¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 29
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Capítulo 29

Durante un rato no supe cuánto tiempo llevaba allí.

El frío se me había metido por las mangas, por el cuello de la camiseta y por un lugar mucho más hondo, imposible de tapar con las manos. La carretera seguía vacía casi todo el tiempo, salvo por algún coche que pasaba demasiado rápido y dejaba una ráfaga de aire y de miedo a su paso.

Cada vez que veía unas luces acercarse, me apartaba un poco más hacia el borde, sin saber si quería que alguien se detuviera o si me daba pánico que lo hiciera.

Al final, un coche gris redujo la velocidad unos metros más adelante y se detuvo en el arcén.

Me quedé paralizada.

La puerta del conductor se abrió y bajó un hombre de unos sesenta años, alto, con el pelo canoso y una expresión preocupada que, por algún motivo, me dio más ganas de llorar que todo lo anterior.

—¿Estás bien, hija?

Esa palabra, hija, me desarmó.

Negué con la cabeza, incapaz de decir nada, y él no intentó acercarse más de la cuenta. Se quedó a una distancia prudente, con las manos visibles y una expresión seria, pero amable.

—¿Quieres que llame a alguien?

Me llevé una mano a la boca.

—No tengo móvil. Ni bolso. No tengo nada.

El hombre miró alrededor, después volvió a fijarse en mí.

—Me llamo Fermín. No voy a hacerte daño. Si quieres, te dejo mi teléfono y llamas tú desde aquí. O te acerco a donde me digas. Lo que prefieras.

Aquella delicadeza terminó de romperme.

—Quiero ir a casa.

—Pues vamos a llevarte a casa.

Subí al coche con una mezcla de alivio y vergüenza.

Me abroché el cinturón con dedos torpes y Fermín arrancó despacio, sin hacer preguntas al principio, con una prudencia que me hizo cerrar los ojos un segundo.

La diferencia entre aquel coche y el de Marcos era tan brutal que casi dolía. Fermín conducía tranquilo, miraba la carretera y, de vez en cuando, me observaba de reojo con una preocupación que no invadía.

—¿Te han dejado aquí?

Asentí.

—Mi prometido.

La palabra salió deformada, y Fermín apretó los labios.

—Vaya.

Y entonces se lo conté.

No todo con orden ni con elegancia, ni con esa dignidad que una siempre imagina tener en los momentos importantes.

Se lo conté entre lágrimas, frases partidas y silencios en los que me tapaba la cara, empezando por la llegada de Marcos a casa, por cómo me había pedido que saliera un momento, por la discusión en el coche, por Claudia, por Iván, por los insultos, por la velocidad, por los adelantamientos imposibles y por el instante en que entendí que no estaba intentando asustarme por accidente, sino castigarme a propósito.

Fermín no me interrumpió. Solo murmuró alguna vez un «madre mía» muy bajo, o un «tranquila, ya pasó», aunque los dos sabíamos que no había pasado del todo.

Cuando terminé, me quedé mirando mis manos.

—No debería haberme subido a su coche.

—No empieces por ahí.

Le miré.

—Pero…

—No. Saliste de tu casa porque confiabas en tu pareja. Eso no es un delito ni una torpeza. Lo que ha hecho él sí tiene otro nombre bastante más feo.

Me mordí el labio para no volver a llorar.

—También es verdad que no le conté lo de Iván.

Fermín soltó un suspiro largo.

—Mira, hija, a veces uno puede equivocarse, callarse algo por miedo, por confusión o porque no sabe ni dónde tiene la cabeza. Eso se habla. Se discute. Incluso se rompe una relación si hace falta.

»Pero no se insulta, no se mete a nadie en un coche para aterrorizarla y no se abandona a una mujer en una carretera sin teléfono.

Me limpié la cara con la manga.

—Me siento tan idiota.

—Pues no lo eres. Estás asustada y avergonzada, que es distinto. Y te lo digo con toda la seriedad del mundo: los hombres de tu vida tienen que quererte mejor.

La frase me golpeó por dentro, y Fermín suavizó la voz.

—Eso es lo que le diría a mi hija si la tuviera.

—¿No tiene hijos?

—Tengo uno. Un hijo maravilloso, algo desastre para el orden, pero maravilloso.

A pesar de todo, se me escapó una risa pequeña, mojada de lágrimas.

—Pues igual me interesa.

Fermín sonrió.

—Sería un orgullo para mí, pero hay un problema. Mi hijo es gay.

Me reí otra vez, esta vez un poco más de verdad, aunque me doliera la garganta.

