¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 31
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Capítulo 31

La noticia del embarazo de Elsa explotó en casa igual que un petardo en mitad de una biblioteca.

Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada.

Mi madre permaneció con la cafetera en la mano y una expresión tan desconcertada que parecía haber olvidado incluso cómo respirar.

El abuelo dejó el periódico sobre las rodillas y me observó por encima de las gafas, mientras Julia, que estaba pelando unas manzanas para hacer una tarta, se quedó con el cuchillo suspendido en el aire.

Rosario estaba de vacaciones en su pueblo y Julia echaba una mano en la cocina por decisión propia, puesto que la otra había dejado el frigorífico tan lleno que costaba cerrarlo.

—Perdona, ¿qué acabas de decir? —preguntó mi madre.

—Que Elsa está embarazada.

La cafetera aterrizó sobre la encimera con un golpe seco.

—No puede ser.

—Pues parece que sí.

El abuelo carraspeó.

—¿Y Fernando sabe cómo ha pasado o todavía anda investigándolo?

Julia soltó una carcajada.

—¡Ay, Antonio! ¡Ni que tu hijo fuera tonto!

—¿Y tú lo dudas?

Mi madre seguía completamente descompuesta.

—No doy crédito. De verdad que no doy crédito. Después de todo lo que ha pasado, después del daño que ha hecho a esta familia…

Julia dejó las manzanas y se apoyó en la encimera.

—Bueno, también te digo una cosa. A ciertas edades la gente compra caravanas o hace puenting . Tu exmarido ha decidido tener otro hijo, Mercedes. Cada uno se busca los problemas como quiere.

Hasta el abuelo sonrió.

—No me creo que mi hijo lo haya buscado. Al bebé, me refiero. Lo de los problemas, lo ha buscado a pulso.

—Pues tienes razón, abuelo. Creo que Elsa se la ha jugado.

—Si es que en el fondo, es idiota. Y en la forma también, ¿será posible? Si esa chica es todavía una mocosa.

—Y quería traerla a mi boda, abuelo.

Julia empezó a santiguarse.

—Que alguien me acerque un abanico que me va a dar un vahído.

El abuelo negó despacio.

—Al final, tendré que hacerme con esa escopeta.

Las tres nos echamos a reír pese al desastre, porque aquella mezcla absurda entre indignación y humor era muy nuestra.

Mi madre seguía sin salir de su asombro.

—No sé quién me sorprende más. Si Fernando o su secretaria.

—La secretaria es muy viva.

Miramos a Julia.

Ella se encogió de hombros.

—Ha pescado un empresario millonario con un bombo exprés. Torpe no es.

Mi familia no pasaba por su mejor momento y, a pesar de ello, la unión entre los que seguíamos en casa era inquebrantable, hasta el punto de que aquel era el único lugar donde me sentía a salvo.

En los días siguientes, intenté refugiarme en el trabajo, porque la rutina siempre había sido mi mejor escondite.

Lo mejor de todo era que no tenía que cruzarme con Elsa, ya que, al parecer, las náuseas la tenían recluida en la casa que compartía con mi padre.

No me alegraba por eso, pero sí por no tener que verla.

Aquella mañana, apenas llevaba media hora revisando unos contratos cuando alguien llamó a la puerta.

Ni siquiera esperó respuesta.

Mi padre entró despacio.

Me limité a observarlo. Tenía peor aspecto que de costumbre. El traje impecable seguía ahí, pero había desaparecido esa seguridad arrogante que siempre lo acompañaba.

Apoyé la espalda en la silla.

—Vaya. El futuro papá.

No sonrió.

—Necesitamos hablar.

—¿Otra vez? ¿Qué pasa ahora? ¿Son gemelos? Ahora sí que tienes tiempo para mí. ¿Hasta cuándo?

Cerró la puerta, se sentó frente a mi mesa y, durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

Finalmente, dejó una carpeta marrón sobre el escritorio.

—Estoy preocupado por ti.

No pude evitar una sonrisa cargada de ironía.

—Qué emocionante.

No reaccionó. Se limitó a empujar la carpeta hacia mí.

—He mandado investigar a Marcos.

Le miré fijamente.

—Siempre tan mafioso.

—Llámalo como quieras.

Abrí la carpeta y encontré informes privados, fotografías, anotaciones y copias de denuncias archivadas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué es esto?

Mi padre bajó la mirada.

—Cuando me contaste lo que te había hecho, no pude dormir. Necesitaba saber quién era realmente ese hombre.

Pasé las hojas lentamente: fechas, direcciones, testimonios, relaciones anteriores.

Todo empezaba a dibujar una imagen completamente distinta a la del hombre ideal que todos habíamos conocido.

—Tiene un historial de relaciones muy conflictivas. No siempre terminaban en denuncias, pero sí en amenazas, insultos, persecuciones y comportamientos obsesivos.

Levanté la vista.

Mi padre parecía derrotado.

—Lo siento mucho.

No supe qué responder.

Él continuó.

