¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 28
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Capítulo 28

El alta del abuelo había devuelto a la casa una calma que casi parecía prestada.

Durante unos días, todo volvió a colocarse en su sitio con esa delicadeza extraña que suele seguir a los grandes sustos.

Julia recuperó su autoridad doméstica, el abuelo se instaló en su silla de ruedas con una manta sobre las piernas y una dignidad exagerada de convaleciente imperial, y Noelia retomó los mensajes sobre la boda con la energía de quien se negaba a permitir que un marcapasos arruinara la agenda de la magnífica celebración del año.

Marcos llevaba unos días fuera y lo echaba de menos.

Tenía negocios, reuniones y compromisos que no podía aplazar y que lo habían obligado a salir de Salamanca.

Me explicó que quería adelantar todo el trabajo posible antes del enlace para que pudiéramos disfrutar de una merecida y larga luna de miel sin complicaciones laborales de por medio, y a mí, por supuesto, me pareció la mejor idea.

Me había llamado infinidad de veces, correcto, atento y cariñoso, como siempre.

Y menos mal que lo hacía, porque yo necesitaba paz.

Quería pensar que, después del susto del abuelo y de todo lo que había removido volver a ver a Iván, el mundo iba a concederme una tregua pequeña, manejable, un paréntesis en el que pudiera ordenar la cabeza sin que nadie tirara otra vez de mí hacia el borde.

Aquella tarde estaba en el salón con el abuelo, revisando una lista de detalles de la boda que Noelia me había enviado con quince signos de exclamación y una amenaza velada de muerte si volvía a retrasarlos.

Entre ellos figuraba la elección de las flores.

—Rosas blancas, no —sentenció el abuelo, con una seguridad que habría resultado conmovedora si no llevara diez minutos opinando de centros de mesa sin tener la más remota idea—. Demasiado funerarias.

—Abuelo, vienes de un hospital. No estás autorizado a mencionar la palabra «funerario», que menudo susto me has dado.

Él rio bajito, con esa risa suya que aún me dejaba el pecho blando.

—Pues pon orquídeas. A tu abuela la volvían casi tan loca como yo.

Iba a responderle cuando sonó el timbre y levanté la vista.

—Debe de ser Marcos.

El abuelo me miró por encima de las gafas.

—¿Ha vuelto ya?

—Me dijo que llegaba esta noche, pero se ha adelantado.

Me puse de pie sin pensar en nada más y salí corriendo hacia la verja. La idea era verlo y recibir un montón de besos antes de que entrara en casa y el abuelo le preguntara por el viaje con esa educación intachable que siempre usaba cuando quería medir a alguien sin que se notara demasiado.

Crucé el recibidor con una sonrisa a medias, de esas que no nacen de la alegría pura, sino del alivio de volver a algo conocido.

Abrí.

Marcos estaba al otro lado.

Y la sonrisa se me quedó congelada.

No venía con el aspecto de quien vuelve de viaje y quiere abrazar a su prometida.

Llevaba el traje oscuro ligeramente arrugado y la corbata aflojada, pero no parecía relajado en absoluto.

Tenía la mandíbula tan apretada que le endurecía toda la cara y sus ojos, normalmente afectuosos, estaban cargados de una rabia densa, fea, imposible de disimular.

—Hola —murmuré.

Ni siquiera se bajó del coche, como hubiera hecho en cualquier otra ocasión.

—Sal un momento —me pidió.

Miré hacia el interior de la casa, desconcertada por su actitud. Sin duda tenía intención de salir, pero digamos que el tono en el que me habló me cortó el punto. Y, de una manera un tanto infantil, lo reconozco, traté de zafarme de una conversación que no se preveía bonita.

—¿No entras mejor?

—Prefiero que salgas.

—¿Ahora?

—Sí. Ahora.

El tono me raspó por dentro.

—Está mi abuelo en el salón. Puedes pasar y…

—He dicho que salgas un momento, Alba.

Me quedé inmóvil un segundo. Algo no encajaba.

Nada encajaba. Pero mi cabeza, todavía empeñada en protegerse, buscó una explicación razonable.

Quizás había tenido un problema en el viaje.

Quizás quería contarme algo a solas antes de entrar.

Quizás estaba alterado y necesitaba descargar una preocupación cualquiera sin que el abuelo escuchara.

Salí.

Cerré la verja detrás de mí para que a Croqueta no le diera por hacer turismo gratis.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

Marcos no respondió. Se bajó del coche y caminó hacia mí, con una forma de caminar que impuso distancia incluso antes de hablar. Me quedé unos segundos en la entrada, descalza de ánimo, con las manos vacías y la sensación horrible de tener que abordar una conversación sin conocer las reglas.

—Marcos.

Abrió la puerta del copiloto.

—Sube.

—No entiendo nada.

—Vas a entenderlo enseguida.

La frase me heló.

Aun así, subí.

El interior del coche olía a cuero, a perfume y a algo más áspero, una especie de electricidad amarga que no sabía nombrar. Marcos cerró mi puerta con demasiada fuerza, rodeó el vehículo y se sentó al volante.

Arrancó sin mirarme.

El motor rugió al despertar y, antes de que pudiera preguntarle otra vez qué ocurría, el coche salió de delante de la casa con un tirón brusco que me empujó contra el respaldo.

—¿Puedes decirme qué pasa? ¿Qué estás haciendo?

No contestó.

Avanzamos por la avenida principal en silencio.

