Capítulo 28 #2
—Te encanta. El papel de niña desvalida te queda de maravilla. Yo te sostengo la vida, te organizo la boda, te doy estabilidad, te brindo un futuro, y él aparece para darte el capote sentimental que tanto echabas de menos, porque eres una consentida. Y para echarte un polvo. O los que sean.
—No tienes derecho a hablarme así.
—Tengo derecho a saber con quién se acuesta mi prometida.
—No me he acostado con él.
—No me lo creo.
—Marcos.
—Te estoy diciendo que no.
—Las zorras que juegan a dos bandas siempre dicen que no.
El insulto cayó entre nosotros con una brutalidad tan clara que, por un instante, no pude reaccionar.
Me quedé mirándolo, inmóvil, con las manos apretadas sobre las rodillas y una sensación de irrealidad tan fuerte que casi esperé que rectificara, que se horrorizara de sí mismo, que frenara el coche y me pidiera perdón.
No lo hizo.
Siguió conduciendo.
Siguió mirándome con esa mezcla de asco y propiedad herida que me revolvió por dentro.
—¿Qué has dicho?
Mi voz apenas se oyó.
—Lo has oído.
—Para el coche.
—No.
—Para el coche ahora mismo.
—No vas a darme órdenes.
—Me acabas de insultar.
—Y tú acabas de reconocer que estuviste con él.
—Reconocer que coincidimos en el hospital no es reconocer nada más.
—No me jodas, Alba. No me jodas…
El coche aceleró y noté el cambio de velocidad en el cuerpo antes de mirar el cuadro: ciento diez, ciento veinte. La carretera se abría delante, con tráfico intermitente y árboles a ambos lados, pero Marcos no conducía con prisa, sino con rabia, con una voluntad fría de hacer daño.
—Reduce.
No contestó.
—Marcos, reduce.
Ciento treinta.
Un coche circulaba delante de nosotros. Marcos se acercó demasiado, tanto que pude ver la pegatina de la luneta trasera, la cabeza del conductor moviéndose al mirar por el retrovisor, el gesto alarmado de alguien que no entendía por qué un vehículo se pegaba a su parachoques a esa velocidad.
—Estás demasiado cerca.
—¿Te da miedo?
—Sí.
—Pues te jodes.
El pulso me golpeó en las muñecas.
—No hagas esto.
—¿No te gustan los juegos?
—No.
—Pues a mí sí. Sobre todo cuando descubro que mi prometida se divierte a mis espaldas.
—No es un juego. Estás conduciendo.
—Sí lo es. Es un puto juego extremo.
Pisó el acelerador y salió al carril contrario para adelantar. Había una curva más adelante. No se veía bien. Un claxon estalló desde el otro lado antes de que pudiera distinguir el coche que venía de frente.
—¡Marcos!
El vehículo apareció de golpe, convertido en luces, metal y movimiento, y sentí que el cuerpo se me vaciaba.
Marcos se metió de nuevo en nuestro carril con un volantazo tan brusco que el coche pareció perder adherencia durante un segundo. El cinturón se me clavó en el pecho y el otro conductor pitó con furia al pasar junto a nosotros.
Marcos rio.
No fuerte. No feliz. Fue un sonido seco, quebrado, lleno de veneno.
—¿Ves? Emocionante.
—Estás loco.
La frase salió antes de poder detenerla.
Él giró la cabeza.
—¿Qué has dicho?
—Que estás loco si crees que esto demuestra algo.
Su rostro se endureció todavía más.
—Lo que demuestra es que tú no decides cuándo termina una conversación.
—Esto no es una conversación. Es una amenaza.
—Tú sí que sabes de amenazas. Tu padre amenaza con desestabilizarte, tu amante amenaza con su presencia, tú amenazas con tus silencios de niña rica ofendida.
—Iván no es mi amante.
—Claro. Es peor. Es el pobrecito al que tu familia apartó de ti. El amor noble, el mártir, el héroe de hospital. Qué historia tan perfecta para una niñata que se aburre de tener un prometido que se ha dejado la piel por ella.
—Marcos, ¿te estás escuchando?
—Me escucho perfectamente.
Volvió a acelerar.
El coche se pegó a una furgoneta. Amagó con adelantarla, volvió atrás, volvió a intentarlo, cada movimiento más violento, más imprevisible. Yo ya no discutía. Ya no quería convencerle de nada. El miedo había desplazado cualquier necesidad de defenderme.
—Por favor —susurré—. Déjame bajar.
—¿Para que te recoja él?
—Para que no me mates.
Mi petición pareció enfurecerle de una manera nueva.
Cambió de carril en el último segundo y adelantó a la furgoneta en una recta demasiado corta. El motor rugió. La carretera se estrechó. Un coche apareció al fondo. El espacio se cerraba delante de nosotros con una rapidez imposible.
Me agarré al salpicadero.
—¡Frena!
Marcos no frenó. Al contrario, aceleró aún más.
El coche contrario dio luces y la furgoneta pitó detrás. Sentí el grito en mi garganta antes de escucharlo, agudo, desesperado, ajeno incluso a mí, mientras Marcos regresaba al carril derecho rozando el morro de la furgoneta.
El coche se sacudió entero. La rueda derecha pisó el arcén durante un instante, levantó gravilla y volvió al asfalto con un golpe seco.
Ya no podía respirar bien.
Las lágrimas me caían sin control.
—Para, por favor. Te lo suplico.
—Ahora suplicas.
—Sí. Te suplico que pares.
—Qué rápido cambias de tono.
—Porque tengo miedo.
—También tendrías que haberlo tenido antes.
Le miré sin entender.
—¿Miedo de qué?
—De perderme.
Aquella frase fue peor que los volantazos, porque no sonó a dolor, sino a posesión, a castigo, a una certeza enfermiza de que mi miedo era una prueba de poder.
—No se puede querer a alguien así —dije, casi sin voz.
Marcos apretó los labios. Durante un segundo pensé que iba a frenar.
Que quizá aquella frase habría atravesado algún resto de lucidez.
Pero entonces tomó una salida hacia una carretera secundaria, estrecha y mucho más solitaria, bordeada por campos oscuros y señales viejas.
El asfalto cambió bajo las ruedas. La luz de la tarde empezaba a bajar y todo adquirió un tono grisáceo, sucio, irreal.
—¿Adónde vamos?
No respondió.
—Marcos, ¿adónde me llevas?
Silencio.
El coche avanzaba ahora por una vía casi vacía. Eso no me tranquilizó. Al contrario. La ausencia de otros vehículos convirtió el miedo en algo más frío, más íntimo. Ya no había testigos ni bocinas ni ojos ajenos. Solo él, yo y una carretera que no reconocía.
—Quiero volver a casa.