—Entonces nada. Tendré que conformarme con que me haya salvado su padre.

—Y yo con no tener una nuera como tú, que ya me estaba viniendo arriba.

Cuando por fin llegamos a casa, Fermín esperó a que abrieran la puerta.

El abuelo apareció primero, pálido, en la silla, seguido de mi madre, Noelia y Julia.

Sus caras cambiaron al verme. Mi madre corrió hacia mí, Noelia se llevó las manos a la cabeza y Julia soltó una frase que habría sido cómica en cualquier otro momento.

—¡Virgen bendita, niña, traes cara de haber discutido con Satanás y de haberle ganado por puntos!

Me eché a llorar.

Después, todo ocurrió deprisa y lento a la vez.

Mi madre me abrazó sin preguntarme nada durante varios minutos.

Noelia le dio las gracias a Fermín tantas veces que él terminó ruborizado.

El abuelo, desde su fragilidad reciente, quiso ponerse en pie para ir a buscar a Marcos con una furia que nos obligó a sentarlo otra vez.

Rosario preparó una tila «con refuerzo moral», que básicamente consistía en echarle miel, limón y una cantidad ofensiva de indignación.

Cuando pude hablar, lo conté todo de nuevo.

Esta vez dolió más, porque ya no era una carretera oscura ni un desconocido amable. Era mi casa. Eran las personas que me querían mirándome con horror mientras yo pronunciaba en voz alta palabras que no deberían haber formado parte de mi vida: zorra, miedo, velocidad, abandonada.

El móvil no dejaba de iluminarse con llamadas de Marcos, una detrás de otra, hasta que empezaron a llegar también los mensajes.

Noelia lo cogió con cuidado.

—¿Quieres que lo bloquee?

Miré la pantalla y sentí una punzada absurda de culpa.

—No le conté lo de Iván.

Mi madre se sentó a mi lado y me tomó la cara entre las manos.

—Alba, escúchame bien. Nada de eso justifica lo que ha hecho.

—Pero tendría que habérselo dicho.

—Quizás. O quizás no estabas preparada. Pero una conversación pendiente no convierte a nadie en culpable de que otro se comporte así.

Noelia asintió, con los ojos brillantes.

—Esto no es una discusión de pareja, Alba. Esto es la red flag de tu vida. Una bandera roja tamaño estadio olímpico, con luces, banda municipal y Julia subida a una carroza gritando “huye, criatura”.

—Yo lo haría —apuntó Julia desde la puerta—. Y con confeti negro.

Me salió una risa rota.

Croqueta, que hasta entonces había estado dando vueltas inquieta por el salón, se subió al sofá y apoyó la cabeza sobre mis piernas.

Le acaricié las orejas con la mano temblorosa.

Ella soltó un resoplido pequeño, cálido, y se pegó más a mí, con esa lealtad sencilla de los animales que no preguntan lo que duele, solo se quedan cerca.

—No voy a casarme con él —murmuré.

Nadie pareció sorprenderse, y Noelia me apretó la mano.

—Por supuesto que no vas a hacerlo.

Mi madre respiró con un alivio que intentó ocultar, mientras el abuelo, desde su sillón, levantaba la barbilla.

—Si trata de convencerte de lo contrario, le doy un tiro con la escopeta de caza.

—Pero si tú no tienes escopeta de caza, Antonio —le recordó Julia.

—De momento…

—Sí, tienes tú el pulso para que te den el permiso de armas ahora.

—El pulso no sé, pero la puntería la iba a afinar, te lo aseguro.

El móvil volvió a encenderse con otra llamada.

Lo miré durante unos segundos. Después lo cogí, abrí el contacto de Marcos y pulsé bloquear yo misma.

Me tembló el dedo al hacerlo, pero lo hice.

Y cuando la pantalla se apagó, no sentí paz. Todavía no. Sentí miedo, culpa, vergüenza y una tristeza pegajosa que no sabía dónde colocar.

Tenía claro que, si Marcos me buscaba, era porque ya estaba arrepentido de su comportamiento. Pero todavía me quedaba suficiente lucidez para saber que aquello no era disculpable desde ningún punto de vista. Y que quien la hace una vez, la hace cien.

Croqueta suspiró sobre mis piernas. Noelia apoyó la cabeza en mi hombro, mi madre siguió sujetándome la mano y Julia apareció con una manta diciendo que iba a envolverme «por fuera y por dentro, si encontraba el modo».

Entonces comprendí que la boda se había terminado.

Y que, quizás, lo que empezaba después no era todavía libertad, pero se parecía mucho a sobrevivir.