¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

—Tu casa —repitió—. Qué curioso. Siempre vuelves a tu casa, a tu abuelo, a Noelia, a tu madre, a todo tu mundo idílico. Y yo tengo que encajar ahí, sonreír, organizar, soportar tus cuernos y hacer de prometido ejemplar mientras tú decides si prefieres al fantasma insulso de tu adolescencia.

—No eres una víctima.

Frenó de golpe y el cinturón volvió a cortarme la respiración.

El coche quedó atravesado en el borde de la carretera, junto a una entrada de tierra que se perdía entre árboles bajos. Durante unos segundos solo se oyó el motor encendido y mi respiración desordenada.

Marcos se volvió hacia mí.

Tenía la cara pálida y los ojos brillantes. La rabia no se le había pasado; se había concentrado en algo más peligroso.

—Repítelo.

—No.

—Repítelo.

—Quiero salir.

Tiré de la manilla, pero él bloqueó las puertas, y el clic del cierre centralizado sonó pequeño y terrible.

Lo miré.

—Abre.

—Antes vas a escucharme.

—No.

—Sí.

—Me has insultado, has puesto mi vida en peligro y ahora me tienes encerrada en tu coche. Abre la puerta.

La frase salió temblorosa, pero salió. Y al pronunciarla, algo dentro de mí se movió. No era valentía todavía. Era instinto. Una parte antigua, primaria, que entendía mejor que mi cabeza que debía salir de allí.

Marcos me observó con una expresión extraña.

—Mírate. Ahora eres fuerte. Ahora te indignas. Pero en el hospital bien que te dejabas abrazar.

—Mi abuelo podía morirse.

—Y él aprovechó.

—No.

—Y tú también.

—No.

—Di que no le quieres.

Me quedé callada.

No porque quisiera proteger a Iván, ni porque estuviera pensando en una respuesta romántica.

Me quedé callada porque tenía miedo de Marcos y porque cualquier palabra podía incendiarlo más. Porque acababa de comprender que ya no estaba hablando con el hombre con el que iba a casarme, sino con alguien que necesitaba arrancarme una confesión para justificar su crueldad.

Él sonrió.

—Eso es.

—No voy a hablar más contigo así.

—Claro que no. Las mentirosas callan cuando se quedan sin coartada.

Desbloqueó las puertas de pronto.

—Baja.

Tardé un segundo en reaccionar.

—¿Qué?

—Que bajes.

—No sé dónde estamos.

—Problema tuyo.

—Marcos, no tengo bolso.

—Haberlo pensado antes de subir.

—No tengo móvil.

—Mejor. Así no llamas a tu héroe tan rápido.

La crueldad de la frase me dejó helada.

—No puedes dejarme aquí.

—Mira cómo puedo.

Se inclinó sobre mí, abrió mi puerta desde dentro y empujó ligeramente, sin tocarme, pero invadiendo mi espacio con una violencia que me hizo retroceder.

—Fuera.

Salí con las piernas tan flojas que casi tropecé al pisar el arcén.

El aire frío me golpeó la cara. La carretera estaba casi vacía, rodeada de campos y de una hilera de árboles que oscurecían el borde del camino.

No reconocía nada. No sabía cuánto nos habíamos alejado de casa.

No sabía hacia dónde caminar. No tenía dinero.

No tenía móvil. No tenía forma de avisar a nadie.

Me volví hacia él.

—Marcos, por favor. No hagas esto.

Él me miró desde el interior del coche, con una calma nueva, peor que la ira.

—Ya lo has hecho tú.

—No.

—Has elegido.

—No he elegido nada.

—Sí. Solo que todavía no tienes valor para admitirlo.

Di un paso hacia el coche.

—Déjame volver a casa. Luego hablamos, o no hablamos, o lo que quieras, pero déjame volver.

—Pídeselo a Iván.

Arrancó con la puerta aún abierta. Tuve que apartarme de golpe. Él la cerró con un tirón y el coche avanzó unos metros antes de detenerse otra vez. Durante un instante absurdo creí que se había arrepentido.

Bajó la ventanilla.

—Y Alba.

Le miré, temblando.

—Cuando vuelvas, si vuelves, piensa muy bien qué versión vas a contar. Porque nadie va a creer que te he dejado aquí porque sí. Todo el mundo sabe que algo está pasando.

Se me revolvió el estómago.

—Eres un cobarde.

La palabra salió baja, pero llegó.

Su expresión cambió.

No dijo nada. Subió la ventanilla, pisó el acelerador y el coche desapareció por la carretera secundaria con un rugido que fue apagándose poco a poco, hasta convertirse en un murmullo y luego en nada.

Me quedé allí sola, con la ropa de estar por casa, las manos vacías, el cuerpo temblando y la cara mojada de unas lágrimas que ya ni siquiera intentaba limpiar.

Durante un rato no pude moverme. Solo miré el punto por donde había desaparecido el coche, esperando una vuelta que no llegó, una luz de freno, un remordimiento mínimo, cualquier señal de que aquello no acababa de ocurrir de verdad.

Pero la carretera siguió vacía.

El fresco de la llegada de la noche empezó a colarse por las mangas. A lo lejos, algún pájaro cruzó entre los árboles, y ese detalle diminuto, ridículamente normal, me hizo sentir todavía más perdida.

El mundo seguía funcionando. Los coches seguirían circulando por carreteras que yo no reconocía, la gente estaría preparando cenas, Noelia quizá estaría escribiéndome por WhatsApp, el abuelo pensaría que Marcos y yo hablábamos fuera de casa, y nadie sabía que estaba allí, abandonada en una cuneta por el hombre con el que ya no iba a casarme.

Me abracé a mí misma.

Entonces entendí algo con una claridad que dolía más que el miedo: Marcos no había perdido el control. Había elegido castigarme.

Y esa diferencia, en mitad de aquella carretera secundaria, me dejó helada.