Capítulo 37
La vuelta a España fue mucho menos triste de lo que había imaginado.
Quizás porque Iván viajaba sentado a mi lado.
Quizás porque Noelia no dejó de hablar durante prácticamente todo el vuelo.
O quizás porque, aunque ninguno había puesto nombre a lo que estaba ocurriendo, los dos sabíamos que algo había cambiado.
Y que era bueno.
Muy bueno.
No éramos una pareja. Al menos no oficialmente. Nadie había pronunciado esa palabra, nadie había hecho preguntas al otro y nadie había pedido explicaciones. Simplemente nos habíamos acostumbrado a estar juntos de nuevo, y resultaba tan natural que ni siquiera parecía necesario definirlo.
Cuando aterrizamos en Madrid, Iván me quitó la maleta de las manos antes de que pudiera protestar.
—Puedo llevarla yo.
—No lo dudo.
—Entonces…
—Pero la llevo yo.
—Mandón.
—No tanto.
Sonreí, y aquella sonrisa se mantuvo prácticamente todo el trayecto de vuelta a casa.
Entonces Noelia intervino.
—Pues, si no te importa, lleva la mía también.
Allí, en Madrid, nos despedimos hasta el siguiente fin de semana, pues Iván tenía allí su vida y su trabajo, aunque estaba de vacaciones.
La verdadera prueba de fuego llegó cuando crucé la verja de mi casa.
Julia fue la primera en verme y casi me tira al suelo del abrazo.
—¡Mi niña!
—Hola, Julia. Yo también me alegro de verte.
—Estás negra como un conguito.
—Es que vengo de Bali.
—A mí no me des envidia cochina, que te hago vudú.
—Deja, deja… Que bastante mala suerte tuve ya.
—Pero eso ha cambiado, ¿no? A mí no me engañas, tú has estado con alguien en Bali. ¿Alquilaste un maromo? ¿Eso se puede hacer?
—¡Que no!
—¿Que no lo has hecho o que no se puede hacer?
El abuelo apareció en su silla, mi madre detrás y luego Rosario, secándose las manos y acercándome un vaso con limonada, como si, en vez de Bali, viniera del desierto del Sáhara.
Por último llegó Croqueta, que corrió hacia mí y me miró con devoción, quizá pensando que le traía algún regalo en forma de hueso.
Entonces llegó el momento de sincerarme.
Les conté lo ocurrido: mi sorpresa ante la aparición de Iván, la confesión inicial que nos hicimos y lo poco que terminamos cumpliéndola.
No deseaba ocultar que había pasado las vacaciones conmigo. Bastante nos habíamos escondido ya durante nuestra primera relación de juventud. Me sentía muy cerca de él y me disponía a presumir de ello.
—Bueno —comentó Julia—. Menos mal que ninguno de los dos quería nada con el otro.
Casi me atraganté con la limonada.
—Julia, no me das tregua…
—No te hace falta. Tú sabes latín, te las apañas la mar de bien solita.
Mi madre observaba la escena con una sonrisa tranquila. Muy tranquila.
Y cuando por fin consiguió hablar, lo hizo mirándome directamente.
—Estás feliz.
Parpadeé.
—Claro que lo estoy, mamá.
—No.
Negó suavemente.
—No es eso.
Guardó silencio unos segundos.
—Has recuperado la mirada.
La casa quedó en silencio.
—¿Qué mirada?
Mi madre sonrió. Una sonrisa nostálgica, cargada de recuerdos.
—La de la adolescente enamorada que fuiste.
No supe qué responder, porque sentí que ella me veía de verdad. Y porque sabía exactamente a qué se refería.
Volví al trabajo al día siguiente.
La rutina me esperaba: los informes, las reuniones, los correos acumulados. Todo parecía exactamente igual y, sin embargo, me sentía distinta. Mucho más ligera. Mucho más tranquila.
Estaba revisando unos documentos cuando llamaron a la puerta.
Mi padre.
Lo vi entrar y comprendí inmediatamente que algo había pasado. Tenía peor aspecto que nunca.
Se sentó frente a mí y permaneció en silencio durante varios segundos.
—¿Qué ocurre? Si quieres saber si me lo he pasado bien, te diré que genial.
Se pasó una mano por la cara.
—Me alegro por ti, hija. De corazón.
—¿Y a ti qué te pasa?
—He roto con Elsa.
—Vaya. Pues sí que te ha durado un suspiro. No daba un euro por vosotros, lo confieso, pero tan pronto…
—La despedí también.
Eso sí me sorprendió.
—¿Qué ha pasado?
Mi padre bajó la mirada. Parecía avergonzado. De verdad.
—Perdió el bebé hace unos días, al poco de marcharte.
Sentí una punzada de pena. Pese a todo, no le deseaba el mal a ninguna mujer, y menos en relación con un tema así.
Él asintió lentamente.
—La acompañé al hospital.
Guardó silencio.
—Y allí descubrí algo.
Esperé.
—La escuché hablando con otro hombre.
Lo observé.
—¿Y?
—También mantenía una relación con él.
No dije nada.
Mi padre soltó una risa amarga.
—Por lo visto, ni siquiera sabía cuál de los dos era el padre.
El despacho quedó completamente en silencio.
Vi a mi padre derrotado. No enfadado. No orgulloso. Derrotado. Como un hombre que acababa de comprender demasiadas cosas demasiado tarde.
—Lo siento.
Y lo sentía. De verdad. Porque, aunque se hubiera equivocado mil veces, seguía siendo mi padre.
Él asintió.
—Echo de menos mi casa y mi familia.
—Papá…
—Echo de menos a tu madre.
Cerró los ojos un instante.
—Echo de menos todo.
No supe qué decir, porque comprendía perfectamente lo que sentía. Pero también conocía la otra parte de la historia.
—¿Crees que podría perdonarme?
La pregunta sonó amarga. Y fue probablemente la más difícil que me había hecho jamás.
Respiré hondo.
—No.
No se enfadó ni protestó. Simplemente bajó la mirada.
—Lo imaginaba.
—Mamá ha cambiado. No sabes cuánto. Ha aprendido a vivir sin ti, ha aprendido a ser feliz, ha aprendido a ser fuerte. Y, aunque te quiera de una manera distinta, ya no es la mujer que se quedaba esperando.
Mis palabras parecían dolerle, pero siguió escuchando.
—Fuiste tú quien le enseñó a ser así. Con tu indiferencia, con tus decisiones, con todo lo que pasó.
Guardó silencio.
Largo.
Muy largo.
—Supongo que tienes razón.
Asentí.
—Tendrás que vivir con las consecuencias. No te juzgo, ni te odio, ni voy a dejar de quererte. Eres mi padre. Pero no puedo ayudarte en esto, porque ya no depende de mí.
Sus ojos se humedecieron ligeramente, y aquella imagen me impresionó más que cualquier otra cosa.
—¿Eres feliz?
La pregunta llegó de repente.
Sonreí, sin poder evitarlo.
—Sí. Estoy con Iván.
No pareció sorprenderle. En el fondo, era como si lo estuviera esperando.
Pensé en Iván. En Bali. En nuestras llamadas diarias. En los mensajes. En las risas. En lo fácil que resultaba todo cuando estaba cerca.
Y volví a sonreír.
—Estoy enamorada de él. Enamorada de nuevo, si es que alguna vez dejé de estarlo.
Mi padre cerró los ojos un segundo, como si aquella frase confirmara algo que llevaba mucho tiempo sospechando. Después asintió lentamente, y entonces vi aparecer una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios.
Triste.
Pero sincera.
—Entonces me alegro.
Y, sorprendentemente, supe que decía la verdad.