Capítulo 36
La última noche en Bali empezó exactamente como tenía que empezar: con Noelia sembrando el caos.
Cuando llegamos a la fiesta de la playa, el lugar parecía sacado de un sueño. Decenas de farolillos colgaban entre las palmeras, la música sonaba junto al océano y las mesas estaban iluminadas por pequeñas velas que se reflejaban sobre la arena.
Apenas habíamos llegado cuando Noelia desapareció.
Otra vez.
—¿Cuánto tardará en encontrar a otra de sus víctimas? —preguntó Iván.
Miré el reloj.
—Treinta segundos.
—Optimista.
—Veinte.
No llegamos ni a quince. La vimos al otro lado de la barra, riéndose con un australiano enorme.
—Récord personal —comentó Iván.
—Ni siquiera ha pedido una bebida.
—No la necesita.
Nos echamos a reír.
Mi amiga era un fenómeno paranormal.
La noche avanzó entre cócteles, música y conversaciones distendidas. En un momento dado, Noelia apareció acompañada por todos sus ligues juntos y parecía estar pasándoselo mejor que cualquiera de ellos.
—No hagáis esa cara. Los tengo domesticados.
—¿Qué cara? —le pregunté—. Si ya nos tienes acostumbrados. Creo que hasta el director del hotel saldrá a despedirte mañana.
—O más bien a pedirme que me quede, si sabe lo que le conviene. ¿O no te parece que soy todo un reclamo?
Uno de los chicos intentó decir algo en español. Lo hizo tan mal que Noelia acabó llorando de la risa.
La discreción no era su fuerte.
Más tarde acabamos bailando. Primero nosotros, luego grupos enteros de desconocidos y después prácticamente media fiesta.
Noelia estaba enseñando bulerías a unos turistas ingleses que parecían convencidos de que aquello era una disciplina olímpica.
Y el caso es que mi amiga tampoco sabía flamenco, pero su capacidad para meterse en líos era legendaria.
Cantaba, bailaba y gesticulaba a la vez. Era un espectáculo en sí misma.
Las horas pasaron.
Y yo me sentí feliz.
Simplemente feliz.
Sin pensar en el pasado, sin preocuparme por el futuro. Solo allí. Solo viviendo.
En algún momento terminé apoyada contra la barra junto a Iván mientras observábamos a Noelia bailar con un entusiasmo completamente injustificado.
—Está muy loca.
—No sabes cuánto.
—¿Y si la dejamos aquí?
—Creo que Bali nos la compra.
—Y nos paga además.
Volví a reír.
Ya ni recordaba cuántas veces había reído aquellos días, y quizás eso era lo más bonito de todo. Durante demasiado tiempo había olvidado cómo sonaba mi propia felicidad.
La noche siguió avanzando.
Los cócteles también.
Y llegó un momento en que la fiesta empezó a difuminarse ligeramente en los bordes. No por tristeza. Por alcohol.
—Tengo una noticia —anunció Noelia.
—Miedo me das.
—He tomado una decisión.
—Peor todavía.
Se apoyó sobre mi hombro.
—Creo que voy a acostarme con todos a la vez.
Iván escupió parte de su bebida.
Yo negué con la cabeza.
—¿Con todos quiénes?
—Con todos mis ligues, a modo de despedida apoteósica.
—Noelia, no te conozco.
—Ni falta que me hace.
Nos remató.
—Vosotros dos podéis bajar a la playa, en vuestra línea romántica, y liaros.
—¡A la orden, mi teniente! —exclamé, haciéndole el saludo militar.
—Es mi último acto de servicio público antes de retirarme.
Y desapareció otra vez entre la multitud.
No volvimos a verla.
Iván y yo nos quedamos observando el mar. La música seguía sonando detrás de nosotros, las luces bailaban entre las palmeras y, de pronto, ninguno tuvo ganas de seguir allí.
—¿Caminamos? —me preguntó, aunque en realidad ambos pensábamos en hacerle caso a la loquilla.
Asentí.
Salimos de la fiesta poco a poco, dejando atrás la música y las voces, hasta que solo quedaron las olas, la luna y aquella luz enorme que parecía iluminar toda la playa.
La arena estaba fresca bajo mis pies descalzos, la brisa olía a sal y el océano se extendía frente a nosotros como una inmensa superficie plateada.
Caminamos despacio, sin prisas. Durante varios minutos no hablamos. Nos limitamos a cogernos de las manos, porque a veces el silencio correcto resulta más íntimo que cualquier conversación.
Sentía la presencia de Iván junto a mí, la seguridad de saber que estaba allí, y me sorprendió darme cuenta de cuánto necesitaba algo tan simple después de Marcos, después del miedo, después de todo.
—Gracias.
Iván giró la cabeza.
—¿Por qué?
—Por aceptar la invitación de Noelia.
—No podía perdérmela.
Nos detuvimos cerca de la orilla. Las olas llegaban hasta nuestros pies antes de retirarse lentamente.
Me giré hacia él.
Y entonces ocurrió algo precioso.
No fue un impulso ni una decisión repentina. Fue algo mucho más suave, más lento.
