Capítulo 34
Los días siguientes fueron una auténtica locura.
De las buenas.
De esas que no planeas, que no buscas y que, cuando llegan, te preguntas por qué demonios no aparecieron antes en tu vida.
Creo que la clave estuvo en que ninguno intentó convertir aquellas vacaciones en algo más de lo que eran.
No hubo conversaciones de esas que ponen al otro entre la espada y la pared, no hubo definiciones y tampoco expectativas.
Simplemente vivimos. Y, después de los últimos meses, aquello ya era muchísimo.
La mañana siguiente a encontrarme con Iván en Bali apareció Noelia en el desayuno con un trikini espectacular, una sonrisa misteriosa y el teléfono móvil lleno de mensajes.
—Tengo tres números.
Iván y yo levantamos la vista al mismo tiempo.
—¿Tres qué? —pregunté.
—Tres candidatos.
—¿Tres a falta de uno?
—Las oportunidades hay que aprovecharlas cuando aparecen.
Iván se llevó la taza a los labios.
—Me das miedo.
—Normal. Pero tranquilo, que esto no se pega. Alba es mucho más convencional.
—Guapa, que lo has dicho como si eso equivaliera a aburrido.
—Un poco —bromeó ella.
—Eres de lo que no hay. ¿Y quiénes son tus víctimas?
Noelia comenzó a enumerarlos con los dedos.
—Un instructor de submarinismo australiano, como era el plan. Un chef francés. Y un empresario italiano que parece salido de una serie de Netflix.
—Qué loca estás.
—No me juzguéis.
—No podemos evitarlo.
—Pues haced cola.
Aquello solo fue el principio, porque durante los siguientes días mi mejor amiga pareció proponerse conocer a media población masculina de Bali. Y lo peor era que todos parecían encantados de conocerla a ella.
Un día desaparecía durante horas con el sueco. Al siguiente cenaba con el italiano. Dos noches después regresó a la villa acompañada por el australiano, que era altísimo y parecía haber nacido en el agua.
—No pienso preguntar —le advertí.
—Perfecto. Porque tampoco pienso responder.
Iván observó cómo desaparecían juntos.
—Creo que va a volver casada.
—Creo que va a volver con tres maridos.
—Y un restaurante francés.
—Y una escuela de buceo.
—Y una granja de canguros.
Acabamos doblados de la risa.
La realidad era que Noelia nos estaba dando espacio. Muchísimo espacio. Y yo lo sabía. Por supuesto que lo sabía.
Pero tampoco pensaba protestar.
Porque, en compañía de Iván, me sentía feliz.
Feliz de verdad.
Los días empezaron a adquirir una rutina extraña y maravillosa.
Nos levantábamos tarde, desayunábamos frente al mar, pasábamos horas enteras en la piscina, visitábamos playas que parecían irreales y caminábamos por la arena mientras el agua nos rozaba los tobillos y el horizonte parecía no terminar nunca.
Y, entre una cosa y otra, Iván se convirtió oficialmente en nuestro asistente personal.
Sobre todo en el mío.
—Tengo sed.
Tres minutos después aparecía con un zumo helado.
—Hace muchísimo calor.
Regresaba con una toalla fría.
—Creo que necesito algo dulce.
Volvía con fruta recién cortada.
—Te estoy explotando.
—A tope.
—Podría acostumbrarme a esto.
—Cielos, no sé si me compensa.
—¿Y no piensas hacer nada al respecto?
Iván se acomodó en una tumbona.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo vocación de servicio.
—Mentira.
Sonrió con amplitud.
—Porque me gusta verte sonreír.
Aquello consiguió que me quedara callada durante varios segundos.
—Qué manipulador eres.
—No me compares con Noelia.
—Ella es incomparable.
—Doy fe.
—No eres notario, no puedes hacerlo. Aunque habrías servido para notario, listillo.
Le tiré una almohada directamente a la cabeza.
Él se echó a reír.
Y yo también.
Todo era así: fácil, natural, como si los años no hubieran existido, como si nunca hubiéramos tenido que separarnos, como si todavía fuéramos aquellos dos adolescentes capaces de pasarse horas hablando de cualquier tontería.
