Capítulo 33
Durante unos segundos me limité a mirarlo.
No porque no supiera quién era, como es evidente. Precisamente porque lo sabía demasiado bien.
El ruido de la piscina, las conversaciones de los huéspedes y la música suave que sonaba a lo lejos parecieron difuminarse alrededor, como si Bali entero hubiera decidido quedarse en pausa solo para que yo pudiera asimilar que Iván Pardo estaba sentado en la tumbona de al lado.
Iván sonrió y repitió, como si pensara que quizá no me había enterado:
—Hola, Alba.
Parpadeé varias veces.
—No.
Él levantó una ceja.
—¿No?
—No.
—Es una respuesta muy incompleta.
—No puede ser.
—Eso ya es una frase entera.
Me puse de pie tan deprisa que casi tiré el cóctel.
—¿Qué haces aquí? Es increíble.
Iván abrió las manos.
—Pues, sentado.
—¡Iván!
Y entonces se levantó él también.
No sé cuál de los dos dio el primer paso. Probablemente los dos. Cuando me di cuenta, estaba abrazándolo.
Y durante un instante olvidé Bali, olvidé a Marcos, olvidé la boda cancelada y olvidé absolutamente todo. Solo existía aquella sensación cálida de volver a encontrar algo que llevaba demasiado tiempo perdido.
Cuando nos separamos, seguía sujetándome por los hombros.
—Te prometo que yo también me alegro de verte.
—No entiendo nada.
—Eso lo noto.
—¿Cómo has llegado aquí?
—En avión.
—Iván.
—Vale, vale.
Sonrió.
—Un pajarito me llamó.
Me crucé de brazos.
—Ese pajarito tiene nombre y apellido.
—Puede ser.
—Y probablemente es una pija loca que conduce para matarse.
—También puede ser.
—Y una capacidad de manipulación preocupante.
—Eso es bastante posible.
Justo entonces apareció Noelia.
O, mejor dicho, salió de detrás de una enorme planta tropical situada a pocos metros, porque no era cierto que hubiera ido al baño. Obvio que lo había avisado y después se había quitado de en medio con la elegancia de una criminal reincidente.
La señalé.
—¡Lo sabía! Estás detrás de todo esto, cabrita.
Noelia levantó ambas manos.
—Antes de que me juzgues, quiero recordar que he hecho muchísimo por tu felicidad.
—¿Estabas escondida?
—Técnicamente, estaba supervisando.
—¡Estabas escondida detrás de una planta!
—Todo por verte feliz.
—¡Noelia!
Iván estaba intentando no reírse. Sin éxito.
—¿Sabes lo incómodo que es permanecer agachada detrás de una planta durante diez minutos? —protestó ella—. Tengo una contractura moral.
—Eres imposible.
—Y tú demasiado lenta para darte cuenta.
La miré con los ojos entrecerrados.
—¿Cuándo te planteaste hacerle caso a esta loca, Iván?
—Cuando recibí su llamada suplicante —bromeó él.
—¿Suplicarle yo a un tío? La llevas clara, chaval.
—Tranquila, no me pegues, fiera —le pidió él, a la defensiva.
Noelia soltó una carcajada. Luego nos miró alternativamente, después volvió a mirar la piscina y, por último, otra vez a nosotros.
—Bueno.
—O malo, pero ya está hecho —repliqué.
—Sí. Y ahora voy a desaparecer de puntillas.
—No hace falta —le contestamos al unísono.
—Hace muchísima falta. Sobre todo a mí, que prefiero ligar a estar de sujetavelas. Ya que tú no estás interesada en ningún australiano, me agenciaré uno para mí, Albita.
Se inclinó hacia mí.
—Además, he visto uno espectacular cerca del bar y considero mi deber patriótico investigarlo.
Y antes de que pudiera detenerla, se alejó por el paseo de piedra con una sonrisa sospechosamente satisfecha.
La observé desaparecer.
Luego me giré hacia Iván.
—Os odio.
—Lo sé.
Volvimos a sentarnos.
Por primera vez pude observarlo con calma. Parecía el mismo y al mismo tiempo completamente distinto. Había algo más sereno en él, más seguro, menos dispuesto a esconder lo que pensaba.
