Capítulo 35
La última mañana en Bali me desperté con una sensación distinta.
No era tristeza exactamente. Tampoco nostalgia. Era algo parecido a cuando terminas un libro que te ha gustado muchísimo y sabes que apenas te quedan unas páginas. Todavía estás dentro de la historia, todavía no has llegado al final, pero ya percibes que algo importante está a punto de finalizar.
Me quedé unos segundos tumbada, observando cómo la luz dorada del amanecer se filtraba por las cortinas de la villa. Las vacaciones habían pasado demasiado deprisa.
Noelia ya estaba despierta.
Lo supe porque escuché su voz desde la terraza.
—¿Estás viva?
—Más o menos.
—Perfecto. Levántate. Tengo hambre.
—Qué novedad.
—Y tú cara de drama.
—También qué novedad.
Cuando llegué a la terraza la encontré revisando mensajes en el móvil. Sonrió de forma sospechosa.
Mala señal.
Muy mala señal.
—¿Qué?
—Nada.
—Te conozco.
—Yo también me conozco.
—Noelia.
—Bueno…
Se encogió de hombros.
—Iván ha dicho que hoy desapareces.
—¿Perdón?
—Plan secreto.
—No me gustan los planes secretos.
—Mentira.
—Vale, sí me gustan.
—Pues claro que te gustan, chalada. Y si te los organiza él, mucho más.
Al poco apareció. Vestido con una camisa blanca y esa sonrisa adictiva que llevaba días alegrándome.
—Buenos días.
—Me han informado de que pretendes secuestrarme.
—Solo un poco.
—¿Debo preocuparme?
—Creo que no.
Noelia levantó la mano.
—Yo ya me despido.
—¿Dónde vas, loquita?
—Tengo planes.
—¿Con quién?
—No puedo responder porque ya no sé cuál es cuál.
Iván soltó una carcajada.
—Impresionante.
—Gracias.
Y desapareció dejándonos solos.
Otra vez.
Mi amiga merecía que le pusieran un monumento. O una orden de alejamiento de todos esos chicos. Todavía no lo tenía claro.
Iván me tendió la mano.
—¿Preparada?
—Depende.
—¿Para qué?
—¿Voy a sobrevivir?
—Probablemente.
—No me tranquiliza nada ese probablemente.
Durante las siguientes horas se negó a explicarme el plan. Me llevó primero a un pequeño pueblo junto al mar donde desayunamos café balinés y unos dulces que no supe pronunciar, pero que estaban increíbles.
Después caminamos entre mercados llenos de colores, incienso y flores. Compramos recuerdos para todos. Bueno, yo compré recuerdos para todos. Él se limitó a reírse mientras yo intentaba convencerlo de que una figura de madera representando una rana gigante era una inversión razonable.
—La necesito.
—No la necesitas.
—La rana me ha elegido.
—La rana está mal de la cabeza.
—Como tú.
La compré igualmente.
Por supuesto.
Después, mientras él cargaba con mis bolsas, me condujo a un lugar donde alquiló una pequeña embarcación privada.
—¿Qué hacemos aquí?
—Confía en mí.
—No sé si terminará bien.
—Mentira. Sí que lo sabes.
—Bueno… Más te vale.
Navegamos durante horas. La costa fue desapareciendo poco a poco hasta convertirse en una línea lejana. El mar brillaba bajo el sol, el cielo parecía más grande que en cualquier otro lugar del mundo y el viento hacía bailar algunos mechones de mi pelo.
Me senté en la proa e Iván se acomodó a mi lado. Durante varios minutos, ninguno de los dos habló.
Me sorprendió que supiera manejar la embarcación, pero llegué a la conclusión de que tantos años no habían pasado en vano y de que había muchas cosas del otro que nos habíamos perdido.
El caso era que, pese a lo que le confesé sobre no sentirme preparada para una nueva relación, tenía muchas ganas de conocer cada detalle de esos años en mi ausencia.
—Voy a echar esto de menos.
La certeza escapó sola.
Él no apartó la vista del horizonte.
—Yo también.
—No me apetece que esto acabe.
—Ni a mí.
—Podríamos quedarnos aquí.
—Perfecto.
—¿Y de qué viviríamos?
—Podrías vender novelas.
—Yo no sirvo para escritora.
—Entonces yo vendería la rana.
—Prefiero ponerme a escribir.
—Qué cariño le has cogido.
—Me suele pasar con los bichos. Hasta a ti te lo tengo.
Me eché a reír.
Y aquella risa volvió a quedarse flotando entre nosotros, como tantas otras durante aquellos días.
La tarde empezó a caer poco a poco. El barco se acercó a una pequeña cala prácticamente desierta, con arena blanca, palmeras y agua transparente. Parecía una fotografía.
Saltamos al agua, nadamos y nos tumbamos sobre la arena. Cuando el sol empezó a descender hacia el horizonte, Iván se puso en pie.
—Ven.
—¿Dónde?
—Confía en mí.
—Me paso el día confiando…
—Eso me gusta.
—Espero no tener que arrepentirme.
—No te arrepentirás.
Lo seguí hasta una pequeña elevación rocosa situada junto a la playa, desde donde se veía toda la bahía.
Y también el atardecer.
Dios mío, el atardecer.
Creo que jamás había visto algo tan bonito. El cielo parecía incendiarse poco a poco: naranjas, dorados, rosas, violetas, todo mezclado sobre el océano como si alguien hubiera derramado pintura sobre el horizonte.
Durante varios segundos fui incapaz de hablar.
—Es precioso.
—Menos que tú.
Volví la cabeza para mirarlo.
Y entonces me di cuenta de que él no estaba observando la puesta de sol.
Me estaba observando a mí.
Sentí algo importante en el pecho. Una especie de vértigo suave. De esos que no asustan. De esos que invitan a dar un paso adelante.
—¿Qué?
Iván sonrió. La sonrisa se amplió y durante unos segundos permanecimos así, mirándonos, sin bromas, sin risas, sin nadie más alrededor.
Solo nosotros.
El mar.
Y aquella luz imposible bañándolo todo.
Sentí que el corazón empezaba a latirme con fuerza por la certeza de que, si él se acercaba un poco más, yo no iba a apartarme.
Iván debió de pensar algo parecido, porque dio un paso. Muy pequeño.
Yo no retrocedí.
Otro más.
Tampoco.
La brisa movió mi pelo. El sol siguió descendiendo lentamente detrás del océano.
Y entonces me acarició la mejilla con una suavidad infinita. Como si me estuviera preguntando algo. Como si quisiera darme la oportunidad de decidir.
Y esta vez nadie iba a decidir por mí. Ni mi padre, ni el miedo, ni los años perdidos, ni las dudas.
Solo yo.
Sonreí muy despacio y fui yo quien terminó de recorrer la distancia.
El beso comenzó suave, inseguro apenas un instante, y después todo encajó con una naturalidad que me hizo cerrar los ojos.
Como volver a casa después de un viaje demasiado largo.
Como encontrar algo que había estado perdido durante años.
Como recuperar una parte de mí que ni siquiera sabía que seguía esperando.
Cuando nos separamos, ninguno habló inmediatamente.
La puesta de sol continuaba derramándose sobre el océano. El mar seguía respirando a nuestro alrededor.
Y no sentí miedo del futuro.
Porque mientras Iván entrelazaba sus dedos con los míos y el último rayo de sol desaparecía en el horizonte, tuve la sensación de que algunas historias tardan años en encontrar el momento adecuado.
Pero cuando por fin lo hacen…
Todo merece la pena.