Y todo por un like Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Llevaba el mismo traje azul marino. El mismo gesto contenido. La misma calma absurda de quien no había perdido un pendiente, manchado un abrigo ni insultado accidentalmente al director general antes de las nueve de la mañana.

Helen sintió un impulso irracional de odiarlo por eso.

Lillian comenzó la presentación.

La nueva fragancia se llamaba Éclat Nocturne.

El nombre era francés, el frasco era negro con detalles dorados y la campaña estaba pensada para representar “el poder magnético de una mujer que no necesita que nadie le diga quién es”.

Helen había escrito parte de los textos de apoyo para redes sociales. No los principales. Los principales los había creado un equipo de tres personas que hablaba de “aspiración emocional” y “arquitectura de deseo” con una seguridad que a Helen le parecía sospechosa.

La presentación avanzó.

Primero, las fotografías.

Luego, el vídeo.

Después, las previsiones de alcance global.

Helen empezó a relajarse.

Quizá aquel día podía salvarse.

Quizá, contra toda lógica, no iba a perder su empleo.

Lillian cambió de diapositiva.

La pantalla se quedó en negro durante un segundo.

Luego apareció un documento blanco con letras enormes.

Helen lo reconoció antes de que nadie dijera nada.

Era su archivo.

Su archivo privado.

El archivo donde había anotado ideas que no pensaba compartir.

El archivo que se llamaba:

COSAS QUE NO DEBERÍAMOS HACER SI QUEREMOS VENDER PERFUME A PERSONAS REALES.

Helen dejó de respirar.

En la pantalla apareció la primera frase.

Esto parece un anuncio creado por alguien que ha leído demasiadas revistas y nunca ha olido a una persona después de coger el metro en agosto.

Hubo silencio.

Un silencio largo.

Inmenso.

Helen miró a Maya.

Maya miró a Helen.

Maya cerró los ojos.

Lillian frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Helen sintió que la vida se alejaba de su cuerpo con educación.

Podía fingir que no sabía nada.

Podía decir que alguien había pirateado el sistema.

Podía levantarse y salir corriendo.

Lo malo de vivir en una ciudad como Nueva York era que siempre había cámaras.

—Es mío —dijo.

Su voz salió más baja de lo que esperaba.

Todas las miradas fueron hacia ella.

Incluso Alan Bryce levantó la vista.

Helen tragó saliva.

—Quiero decir… era un borrador. Un documento de trabajo. No estaba destinado a aparecer en la presentación.

Lillian soltó el mando a distancia sobre la mesa.

—Eso está claro.

Algunos rostros intentaron conservar una expresión neutral. Otros ni siquiera lo intentaron.

Helen miró la pantalla.

La siguiente frase era todavía peor.

La modelo parece una mujer que está a punto de venderte una isla privada o robarte el coche. Ninguna de las dos opciones transmite cercanía.

Maya se llevó una mano a la frente.

Alan Bryce no dijo nada.

Eso era lo peor.

Helen conocía esa clase de silencio. Era el silencio de alguien que estaba calculando exactamente cuánto costaba despedirte.

Lillian cruzó los brazos.

—Señorita Norton, ¿quiere explicar por qué el archivo está en la carpeta principal?

Helen miró su portátil.

Luego la pantalla.

Después a Maya.

Maya señaló discretamente la carpeta azul que Helen había traído consigo.

La misma carpeta azul que se había abierto en el ascensor.

La misma carpeta azul cuyos papeles se habían mezclado cuando ella salió corriendo.

Helen cerró los ojos un instante.

Claro.

Por supuesto.

—Porque esta mañana he tenido una relación complicada con el transporte público y con mi propia capacidad para guardar documentos —dijo.

La sala siguió en silencio.

Ella continuó hablando porque, cuando estaba nerviosa, su sentido de la prudencia abandonaba el edificio antes que ella.

—No estoy diciendo que el perfume sea malo.

De hecho, el perfume es precioso. Huele muy bien.

Mejor que esta presentación. Bueno, no. Quiero decir…

la presentación está muy bien desde un punto de vista técnico.

Solo creo que quizá podríamos contar una historia más humana.

Más cercana. Menos… —miró la pantalla— menos isla privada.

Nadie se movió.

Helen sintió que había llegado el momento en que una persona pierde el empleo y, de paso, la posibilidad de entrar alguna vez en una tienda de lujo sin sentir que la seguridad la sigue.

Entonces Alan Bryce habló.

—¿Qué historia propondría usted?

Helen se quedó quieta.

Él la miraba desde el otro extremo de la mesa.

Sus ojos tenían esa calma difícil de interpretar.

No había burla.

No había enfado visible.

Solo atención.

Y eso, de forma inesperada, fue más intimidante que cualquier otra cosa.

—¿Perdón?

—Ha dicho que la campaña necesita una historia más humana —repitió Alan—. Le pregunto cuál sería.

Helen sintió que Maya contenía la respiración a su lado.

Lillian también la miraba.

Todos la miraban.

Por primera vez, Helen pensó que tal vez Alan Bryce no iba a despedirla.

Tal vez iba a hacer algo peor.

Tal vez esperaba que ella defendiera lo que acababa de decir.

Y Helen no estaba preparada.

No delante de él.

No delante de nadie.

Miró la pantalla otra vez.

Luego el frasco de perfume colocado en medio de la mesa.

Negro. Dorado. Elegante. Frío.

Y, sin saber de dónde salía la voz que habló, dijo:

—Una mujer llega a casa después de un día horrible. Ha tenido reuniones, ha sonreído a personas que no la escuchaban, ha llevado zapatos incómodos durante demasiadas horas. No necesita convertirse en alguien distinta. Solo necesita recordar quién era antes de que el día la agotara.

La sala no se movió.

Helen continuó.

—El perfume no tendría que vender la idea de que ella es inalcanzable. Tendría que vender la idea de que vuelve a sentirse ella misma. Que puede entrar en una habitación y decidir que no tiene que demostrar nada.

Lillian bajó lentamente los brazos.

Maya abrió un poco los ojos.

Alan Bryce no apartó la mirada de Helen.

—¿Y la imagen? —preguntó él.

Helen tragó saliva.

—Una estación de metro. Una calle. Un apartamento. Algo real. Una mujer guapa, sí, pero no perfecta. Que se quite los zapatos. Que se ría. Que abra una ventana. Que se ponga el perfume para ella, no para entrar en una fiesta y hacer que todos se giren.

Hubo un silencio distinto.

No era cómodo.

Pero tampoco era el silencio de antes.

Lillian se sentó.

Uno de los responsables de marketing empezó a tomar notas.

Maya miró a Helen como si acabara de descubrir que su mejor amiga tenía una identidad secreta.

Alan Bryce se recostó ligeramente en su silla.

—Prepare una propuesta completa para mañana a las diez —dijo.

Helen parpadeó.

—¿Yo?

—Sí, señorita Norton.

—Pero yo…

—Mañana a las diez.