Él me observaba exactamente igual.
—Estás guapísima, Alba. Te veo bien.
Puse los ojos en blanco.
—No me halagues, que no sabes de lo que vengo.
—Era una observación objetiva. Pero sí lo sé.
—Noelia de nuevo. Menuda bocachancla.
—Para confiarle un secreto igual no es, pero una gran amiga, seguro que sí.
Acabamos riéndonos los dos.
Y aquella risa hizo desaparecer gran parte de la tensión.
Durante la siguiente media hora hablamos como dos personas que llevan toda la vida viéndose sin interrupciones: del viaje, de Bali, de Noelia y sus planes criminales, del abuelo, de Julia, de Croqueta, de Enrique, su padre, que ya estaba sano y salvo en su casa.
Y finalmente, inevitablemente, de Marcos.
El humor se apagó un poco.
No del todo.
Solo lo suficiente.
—Lo dejé.
Iván asintió despacio.
—Noelia me contó que no resultó ser quien tú creías que era.
—Resultó ser un sapo.
—Lo siento, de verdad.
—Y yo que pensaba que era un príncipe azul.
Iván hizo una mueca.
—Los príncipes azules están sobrevalorados.
—¿Ah, sí?
—Muchísimo.
—¿Y tú qué eres?
Se apoyó contra el respaldo.
—Yo tampoco soy príncipe.
—Eso ya lo sabía. Si lo hubieras sido, mi padre habría actuado de otra manera.
—Quería alguien que estuviera a la altura de los Roldán. No le culpes más. Ya pasó.
—Eres un genio de las matemáticas. Y bueno, un buen tío, de verdad. Otro le odiaría.
—No es que sienta afecto por tu padre, como es lógico dadas las circunstancias, pero tampoco sé vivir con odio.
Nos sonreímos.
El silencio que siguió no resultó forzado. Era tranquilo, cálido, como si lleváramos años teniendo aquella conversación pendiente.
Finalmente respiré hondo.
—Voy a decirte una cosa.
—Dispara.
—No estoy para empezar ninguna relación, Iván, por mucho que Noelia igual te haya dicho que…
Iván tardó exactamente medio segundo en responder.
—Tranquila, yo tampoco.
Me dejó perpleja.
—¿Seguro?
—Seguro. También acabo de salir de un noviazgo.
Se quedó mirándome.
—Y tú has pasado por demasiado en muy poco tiempo.
Asentí.
—Y necesito ordenar muchas cosas.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Claro.
—No parece la respuesta normal.
—Porque no soy normal. Eso ya deberías saberlo.
Negué con la cabeza.
—Entonces ¿qué hacemos?
Iván sonrió.
Aquella sonrisa.
La misma que tantos años atrás siempre terminaba metiéndome en problemas.
—Pues unas vacaciones divertidas.
—¿Solo eso?
—Solo eso.
—¿Y si te echo del complejo?
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque ya estoy aquí.
—Ese argumento es horrible.
—Pues entonces porque te lo pido.
—No me pongas ojitos, que eso no te valdrá como en el pasado. Ya no soy aquella niña.
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—Lo veo. Pero, además, puedo ser útil.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto.
—Sorpréndeme.
—Puedo hacer de guía turístico. He hecho los deberes antes de venir y me conozco todos los alrededores gracias a internet.
—Mmm.
—De guardaespaldas.
—No está mal.
—De fotógrafo.
—Aceptable.
—De catador oficial de cócteles.
—Como buen matemático que eres.
—Y si la situación lo requiere —adoptó una expresión solemne—, puedo hacer de camarero personal.
—¿Camarero?
—Te traeré bebidas, toallas, helados, lo que necesites.
—Qué generoso.
—Soy un hombre de servicio.
—Mentira.
—Sí. La verdad es que sí.
Acabé riéndome otra vez.
Y mientras el sol lucía sobre las palmeras y el complejo rebosaba color y alegría, comprendí que era la primera vez en muchísimo tiempo en la que no estaba pensando en lo que había perdido.
Solo en lo bien que me lo estaba pasando.
Y eso, después de todo lo ocurrido, ya parecía un pequeño milagro.