La casa quedó atrás. La verja, los árboles, la luz cálida de las ventanas, todo fue empequeñeciéndose en el retrovisor mientras Marcos conducía con las dos manos clavadas en el volante y los hombros rígidos.

Me fijé en sus nudillos, blancos por la presión, y sentí que una inquietud lenta se abría paso en mi estómago.

—Marcos, me estás asustando.

Soltó una risa breve, sin humor.

—Ah, ¿ahora te asustas?

—¿Perdona?

Giró la cabeza apenas un segundo. La mirada fue tan dura que me dejó sin réplica.

—¿Quién era?

Parpadeé.

—¿Quién era quién?

—No te hagas la tonta.

—No me estoy haciendo nada. No sé de qué hablas.

Apretó más el acelerador al incorporarse a una carretera más amplia. El coche ganó velocidad con una facilidad que, en otro momento, me habría parecido suave. Entonces solo me pareció amenazante.

—El tío del hospital.

La sangre se me enfrió.

—¿Qué?

—El tío con el que te paseaste por el hospital mientras yo estaba fuera. El que te abrazaba. El que parecía conocer muy bien el sitio exacto donde tenía que tocarte para que te derritieras en sus brazos.

Sentí una punzada de incredulidad. Sin duda se estaba refiriendo a Iván. Con todo el lío del abuelo, ni siquiera me di cuenta de que igual tendría que haberle contado mi encuentro casual con mi ex. Por Dios bendito, ahora que las cosas marchaban bien de nuevo. Qué jodida ironía del destino.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Claudia.

Cerré los ojos un instante.

Claudia.

No era amiga mía. Era amiga de Marcos y, por lo visto, debió de verme en el hospital justo en el rato en el que me encontré con Iván. En el peor momento, desde el peor ángulo, con toda la mala intención que una mirada podía añadir a una escena incompleta.

—Marcos, escúchame.

—No.

—Por favor.

—Te he hecho una pregunta.

El coche adelantó a otro vehículo con un movimiento seco. Me agarré al borde del asiento.

—Era Iván.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue una detonación contenida.

Marcos no habló al principio. Solo abrió un poco la boca, inclinó la cabeza y sonrió de una manera que no le había visto jamás. Una sonrisa torcida, humillada, furiosa.

—Iván.

Pronunció su nombre con desprecio.

—Sí, pero no fue nada de lo que estás pensando.

—Qué casualidad.

—No, verás… Mi abuelo estaba ingresado y él apareció por allí…

—¿Y piensas que me voy a tragar ese sapo? Apareció por las buenas por un hospital de Salamanca cuando vive en Madrid. Y yo me chupo el dedo.

—No.

—Lo llamaste en cuanto me fui para que viniera a consolarte.

—No lo llamé.

—Le diste entrada a tu mundo de nuevo. Y acceso vip.

—No le di entrada a nada.

—No insultes mi inteligencia, porque en cuanto me voy unos días, tú vuelves a correr hacia él.

—¡No corrí hacia nadie!

Mi voz salió más alta de lo que pretendía, pero la desesperación ya empezaba a empujarme desde dentro. Marcos no estaba preguntando para saber. Estaba acusando para condenarme.

—Iván estaba en el hospital debido a que…

—Te abrazó.

—Sí.

—Qué bonito.

—No es lo que piensas…

—Claro. Y él, tan oportuno, tan generoso, tan dispuesto a consolar a mi prometida.

—No lo digas así.

—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Que tu ex te tuvo entre sus brazos mientras yo estaba trabajando para que puedas tener la boda de tus sueños?

Le miré con estupor.

—¿La boda de mis sueños? Marcos, es nuestra boda.

—Nuestra —repitió, con una carcajada seca—. Qué palabra tan preciosa cuando se dice desde el asiento de copiloto después de haber estado abrazada a otro hombre.

—No estoy con Iván.

—Mírame a la cara y dime que no sientes nada por él.

Me quedé callada un segundo.

Y ese segundo bastó.

Marcos giró hacia mí con una expresión feroz.

—Lo sabía.

—No he dicho eso.

—No hace falta.

—No manipules lo que estoy intentando explicarte. Siento un cariño…

—No me hables de manipular.

—Entonces déjame hablar.

—¿Para qué? ¿Para contarme que fue un momento vulnerable? ¿Que estabas sensible? ¿Que él apareció y tú no pudiste evitarlo? ¿Para llorarme un poquito, pedirme comprensión y seguir jugando a la novia perfecta mientras te revuelcas con el profesor de matemáticas?

—¡Basta! Si apareció por allí, fue porque su padre sufrió un accidente y también lo ingresaron.

La frase me salió rota.

Marcos golpeó el volante con la palma de la mano.

—No me grites. Y no me lo creo. Me tomas por gilipollas. Cornudo y gilipollas.

Me encogí en el asiento.

No por el golpe, sino por su cara después del golpe. No había arrepentimiento. No había sorpresa por haber perdido el control. Solo una ira creciente, alimentada por cada palabra mía, por cada intento de defenderme.

—No he hecho nada —dije, más bajo—. Nada. Vi a Iván pasar de refilón y fui a saludarlo. Ese fue todo mi delito. Y sí, me abrazó. Porque me vine abajo. Porque tuve miedo de perder al abuelo. Porque…

—Porque te gusta que los tíos se te acerquen.

La frase me dejó sin aire.

—¿Qué?