Capítulo 32
Noelia apareció en mi casa dos días después con gesto explosivo, una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que solo podía significar dos cosas: o había resuelto una crisis mundial o acababa de crear una todavía más grande con purpurina.
—Tengo una noticia —anunció desde el recibidor, sin esperar a que nadie le preguntara nada.
Julia, que venía del pasillo empujando la silla del abuelo, la miró de arriba abajo.
—Si estás embarazada también, me tiro por la ventana del patio.
Noelia se quitó las gafas de sol con una lentitud de influencer .
—No, Julia. Mi útero sigue fuera de la trama principal, gracias por preguntar.
El abuelo soltó una risilla y mi madre apareció detrás de mí con la expresión prudente de quien ya no se fiaba de ninguna noticia desde hacía una semana.
—¿Qué ha pasado ahora?
Noelia levantó la carpeta.
—He conseguido cambiar los billetes de la luna de miel.
Volteé los ojos.
—¿Qué?
—Los de Maldivas. Los he peleado con la agencia, con la aerolínea, con el seguro, con una señora llamada Susana que al principio me odiaba y al final me ha deseado buen viaje. No preguntes cómo. Hay cosas que deben quedar entre una wedding planner desesperada y Dios.
—Noelia…
—Nos vamos a Bali.
La miré sin entender.
—¿Quiénes?
—Tú y yo, evidentemente. A menos que Croqueta tenga pasaporte, en cuyo caso lo metemos en una maleta y que sea lo que la vida quiera.
Croqueta, al oír su nombre, levantó la cabeza desde la alfombra.
—No puedo irme a Bali —murmuré.
—Claro que puedes.
—Tengo trabajo.
Noelia soltó una carcajada.
—Cariño, tu padre acaba de descubrir que casi te casa con un psicópata de catálogo premium y que su novia está embarazada por sorpresa. Si se atreve a no darte vacaciones, le planto una pancarta en la entrada de la empresa que diga: «Fernando Roldán, explotador».
A mi madre los ojos le hicieron chiribitas.
—Además —añadió Noelia, más suave—, te hace falta irte. Nos hace falta irnos. Un sitio lejano. Paradisíaco. Con piscina. Con playa. Con cócteles. Con gente a la que le pasen cosas fantásticas para que se nos pegue algo.
El abuelo levantó una mano.
—Apruebo la moción.
Julia aplaudió.
—Y yo también. Pero que conste que, si te lías con un balinés, quiero foto antes de darle el visto bueno.
Esa misma tarde hablé con mi padre.
Entré en su despacho con el cuerpo preparado para discutir, pero él apenas levantó la vista de unos papeles antes de asentir.
—Por supuesto que puedes irte.
Su respuesta me descolocó tanto que tardé en responder.
—¿Por supuesto?
—Sí. Lo mejor que puedes hacer ahora es marcharte unos días.
Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Te vendrá bien alejarte de todo esto.
Yo no sabía muy bien qué hacer con aquella versión de mi padre. La antigua habría hablado de responsabilidades, de imagen, de compromisos pendientes. La nueva parecía más comprensiva y dispuesta a actuar como un padre antes que como un CEO.
—También quiero que sepas una cosa —continuó—. He hecho llegar a Marcos un mensaje muy claro. Si intenta seguirte, acercarse a ti o acosarte igual que hizo con Candela, esta vez no va a bastarle con una orden de alejamiento. Entrará en la cárcel.
Me quedé mirándolo.
—¿Lo has amenazado?
—Lo he informado de las consecuencias legales.
—Qué elegante.
—Sé que te he defraudado, Alba. Pero que vaya a formar otra familia no implica que me olvide de ti.
—Gracias.
La palabra salió pequeña, pero sincera.
Mi padre bajó la mirada.
—Ojalá hubiera hecho las cosas bien desde el principio.
No respondí. No estaba preparada para perdonarlo, pero tampoco quería negar lo que acababa de hacer. Así que asentí y salí de allí con una sensación extraña, casi nueva: la de no saber si el hombre que había destruido una parte de mi vida empezaba, tarde y torpemente, a intentar proteger otra.
Unos días después, Noelia y yo nos largamos.
No hubo despedida en el aeropuerto, aunque Julia insistió en meterme en el bolso una estampita y una caja de condones. Desde luego, el contraste era grande.
Mi madre me abrazó durante mucho rato, el abuelo me pidió que le mandara fotos «con tu sonrisa más luminosa» y Croqueta se quedó mirándome con una ofensa tan evidente que prometí comprarle un juguete para compensar el abandono.
