Capítulo 1 #3
Y volvió su atención hacia el resto de la reunión.
Helen se quedó mirando su carpeta azul.
No sabía si acababa de recibir una oportunidad o una sentencia aplazada.
A las ocho y media de la noche, Helen seguía en su apartamento de Astoria con el portátil abierto, dos tazas vacías de café a su lado y una colección de imágenes de campañas de perfume ocupando toda la pantalla.
Su piso era pequeño, luminoso y caótico.
Había libros apilados junto al sofá, una planta que sobrevivía gracias a la intervención frecuente de Maya, una lámpara de pie torcida y una manta azul sobre la que Helen había derramado tinta una vez y fingía que el dibujo era intencionado.
Maya estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y una pizza sobre una caja de cartón.
—No entiendo cómo puedes estar trabajando —dijo—. Si yo hubiera dicho “isla privada” delante de Alan Bryce, estaría llamando a mi madre para despedirme de mi vida anterior.
Helen no apartó los ojos de la pantalla.
—No lo dije como insulto.
—Helen, dijiste que la modelo parecía capaz de robar un coche.
—Era una observación visual.
—Claro. Y yo soy la embajadora de la moderación.
Helen soltó una risa cansada.
—No sé qué quiere de mí.
—Quiere que hagas la propuesta.
—Eso es lo que parece.
—¿Y qué crees que significa?
Helen cerró el portátil.
—Que mañana descubrirá que no sé hacer una propuesta completa y me enviará un correo muy bien redactado sobre cómo ha sido un placer conocerme.
Maya cogió una porción de pizza.
—El señor Bryce no tiene tiempo para correos largos. Te mandaría tres frases. Dos serían educadas. La tercera acabaría con “recursos humanos”.
Helen apoyó la espalda en el sofá.
—Me odia.
—No te odia.
—No me conoce.
—Eso nunca ha impedido que nadie odie a alguien.
Helen miró su teléfono.
Tenía varias notificaciones.
Una de ellas era de Facebook.
No usaba su cuenta real para nada más que felicitar cumpleaños que olvidaba y mirar fotos de antiguos compañeros de universidad a las dos de la madrugada cuando la ansiedad le parecía una actividad razonable.
Su otra cuenta era diferente.
Maggie Bloom.
Maggie era más divertida que Helen. Más segura. Más rápida. Maggie decía lo que Helen pensaba después de revisar la frase tres veces. Maggie opinaba de películas, libros, moda, ciudades y hombres que fingían ser misteriosos porque no sabían mantener una conversación.
Helen abrió Facebook.
Había una publicación nueva de Elliot Reed.
No sabía mucho de él. Solo que tenía una foto de perfil de una banca vacía junto a un sendero de parque y que escribía comentarios inteligentes en un grupo sobre cine y libros que Helen seguía desde hacía meses.
Nunca habían hablado.
La publicación mostraba una fotografía nocturna.
Una banca bajo un árbol.
Hojas oscuras sobre el suelo.
A lo lejos, una luz amarilla.
Debajo había una frase:
Hay días en los que uno se sienta en el mismo lugar esperando que algo cambie, sin entender que lo que necesita cambiar es la forma de mirar.
Helen frunció el ceño.
—Qué dramático —murmuró.
Intentó ampliar la imagen.
Su dedo resbaló.
El pequeño pulgar azul apareció debajo de la publicación.
Le gustaba.
Helen se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Maya.
—Le he dado like a una publicación.
—Eso no parece grave.
—A Elliot Reed.
Maya levantó una ceja.
—¿El hombre de la banca triste?
—No es triste. Solo escribe como alguien que ha visto demasiadas películas con lluvia.
—¿Y por qué estás tan nerviosa?
Helen intentó quitar el like.
Demasiado tarde.
La pantalla cambió.
Un mensaje privado apareció en la parte inferior.
Elliot Reed te ha enviado un mensaje.
Helen miró a Maya.
Maya miró a Helen.
—Ábrelo —dijo.
—No.
—Ábrelo.
—No sé quién es.
—Precisamente por eso.
Helen respiró hondo.
Abrió el mensaje.
Elliot Reed: No sabía que una banca vacía pudiera recibir tanta aprobación.
Helen se quedó mirando la pantalla.
Luego sonrió.
No mucho.
Solo lo suficiente para que Maya lo notara.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó su amiga.
Helen escribió una respuesta.
La borró.
Escribió otra.
La borró también.
Finalmente, dejó los dedos sobre el teclado y escribió:
Maggie Bloom: No le di like a la frase. Me dio pena la banca.
La respuesta llegó menos de un minuto después.
Elliot Reed: ¿La banca?
Helen se acomodó mejor en el sofá.
Por primera vez en todo el día, no pensó en la presentación, en la mancha de café ni en la mirada de Alan Bryce al otro lado de la mesa.
Escribió:
Maggie Bloom: Sí. Tiene mejor vida social que yo y aun así parece deprimida.
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Helen esperó.
Entonces llegó un nuevo mensaje.
Elliot Reed: Tal vez la banca está esperando a alguien que también llega tarde.
Helen dejó de respirar.
No porque el mensaje fuera especialmente intenso.
No porque conociera a Elliot Reed.
Y desde luego no porque acabara de pensar, durante una fracción ridícula de segundo, en unos ojos azul grisáceos y una voz demasiado serena para las ocho y cuarenta y nueve de la mañana.
Solo porque, de pronto, aquel like accidental ya no parecía tan pequeño.