Theo guardó silencio un instante.

—¿Helen Norton?

—Sí.

—La del departamento de campañas digitales.

—Eso acabo de decir.

—No, lo que has dicho es que tiene una idea interesante. Sobre una empleada que ha proyectado por accidente un documento titulado “Cosas que no deberíamos hacer si queremos vender perfume a personas reales”.

—El título era más largo.

—Gracias por la precisión. Me tranquiliza mucho.

Alan tomó otro sorbo de té.

—La propuesta actual es visualmente impecable y emocionalmente vacía.

—Eso también lo dijo ella.

—Porque tiene razón.

Theo dejó escapar una risa.

—Voy a marcar este día en el calendario.

—No hagas eso.

—¿Y qué quieres que diga mañana si Lillian pregunta?

—Que Norton tiene hasta las diez para presentar una alternativa completa.

—¿Y si la propuesta es buena?

Alan miró la ventana.

Al otro lado del cristal, una mujer en el edificio de enfrente cerraba las persianas. Más abajo, un taxi se detuvo junto a la esquina. La ciudad continuaba con esa clase de prisa que nunca exigía explicaciones.

—Entonces trabajará en el proyecto —dijo.

Theo tardó un segundo en responder.

—Sabes que acabas de darle a una coordinadora junior la oportunidad de cambiar una campaña global.

—Le he dado una oportunidad de defender una idea.

—Eso es casi lo mismo.

—No lo es.

—Para ti, quizá.

Alan cortó la llamada antes de que Theo pudiera seguir hablando.

Volvió a mirar el teléfono.

Había un mensaje nuevo.

Maggie Bloom: ¿Siempre escribes así o solo cuando estás intentando parecer misterioso?

Alan arqueó una ceja.

Había pasado años rodeado de personas que elegían cada palabra delante de él con cuidado quirúrgico.

Maggie Bloom acababa de acusarlo de intentar parecer misterioso.

Le resultó irritante.

Le resultó divertido.

Respondió:

Elliot Reed: ¿Y tú siempre decides que conoces a alguien después de cuatro mensajes?

Maggie Bloom: Después de seis. No quiero parecer precipitada.

Alan se recostó en la silla.

La pantalla del teléfono iluminaba suavemente la mesa.

Durante un rato, hablaron de cosas pequeñas.

De las peores canciones que podían sonar en una cafetería.

De películas que daban vergüenza admitir que uno había visto más de una vez.