¿Y si te vuelvo a perder? Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Su desprecio me dolió como una bofetada. No por lo que insinuaba, sino por la facilidad con la que seguía creyéndose con derecho a decidir qué significaban nuestros actos.

Di un paso hacia él.

—No. Eso es así y punto.

Fernando me miró entonces con una mezcla de sorpresa y advertencia.

—Alba, este no es el lugar.

—Nunca es el lugar para ti. Ni el momento. Ni la forma. Ni la conversación. Siempre hay una excusa para no dar la cara.

El pasillo pareció quedarse más silencioso. Iván seguía a mi lado, tenso, incómodo, pero sin intervenir. Y quizás eso me dio más fuerza, porque por primera vez no estaba defendiendo un amor adolescente, sino mi derecho a no seguir obedeciendo las versiones de mi padre.

—Ha venido a ver al abuelo porque es buena persona —continué, con la voz temblándome de rabia—. Tú hace tiempo que dejaste de entender lo que significa eso.

Fernando palideció.

Durante un segundo vi dolor en su rostro. Dolor real. Pero llegó demasiado tarde y se mezcló enseguida con esa rigidez orgullosa que tanto me costaba soportar.

—No sabes de lo que hablas.

—Ojalá.

Mi voz se rompió un poco.

—Ojalá no supiera nada.

Iván bajó la mirada. Después dio un paso hacia el ascensor.

—Me voy.

Me giré hacia él. No quería que aquella despedida quedara manchada por mi padre. No, otra vez.

—Iván…

Él sonrió apenas, con una sonrisa cansada, triste, pero limpia.

—Dale recuerdos a tu abuelo.

Asentí.

Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo.

Iván entró, y durante un instante, justo antes de que se cerraran, nuestros ojos volvieron a encontrarse.

No hubo promesa. No hubo despedida dramática.

Solo una certeza silenciosa: algunas personas no vuelven para ocupar el sitio de nadie, sino para recordarte quién eras antes de perderte.

Cuando las puertas se cerraron, me quedé frente a mi padre.

Él respiró hondo.

—Vas a hacerte daño.

Solté una risa amarga.

—No. El daño ya está hecho.

No esperé a que respondiera. Di media vuelta y regresé a la habitación del abuelo con las piernas temblando y el corazón desordenado.

Al entrar, Antonio me miró desde la cama. No preguntó nada. Se limitó a alargar la mano y yo fui hasta él como cuando era pequeña, cuando bastaba que me tocara los dedos para sentir que el mundo podía sostenerse un poco más.

—¿Se ha ido el matemático? —me preguntó en voz baja.

Asentí.

—Sí.

El abuelo acarició mi mano con el pulgar.

—Buen chico.

Las lágrimas me quemaron los ojos.

—Sí.

—Tu padre fue un idiota.

La frase me arrancó una risa triste.

—Está ahí fuera. Han coincidido y supongo que está sacudiéndose la ira que ha sentido.

—Ese es su problema. He criado a un idiota.

Tragué saliva.

Julia fingió mirar por la ventana, aunque se estaba limpiando los ojos con un pañuelo. Rosario dejó una bolsa sobre la mesita y murmuró que había traído rosquillas porque en aquella familia no había quien aguantara tantos disgustos con la glucosa baja.

Me senté junto al abuelo y apoyé la frente en su mano.

Y comprendí que aquel encuentro con Iván, tan inesperado y sencillo, acababa de mover algo dentro de mí. No me había devuelto al pasado. No me había apartado de Marcos. No había encendido ninguna traición.

Solo me había recordado que la verdad, cuando aparece, no siempre llega para destruir.

A veces llega para obligarte a mirar de frente todo lo que todavía finges no ver.

Cuando por fin le dieron el alta, el abuelo mostró una sonrisa tan luminosa como el sol en Sevilla.

Quizás el cielo era exactamente igual que el de cualquier otro día de verano, pero yo lo veía distinto.

Después de tantos nervios, de tantas horas de hospital y de tantos cafés imbebibles en la cafetería, volver a verlo vestido con su ropa de siempre, protestando porque el pantalón le quedaba demasiado ancho y asegurando que el marcapasos solo servía para convertirlo en un electrodoméstico caro, me hizo sentir una felicidad difícil de explicar.

Julia lo vigilaba como un guardaespaldas.

—Ni se te ocurra creer que vas a hacer carreras con la silla por el pasillo, Antonio, que no tienes edad…

Justo cuando salíamos apareció Noelia cargada con un enorme ramo de girasoles y una bolsa de bombones.

Abrazó al abuelo con cuidado y después le señaló el pecho con el dedo.

—Escúchame bien. Ni un susto más antes de la boda del año, ¿eh? Que bastante tengo ya con controlar a los invitados, a la florista, al fotógrafo y a la novia. No pienso añadir un cardiólogo al protocolo.

Antonio levantó las manos en señal de rendición.

—Prometo portarme bien… siempre que Julia deje de esconderme el salero.

—¡Porque quieres echarle sal hasta al yogur!

Volvimos a reír todos juntos mientras cruzábamos la puerta principal. Sentí el sol en la cara, respiré hondo y miré a mi familia. Tuve la sensación de que el miedo empezaba a quedarse atrás y de que la vida, poco a poco, volvía a abrirse camino entre nosotros.

Hasta que me di cuenta de que Noelia pretendía que nos montáramos en su coche… algo a lo que el abuelo dijo que “no accedería ni hecho pedazos”. Y no era para menos, porque la jodida habría sido capaz de celebrar unos cuantos entierros antes de esa boda a la que ya olía en Salamanca.