Epílogo
Un año después, me casé con Iván en el jardín de la casa familiar de los Roldán y, contra todo pronóstico, nadie acabó detenido.
Aunque cerca estuvo.
Para entonces, Iván ya había conseguido el traslado a Salamanca y vivíamos juntos en un chalé precioso a las afueras, con porche, jardín y una cocina enorme que Croqueta había declarado oficialmente territorio suyo desde la primera vez que mi madre la trajo de visita.
La casa me la regaló mi padre el mismo día en que le dije que, pese a todo, quería que fuera mi padrino.
Fernando Roldán lloró.
Mi padre lloró.
—No lo estropees diciendo nada —le advertí.
—No iba a decir nada.
—Papá.
—Vale. Iba a decir algo.
La madrina fue Inés, por supuesto, aunque Julia intentó disputarle el puesto durante semanas con argumentos cada vez más delirantes.
—Yo no tengo hijos —repetía—. Al menos que yo sepa. Y el muchacho no tiene madre. Qué mejor apaño.
—Julia, no puedes ser madrina por descarte biológico.
—Eso lo dices porque tienes madre.
La boda fue en casa porque Noelia, en su versión wedding planner con poderes sobrenaturales, decidió que ningún sitio iba a ser más bonito que aquel jardín lleno de memoria, risas y heridas cerradas con torpeza, pero cerradas al fin.
Cubrió los árboles de luces cálidas, llenó el camino hacia el altar de flores blancas y silvestres, colgó cintas de lino entre las ramas y colocó fotografías antiguas en pequeños marcos dorados: mis abuelos, mis padres jóvenes, Iván de niño con los suyos, Noelia y yo con uniforme del colegio y Croqueta con cara de heredera enfadada.
—Esto es mágico —le dije cuando lo vi.
—Lo sé.
—Y humilde.
—La humildad no combina con mi vestido.
Y tenía razón. Noelia iba espectacular, con un diseño verde esmeralda que parecía hecho para entrar en una habitación y quedarse con todo el oxígeno disponible.
Además, llevaba un auricular escondido, una tableta, tres pintalabios, una aguja, hilo, imperdibles y, según Julia, «la actitud de una generala con pestañas postizas».
Mi vestido era justo lo que había soñado sin saberlo: romántico, fluido, de manga larga transparente con delicados bordados florales, escote suave, cintura marcada y una falda ligera que se movía conmigo.
La espalda tenía una hilera de botones diminutos y un encaje tan bonito que mi madre se echó a llorar al verme.
Y en el pelo, por supuesto, llevaba el magnífico pasador que me regaló Clara, con quien había hablado unos días antes y que se alegró muchísimo de que lo luciera. Ella también había rehecho su vida.
—Estás deslumbrante —murmuró mi madre.
—Mamá…
—Y feliz.
Eso me hizo sonreír, porque sí, lo estaba.
Mi madre también estaba preciosa. Apareció del brazo de Gabriel, su nueva pareja y director del hospital, un hombre guapísimo, educado y tan encantado con ella que mi padre pasó media ceremonia intentando no mirarlo demasiado.
Mis padres habían aprendido a quererse desde otro sitio: sin matrimonio, sin reproches, sin falsas esperanzas.
Con una ternura extraña, madura, que a veces dolía un poco y otras veces sanaba muchísimo.
Mi padre, por su parte, estaba recuperado, elegante y peligrosamente dispuesto a demostrar que seguía en el mercado.
—No ligues en mi boda —le advertí antes del comienzo.
—No pensaba hacerlo.
—Papá, que te conozco.
—Vale. Pensaba hacerlo con discreción.
El abuelo estaba imposible. Feliz, nervioso y empeñado en supervisarlo todo desde su silla, como si aquella ceremonia dependiera exclusivamente de su capacidad para detectar errores milimétricos.
—Esa silla está torcida.
—Abuelo, son invitados, no piezas de ajedrez.