—Creí que era un hombre brillante, educado y estable. Pensé que eras feliz. Me equivoqué.

Sus palabras me dejaron huella, porque jamás había escuchado a mi padre reconocer un error.

—Iván no era así.

La frase salió sin pensar.

Él cerró los ojos un instante y después asintió muy despacio.

—No. No lo era. Yo fui quien se equivocó.

Sentí un nudo en la garganta.

Había esperado tanto tiempo aquella confesión que, cuando por fin llegó, apenas encontré fuerzas para disfrutarla.

Mi padre sacó una fotografía del interior de la carpeta. En ella aparecía una mujer morena, de sonrisa amplia y ojos claros.

—Se llama Candela. Fue su última pareja estable. También quiso casarse con ella en pocos meses. También parecía perfecto, hasta que dejó de serlo.

Me quedé observando la fotografía, con la sensación de que había algo familiar en su expresión.

Quizás el cansancio.

Quizás el miedo.

—Creo que deberías hablar con ella.

Candela aceptó recibirme aquella misma tarde.

Vivía en un piso pequeño lleno de plantas, libros y luz. Cuando abrió la puerta, comprendí inmediatamente por qué Marcos se había fijado en ella.

Transmitía dulzura.

La misma dulzura que seguramente también había visto en mí.

Nos sentamos frente a frente con dos tazas de café y, durante unos minutos, hablamos de cualquier cosa.

Hasta que ella misma rompió el silencio.

—¿Qué quieres saber de Marcos? Supongo que ya ha tratado de joderte la vida.

Asentí.

Candela sonrió con tristeza.

—Al principio era maravilloso. Siempre empiezan así. Era atento, divertido, caballeroso. Tenía detalles preciosos, me escribía veinte veces al día para decirme que me quería, me llevaba flores y me recogía del trabajo. Todo el mundo decía que era el novio perfecto.

Bajó la mirada hacia la taza.

—Y un día empezó a preguntarme por qué tardaba tanto en contestar un mensaje. Después, por qué un compañero me saludaba con tanta confianza. Luego, por qué llevaba falda. Y más tarde, por qué sonreía demasiado cuando hablaba con un camarero.

Escuchaba sin respirar.

Candela siguió hablando.

—Yo pensaba que eran inseguridades, que estaba muy enamorado, que cambiaría.

Pero cada semana aparecía una excusa nueva para enfadarse.

Si un primo me abrazaba, había problema.

Si iba a cenar con amigas, había problema.

Si tardaba diez minutos más en llegar a casa, había problema.

Y, cuando no encontraba ninguno —levantó lentamente la vista—, se lo inventaba.

Sentí un escalofrío.

—¿Te pidió matrimonio pronto?

Sonrió con amargura.

—A los cinco meses.

Yo asentía casi sin darme cuenta.

Era exactamente igual.

Candela respiró profundamente.

—Cuando terminé la relación, comenzó el infierno.

No justo al principio, ahí me dio algo de tregua, pero sí en los meses siguientes.

Me esperaba delante del trabajo, me seguía, me llamaba desde teléfonos distintos, aparecía en el gimnasio, en casa de mis padres, en cualquier sitio.

Tuve que denunciarlo y me concedieron una orden de alejamiento.

El silencio volvió a instalarse entre las dos mientras yo notaba las manos completamente heladas bajo su mirada atenta.

—¿A ti qué te hizo?

Miré por la ventana y la imagen de aquella carretera volvió de golpe.

—Me subió al coche, condujo a toda velocidad mientras me insultaba y me dejó tirada en mitad de ninguna parte.

Comencé por ahí y luego se lo conté todo al detalle.

Ella cerró los ojos despacio. No parecía sorprendida, solo profundamente triste.

Se levantó, rodeó la mesa y me tomó la mano.

—Escúchame muy bien: no fue culpa tuya. Ni del silencio sobre Iván, ni de una llamada, ni de un abrazo, ni de una conversación pendiente. Marcos siempre necesita una excusa para explotar.

»Si no hubiera sido Iván, habría sido un compañero de trabajo, un vecino, un camarero, un perfume o una mirada. Siempre aparece algo, porque el problema nunca está delante. Siempre vive dentro de él.

Las lágrimas empezaron a caer sin remedio.

Durante días había convivido con una sensación de culpa extraña, como si una parte de mí siguiera buscando el punto exacto en el que podría haber hecho algo distinto.

Y, de pronto, comprendí que no. Que tarde o temprano Marcos habría encontrado otro motivo, otro ataque de celos, otra sospecha absurda, otra justificación para mostrar quién era de verdad.

Salí del edificio caminando despacio. La tarde empezaba a caer sobre la ciudad y el aire olía a jazmín.

Respiré hondo.

Por primera vez desde aquella carretera secundaria, sentí que una parte enorme del peso que llevaba encima empezaba a desprenderse.

No había sido una mala prometida. No había provocado nada. Simplemente, me había cruzado con un hombre que escondía el monstruo detrás de una sonrisa de cine.

Y entenderlo, aunque doliera, era el primer paso para volver a respirar.