El viaje fue largo, pero Noelia lo convirtió en una especie de expedición de supervivencia con revistas, chocolatinas, mascarillas hidratantes y comentarios sobre todos los pasajeros del avión.
Cuando aterrizamos en Bali, el aire húmedo y cálido nos envolvió de golpe.
El cansancio se mezclaba con una emoción rara, viva, que se me subía al pecho cada vez que veía algo nuevo por la ventanilla del coche: templos de piedra cubiertos de musgo, ofrendas pequeñas con pétalos de colores, motos avanzando entre el tráfico con una naturalidad imposible y campos verdes que parecían no terminar nunca.
El complejo era mucho más impresionante de lo que imaginé.
Estaba construido entre vegetación tropical, con villas blancas y madera oscura repartidas entre senderos de piedra, estanques llenos de flores de loto y palmeras altísimas que se movían despacio con la brisa.
La recepción era abierta, sin paredes, sostenida por columnas talladas y cubierta por un techo de fibras naturales. Olía a incienso suave, a jazmín y a fruta recién cortada. Nos recibieron con collares de flores y una bebida fría de color dorado que Noelia probó con solemnidad antes de susurrarme:
—No sé qué es, pero si esto lleva magia, firmo.
Nuestra villa tenía una piscina privada pequeña, una cama enorme con dosel, un baño de piedra con ducha exterior y una terraza que daba a un jardín donde el verde parecía tener cien tonos distintos.
Durante unos minutos no dijimos nada. Solo caminamos de una estancia a otra, abriendo puertas, tocando cortinas y riendo sin motivo.
—Esto es mejor que una luna de miel —murmuró Noelia al final.
La miré.
—Mil veces mejor.
El primer día decidimos no hacer nada. Ni excursiones ni templos ni planes de esos que requieren madrugar y llevar calzado cómodo.
Solo desayunamos frente a un estanque donde nadaban peces naranjas, dormimos una siesta de dimensiones históricas y bajamos por la tarde a la piscina principal del complejo, una lámina infinita de agua turquesa rodeada de tumbonas blancas, sombrillas de lino y camas balinesas con cojines enormes.
El sol empezaba a bajar y teñía el cielo de rosa, dorado y naranja. Había música suave, camareros moviéndose entre las tumbonas y parejas que parecían salidas de un anuncio de perfume sofisticado.
Noelia se tumbó a mi lado con un bikini negro, un sombrero enorme y la dignidad de una viuda millonaria recién llegada a reclamar una herencia.
—Necesito un cóctel con sombrillita —anunció.
—Tú necesitas terapia.
—También, pero aquí empiezan por el cóctel.
Pedimos dos bebidas con nombres imposibles. La mía llevaba mango, lima y algo que sabía a vacaciones. La de Noelia era rosa, dulce y peligrosa.
—Por nuestra luna de miel sin novio —brindó.
Choqué mi vaso con el suyo.
—Por eso.
Bebimos en silencio durante un rato y caí en que mi cabeza no estaba corriendo hacia ningún desastre. Marcos parecía lejos. Mi padre parecía lejos. Incluso Iván, pese a seguir en algún rincón de mí, parecía envuelto en una distancia más amable.
Noelia se incorporó de pronto.
—Voy al baño. No te muevas, que este sitio es maravilloso, pero te pierdes y acabas casada con un surfista australiano.
—Tampoco sería lo peor que me ha pasado este mes.
—Cierto. Pero déjame elegirte al surfista.
Se marchó entre las tumbonas con su pareo ondeando detrás.
Me quedé mirando el agua. El reflejo del atardecer se movía sobre la superficie con destellos dorados. Cerré los ojos un instante y dejé que el calor me acariciara la piel, que el sonido de la piscina, las voces bajas y la música suave ocuparan el espacio donde antes solo había miedo.
Oí que alguien se sentaba en la tumbona de al lado.
Sonreí sin abrir los ojos.
—Has tardado poco. ¿Has encontrado el baño o has sobornado a alguien para que te traiga otro cóctel?
No hubo respuesta.
Abrí los ojos.
Giré la cabeza.
Y el mundo, de pronto, se detuvo.
No era Noelia.
Iván estaba sentado a mi lado, con una camisa clara, el pelo algo revuelto por la humedad y esos ojos celestes clavados en mí con una mezcla de sorpresa, cautela y algo tan intenso que me dejó sin voz.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Solo existieron Bali, el atardecer, el agua brillante entre nosotros y aquella imposibilidad sentada en la tumbona donde debía estar mi mejor amiga.
Iván tragó despacio.
—Hola, Alba.
Y no supe si aquello era un milagro o la broma más asombrosa que el destino había decidido gastarme.