Nuestros ojos se encontraron y permanecieron allí, como si ambos estuviéramos preguntando lo mismo. Como si ninguno quisiera apresurar nada. Como si después de tantos años mereciéramos hacerlo bien.
Iván levantó una mano despacio y rozó mi mejilla.
Esperó.
Y yo sonreí, muy ligeramente, lo suficiente.
Lo vi acercarse, sentí mi respiración acelerarse y después llegaron sus labios, suaves, cálidos, familiares.
El beso comenzó despacio, sin urgencia, sin necesidad de demostrar nada. Solo dos personas que llevaban demasiado tiempo esperando encontrarse otra vez.
Lo abracé y él me rodeó con los brazos, mientras la luna seguía brillando sobre el agua, las olas continuaban rompiendo cerca de nosotros y el mundo parecía reducirse a aquel instante.
Aquel beso.
Aquella sensación de paz.
Porque eso era lo que sentía: paz. No nervios, no miedo, no incertidumbre. Paz.
La certeza de estar exactamente donde quería estar.
Apoyé la frente contra la suya, cerré los ojos y durante un momento permanecimos así, respirando el mismo aire, escuchando el mar y compartiendo un silencio lleno de todo aquello que no necesitábamos decir.
Después me llevó de la mano hasta una pequeña zona apartada donde las luces de la fiesta ya no llegaban.
Solo quedaban la luna, el mar y nosotros.
La arena era suave bajo nuestros pies descalzos y las olas rompían cerca, con ese sonido constante que parecía envolverlo todo.
Cuando nos detuvimos, me giré hacia él. Iván me observó en silencio, como si quisiera asegurarse de que estaba allí de verdad. Como si todavía le costara creerlo.
Yo sentía exactamente lo mismo.
—Creo que estoy intentando memorizarte —susurró.
Aquello me hizo bajar la mirada. No por vergüenza, sino por emoción. Porque después de todo lo que había pasado, después de tantos años y tantos errores ajenos, seguía mirándome así.
Como si fuera la única persona del mundo.
Sus labios volvieron a encontrar los míos. Él me rodeó con los brazos y me acercó más a su cuerpo.
Aquello fue lo que más me sorprendió. No el deseo, ni la emoción, sino la seguridad. La tranquilidad de saber que podía bajar todas las defensas, que no tenía que vigilar cada palabra, que no tenía que justificarme, que no tenía que sentir miedo.
Sentí sus manos recorriendo mi espalda con suavidad mientras seguíamos besándonos. La brisa movía mi pelo, el mar seguía respirando a nuestro alrededor y el tiempo pareció detenerse.
Durante un instante simplemente permanecimos así, respirando el mismo aire, escuchando las olas, sintiendo la cercanía del otro.
Y comprendí algo que llevaba demasiado tiempo sin entender: el amor no debería doler, no debería dar miedo, no debería obligarte a caminar sobre cristales para evitar una discusión, ni hacerte sentir pequeña.
Con Iván nunca me había sentido así.
Ni entonces.
Ni ahora.
Él me acarició la mejilla con los nudillos. Después me besó la frente, la sien, la mejilla, y volvió a buscar mis labios con una ternura que terminó de romper todas las barreras que aún quedaban dentro de mí.
Lo abracé más fuerte y él respondió exactamente igual, como si tampoco quisiera soltarme, como si los años perdidos pesaran menos cuando estábamos así.
La luna iluminaba parcialmente la playa y las estrellas brillaban sobre nosotros. Mi vestido fue el primero en caer mientras mis manos le comenzaban a desnudar también, dejando su torso desnudo. Había urgencia en mis dedos.
Finalmente, no quedó ninguna prenda entre ambos. Y entonces él me tumbó, mirándome como quien observa una obra de arte, recreándose en cada destello de los que sus ojos me ofrecían.
Sus dedos recorrieron cada palmo de mi piel mientras su lengua se inclinaba sobre mis turgentes senos. La dureza y la rigidez de su miembro eran tan evidentes que mi corazón parecía saltar a la comba en el interior de ese pecho en el que él ya se estaba deleitando.
No me cabía ninguna duda de que me llevaría al clímax antes de penetrarme y así fue. Iván ahogó mis placenteros gemidos con sus labios, como si también quisiera poseerlos. Se notaba que su cuerpo echó de menos al mío. Se notaba que ambos queríamos fusionarnos con el otro.
Cuando por fin le tuve dentro fueron tantas las sensaciones reencontradas que un escalofrío me recorrió por entero mientras cada una de mis terminaciones nerviosas parecía potenciarse para él.
Nos movimos juntos bajo la luna, envueltos por el sonido de las olas y por una intimidad que parecía existir fuera del tiempo. Cada caricia, cada beso y cada respiración compartida nos recordó por qué un día habíamos sido tan importantes el uno para el otro.
Y también por qué, quizá, seguíamos siéndolo.
Más tarde nos alejamos caminando por la playa. La noche siguió envolviéndonos y, mientras las estrellas brillaban sobre Bali, comprendí que algunas personas tardan años en regresar.
Pero cuando lo hacen, todo encaja con una facilidad imposible de explicar.
Como si el corazón hubiera sabido el camino desde el principio.