Capítulo 38
El otoño llegó casi sin que me diera cuenta.
Quizás porque estaba demasiado ocupada siendo feliz.
No era una felicidad espectacular ni de esas que aparecen en las películas con música épica de fondo. Era algo mucho más sencillo. Mucho más importante.
La felicidad de los días normales. De los mensajes de buenos días. De las videollamadas a cualquier hora. De las bromas compartidas. Y de saber que, pasara lo que pasara durante la semana, el viernes acabaría viendo a Iván.
Porque no falló ni uno.
Por razones de trabajo, él continuaba en Madrid, impartiendo clase, pero eso no le impedía que nos viéramos.
A veces llegaba agotado después de corregir cantidad de exámenes.
Otras, después de comerse una caravana a la salida de la capital.
En alguna ocasión incluso apareció en Salamanca con una gripe monumental que lo tenía medio muerto.
—Estás enfermo.
—Apenas es nada…
—Deberías haberte quedado en tu casa.
—Estoy en mi casa.
Siempre me dejaba sin respuesta.
Me había pillado un coqueto apartamento de alquiler para poder disfrutar de la intimidad con él en esos fines de semana, puentes y demás ocasiones en las que pudiéramos estar a solas.
Una tarde estábamos paseando por la ribera del Tormes cuando me soltó la noticia.
—Ya he pedido el traslado para el curso que viene y parece que las expectativas son buenas.
Me detuve.
—¿En serio?
—Todavía no hay nada seguro.
—Iván…
—Pero voy a insistir.
—¿Para Salamanca?
—Para Salamanca, contigo. Siempre contigo.
Me quedé mirándolo. Sentí un nudo en la garganta, porque sabía perfectamente lo que significaba. Aquella no era una decisión pequeña. Era una decisión de futuro.
Y ambos lo sabíamos.
Le di un beso de tornillo.
Mientras ese traslado se fraguaba, los fines de semana se llenaron de desayunos tardíos, películas que nunca terminábamos porque acabábamos haciendo el amor como locos, cenas improvisadas y discusiones tontas sobre quién había dejado los calcetines tirados.
Normalidad.
La maravillosa normalidad.
Y cuando noviembre empezó a acercarse a diciembre, las conversaciones comenzaron a girar inevitablemente alrededor de la Navidad.
Una tarde estaba en casa de mi madre ayudándola a decorar cuando me lanzó la pregunta.
—¿Qué vais a hacer estas fiestas?
—Comer.
—Alba.
—Y beber.
Ella negó con la cabeza.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Mi madre soltó una risa. Después se quedó pensativa.
—Me gustaría que las pasáramos todos juntos.
Levanté la vista.
—¿Todos?
—Todos.
Hizo una pausa.
—Podríamos invitar a Enrique e Inés.
Sonreí.
El padre de Iván e Inés se habían convertido en habituales de nuestras reuniones familiares desde el verano. Y la verdad era que resultaban encantadores.
—Me parece una idea estupenda.
Mi madre asintió.
—Cuantos más seamos, mejor.
Guardé silencio unos segundos, pensando, dándole vueltas.
Hasta que finalmente hablé.
—¿Y papá?
Ella dejó una caja de adornos sobre la mesa.
—¿Tu padre?
—Sí.
Mi madre no respondió inmediatamente.
—No espero que volváis. Ni mucho menos. Eso se acabó. Lo sé.
Ella me observó.
—Pero…
—Lo veo triste. Mucho. En la empresa apenas habla. Llega, trabaja y se marcha.
Respiré hondo.
—Y no quiero que pase la Navidad solo.
El silencio se prolongó unos segundos. Mi madre miró por la ventana, pensativa, serena, muy distinta de la mujer que había sido años atrás.
Finalmente sonrió.
—Entonces invítalo.
Flipé.
—¿Sí?
—Claro que sí.
—¿No te importa?
—Una cosa es que no quiera volver con él. Y otra muy distinta que quiera verlo solo durante las fiestas.
Sentí una enorme ternura por ella, porque aquella respuesta demostraba exactamente cuánto había cambiado. Ya no había resentimiento, ni dependencia, ni expectativas.
Solo paz.
Mi madre recogió una bola de Navidad y la colocó cuidadosamente en el árbol.
—Fue una parte muy importante de mi vida. Y sigue siendo tu padre. Eso nunca cambiará.
Sonreí.
—Te quiero mucho.
—Me lo merezco.
—Y eres increíble.
—Soy la caña.
Aquello me obligó a lanzarle un cojín.
Ella se echó a reír.
Y yo también.
Aquella misma noche llamé a Iván para contárselo.
—¿Tu padre también estará?
—Sí.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si juntamos a tu padre, al mío, a tu abuelo, a Julia y a Noelia, que me has dicho que suele aparecer tras la cena…
Guardó silencio un instante.
—…las probabilidades de supervivencia son mínimas.
—Idiota.
—Realista.
Me tumbé en el sofá sonriendo.
Y mientras hablábamos sobre menús, invitados, regalos y cenas interminables, comprendí que aquellas Navidades serían completamente distintas a todas las anteriores.
No habría tensión, ni secretos, ni mentiras, ni personas fingiendo ser quienes no eran.
Solo una familia imperfecta, reconstruida, extraña por momentos, pero unida.
Y, mientras escuchaba la voz de Iván al otro lado del teléfono, tuve la sensación de que lo mejor todavía estaba por llegar.