Y todo por un like
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Capítulo 1
Helen Norton llegó a Bryce Atelier Group con nueve minutos de retraso, un café derramado sobre la manga de su abrigo beige y la certeza de que, en algún punto de Queens, el universo se estaba divirtiendo a su costa.
La mañana había empezado con un despertador que no sonó, un taxi que apareció cuando ya no lo necesitaba y una puerta de metro que decidió cerrarse exactamente delante de ella.
También había perdido uno de sus pendientes favoritos, aunque no supo en qué momento.
Tal vez seguía en el suelo de su apartamento.
Tal vez vivía una nueva vida bajo el asiento de algún vagón.
Helen no descartaba que hubiera decidido independizarse.
Cruzó las puertas giratorias del edificio de Bryce Atelier Group sosteniendo una carpeta azul contra el pecho.
El vestíbulo era tan impecable que siempre le hacía sentir como si hubiera entrado por accidente en la sede de una empresa que no pertenecía al mismo planeta que ella.
Mármol gris claro. Grandes paneles de cristal.
Unas esculturas metálicas que nadie tocaba porque parecían caras, frágiles o ambas cosas.
El perfume ambiental, creado por una de las divisiones de la compañía, olía a cítricos, madera suave y dinero.
Mucho dinero.
Helen se detuvo frente a una pared de espejos oscuros y examinó su reflejo.
No estaba completamente perdida.
Su cabello rubio oscuro, que normalmente caía en ondas suaves alrededor de sus hombros, había decidido adoptar una actitud independiente a causa de la humedad.
Llevaba un pantalón negro de talle alto, una blusa color marfil y un abrigo largo que, hasta hacía media hora, había parecido una excelente decisión.
Tenía los ojos verdes grisáceos un poco abiertos de más, como siempre que iba tarde, y una expresión de mujer que estaba a punto de disculparse con una planta por haberla mirado mal.
Se quitó el abrigo para comprobar el daño del café.
La mancha no era enorme.
Podía sobrevivir.
Eso pensó durante dos segundos.
Después miró su reloj.
—Oh, no.
El ascensor se abrió con un sonido discreto.
Helen entró a toda velocidad.
—Gracias, gracias, gracias —murmuró, como si el ascensor tuviera poder de decisión sobre su horario.
Solo cuando apretó el botón de la planta dieciocho se dio cuenta de que no estaba sola.
En la esquina del fondo había un hombre.
Alto. Muy alto.
Vestía un traje azul marino perfectamente cortado, una camisa blanca impecable y una corbata gris oscura. No llevaba ningún detalle llamativo, ningún logotipo, ningún gesto innecesario. Todo en él parecía responder a una regla de equilibrio que Helen desconocía.
Tenía el cabello castaño claro, peinado hacia atrás con naturalidad, aunque no había nada casual en su presencia.
Sus ojos, de un azul grisáceo sereno, estaban fijos en la pantalla de su teléfono.
La mandíbula marcada, la postura recta y el reloj de esfera sencilla le daban el aspecto de un hombre que sabía exactamente dónde estaban todas las cosas de su casa y, probablemente, también las de sus vecinos.
Helen se quedó junto a la puerta, intentando recuperar el aliento sin parecer una mujer que acababa de escapar de una persecución.
El hombre levantó la mirada.
No fue una mirada hostil.
Fue peor.
Fue una mirada tranquila.
Helen siempre había sospechado que la gente verdaderamente organizada no necesitaba juzgarte en voz alta. Bastaba con que te miraran durante tres segundos mientras tú llevabas el abrigo manchado, el pelo revuelto y una carpeta que amenazaba con abrirse.
—¿Va a la dieciocho? —preguntó él.
Su voz era grave, educada y demasiado perfecta para las ocho y cuarenta y nueve de la mañana.
Helen tardó una fracción de segundo más de lo razonable en responder.
—Sí. Bueno… sí, voy a la dieciocho. Aunque ahora mismo también iría a una isla desierta o a una lavandería industrial. Depende de cómo vaya la mañana.
El hombre volvió a mirar su teléfono.
Helen se mordió la lengua.
Bien.
Magnífico.
Primer minuto del día y ya estaba hablando sola delante de un desconocido con aspecto de saber diferenciar un Merlot de un Cabernet sin leer la etiqueta.
El ascensor comenzó a subir.
Helen soltó aire con cuidado.
—No suelo llegar tarde —dijo, porque al parecer su cerebro había decidido que el silencio era más peligroso que el incendio de un edificio—. Bueno, sí suelo llegar tarde algunas veces. Pero no de forma irresponsable. Más bien de una forma… narrativa.
El hombre la miró otra vez.
—¿Narrativa?
—Sí. Hay personas a las que les pasan cosas ordenadas. Se levantan, desayunan, llegan al trabajo. Luego estamos las personas a las que se les cae un café sobre el abrigo y descubren que el metro tiene una relación personal con ellas.
Por un instante, Helen creyó ver algo parecido a una sonrisa en la boca de él.
Duró muy poco.
Pero existió.
—Entiendo —dijo.
—No, no entiende —contestó ella con una sinceridad innecesaria—. Usted tiene cara de llegar diez minutos antes a cualquier sitio.
El silencio regresó.
Helen cerró los ojos un segundo.
No literalmente. Aún conservaba algo de dignidad.