Y luego estaba Croqueta, con aires de protagonista absoluta.
Noelia decidió que llevaría los anillos en un pequeño cojín atado al arnés, con un lazo blanco ridículamente elegante.
La teoría era ideal. La práctica consistió en Croqueta saliendo demasiado pronto, desviándose hacia una bandeja de jamón y provocando que Julia gritara:
—¡El jodido chucho nos desmonta el bufé!
Iván se dobló de la risa en el altar.
Yo también.
Así que entré hacia él riéndome. No caminando solemne, no conteniendo lágrimas, sino riéndome, del brazo de mi padre, con el vestido moviéndose entre las flores, el jardín lleno de luces y el hombre de mi vida esperándome con los ojos brillantes.
—Estás… —empezó Iván cuando llegué.
—Cuidado.
—¿Qué?
—Como digas «preciosa» con tono de profesor sensible, lloro.
Sonrió.
—Estás en serios problemas conmigo.
—Mucho mejor.
La ceremonia fue maravillosa y caótica. Enrique lloró antes que nadie. Inés le pasó un pañuelo y acabó llorando también. Julia, sentada en primera fila, murmuró que ella habría sido una madrina «con más empaque», y Rosario amenazó con sacarla del recinto usando los centros de mesa si no se callaba.
Cuando llegó el momento de los votos, Iván me miró con esa calma suya que seguía siendo mi lugar favorito.
—Prometo no volver a dejar que nadie decida por nosotros —dijo, mientras mi padre asentía en silencio, sabedor de que no existía mejor hombre para mí en el mundo—. Prometo verte siempre con los mismos ojos. Y prometo quererte en voz alta todos los días que me dejes.
Respiré hondo antes de responderle.
—Prometo no volver a confundir paz con costumbre. Prometo elegirte sin miedo, discutir contigo con humor y dejar que me mimes aunque luego diga que eres un pesado. Y prometo recordar siempre que volver a ti no fue mirar atrás, sino encontrar por fin mi sitio.
El beso fue largo, muy largo, tanto que el abuelo acabó carraspeando.
—Tampoco hace falta consumar el matrimonio delante de todos.
La fiesta fue una explosión. Hubo música, luces, mesas llenas de flores, cócteles con nombres inventados por Noelia y un rincón de fotos llamado «antes de que todo se torciera», que ella tuvo que rebautizar como «finalmente felices» porque mi madre casi la estrangula.
Croqueta apareció en la mitad de las fotografías. En una incluso salía con mi ramo.
—Se cree protagonista —opinó Iván.
—No se cree. Lo es.
Mi padre bailó con mi madre una canción lenta. Solo una. Gabriel los miró con una sonrisa tranquila, sin celos ni incomodidad. Después Fernando se acercó a él, le dio la mano y le dijo algo que no llegué a escuchar, pero mi madre lloró un poco, así que supuse que había sido algo bueno.
Noelia terminó bailando con un grupo considerable de invitados masculinos a la vez.
Julia consiguió que el camarero le guardara una caja de champán «para emergencias de madrugada».
El abuelo brindó diciendo que aquella familia había sobrevivido a muchas cosas, pero que ninguna tan peligrosa como la organización de Noelia.
Y yo bailé con Iván ya de madrugada, bajo las luces del jardín, con los zapatos en la mano, el pelo algo suelto y el corazón tan lleno que casi no me cabía en el pecho.
—¿Eres feliz? —me preguntó.
Miré a mi alrededor. A mi madre riendo. A mi padre intentando ligar con una prima lejana de alguien. A Noelia dirigiendo la pista como si fuera la dueña del planeta. A Croqueta roncando en un rincón. Al abuelo dando órdenes desde su silla.
Después lo miré a él.
—Muchísimo.
Iván me besó la frente.
—Entonces ya está.
Y sí.
Por una vez, después de tantos años, tantas pérdidas y tantos desvíos, todo estaba exactamente donde tenía que estar.