¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 30
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Capítulo 30

Dos días después volví a la empresa por primera vez.

Necesitaba ocupar la cabeza en algo que no fueran llamadas bloqueadas, conversaciones repetidas hasta el agotamiento o el recuerdo constante del rugido del motor de Marcos mientras el coche devoraba la carretera.

Había conseguido dormir algo más. No mucho, pero sí lo suficiente para fingir normalidad.

Recorría el pasillo que llevaba a mi despacho cuando escuché su voz.

—Alba.

Seguí caminando.

—Alba, espera.

No pensaba hacerlo, pero mi padre aceleró el paso hasta ponerse delante de mí.

Llevaba el traje impecable de siempre, el reloj caro de siempre y esa expresión solemne que utilizaba cuando estaba convencido de que el universo debía detenerse para escucharlo.

—Tenemos que hablar.

—Yo no.

Intenté rodearlo, pero él volvió a cortarme el paso.

—Es importante.

—Todo lo importante que tenías que decirme lo dijiste con tu actitud.

Su mandíbula se endureció.

Miró alrededor para comprobar que nadie prestaba atención y señaló la puerta de su despacho.

—Cinco minutos.

—No.

—Alba.

—He dicho que no.

Su voz descendió varios tonos.

—Entra.

Había algo extraño en su forma de mirarme. No era autoridad, sino nerviosismo.

Suspiré, cansada, y entré.

Él cerró la puerta tras nosotros y, durante unos segundos, permaneció de pie frente a la ventana, dándome la espalda.

La escena empezaba a parecer la de una mala película.

—¿Puedes decir ya qué ocurre?

Se giró despacio.

—Elsa está embarazada.

Tardé unos segundos en reaccionar.

—¿Qué?

—Vamos a tener un hijo.

El silencio llenó el despacho.

Después solté una carcajada completamente incrédula. No porque me hiciera gracia, sino porque aquello era demasiado absurdo.

El silencio llenó el despacho.

Después solté una carcajada completamente incrédula. No porque me hiciera gracia, sino porque aquello era demasiado absurdo.

—¿Me has obligado a entrar para contarme eso?

—Es tu hermano.

—O hermana.

—Sí.

Volví a reír, esta vez con un punto de locura.

—Increíble.

Mi padre dio un paso hacia mí.

—Quiero que entiendas que debemos aceptar esta nueva situación. Elsa pasará a formar parte de la familia y me gustaría que estuvieras presente en la boda.

Lo miré fijamente, sin saber si besarle la frente para comprobar que no tenía fiebre o llamar directamente a un psiquiatra.

—¿Qué boda?

Frunció el ceño.

—La tuya, naturalmente.

Entonces fui yo quien lo interrumpió.

—Ya, esa boda… Creo que estás poco enterado de los últimos acontecimientos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué has dicho?

—Que no me caso.

Se quedó perplejo.

—Ha sido Iván.

Negué despacio.

—No.

—Ese chico ha vuelto para destrozarlo todo otra vez.

Sentí un cansancio viejuno.

—Deja de culpar a Iván de todo.

—No pienso permitir…

—¡Pues vas a permitir exactamente lo que me dé la gana!

Mi voz resonó en las paredes y mi padre abrió mucho los ojos, porque jamás le había hablado así.

Respiré profundamente.

—¿Sabes por qué no me caso?

Esperó.

Y entonces las palabras salieron solas.

Le conté la discusión, los insultos, la velocidad, los adelantamientos, la carretera y el abandono. Cada detalle.

Mientras hablaba, fui viendo cómo el color desaparecía lentamente del rostro de mi padre.

Terminó sentado en la silla, con las manos unidas delante de la boca.

Cuando terminé, el despacho permaneció en silencio.

Él fue el primero en hablar, muy bajo.

—No te cases con ese hombre ahora ni nunca, hija. No podía imaginarlo.

Su consejo me dolió más de lo esperado, porque llegaba tarde. Muy tarde.

Le sostuve la mirada.

—La decisión estaba tomada antes de que me dieras permiso.

Bajó los ojos.

—Alba…

—No necesito tus consejos. Mi familia ya me ha dado todos los que necesitaba.

Se levantó despacio.

—Lo siento.

Negué.

—No. Lo que tú sientes es miedo.

Se quedó quieto.

—Quédate con Elsa y con ese bebé. Supongo que os haréis muy felices los dos.

Me dirigí hacia la puerta, pero antes de salir me giré.

—Por cierto. ¿Ese embarazo ha sido buscado?

Mi padre tardó unos segundos en responder.

—No. Pero…

Sonreí con una ironía que ni yo misma reconocía.

—Pues blanco y en vasija. Está clarísimo. Te la ha jugado y tú sigues tan ciego como siempre.

Salí sin darle tiempo a responder.

Las piernas me temblaban cuando crucé la recepción.

Unas horas después estaba sentada junto a Noelia en la terraza donde llevábamos media vida arreglando el mundo. Las sombrillas blancas se movían con el viento y la plaza estaba llena de gente paseando.

Delante de nosotras había dos cafés y unas raciones que Noelia insistía en llamar terapia psicológica.

Cuando terminé de contarle la conversación con mi padre, permaneció unos segundos en silencio.

Luego cogió un espárrago y lo levantó como si fuera una espada.

—Te juro que si algún día escriben un libro sobre tu familia, se convertirá en bestseller en cero coma.

No pude evitar reír.

Era la primera risa limpia en muchos días.

—¿Tú crees que Elsa lo ha hecho aposta? Porque estoy segura.

—No puedo jurarlo, pero tiene toda la pinta.

Me tapé la cara con las manos.

—Mi vida parece una telenovela turca.

—Con más presupuesto y más abogados.

Seguíamos riéndonos cuando una sombra se detuvo junto a la mesa.

Levanté la vista.

Marcos.

Estaba mucho más delgado. Las ojeras le marcaban la cara y tenía los ojos completamente rojos.

Me asombró verlo allí.

Él dio un paso.

—Alba, por favor. Solo cinco minutos. Necesito hablar contigo.

Noelia dejó el espárrago sobre el plato con una lentitud teatral.

Se levantó, cogió la botella de cristal del agua y la sostuvo delante de ella como si fuera un arma de defensa personal.

—Escúchame muy bien, campeón. O das media vuelta ahora mismo o te abro la cabeza con San Pellegrino con gas.

Marcos parpadeó.

—Solo quiero…

Noelia levantó la voz.

—¡Y además grito! ¡Pero grito muchísimo! Y aquí hay cincuenta jubiladas almorzando y deseando participar en un escándalo.

Varias señoras levantaron la cabeza desde las mesas cercanas, y una incluso empezó a quitarse las gafas de sol para mirar mejor. Noelia señaló a una de ellas.

—¿Ves a esa? Esa lleva todo el rato aburrida. Como grite, te hace un juicio popular antes del postre.

Marcos miró alrededor, consciente de que las miradas empezaban a clavarse sobre él. Dio un paso atrás, luego otro, y terminó alejándose a toda prisa por la plaza.

Noelia volvió a sentarse con absoluta dignidad y murmuró:

—Para una vez que me sirve haber visto diecisiete temporadas de series policiacas.

La miré unos segundos y acabé riéndome tanto que las lágrimas volvieron a salir.

Pero aquellas lágrimas ya no eran de miedo.

Por fin no lo eran.