No había contacto físico entre nosotros, no nos habíamos besado ni nada parecido, pero nos convertimos en inseparables y eso nos recordaba a los que fuimos en el pasado.
Una tarde alquilamos unas motos para recorrer la isla.
Bueno.
Iván alquiló una moto.
Yo me negué rotundamente a conducir nada. Ni siquiera me planteaba montar.
—No pienso subirme ahí.
—No seas miedica.
—He visto vídeos.
—¿Y?
—Todos terminan mal.
—¿Qué dices? Si no es una actividad nada peligrosa. Esos vídeos son para meter miedo en el cuerpo a la gente.
—Pues objetivo conseguido. Además, que bastante miedo paso ya cuando voy con la loca en el coche. Eso sí que es deporte de riesgo.
Insistió tanto que acabé sentada detrás de él, sujetándome a su cintura e intentando convencerme de que no iba a morir.
—Si sobrevivo a esto, quiero una medalla.
—Te compraré una.
—De oro.
—Chapada.
—Tacaño.
Aquella tarde recorrimos carreteras rodeadas de arrozales interminables, pequeños templos cubiertos de flores y pueblos donde todo parecía transcurrir a otro ritmo.
Y durante todo el trayecto no dejé de sonreír. Ni siquiera cuando me di cuenta de que llevaba media hora abrazada a Iván.
Por las noches las cosas se volvían todavía más divertidas.
Salíamos sí o sí.
El complejo organizaba fiestas junto a la playa, conciertos al aire libre y cenas bajo las estrellas. Otras veces cogíamos un taxi y nos marchábamos a explorar locales escondidos entre jardines tropicales.
Bailábamos.
Muchísimo.
Bebíamos.
También muchísimo.
Y regresábamos a la villa cuando ya empezaba a amanecer.
Una noche terminé enseñando sevillanas a un grupo de turistas alemanes completamente perdidos. Otra acabamos corriendo por la playa bajo una tormenta tropical. Y una especialmente memorable terminó con Noelia intentando convencer a un camarero de que la adoptara una familia balinesa.
—Estoy agotada de trabajar.
—Noelia…
—Necesito una vida contemplativa.
—Tú no sabes contemplar nada.
—Precisamente por eso necesito practicar.
Iván casi se cayó de la silla de la risa.
Yo tampoco podía respirar.
Aquellas vacaciones tenían algo que no sabía explicar. No era solo Bali, ni las playas, ni los cócteles, ni las puestas de sol. Era la sensación de haber recuperado una parte de mí misma que llevaba demasiado tiempo desaparecida.
Una mañana me desperté y me di cuenta de algo.
No había pensado en Marcos en dos días. Dos días completos. Ni en la boda, ni en los insultos, ni en la carretera, ni en el miedo.
Solo había pensado en qué playa visitaríamos después, en qué tontería diría Noelia durante el desayuno y en si Iván conseguiría sobrevivir a otro día de explotación laboral intensiva.
Aquella simple constatación me dejó inmóvil unos segundos, porque comprendí que estaba dejando atrás muchas cosas.
Por fin.
Esa tarde estábamos tumbados junto a la piscina principal del complejo. Noelia había desaparecido misteriosamente otra vez.
—¿Con cuál está hoy? —pregunté.
—He perdido la cuenta.
—Yo también.
—Creo que la ha perdido hasta ella.
El sol empezaba a descender lentamente sobre las palmeras, la música sonaba melódica a nuestro alrededor y durante unos segundos me limité a observar el agua.
Después miré a Iván y descubrí que él también estaba mirándome. No apartó la vista. Yo tampoco.
Y entonces sentí algo extraño, algo que llevaba demasiado tiempo dormido. No era amor simple y llano, o al menos todavía no quería llamarlo así. Era tranquilidad. Era confianza. Era la sensación de estar exactamente donde quería estar.
Respiré hondo y comprendí que no tenía miedo al futuro, porque, ocurriera lo que ocurriera cuando regresáramos a España, ya no era la misma mujer que había subido aterrada al coche de Marcos.
Y eso, quizás, era el mejor regalo que Bali podía hacerme.