Pero por dentro se encerró en un armario pequeño y decidió no salir jamás.
El ascensor se abrió en la planta doce. Entraron dos mujeres del departamento financiero. Al ver al hombre del traje azul, cambiaron de expresión de inmediato.
No fue una reacción exagerada.
Fue una reacción minúscula, casi invisible.
Una espalda que se endereza.
Un saludo más cuidadoso.
Una sonrisa que aparece demasiado rápido.
—Buenos días, señor Bryce —dijo una de ellas.
Helen dejó de respirar.
El hombre asintió con un gesto breve.
Señor Bryce.
El señor Bryce.
Alan Bryce.
Director general de Bryce Atelier Group.
El hombre del que todos hablaban en voz baja cuando creían que no podía oírlos.
El director de la compañía más importante del mundo de la moda, los perfumes y el lujo contemporáneo.
El hombre cuya opinión podía convertir una campaña en un lanzamiento internacional o en un desastre silencioso.
Helen había visto fotografías suyas en reuniones, entrevistas y revistas de negocios. Pero en las fotos parecía más distante, más pulido, menos real.
En persona era peor.
En persona ocupaba el espacio sin esfuerzo.
Y ella acababa de decirle que tenía cara de llegar diez minutos antes a cualquier sitio.
—Buenos días —consiguió decir Helen, mirando al frente con una rigidez que habría impresionado a una estatua.
Alan Bryce no respondió.
Al menos no enseguida.
El ascensor siguió subiendo.
Helen notó que el calor le subía por el cuello.
La planta dieciocho llegó antes de que pudiera pensar en una forma digna de desaparecer.
Las puertas se abrieron.
Ella salió como si tuviera una emergencia médica.
—Que tenga un día… muy puntual —dijo, sin mirarlo.
Después caminó por el pasillo con tanta rapidez que casi chocó contra una mesa de cristal.
—Helen.
Ella se detuvo.
Esa voz.
Por supuesto.
Cuando se giró, Alan Bryce estaba detrás de ella. No parecía enfadado. Tampoco parecía divertido. Lo cual era incluso más inquietante.
—Su abrigo —dijo.
Helen miró su brazo.
Había dejado el abrigo en el ascensor.
—Gracias.
Lo tomó con ambas manos.
—Y señorita Norton.
Helen levantó la vista.
Él sabía su nombre.
Claro que lo sabía.
Todo el mundo importante parecía saber siempre el nombre de quien estaba a punto de tener un día terrible.
—Sí.
—La reunión de lanzamiento comienza a las nueve.
—Lo sé.
—Entonces quizá debería correr.
Helen abrió la boca.
La cerró.
Y volvió a abrirla.
—Sí, señor Bryce.
Alan inclinó ligeramente la cabeza, como si acabara de darle una indicación completamente normal, y siguió caminando hacia los despachos ejecutivos.
Helen lo observó alejarse durante un segundo.
Luego se giró hacia la sala de reuniones.
—Perfecto —murmuró—. Fantástico. Inmejorable.
La reunión sobre la nueva línea de fragancias se celebraba en una sala llamada The Garden Room, aunque no había nada parecido a un jardín dentro.
Había una mesa enorme de madera clara, doce sillas de diseño, una pantalla de proyección y una pared cubierta por imágenes de campañas anteriores.
Rostros perfectos, vestidos imposibles, mujeres en desiertos, hombres mirando al horizonte, frascos de perfume apoyados sobre mármol como si fueran reliquias sagradas.
Helen se sentó al final de la mesa junto a Maya Torres, su mejor amiga dentro de la empresa y la única persona capaz de detectar un colapso emocional antes de que Helen lo reconociera.
Maya era todo lo que Helen no era a primera vista.
Alta, delgada, con el cabello oscuro recogido en una coleta impecable y unos labios pintados de un rojo que parecía tener agenda propia, Maya siempre entraba en una habitación como si hubiera sido invitada personalmente por el destino.
Llevaba un traje gris perla, unos pendientes dorados pequeños y una expresión de alerta divertida.
Miró la manga manchada de Helen.
—¿Café o sangre?
—Café.
—Bien. La sangre habría complicado más el ambiente.
Helen dejó su carpeta sobre la mesa.
—He hablado con Alan Bryce en el ascensor.
Maya parpadeó.
—¿Hoy?
—Hace siete minutos.
—¿Y?
—Le he dicho que tiene cara de llegar diez minutos antes a cualquier sitio.
Maya dejó caer lentamente el bolígrafo.
—Helen.
—No quería decirlo.
—Eso no mejora nada.
—Luego me ha llamado por mi nombre.
—Eso tampoco mejora nada.
—Y me ha dicho que corra.
Maya se inclinó hacia ella.
—¿Ha usado exactamente esas palabras?
—Más o menos.
—Entonces, por lo que conozco del señor Bryce, has sobrevivido.
—Qué alivio. Voy a celebrarlo cuando encuentre trabajo en otra ciudad.
La puerta se abrió.
La conversación murió.
Lillian Price entró con una carpeta negra bajo el brazo. Detrás de ella llegaron varios responsables de marketing, producto, comunicación internacional y dirección creativa.
Por último, apareció Alan Bryce.
Helen intentó no mirarlo.
Fracasó.
Alan se sentó en la cabecera de la mesa. No necesitó hacer nada para que todos enderezaran la espalda.